domingo, octubre 10, 2010
Sencillamente Aquiles
miércoles, septiembre 22, 2010
Repertorio de etcéteras (II)
Sonrisa: Practícala. Que no sea una sonrisa cualquiera. Es una sonrisa dirigida a unos ojos brillantes. Son brillantes, no azules, ni verdes, ni castaños. Son brillantes. La idea es que después de esa sonrisa los ojos brillen más que antes, el corazón se acelere y la vida se detenga por uno, dos, tres segundos. O por una eternidad.
Psicodelia: Siempre me ha gustado esta palabra. Psicodelia. La locura pactada entre todos los colores. Un delfín que florece en medio del mar. Una máscara de risa fingida pero hermosa. Un poema con melodía incluida o una canción que se regala con varias dedicatorias. Es así, psicodelia, un perfume de olor indefinible.
Contraste: Un cielo. Un cielo azul, morado y naranja. Un cielo envuelto en las llamas suaves de un atardecer tranquilo. Parece mentira la gente en la calle, las cornetas de los carros, la violencia latente. Parece mentira la ciudad que casi siempre está vestida de caos, esta ciudad que no combina con ese cielo perfecto. Ese cielo que es la esperanza multicolor de un futuro promisorio. Una esperanza que se extingue irremediablemente al anochecer.
Soledad: Como se tuvo que haber sentido la primera estrella que nació en el cielo…
Viajar: Para dejar un poquito del alma en cada esquina del mundo. También para traer retazos de otra geografía y hacerse una colcha de recuerdos, de vivencias luminosas, de camino recorrido. Hay que arroparse con ella en las noches de rutina. Y después, soñar.
Joanna Ruiz Méndez
jueves, agosto 26, 2010
De dolores
Hay dolor de distancia.
De la palabra no dicha.
Dolor de silencio.
De soledades y abandono.
De ti y de todos.
Hay dolores de dolores.
Y este dolor.
El único, el que quema.
El que más se siente.
Joanna Ruiz Méndez
lunes, agosto 23, 2010
La Mecánica del Corazón
Uno: NO TOQUES LAS AGUJAS.
Dos: DOMINA TU CÓLERA.
Tres: NO TE ENAMORES NUNCA.
LA MECÁNICA DEL CORAZÓN DEPENDE DE ELLO
Deseemos suerte a Jack, y recuerda que, como en este cuento para niños grandes, todos hemos sufrido alguna vez por nuestro voluble corazón”.
Tenía muchas ganas de leer este libro, escrito por el francés Mathias Malzieu, desde hace tiempo. La sinopsis -que escribí anteriormente- y la portada de la obra, fueron suficientes para que esta historia me llamara poderosamente la atención.
El protagonista de La mecánica del corazón es Jack, un chico al que su madre adolescente abandona siendo apenas un recién nacido. Una doctora con métodos de curandera, quién fungió como partera en su nacimiento, es la que se encarga de cuidar al pequeño. Jack es un bebé con el corazón helado y defectuoso y la doctora-curandera, Madeleine, decide utilizar un viejo reloj para elaborar una mecánica que permita mejorar su dañado sistema cardíaco. Luego de la exitosa operación, el protagonista tiene un corazón-reloj que funciona bastante bien, aunque es mucho más frágil que el promedio.
Jack debe canalizar las angustias, la felicidad, la tristeza y el amor a través de la delicada mecánica de su corazón. Del mundo seguro de Madeleine y sus amigos más cercanos, pasa a la realidad tambaleante del amor platónico y de allí al universo cruel de odio, burlas y venganza que descubre en su escuela. La pasión incontrolable por una pequeña cantante medio cegatona, llamada Miss Acacia, lo hace viajar desde Edimburgo hasta Andalucía en compañía de un pintoresco personaje: Georges Méliès, uno de los pioneros de la cinematografía. En territorio español, Jack aprenderá más sobre su corazón y sobre el amor, pero también sobre la rara metamorfosis que sufren los sueños cuando se vuelven realidad.
Este cuento de hadas moderno, en donde el corazón de Jack parece tan efímero como el baile de la Cenicienta o la condición humana de la Sirenita, presenta una idea muy original que pudo haber sido mejor desarrollada. No soy una experta crítica literaria, pero pienso que la obra está plagada de lugares comunes y metáforas poco logradas, lo que hace que el relato pierda fuerza y consistencia a medida que avanza. El libro lo han vendido como un “cuento para niños grandes”, pero considero que más que los adultos, es el público juvenil el que más fácilmente puede engancharse con este relato por los tópicos que toca tales como el amor, la fantasía, las tristezas infinitas y la sensación de ser un eterno incomprendido experimentada por Jack. No en vano, el protagonista es un adolescente durante prácticamente todo el libro.
La Mecánica del Corazón será llevada al cine y aunque el libro fue algo decepcionante para mí, creo que la película puede superar la obra escrita. Hay muchas características de esta historia que probablemente funcionarán mejor en el lenguaje cinematográfico. Ya muchos se la imaginan como un filme de estética timburtoniana y si resulta siendo así, realmente me gustaría verla.
