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jueves, noviembre 29, 2018

Paparo


"Antes, todo este pueblo estaba cubierto por el mar. Era un océano".


Durante muchas noches, cuando estábamos en Paparo, me aterraba la idea de que el agua reclamara el que algún día había sido su territorio. El miedo era más fuerte cuando llovía, porque era una forma de llover salvaje y desmedida, como suele pasar en los pueblos costeros. Tronaba de una manera apocalíptica, se metía el reflejo de los relámpagos en los cuartos oscuros porque se iba la luz –siempre se iba la luz- y la lluvia caía por horas. En mi imaginación, ese era uno de los tantos avisos que estábamos recibiendo: el agua volvería a ocuparlo todo. Cuando eso sucediera, mi familia y yo quedaríamos flotando entre peces, algas y guacucos por habernos atrevido a pasar vacaciones en un lugar que, alguna vez, estuvo dominado por el mar.

Mi hermana Joselyn me había contado lo del mar como un dato de cultura general y sin ánimo de asustarme, así como René, mi hermano, me había dicho muy serio que las montañas habían sido alguna vez olas gigantes congeladas por Dios. Aunque hubiera sido natural que le temiera al agua, no fui capaz de asociar esas historias con el mar que me recibía espléndido cada vez que íbamos a la playa. Me metía sin dudarlo y me dejaba mecer por el oleaje, mientras miraba al cielo agradecida por poder estar allí. Cuando era niña, Paparo me parecía el lugar más bonito del mundo.

Esta parroquia barloventeña se dividía en dos pequeños mundos muy diferentes entre sí: el pueblo y la urbanización. Mi familia y yo nos quedábamos en el pueblo en una casita sencilla pero cómoda que tenía suficientes cuartos y suficientes camas como para que pudiéramos llevar invitados de vez en cuando. No era de nosotros sino de una amiga de mis padres que, al ver el esmero con que mi mamá la cuidaba, no dudaba en entregarles las llaves cada vez que queríamos ir. 

La urbanización era otra cosa. La visitábamos con frecuencia porque mi papá era socio de un club que estaba de este lado de la parroquia. Desde el carro veíamos, a ambos lados del camino, mansiones con piscina cuyos dueños eran personas de la clase alta caraqueña. En algún momento, Paparo fue un destino popular y el club era un punto de encuentro de gente adinerada –y nosotros- que terminaban bailando al ritmo de los artistas de moda en las fiestas que se celebraban durante las épocas de temporada alta.

Hoy me da risa pensar que uno de mis sueños más grandes cuando era niña era tener una casa en la urbanización. La de la amiga de mis padres me gustaba muchísimo, pero yo tenía aspiraciones dignas de la revista ¡Hola! en la que me fotografiaban en mi casa de dos pisos, en mi piscina, en mi sala grande y suntuosa.

La única ventaja que le veía a la casita del pueblo era que estaba más lejos del mar. Así, si un día venía el agua a reclamar su territorio, llegaría primero a esas mansiones. Mi familia y yo quizás nos daríamos cuenta y podríamos salir del pueblo, rumbo a Caracas, en el Malibú del 82 de mi papá. Eso lo pensé más de una vez cuando me costaba conciliar el sueño en las noches y, especialmente, cuando rompía a llover sin piedad sobre Paparo.


La casa


La casa de Paparo forma parte fundamental de mis recuerdos de la infancia. Allí jugué con mis primos, mis amigos, con Hernán y sus hermanos, tuve mi primer ataque de pánico y conviví, de manera más bien armónica, con presencias sobrenaturales.

La casa tenía una sala grande en la que cabían dos poltronas, un sofá, una mesita de centro y un revistero que siempre estaba lleno de polvo, arañas y revistas del corazón. También había un comedor de 8 puestos que era capaz de recibir más gente siempre y cuando se arrimaran más sillas. Sobre esa mesa, aprendí a jugar dominó, Uno y burro, así como otros juegos que Hernán nos enseñaba y se nos olvidaban cada vez que volvíamos a Caracas.

Había tres habitaciones, cada una con dos camas, en las que se podían acomodar colchonetas cuando había suficiente quorum en la casa. Entre la sala principal, las habitaciones y la cocina había otra sala más pequeña en donde habían dispuesto unas sillas grandes, feas y en su mayoría rotas que por supuesto nadie usaba, así como un mesón que nos servía, principalmente, para estirar los trajes de baño mojados para que se secaran. En la pared había tres imágenes: dos eran fotografías de los hijos de la dueña cuando eran niños y uno era un retrato pintado de un muchachito que, me parecía, estaba a punto de llorar.

