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martes, marzo 25, 2014

Cuatro versiones de una angustia

1. 27 de noviembre de 1992. Estaba con mi mamá y mis dos hermanos. Mi papá estaba de viaje. Afuera se escuchaban tiros y el rugido de los aviones que pasaban muy cerca del edificio. Mi mamá nos pidió que nos tiráramos al piso, que rezáramos. La angustia los embargaba a los tres: yo me reía. No entendía porque se angustiaban tanto. Apenas tenía cuatro años y desconocía que ese ruido infernal era sinónimo de horror y muerte. Luego me explicaron que fue una intentona de golpe de Estado. Ya los militares habían pretendido tomar el poder el 04 de febrero de ese mismo año pero, como fracasaron, volvieron a intentarlo. Esa vez también volvieron a fracasar, pero en el proceso lograron atacar Miraflores, la sede del Gobierno de Venezuela. Nosotros vivíamos a una cuadra de allí. Corrimos un inmenso peligro pero en el momento no pude percibirlo; después sí. Tengo evidencias para afirmarlo: la primera, es que nunca he podido sacar de mi mente ese recuerdo de mi mamá con sus tres hijos tirados en el piso; la segunda, es que jamás pude volver a escuchar explosivos de ningún tipo cerca de mi casa sin sentir escalofríos.

2. 11 de abril de 2002. Mi hermano no llegaba. Afuera se escuchaban tiros y él no llegaba. Mi hermana, pegada a su celular, recibió una llamada. Era un amigo de ella que estaba en la marcha que se dirigía a Miraflores: “Al muchacho que estaba a mi lado le acaban de dar un disparo en la cabeza”, le dijo. En la televisión, la pantalla dividida en dos mostraba al mismo tiempo la vorágine que se vivía en el centro de Caracas –y que nosotros podíamos escuchar en vivo y directo- y un discurso de Hugo Chávez. Mi hermano finalmente llegó y todos pudimos volver a respirar relativamente tranquilos. Como en el camino a casa no tuvo acceso a ningún medio de comunicación, al cerrar la puerta nos preguntó inocente: “Pasé por Puente Llaguno y me parece que hay disturbios. ¿Saben si está pasando algo?”. 

3. 14 de abril de 2013. Al llegar a mi centro electoral para el acto de escrutinio, la gente se agolpaba para poder entrar y participar en este proceso. Tan divididos como la pantalla del 11 de abril: chavistas por un lado, opositores por otro. Como no podía entrar todo el mundo, se decidió que cuatro personas de una tendencia y cuatro de la otra entraran al recinto. Mi hermano entró, pero mi hermana y yo tuvimos que esperar afuera. Conforme pasaba el tiempo, el ambiente se hacía cada vez más tenso: llegaron muchos motorizados simpatizantes del gobierno con actitud hostil y los chavistas que no estaban en moto gritaban consignas para provocar a los opositores. Uno de ellos incluso fue más allá: sin ningún pudor, se bajó los pantalones y la ropa interior. Salvo un par de intentos de regaños, los policías presentes no decían mucho. Corrían rumores por todos lados: “Va ganando Maduro”, “Sigue ganando Maduro”, “Ganó Capriles”. Cuando ya se había conformado un grupo considerable de motorizados -cuya actitud parecía cada vez más amenazante- me acerqué a un policía y le pregunté: “si ocurre algún tipo de enfrentamiento, ¿ustedes van a poder intervenir?”. Me miró con tristeza y resignación: “No. Mejor váyanse para sus casas”. Todos los opositores se fueron, salvo los que teníamos familiares en el centro electoral. Apenas salieron, corrí con mis hermanos a la casa para esperar que dieran los resultados de las elecciones. Antes de irme eché una mirada hacia el lugar donde se habían agrupado los motorizados: todos seguían allí.   

