viernes, noviembre 28, 2008

Thomas Mann el alpinista



Doce años. Este fue el tiempo que le demoró a Thomas Mann escribir Der Zauberberg. En español: La montaña mágica. Doce años que comenzaron en 1911, cuando su esposa tuvo que ser internada en un sanatorio por encontrarse muy delicada de salud. Allí comenzó a gestarse la idea de este libro, inmenso en todos los sentidos, en el que Mann recorrió sin prisa los vericuetos de la convivencia humana, modelados por la política, las clases sociales, la enfermedad, la muerte y, obviamente, por el amor.
Hans Castorp, un joven ingeniero naval, llega a un sanatorio en Davos para visitar a su primo, Joachim Ziemssen, quien padece una grave enfermedad que lo ha obligado a abandonar temporalmente la carrera militar. El plan original de Castorp es permanecer sólo tres semanas en los Alpes suizos, pero aún éstas son suficientes para darse cuenta de que el tiempo pasa muy diferente entre “la gente de arriba”. Esta nueva percepción del tiempo se une a un extraño ardor en el rostro y a un sopor que lo invaden casi desde su llegada al sanatorio. Además los puros Maria Mancini, sus favoritos, no pueden consolarlo: por alguna razón, deja de disfrutarlos como antes. Desde que llega, Castorp se convierte en un aprendiz de ese nuevo mundo, al que comienza a pertenecer sin darse cuenta, y a ratos logra alcanzar esa rara sabiduría de quien coexiste con la presencia inevitable y certera de la muerte.
Así como otras obras indispensables, La montaña mágica no depende de un magnífico final. Lo realmente magistral es el contenido y la habilidad del autor para hacer que al lector asuma innumerables veces el papel del protagonista. Ambos, Hans Castorp y el lector, deben emprender ese viaje de iniciación que implica el conocimiento profundo de la vida. No se puede leer de otra forma. Así como Castorp sufre una transformación desde su llegada al sanatorio Berghof, nadie vuelve a ser el mismo después de terminar este libro, en donde las a veces graciosas contradicciones y vivencias de los personajes se convierten en un reflejo dramático del entramado histórico y sociopolítico de un continente a un paso de la guerra.
No fueron en vano los doce años que le tomó a Thomas Mann crear esta historia atípica. Tal vez esta falta de prisa e infinita paciencia se debieran a una certeza interior que le indicaba que las obras maestras se gestan lentamente. O que lo distrajera el fragor de la Primera Guerra Mundial, que le rugía en el oído y le transformaba las ideas en la cabeza. También que se agotaran pronto los aportes que le ofrecía la experiencia de su esposa enferma y se encontrara con que el resto del libro debía completarlo con su imaginación pródiga, su inteligencia prodigiosa y su vasta cultura, que nunca exhibe de forma chocante. Pero de cualquier manera, un día se consiguió con que la había terminado y con eso llegó a la cumbre de la literatura. Como el mejor de los alpinistas, Thomas Mann llegó a la cima. Y a diferencia de ellos, no se conformó con este logro: también nos regaló la montaña.

Joanna Ruiz Méndez

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