La casa le había pertenecido antes a una pareja de españoles. Ella era pintora y el cuadro del niño, así como otros que había en la casa, eran de su autoría. Nos habían dicho que la casa la habían vendido cuando la señora murió y asumimos que su presencia, así como otras, seguía conviviendo entre nosotros.

Lo de los fantasmas era una creencia alimentada por Hernán, pero que sabíamos que tenía su toque de verdad. En la casa de Paparo uno sentía “algo”. ¿Qué era? Nunca lo supimos. Las historias eran muchas, pero la que más recuerdo estaba relacionada a un hermano de Hernán que al parecer había visto a uno de los doce apóstoles –nunca supe cómo había llegado a esa conclusión- atravesar una de las paredes del comedor para perderse en alguna parte del concreto porque no llegó a salir hacia la sala auxiliar. Todos los invitados –compañeritos de colegio, parientes o amigos de la familia- también se contagiaban de ese susto, ya fuera por las historias que mis hermanos y yo contábamos diligentemente cada vez que podíamos o porque también sentían ese “algo” que nunca pudimos definir.

Cuando se apagaban las luces por las noches, no nos atrevíamos a deambular por la casa. Si alguno de nosotros quería ir al baño, le pedía a otra persona que lo acompañara. Así mientras uno entraba, el otro montaba guardia al lado de la puerta. Era una estrategia que no estaba enfocada a espantar a los fantasmas sino más bien a ahuyentar el miedo. Habíamos visto suficientes películas de terror como para saber que los espíritus se ensañan particularmente con los solitarios.

El resto del tiempo, especialmente durante el día, la casa de Paparo era territorio de risas y juegos. Las mañanas comenzaban con desayunos suculentos en donde casi nunca faltaban las arepas, los huevos revueltos y el café con leche. Si decidíamos que ese día no iríamos a la playa, mis hermanos y yo salíamos al patio, buscábamos en el baño exterior de la casa una manguera vieja, la conectábamos a un grifo y comenzábamos a darnos duchazos de agua fresca que espantaban el pesado calor papareño. Muchas veces aprovechábamos los duchazos para lavar el carro de mi papá. Mi hermano y yo siempre terminábamos negritos de esas jornadas festivas bajo el sol; mi hermana, en cambio, a pesar de que se acostaba por horas sobre una toalla para terminar tostada, solo alcanzaba a ponerse rojita.

En el patio trasero de la casa había matas de mangos, así que a veces también nos dedicábamos a recogerlos para que mi mamá nos hiciera jugo o, si teníamos hambre, los lavábamos con la manguera y nos los comíamos de una vez. Cuando iba con mis amigas, recuerdo que el patio se convertía en una pasarela en las que exhibíamos nuestros trajes de baño nuevos y soñábamos, como en algún momento creo que sueñan todas las niñas venezolanas en su vida, en convertirnos en reinas de belleza.

Joselyn y una amiguita de mi infancia, en una de nuestras sesiones de sol y agua.
En la noche, cuando aún no se habían apagado las luces, sacábamos algún juego de mesa para divertirnos con Hernán y, en ocasiones, alguno de sus hermanos. Casi siempre eran cartas y con él aprendimos no solo juegos sino también trucos y chistes malos que, en su boca, nos parecían buenísimos. Cuando nos agarraba la medianoche, Hernán decidía aderezar la velada con historias de espantos que habían ocurrido allí mismo, en la casa, o en alguna parte del pueblo. Nosotros lo escuchábamos aterrados pero, lejos de pedirle que parara, lo animábamos a recordar y contar otros cuentos de misterio.

La casa era bastante sencilla pero, dentro de un pueblo lleno de casuchas que muchas veces estaban cayéndose, resaltaba. Llegar allí nos volvía, de repente, “los ricos” del lugar. Todos sabían que veníamos de Caracas y ser capitalino en ese pueblo costero te daba un estatus especial. 

A veces algunos lugareños pasaban delante de la casa, veían hacia el patio en donde estábamos jugando y nos dedicaban una mirada en la que se mezclaba la curiosidad y la envidia. Era la misma mirada que yo le dedicaba desde el carro de mi papá a las mansiones imponentes de la urbanización. Creo que fue allí en Paparo en donde entendí, sin que nadie tuviera que explicármelo, que había nacido en ese estrato social difuso llamado clase media.