4.  Febrero y Marzo de 2014. Estoy en Bogotá. Todos los días le pregunto a mi familia cómo están las cosas, leo la prensa nacional e internacional, reviso el Twitter incansablemente, no me pierdo ni un comentario de mis amigos en Facebook. Yo estoy en Colombia pero trato de entender lo más que pueda lo que pasa en Venezuela. Vivo pensando en cómo organizar mi vida aquí, pero también necesito saber lo que está sucediendo allá. Mi mente -tan dividida como esa pantalla de abril de 2002, como las personas a las afueras de mi centro de votación, como el pueblo venezolano- no da tregua. No importa que ya no escuche el rugido de los aviones o un fragor de tiros anunciándome la desgracia, ni que tampoco tenga que lidiar con la actitud amenazante de un grupo de motorizados. No importa, porque mi familia, mis amigos y muchos de mis compatriotas deben encarar todo eso y más en estos días. Estoy a cientos de kilómetros pero siento en mi pecho esa ansiedad colectiva. La angustia que te genera la injusticia, el horror y la muerte en tu país siempre está allí presente. Esa angustia, al igual que el amor por la tierra que te vio nacer, jamás sale del alma.  

lunes, agosto 26, 2013

La muerte de Honorio



Un Tenedor de Libros, un Periodista, un Médico, un Capitán y un Barbero: cinco hombres con distintos oficios, ideologías e historias, se encuentran prisioneros en el mismo calabozo. El espacio que comparten es pequeño y oscuro, tan tenebroso como el país en el que viven. Aún cuando son diferentes en muchos aspectos, el horror lo une: cuatro de ellos ya han conocido el infierno y un quinto vio su sueño de toda la vida convertirse, poco a poco, en una pesadilla.
Estos cinco hombres son los protagonistas de La muerte de Honorio de Miguel Otero Silva, una novela que intenta salvar del olvido las torturas y la humillación que sufrieron los venezolanos que se atrevieron a luchar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. También evidencia una verdad irrebatible: en un régimen de terror, incluso esos que prefieren no involucrarse con ninguna causa, pueden convertirse en víctimas.
La historia se divide en dos cuadernos: Cinco que no hablaron y Honorio y su muerte. En el primero se detalla el pasado de cada uno de los presos: sus anhelos infantiles, sus vivencias adolescentes y las dificultades de la vida adulta; también su historia familiar, el primer amor y la elección de la profesión que los distingue. Además, se revela el porqué se encuentran presos y se describe de forma cruda y pormenorizada los suplicios vividos por los protagonistas. Al final de ese primer cuaderno, se introduce  por referencia el personaje de Honorio, el hijo del Barbero.
En el segundo cuaderno, se narra la vida en la cárcel y como, paulatinamente, se va haciendo menos dura para los presos. Honorio, ese niño rubio que el Barbero describe como fuerte, vivaz y travieso, se vuelve una presencia amable y luminosa en la vida de estos hombres. Todos, a su manera, quieren mejorar la vida del pequeño y no hay mayor ilusión para ellos imaginarse como influirán en su porvenir una vez que hayan recobrado la libertad. 
Otro hecho importante -y simbólico- que se narra en este cuaderno es el nacimiento en la cárcel de cinco pollitos. Los reos, en parte porque les sobra el tiempo y en parte porque les toman cariño, deciden cuidarlos. Uno de ellos, enclenque y patuleco, es el que recibe las mayores atenciones del Barbero. Aunque al segundo cuaderno le falta la fuerza del primero, tiene en la historia de los pollitos una de las descripciones más conmovedoras que he leído en mi vida.
Sus referencias históricas, su narración precisa y sus personajes bien estructurados convierten a La muerte de Honorio en una novela poderosa que engancha desde la primera página. No dejen de leerla. 

Joanna Ruiz Méndez

jueves, mayo 23, 2013

Los topos



"Los hombres son todos distintos, aunque compartan la misma fe"

