miércoles, noviembre 12, 2008

Uno de inquilinos

Vivía en esa casa, que no era la suya. Era sólo un inquilino. Mal cuarto, peor colchón, pésima ventilación. Pero era un techo como decía la gente. Al patio llegaba el sonido de la radio prendida en algún cuarto a un volumen demasiado alto como para no escucharlo. Música pegajosa y poco profunda: era lo que estaba de moda. Miró hacia la sala y allí estaba la señora de la casa con su esposo y la vecina. Desde el patio podía verles las caras y escucharlos, a pesar de la música. La señora hablaba:
- Y los pecadores se queman en el infierno, que está en el centro de la tierra y a una temperatura de 5000 grados Fahrenheit. Eso ya la comprobaron unos científicos rusos, que taladraron la tierra y lo vieron…
En realidad, la señora tenía un monólogo. La vecina no hablaba sino que asentía de vez en cuando, tratando de adivinar sin éxito cuanto era eso en grados centígrados. El esposo escuchaba atento, prácticamente inmóvil. Él se rió. ¿Qué podía saber esa señora de grados Fahrenheit? Pero nada, así habían dicho los científicos y ella lo repetía. Siguió escuchando.
- Allá van a parar ladrones, asesinos, drogadictos, prostitutas, homosexuales, vendedores de lotería, ateos, hombres mujeriegos, infieles, borrachos…
- ¿Borrachos también? –dijo el esposo, saliendo de su mutismo.
- Ajam, y también los infieles. Así que hay que llevar una vida decente. El infierno no es cualquier cosa. La gente se quema y le renace la piel, sólo para que se le vuelva a quemar. ¿Se imaginan ese sufrimiento?
La vecina abría los ojos, suspiraba muy fuerte y se persignaba. El esposo se acomodaba inquieto en la silla. Él, en la soledad del patio, sólo pensó en el prostíbulo dónde trabajaba como barman y se lo imaginó envuelto en llamas. Pensó que después le preguntaría a la señora que le pasaba a la gente que trataba a los pecadores, si ellos también estaban condenados. No era el momento de averiguarlo: era su única noche libre, tenía sueño y ya comenzaba a pegarle frío en el patio. Se paró tiritando y se dirigió a su cuarto. Si el clima indicaba la cercanía al cielo o al infierno, él seguro estaba más cerca del primero. Pero igual no era una medida confiable: los científicos siempre se equivocan.

Joanna

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