El club


Los patos que, durante algunos años, nadaron sobre el lago que estaba en el club.


Ya he contado que el club y la urbanización de Paparo reunió en una época a una parte de la clase alta caraqueña que vacacionaba en Barlovento. De hecho, hubo una canción muy popular en los ochenta llamada La sifrina de Caurimare en la que la protagonista daba a entender que la envidiaban por irse de vacaciones para allá.

Para los que no son venezolanos, aquí va una pequeña explicación: sifrina o sifrino es una persona que es evidentemente adinerada y lo demuestra en su forma de actuar, hablar y vestirse. Son de la misma raza que los gomelos de Colombia, los fresas de México o los pijos de España. Caurimare, por otra parte, es una zona de Caracas en la que vive la clase alta.

Nunca le he preguntado a mi papá cómo llegó a ser socio del club, aunque creería que su inscripción tuvo que ver con la amiga de la familia que nos prestaba la casa en el pueblo. Ir a Paparo, además de disfrutar la casa, significaba entrar en ese lugar exclusivo de espacios amplios en donde había dos piscinas –una de adultos y otra de niños-, canchas de tenis y bolas criollas, un caminito de cemento que te llevaba directo a la playa, un restaurante, un parque infantil, puestos de comida, tienditas, una sala de cine a cielo abierto y un laguito en la entrada en el que, por algún tiempo, nadaron muchos patos.

El club de Paparo era, por consiguiente, un universo de posibilidades para una niñita imaginativa como yo. Casi nunca salía de la piscina pero, cuando exploraba otros lugares, mi mente le daba a cada experiencia una connotación profunda.

Por ejemplo, cuando decidía explorar la terraza del club por las noches y me acostaba de espaldas en el piso, me adentraba en otro mundo que me parecía –y me sigue pareciendo- fascinante: el del cielo estrellado. El caminito que daba hacia la playa también alborotaba mi imaginación. Estaba rodeado de flores, palmeras y plantas tropicales y, en cierta época del año, resultaba salpicado por el jugo de las uvas playeras que se caían maduras de los árboles. Caminarlo me parecía la antesala a una película que terminaba igual que ese recorrido: con un final feliz a orillas del mar.

Las fiestas del club eran legendarias. Siempre incluían un derroche de buena comida y mejores bebidas, un bingo en el que se entregaban jugosos premios en metálico o botellas de whisky costosas y un grupo musical que amenizaba las noches con el mejor merengue de la época. Una vez hasta el mismísimo Roberto Antonio se presentó allí. La actitud festiva -dionisíaca- de los asistentes también era una constante.

Cada vez que recuerdo las fiestas del club rememoro a todas las personas riendo, bailando, celebrando la vida. Como todos los niños, me mantenía un poco al margen de esa algarabía de la gente grande e inventaba distracciones más simples para matar el tiempo, pero de alguna manera asumía que eso me esperaría en el futuro, que la vida adulta era eso.

Por supuesto, la de los noventa era otra Venezuela. Poco a poco, el club fue cambiando hasta convertirse en una sombra de lo que había sido. Dejaron de hacerle mantenimiento a las canchas de tenis y bolas criollas y nunca más volvieron a usarse. Cerraron el restaurante, las tienditas y los puestos de comida. La vegetación fue ganando terreno y se empezaron a levantar algunas baldosas. Un día vaciaron la piscina de niños, la primera en la que me metí en mi vida, y se convirtió en un vertedero mohoso de agua de lluvia y hojas muertas. Los patos se fueron o se murieron: nunca más volví a verlos. La pantalla gigante en donde se mostraban los números del bingo jamás volvió a encenderse. La música, la alegría y los festejos también desaparecieron para siempre.

Visitar el club en decadencia, después de haber conocido sus épocas de gloria, era deprimente. Solo algunos detalles –el caminito a la playa, los amplios espacios que siempre estuvieron abiertos para recibir la brisa marina, el laguito de la entrada- permitían adivinar que ese no era un sumidero de fantasmas sino un lugar que conoció tiempos mejores. Además, si uno cerraba los ojos, si uno realmente se concentraba, podía escuchar el eco de las risas, el ritmo contagioso de los merengues noventeros, el ruido de botellas destapándose, el B1 o el O62 que salieron, alguna vez, en un bingo bailable.