Joanna Ruiz Méndez
domingo, agosto 22, 2010
Memoria
Lo presentía desde que era muy pequeña, aunque sólo lo reconocí hasta hace poco. Mi cabeza no sirve para almacenar datos, sino para fabricar memorias. A diferencia de Funes el memorioso, inolvidable personaje creado por Jorge Luis Borges, que afirmaba "más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo", yo casi nunca recuerdo nada.
Cuando recuerdo, lo hago mal. Confundo fechas, lugares y olores. Confundo nombres, sentimientos e ideas. He puesto lágrimas en recuerdos que tenían risas y viceversa. He confundido los finales felices y los tristes, las anécdotas con los chismes, las ideas brillantes con las reflexiones mediocres. Confundo calles, avenidas y direcciones y llego a todos lados más por instinto que por conocimiento. Mi mente es una máquina de crear recuerdos, las vivencias de mi pasado rara vez coinciden con lo que aún retengo de ellas y para mí veinte, diez o cinco años atrás están más o menos a la misma distancia.
Es muy difícil para una periodista admitir esta mala memoria que va creciendo, me parece, a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, y en aras de ser responsable con mi profesión y con mi vida, encontré una formulita que no me falla: escribo. Lo hago desde que era pequeña, cuando ya anticipaba este desastre y las posibles consecuencias que tendría en mi futuro. Escribo en papelitos, en hojas cartas, en revistas viejas, en folletos de publicidad, en Word, a mano, en mi celular, en mi casa, en el Metro, de día y de noche. Siempre escribo. A las entrevistas me voy armada de mi grabadora – o de dos-, pero igual no paro de escribir hasta que ésta concluye. Y también soy así de rigurosa con mis memorias personales: desde los doce años tengo agendas que lleno completas con detalles inoficiosos y absurdos que sólo para mí tienen sentido. Tal vez nadie entienda esta rara afición, pero deben comprender: es muy difícil vivir sin recuerdos.
Dicen que recordar es vivir, pero para mí recordar es adentrarme en un mundo de fábulas y contradicciones del que solamente salgo ilesa gracias a la palabra escrita. Escribo para definir los límites entre mi vida real y mi vida inventada. Para no perderme en el laberinto del pasado. Para poder recordar la cosas como fueron, porque a veces hace falta.
Joanna Ruiz Méndez
lunes, julio 19, 2010
Aniversario con retraso
sábado, julio 17, 2010
De mi experiencia en México (y III)
Mérida fue mi segundo destino. La capital de Yucatán me sorprendió por un clima que, aunque caluroso, nunca me llegó a fastidiar. Es muy parecido al calor caraqueño, por lo que tuve la agradable sensación de estar en casa. Otra coincidencia: el centro de la ciudad me pareció absorbente, caótico, poco amable. Con este descubrimiento tuve también la -desagradable- sensación de estar en casa: el centro caraqueño es muy parecido. En Yucatán conocimos las impresionantes Uxmal y Chichén Itzá, dos antiguas ciudades mayas que impresionan por su arquitectura y por la historia que cuentan, entre susurros, cada una de sus construcciones.
Chichen Itzá
Finalmente llegamos a mi parte favorita del viaje: Río Lagartos. No me detendré en los aspectos formales de la reserva natural –llamado oficialmente Reserva de la Biosfera Ría Lagartos- y tampoco en el ya mencionado e inolvidable paseo en lancha por los manglares que hice con algunos de mis colegas. Contaré, si me permiten, una experiencia personal.
Realizamos una larga caminata de noche por las costas del lugar, con la finalidad de ver desovar a las tortugas marinas. Bueno, las tortugas no hicieron acto de presencia. O casi no hicieron, porque unos pocos grupos fueron afortunados y sí vieron una. Y ya. Yo personalmente no vi ninguna, porque cuando pude traspasar el grupo de gente alrededor de la tortuga, ésta ya se había metido al agua. Sin embargo, la larga caminata de la playa valió la pena para mí porque conocí las estrellas.
Claro que había visto estrellas antes. Pero nunca así, nunca en esa cantidad, jamás con ese brillo. Una legión de estrellas demarcaba perfectamente la bóveda del cielo. Sentí que esa noche, en la playa de Río Lagartos, estaban naciendo constelaciones y galaxias enteras. O que se estaban mostrando por primera vez en el firmamento, solamente para que nosotros las viéramos. Ese cielo maravilloso se vio coronado por una luna amarilla-naranja brillante, escandalosa, que salió de las profundidades del mar para alumbrar el resto de nuestro recorrido. Cada vez que pienso en México, recuerdo todo lo que he contado hasta ahora, pero recuerdo especialmente esa extraordinaria noche hecha de estrellas.
Esta crónica ya se ha hecho demasiado larga, pero no puedo terminarla sin mencionar que todas estas vivencias se vieron envueltas en un contexto especial: la Ruta Quetzal. Esta fue la expedición que me tocó cubrir como periodista y que me permitió conocer México más allá del turismo evidente. En el primer post mencioné que a un lugar lo hace la gente y puedo afirmar lo mismo de los viajes. Las personas que conocí –organizadores, los ruteros venezolanos, mis colegas y otros profesionales que formaban parte del llamado “grupo de los adultos”-, hicieron de este viaje una experiencia definitivamente inolvidable.
Joanna Ruiz Méndez