Los topos de Eduardo Liendo no es solo una historia sobre la guerrilla en Venezuela durante los años sesenta, sino también es el testimonio de una nostalgia colectiva y de unos sueños aplastados, en parte, por los mismos soñadores. 
La historia se centra en Armando y sus compañeros de lucha quieren destituir el sistema establecido y consolidar uno completamente diferente, revolucionario. La historia se desarrolla en tres escenarios distintos que brindan varias visiones de la vida del protagonista.  
El primero se enfoca en la vida en la cárcel. Armando y sus compañeros, quienes están presos por sus actividades guerrilleras, deben asumir con paciencia y dignidad las vejaciones a las que se ven sometidos por algunos carceleros y por la misma dinámica del lugar. Sin embargo, no se resignan: han estado en varias cárceles y en todas han buscado la manera de escapar. Algunos lo han logrado y por eso los demás no pierden la esperanza. De tanto estar en túneles, sucios de tierra, abrigados por la oscuridad y amenazados por la falta de aire, estos hombres emprenden la labor de topos pues es su única esperanza de conseguir la libertad.
En el segundo se describe la vida en un campamento guerrillero en la montaña y la imposibilidad de algunos para adaptarse a ella. Aunque todos están dispuestos a pelear y morir por la causa, pocos soportan las inclemencias del clima, los zarpazos del hambre y la falta de sueño. Aunque hay deseos de gloria y aspiraciones heroicas, el fracaso se anticipa inevitable.
Una tercera visión nos acerca a un Armando que ya no está en la cárcel, que recuerda con nostalgia su pasado guerrillero y que escribe sus vivencias aunque no sepa con exactitud porque lo está haciendo. Lo aclara desde el principio: “En realidad, nada me obliga a contar esta historia. Lo hago, quizá, para medio espantar algunos rebullones que siempre me rondan. Puede ser también para complacer a los muchachos que cuando me encuentran por ahí nunca se olvidan de decirme: <<¿Y por fin, cuándo vas a escribir aquella historia>>”. Ya sea por compromiso o para exorcizar demonios, él la escribe y nosotros la leemos.
Los topos es una novela testimonio. Eduardo Liendo comparte con su protagonista el pasado guerrillero y los años en la cárcel. En realidad nos está contando gran parte de su historia y, aunque no es posible saber qué sucedió en la realidad y qué es producto de la ficción, da la impresión de que es mayormente  un relato verídico al que solo se le han cambiado algunos nombres.
Ésta es una obra que todos los venezolanos deberíamos leer para comprender el momento actual que vivimos. Los topos brinda pistas sobre una época que está teniendo consecuencias en la actualidad. Nuestro presente, de alguna manera, ya estaba escrito. Hay un fragmento de esta obra, escrita en 1975, que no puedo dejar de transcribir y que parece una predicción: “Pienso que del vientre del mar surgirán muchas olas, algunas de ellas, nadie sabe cuándo, será lo suficientemente poderosa como para saltar el gran rompeolas de la burguesía y llegar a la playa. Ojalá que sea una hermosa revolución. Ojalá no haya entonces ninguna razón para añorar un pasado injusto e imperfecto”.



Joanna Ruiz Méndez

lunes, enero 03, 2011

Entrevistas malandras de Nelson Hippolyte Ortega


Según el DRAE, se le denomina malandro (dra) en Venezuela al delincuente, especialmente al joven. Sin embargo, hay quizás otra noción que se infiere en el uso de esta palabra y que no se encuentra en la definición oficial: la actitud. Y es que los delincuentes, a lo Pedro Navaja, tienen una actitud arriesgada, guapetona, temible. Malandra, pues.
Esa concepción no escrita en ningún lado –sólo en el imaginario simbólico venezolano-, es la que mejor describe el tono de las entrevistas de Nelson Hippolyte Ortega, publicadas en la revista Feriado del periódico El Nacional entre 1982 y 1989 y que se compilan en esta obra. Algunas de ellas fueron hechas a personajes que estaban en la cumbre de su éxito; otros eran glorias caídas que recordaban los días luminosos con soberbia, nostalgia y pasión. Los paraísos e infiernos personales de estas figuras públicas se revelan ante las hábiles preguntas del entrevistador que se convierte, más de una vez, en un actor importante de ese pugilato periodístico.
Entrevistas malandras (40 conversaciones irreverentes) es una compilación imperdible no sólo para periodistas interesados en el género, sino para todos los que quieran acercarse a través del recuerdo o el conocimiento a esa Venezuela de los 80 que hoy en día parece tan sospechosamente lejana. Aunque muchas personas puedan juzgar algunas preguntas o posturas del periodista como poco éticas, todas las entrevistas permiten una reflexión y aprendizaje sobre el ejercicio periodístico independientemente de si se está de acuerdo con este estilo malandro o no.
María Conchita Alonso interrumpió la entrevista cuando se le preguntó, en la cumbre de su carrera, si quería ser famosa. Aldemaro Romero afirmó que no pertenecía al gay power de la cultura venezolana. Arturo Uslar Pietri opinó que el cine venezolano era muy malo. Delia Fiallo contó, con una ternura infinita, que había tenido una rata como mascota. Oscar Yanes hizo esta confesión delirante: cuando la noticia que debía cubrir era de un ahorcado, le pedían a los funcionarios policiales que lo volvieran a colgar para tomar la foto que acompañaría el artículo. Las Entrevistas malandras están llenas de momentos memorables como estos, que reflejan el lado humano -y un poco oscuro- de esas famosas figuras.
De esta obra, sólo hay dos detalles que lamenté: la falta de fotos que acompañen las entrevistas y la portada, que no le hace ninguna justicia al contenido. Espero puedan mejorar ambos aspectos para próximas ediciones. Del resto, la recomiendo plenamente.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, diciembre 12, 2010

