lunes, octubre 20, 2008

Hasta la próxima estación

Iba como uno va en un tren demasiado lleno: obstinada. Quería recuperar mi brazo, mover mi pierna encalambrada, respirar. Era la época en que aún no había adquirido la sana costumbre de leer en el Metro para abstraerme del mundo. Por eso quería salir-escapar de ese vagón infernal cuanto antes. Quería, no era mucho pedir, llegar lo antes posible.
En esas estaba, cuando un muchacho morenito, que iba con la novia, comienza a decir en voz alta:
- ¡Es que yo te quiero mucho mi amor!
Se escuchó en coro un ¡aaayyy vaaaleeee!, proclamación que fue acompañada de risas y miradas suspicaces entre pasajeros que se sentían con la suficiente confianza para vacilar un rato juntos aunque nunca se hubieran visto antes. Beneficios de vivir en Venezuela, donde la confianza no le da asco a nadie.
El muchacho que era de todo menos acomplejado dijo aún más alto para que lo escuchara todo el que no lo había escuchado antes:
- ¿Pero que pasa vale? ¿Es que ustedes no se han enamorado nunca?
El silencio que siguió a sus palabras fue una respuesta clara. La mayoría de las personas en el vagón como que sí se habían enamorado, porque callaron comprensivos. Y animado por ese dominio de su auditorio, el muchacho continuó:
- Yo estoy enamorado y me quiero casar con ella.
Todo el mundo se echó a reír, incluyéndome. Era imposible no ablandarse un poquito con ese enamoramiento que no conocía de vergüenza, timidez o sentido del ridículo. La muchacha que iba a mi lado probablemente cargaba un rosario de amores mal correspondidos porque suspiró fuerte y dijo despectiva:
- Todos dicen lo mismo.
La novia del muchacho reía entre apenada y entusiasmada por esa declaración tan pública de amor. El muchacho, entusiasmado por la atención que estaba generando, decidió ir más lejos.
- ¿Aquí no hay nadie que nos quiera casar?
Todos seguían riéndose y del fondo alguien dijo que sí, que los podía casar. Con mucho esfuerzo se acercó un señor de bigotes hasta la parejita que se veía radiante. El vagón completo permanecía expectante. El improvisado cura hablaba bajito y nunca supe que dijo, si mencionó el nombre de la pareja, si se casaban Marjorie y José, Wilfredo y María Coromoto, Jesús y Jessica del Valle. Lo único que dijo en voz alta y tono triunfante fue:
- Los declaro marido y mujer.
Los noviecitos culminaron la ceremonia con un beso apasionado y yo los miré sin el desagrado acostumbrado que me produce esa escena en el Metro. Todos en el vagón aplaudimos, felices y hasta conmovidos, ajenos al calor, venciendo la claustrofobia y el amargue típico de la hora pico. Yo, venezolana al fin, me puse a comentar el improvisado matrimonio con las muchachas y señoras que tenía al lado:
- Ese ahorita está así, pero espera que lleven tiempo – dijo una.
- Por lo menos nos hizo reír – dije yo
- Sí vale, de verdad que el muchacho es muy cómico –dijo otra
Ya la magia del amor se estaba esfumando, pero el ambiente del vagón había cambiado. Todos estábamos apretados y asfixiados en nuestro vagón-lata de sardinas, pero extrañamente sonrientes. Y casi sin darme cuenta se me cumplió el deseo de cinco minutos atrás: por fin había llegado. Mientras salía, pedí en silencio que ese amor no fuera como tantos otros, que durara, que siempre fuera así o que al menos aguantara hasta la próxima estación.

Joanna

1 comentario:

Juan J. dijo...

Jajajajaja.. todo lo que puede pasar en un vagon de Metro! excelente historia... ;)