Caracas, Caracas

Creo que todo el que lea mi blog habrá notado que tengo una relación difícil con Caracas. Y es que Caracas no es fácil y he llegado a sospechar que yo tampoco lo soy. Debe ser por eso que nuestra relación no es bonita, ni saludable, ni modélica. Pero Caracas siempre será mi ciudad natal y por esa conexión irrompible debemos tratar de llevarnos lo mejor posible, así sea a la fuerza.
Sin embargo, este post no es para hablarles del caos caraqueño, ni del tráfico, ni de los pocos momentos de silencio y perfecta paz que se pueden disfrutar aquí. No. Es para hablarles de lo que sí me gusta de Caracas. Que si hay cosas que me gustan, por supuesto. Así que aquí les dejo mi lista, para ver si los inspiró a enamorarse más de Caracas, en caso que su relación con ella sea tan problemática como la mía.

El cielo: Para mí, el firmamento caraqueño es de los más bonitos que existen. A veces el cielo se incendia y es una hoguera de flamas multicolores: naranjas, rojas, amarillas. Otras veces es azul y morado y maravilloso al mismo tiempo. Las nubes toman formas posibles e imposibles en esa bóveda perfecta y uno puede pasar amaneceres y atardeceres enteros contemplando esos grandes algodones remojados en luz celestial. Es todo un espectáculo, de lujo, que diariamente puedo disfrutar.

El Ávila: La visión de esta montaña nos regala una alegría constante y cotidiana a los caraqueños y nos asombra con su naturaleza cambiante: el Ávila es como una eterna e imponente pintura verde a la que un artista desconocido le agrega un detalle nuevo todos los días. Siempre es diferente. Me alegra decir que forma parte de mí rutina, ya que mi oficina está establecida justo enfrente de ese cerro maravilloso. Otro lujo que sólo puedo darme aquí, en Caracas.

El Metro: Les sorprende ¿no? Sí, yo sé que el Metro es una locura caótica que promete acabar con los nervios de muchos caraqueños en cualquier momento. Pero es allí donde he recogido parte de las historias lindas que caracterizan mi idea de Caracas. Fue allí donde un joven interpretó My Way en violín y nos deslumbró a todos con sus dotes de artista clásico-callejero. También fue allí donde presencié el matrimonio más improvisado, aunque no sé si por eso menos real, al que me ha tocado asistir (más detalles en Hasta la próxima estación). Ha sido en muchas estaciones del Metro en dónde he conversado largamente, me he reído muy fuerte, se me ha estrujado el corazón y he tenido que despedirme, a veces para siempre. Allí, en ese pandemónium, están momentos muy importantes de mi vida. Y ese lado poético y nostálgico del Metro, que quizás solo está en mi cabeza, es algo que me gusta.

La gente: No hablo de los irrespetuosos, desconsiderados e indiferentes. De esos, mejor ni hablar. Hablo de los hombres y mujeres que todavía son capaces de ser amables, aún en medio de este clima enrarecido y violento. Hablo de los pocos que aún respetan las leyes, los semáforos y el puesto en las colas. De los que le dan el asiento a una anciana, porque podría ser su abuela o su mamá. De los que, teniendo un negocio de comida, todavía regalan algo a los que no han probado bocado en días. De los que se preocupan de lo que le pasa al vecino, no por chismoso, sino por humano. De los que hacen su trabajo como debe ser, aunque sepan que haciéndolo mal igual recibirán un sueldo. Hablo del caraqueño que se atreve a ser considerado con otros, buena gente, pacífico. Todavía quedan y no me incluyo porque sería muy arrogante de mi parte. Sin embargo, queda en mi conciencia que todos los días –sí, porque es una lucha diaria- trato de ser una buena caraqueña, aún sabiendo lo difícil que es.

La comida: Es cara, a veces carísima, pero deliciosa. Creo que la oferta gastronómica de Caracas no tiene nada que envidiarle a la de ciudades extranjeras. Aquí se puede encontrar excelente comida italiana, española, china, japonesa, colombiana, árabe, mexicana, peruana, tailandesa y venezolana, por supuesto. Y mucho más. Yo, que soy una flaca que come sin pudor, puedo afirmar que esta es una de las cualidades que más me gustan de mi ciudad: la buena comida.

Las canciones: Caracas no siempre fue una malquerida; en el pasado, esta ciudad tuvo muchos admiradores. Varios de ellos le compusieron canciones inmortales, que aún siguen resonando entre nosotros como el eco de tiempos mejores. Una de ellas, compuesta por el costarricense Johnny Quirós, dice: “Caracas, ciudad hermosa. Tú eres bella, Caracas, la cuna del Libertador”. Lindo ¿no? En otra, el grupo colombiano Binomio de oro afirmaba: “Caracas, Caracas, como me gusta esa ciudad…”. Quizás la más emblemática sea la compuesta por el dominicano Billo Frometa, que en su Canto a Caracas compuso una verdadera declaración de amor:

“Y es que yo quiero tanto a mi Caracas
Que mientras viva no podré olvidar
Sus cerros, sus techos rojos, su lindo cielo
Las flores de mil colores de Galipán…”.

Creo que me pasa lo que a Billo Frometa: que yo también quiero mucho a mi Caracas. Por eso me peleo tanto con ella, porque la quiero tanto, tanto… mucho más de lo que algunas personas, es discursos cargados de patriotismo y nacionalismo exacerbados, dicen quererla. Me duele verla convertida en lo que es ahora, porque en mis recuerdos de niña, Caracas es linda como una princesa.
Un rincón de esperanza, en el que a veces me refugio, me dice que algún día Caracas volverá a ser como la ciudad de mis recuerdos. Y quizás, mucho mejor.

Joanna Ruiz Méndez

P.D: En este blog, pueden ver más canciones para Caracas y conocer más sobre la ciudad: http://caracascaracas.blogspot.com/

domingo, octubre 10, 2010

Sencillamente Aquiles

Creo que conocí a Aquiles Nazoa cuando tenía 8 años. Por supuesto, no en persona, sino a través de una de sus poesías de animales: La ratoncita presumida. El poema trata sobre una ratoncita presumida – por supuesto- que rechaza a un ratoncito enamorado por considerarlo inferior a ella. Luego de esto, va a proponerle matrimonio al sol, a la nube, al viento y la montaña porque piensa que son pretendientes a su altura. La humildad que cada uno de ellos demuestra, le hace ver a la ratoncita Hortensia que todos los seres son significativos. Termina por aceptar a su ratonil galán, a la vez que afirma que “en el mundo los pequeños son importantes también”.
Recuerdo que esta poesía fue la primera que me aprendí completa. Luego conocería otros escritos de Aquiles Nazoa: fábula de la avispa ahogada, un sainete o astrakán donde en subidos colores se les muestra a los lectores la torta que puso Adán y Amor, cuando yo muera…, entre otros. Con cada lectura me encontraba con un autor muy venezolano que reflejaba -y refleja- la idiosincrasia y problemáticas de nuestro país, pero que también era capaz de acercarse acertadamente a temas universales como el amor y la política desde un lenguaje sencillo y con un inteligente sentido del humor.
Aquiles Nazoa fue periodista, escritor, humorista y poeta y su legado es un referente indiscutible de nuestras letras y una lectura obligada para entender a Venezuela. En honor a que sus escritos siguen tan vigentes como el primer día, Monte Ávila Editores Latinoamericana ha publicado el libro Sencillamente Aquiles, que recopila variados y múltiples textos del autor. El libro divide los escritos en humor, líricos, prosa, teatro y diálogo y animales, e incluye una última sección llamada testamento 1976, que es un escrito inédito.
Recomiendo ampliamente esta obra que como dice la contratapa “constituye un legado para las nuevas generaciones”, pero también para todos los lectores en general. Para no hacer de este un post larguísimo, mañana dejaré dos lecturas que pueden encontrarse en el libro. Estoy segura que las disfrutarán.
Joanna Ruiz Méndez

lunes, abril 05, 2010

Todo un pueblo




Todo un pueblo, novela escrita por Miguel Eduardo Pardo y publicada en 1899, es una sátira de la Caracas de la época, pero es también una crítica áspera a la sociedad venezolana en general, a sus habitantes y la mentalidad de sus habitantes, a su historia.
Julián Hidalgo, joven descendiente de indígenas bravíos a los que “la historia de la conquista negó el valor y regateó el heroísmo”, es el atormentado protagonista de la novela. Villabrava, su ciudad, es un territorio que alberga personajes grotescos y vulgares, injusticias por doquier, carencias morales y sociales que enervan la sangre de Julián. Luego de pasar unos años en la finca de su padre, Julián regresa a Villabrava. Se cree depositario de una misión titánica e imposible: invitar a la reflexión a la sociedad villabravense.
Aunque intuye que su tarea no rendirá frutos, el protagonista igual decide realizarla con la entrega y determinación de un mártir. En un acalorado discurso, enfrenta a los villabravenses con la verdad y les dice: “Villabrava es un pueblo enfermo y la enfermedad es tan cruel, tan impenitente, tan tenaz, que está pidiendo el experimento y diagnóstico inmediatos de los más despiadados alienistas del espíritu”.
Después de su discurso revolucionario, Julián Hidalgo se convierte en enemigo de todo un pueblo, que lo mira como el mal elemento que quiere alterar la falsa paz y estabilidad de la ciudad. Y si su vida pública es desastrosa, la privada no es mejor: el romance que sostiene con su prima segunda, Isabel Espinosa, es impedido por el padre de ésta, Don Anselmo, quien a su vez desea incontrolablemente a Susana Hidalgo, la viuda de espíritu sensual quien es madre de Julián.
En este escenario moralmente desolador, Pardo no le otorga mayor esperanza a Villabrava y refleja su pesimismo a través del personaje de Luis Acosta –amigo y antítesis de Julián-: “Villabrava seguirá lo mismo que la hicieron… Los que tuvieron el mal gusto de hacerla: con sus calles torcidas como sus conciencias; con sus orgullos estúpidos, con sus dolencias públicas, con sus chismes, con sus infamias, con sus apodos soeces, con sus delitos sin castigo, con sus mismos hombres y sus mismas vergüenzas”. El autor critica a la “anémica” aristocracia, a la clase media, al manejo de la información en los medios –manejados por una burguesía mediocre y corrupta- y el poco provecho que Villabrava, después de sacudirse del colonialismo, le dio a su libertad. Esa libertad que “debió ser origen de bienes incalculables, de orden, de paz, de igualdad, de liberalismo y democracia” y que “empezó a trocarse a lo mejor en inesperado desorden”.
Esta novela fue polémica y terriblemente criticada en su momento por el duro ataque de Pardo a la sociedad venezolana. Villabrava es Caracas, una Caracas que se creía profundamente moderna después de la transformación impuesta por Antonio Guzmán Blanco –al que el autor llama en el libro “el tremendo nivelador”, por su mano dura y espíritu progresista- y a la que Pardo define sin reparos como todo un pueblo. Pero Villabrava es también Venezuela, con un pasado histórico que es un lastre y que está de repleto de oportunidades perdidas y personajes malintencionados –que bien pudieron ser gobernantes o ciudadanos- que echaron por tierra lo que pudo haber sido el país. Esta terrible crítica hacia Venezuela puede no ser totalmente entendida si no se conoce el contexto histórico, político y social en que fue escrita. Sin embargo, y a pesar del siglo petrolero de diferencia, muchas características de esa Villabrava de Miguel Eduardo Pardo siguen vigentes en la Venezuela actual, aún cuando ahora el terrible peso de las promesas incumplidas y esperanzas rotas parezca sentirse mucho, muchísimo más.

Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 10, 2009

Reflexiones en un taxi

“Buenas noches señor. Me lleva para. ¿Cuánto es? Está bien”.
Ya no puedo decirle que me parece demasiado caro. Estoy montada aquí, en el taxi del señor y prácticamente, siento que mi vida depende de él. De que sea bueno, de que me lleve a mi destino. Por eso si peleo, peleo antes de montarme. Nunca cuando ya lo he hecho. Como diría CAP, sería un autosuicidio. AUTO-SUICIDIO. Literalmente.
Este hombre no habla. Pone música suave, casi imperceptible. Es un señor de unos 50 años, es bastante gordo y tiene un bigote finito. Es el contraste, no el equilibrio, lo que me llama la atención. Pero claro, sólo me fijo en eso para apartar esta molestia. Esta sensación que me entra cada vez que salgo de noche. Me entra un miedo que se me agazapa en el estómago en un punto que se conecta directamente con los lagrimales. Me entran unas ganas de llorar demasiado horribles pues. Y me da rabia. Si se supone que voy a rumbear, a disfrutar en grande, a bailar, a ver amigos y me reiré muchísimo en el futuro ¿por qué me siento así ahora? Claro, el futuro nada tiene que ver con este presente melancólico y feo. Pero igual. Me da rabia y tristeza y ganas de llorar. Por eso analizo al taxista gordito, que sigue en silencio y probablemente no se imagina lo que yo, también en silencio, pienso en este momento.
Tal vez tiene que ver la ciudad. La ciudad hostil, de día y de noche, que esconde unos secretos horribles. Yo sé que Yordano se enamoró en una noche como esta, de la noche en esta ciudad, de la luna y las estrellas que se ven en la noche de esta ciudad. Pero a mi me da miedo esta noche, que promete más desgracias que bendiciones. Yo sé que igual de peligroso es el día, pero todo da más miedo cuando se esconde el sol. Es el miedo infantil a la oscuridad, a saberse solo entre las sombras, al monstruo que se esconde debajo de la cama y que al parecer sólo nosotros podemos ver.
Pero claro, también me da miedo agarrar taxi, así sea de línea. Porque todas las mujeres en esta ciudad nos montamos en un taxi con miedo, por la idea de que nos pueden violar. Que ese señor que está en el volante, es un pervertido. Que los seguros de la puerta se cerrarán para siempre y no podremos salir de ese carro por más que queramos. Siempre nos imaginamos en las páginas de sucesos cuando nos montamos en un taxi, aunque sea un pensamiento fugaz. O a lo mejor, es una paranoia mía que aplico al colectivo. A lo mejor yo soy la miedosa. La que no deja de ver los seguros, al señor, las posibles salidas. Esto es peor que una película de terror. Es peor que Chucky, que una poseída malhumorada, que un vampiro hambriento. Este miedo es peor, porque no me protege una pantalla. Esto es la vida real, aquí si salpica la sangre. Y de que forma.
Sí, creo que es la vida en esta ciudad. En esta ciudad que se ha convertido en un matrimonio demasiado largo y demasiado malo. Esta ciudad a la que estoy a punto de pedirle el divorcio. No puedo vivir con esta inseguridad, con este miedo. No puedo dejarle todo el trabajo a la bendición que me echa mi mamá cada vez que salgo de la casa. No quiero esta opresión en el pecho cuando decido salir de mi casa en la noche. No quiero sentir que en el futuro me espere un “¿por qué saliste? Tú sabes lo peligroso que está todo. Estabas tan bien en la casa y…” Que me lo puede decir alguien o me lo puedo decir yo misma. Es este toque de queda decretado por el instinto de supervivencia, tan real como esta vida y como esta ciudad y como mi miedo. Y como mis ganas de llorar.
Ya estoy llegando. Un par de veces me asusté porque el señor se puso creativo con la ruta. Esa es otra. Si los taxistas se van por los caminos verdes, parece una señal definitiva del triste destino que nos espera. Pero no, el señor se metió por calles solitarias pero ya llegó a donde está la movida nocturna, el bululú, la gente. La gente. La chama que apenas se viste para que todos la miren, el pana que se echa cualquier cantidad de gelatina para mantener en su sitio un peinado imposible, el perrocalentero que a esa hora recibe más clientes que en el resto del día y hace su agosto con su legión de panes, salsas y salchichas. El señor me dice que si me deja en tal esquina. Le digo que sí. Y con mi pensamiento le digo, gracias por no ser un pervertido señor, gracias por traerme sana y salva a mi destino, gracias ahora por desearme que me vaya bien. Gracias.
“Aquí tiene señor. Gracias por todo. Buenas noches”.

Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 03, 2009

El Viaje de la Venezolanidad (I)

Me encantó esta primera parte de la crónica de Manu, por eso hoy le cedo el espacio para que ustedes también la disfruten. Y pendientes, porque ya vienen las demás entregas de este viaje de la venezolanidad que mi amigo narra tan bien.

Pocas cosas son más venezolanas que el hecho de hacer trampa, así sea una sola vez en la vida. Colearse en algún sitio, comprar una cosa y venderla más cara, quitarle algo a alguien que lo necesite más; son tentaciones que seducen hasta al más correcto de todos los que habitan en esta tierra tropical.
Fue así como, en un impulso de esa viveza criolla que nos caracteriza y no nos deja progresar como país, decidí vender mi dignidad por cuatro palos ó 4 mil bolívares fuertes -como le dicen ahora- y coloqué en manos de otros mi cupo de dólares para viajes que por ley, me otorga CADIVI, gracias al monstruo del control de cambio.
Accedí sin más ni más, sin saber el entramado de procesos que se daban tras la promesa de un fin de semana en Curaçao, con todos los gastos pagos y en hotel de lujo. “Tú decides qué fin de semana quieres irte, luego me das 3 copias de tu cédula y tu pasaporte y el resto es un pajazo”. Esas fueron las célebres palabras que me empujaron a dar el sí.
Saqué las copias sin pensarlo mucho y me reuní con el gestor de mi viaje. Cuando estuve frente a él fue que me vinieron 500 preguntas a la cabeza que me hicieron entender la gran red de corrupción que se escondía detrás de esos cuatro melones y un viajecito gratis a las Antillas Holandesas.
Como si se tratase del crimen perfecto, Alfredo, mi gestor, me explicó el asunto. Ellos tramitaban la aprobación del cupo a través de la expedición de un boleto ficticio, según el cual yo estaría un mes en Curaçao. Luego de eso, reunían los recaudos y los entregaban en el banco, donde, gracias a un contacto, el cupo estaría aprobado en sólo 2 días.
Finalizado ese procedimiento, venía el viaje, en el que, en llegando, tenía que entregarle mi tarjeta y mi pasaporte a la prima de Alfredo, que era la que pasaba las tarjetas. Cuando ya estuviese finalizada la transacción, mis 4 millones estarían depositados en una cuenta de ahorros y la operación sería un éxito.
Después de escuchar aquella barbarie de ilegalidades, trampas y chanchullos, me sentí como un criminal, como si fuera la primera persona que estafaba al fisco, pero luego recordé la cantidad de dinero que han aprovechado los boliburgueses gracias a la revolución, y mis 4 millones se volvieron chiquitiiiiicos, como diría el mismísimo comandante. Acepté.

Manuel Quilarque

sábado, julio 26, 2008

Piedra de Mar


Ayer me reí mucho releyendo Piedra de mar. Muchísimo. Creo que las otra veces que la leí todavía me sentía demasiado identificada con Corcho como para poder burlarme de sus tragedias. En cambio ayer no pude evitar reírme de su mala suerte, de su mente imaginativa, de su particular humor negro y punzante. De su adolescencia.
Claro, además de la risa, sentí algo de nostalgia. Recordé que cuando leí Piedra de mar la primera vez, yo también era adolescente. En ese momento, sí sufría por todo lo que le pasaba a Corcho. Porque hacía el ridículo. Porque no sabía que hacer con el montón de futuro que tenía por delante. Porque tenía una hermosa piedra de mar en su poder –su propia juventud, su amor- y no podía dársela a quien él quería. Además, la primera vez que leí el libro fue porque me lo prestó un amigo que para mí era idéntico a Corcho y la confusión adolescente del protagonista de la historia era la de mi amigo. Entonces sufría por los dos.
Esta relectura del libro de Francisco Massiani me trajo recuerdos y risas. Recuerdos de mi adolescencia. De mi amigo, que para mí siempre será Corcho. De esas pequeñas tragedias cotidianas que también me desvelaban como a él. Las risas vinieron porque es imposible no sentirse demasiado joven leyendo este libro. Demasiado joven y demasiado feliz.