La juventud


Otros niños en los noventa, incluyendo a aquellos pertenecientes a las familias que tenían sus mansiones en la urbanización, probablemente intercalaron sus experiencias turísticas entre Paparo, Miami, Orlando y Madrid. Las mías casi siempre fueron en Paparo. Salvo algunas excepciones, mi familia y yo siempre emprendíamos el viaje de dos horas en carro desde Caracas hasta el pueblo a pasar Semanas Santas, feriados y vacaciones de mitad de año.

En mi infancia, Paparo tenía todo lo que yo podía pedirle a la vida: playa, un club con piscina, mangos maduros, fantasmas y a mi familia entera. Después, sobre todo en la adolescencia, me parecía que lo de mis padres era una falta de imaginación tremenda. ¿Otra vez Paparo? ¿Qué más podía ofrecernos ese pueblo en el que nunca pasaba nada y cuyo único atractivo verdadero eran las visitas de Hernán? Yo, que ya tenía sed de mundo, me sentía atrapada en ese destino humilde que ya me parecía insuficiente. Sentía que era una mala pasada del destino que Paparo fuera lo único a lo que yo pudiera aspirar.

Había días de días, por supuesto. En unos, yo solo me quejaba internamente de haber terminado, como todas las vacaciones, en Paparo. En otros, me parecía que el lugar tenía una magia destinada a nosotros, los fieles, que no lo habíamos abandonado. 

De esos días felices recuerdo especialmente una vez que fui con mi mamá a la playa muy temprano. La luz tenue de una mañana limpia iluminó nuestra caminata a orillas de la playa, vimos llegar una lancha de pescadores en actitud festiva, nos vimos rodeadas por un grupo de gaviotas que quería llevarse su tajada de la pesca y nos alegramos por la suerte de una raya pequeñita que escapó de las redes, nadó rápidamente hacia aguas más profundas y logró burlar a la muerte. En días como esos, yo sentía que Paparo era tan bonito como siempre me había parecido en mi infancia.

El deterioro del club, la muerte de Hernán y la certeza de que el pueblo era cada vez más inseguro le fueron quitando atractivo a un destino que de por sí nunca fue espectacular. Eventualmente empezamos a pasar vacaciones en Higuerote –también en la región de Barlovento- y nos aventuramos a otros lugares fuera de Venezuela. Paparo se volvió un lugar al que cada vez íbamos menos y al que luego solo iban nuestros padres, quienes finalmente también dejaron de visitarlo por completo.

No sé si cuando recuerdo a Paparo siento nostalgia por el lugar o por el tiempo en el que pasaba vacaciones allí. Eran épocas más fáciles, por supuesto: podía desperezarme a las 11 de la mañana, jugar todo el día bajo el sol sin temor a lo que esa exposición irresponsable pudiera provocar, derrochar el agua que salía de la manguera sin pensar que la estaba desperdiciando. Me sentía eternamente joven cada vez que Hernán me llamaba Joannita. Era un territorio seguro en el que siempre estaban mis padres, mis hermanos, mis amigos. No era mi hogar, pero de alguna manera era una extensión de este.

No todos los recuerdos son lindos, por supuesto. En la casita del pueblo sentí por primera vez que me faltaba el aire, que el corazón se me iba a salir y que me iba a morir: allí sufrí durante uno de los habituales apagones, a los once años, mi primer ataque de pánico. Vendrían muchos más. En las calles de Paparo también tuve la certeza de lo cercana que estaba la muerte cuando fui al velorio de Hernán. Ese día le dije adiós a unos de mis mejores amigos y, en cierta manera, también a mi juventud.

Hasta cierta edad, también estuvo el miedo de que el pueblo se viera arropado por un océano furioso que –estaba segura- un día reclamaría su territorio. En ese momento no entendía que la destrucción que presentía no tenía nada que ver con el agua. El club selecto, el ambiente tranquilo de esa parroquia barloventeña y los juegos simples y felices en la casita del pueblo no se vieron arrasados por el mar: de todo se encargó el tiempo.  

Joanna Ruiz Méndez

lunes, julio 24, 2017

9 apuntes sobre ser inmigrante


Pixibay.com / josealbafotos /CC0 Public Domain
Hace tres años y medio me fui de mi país y, en mi experiencia como inmigrante, he recopilado algunas experiencias y pensamientos que quiero compartir con ustedes. Emigrar es una experiencia tan plena de matices que estoy segura que otros inmigrantes podrían ampliar estos apuntes y proponer unos nuevos; si es así, siéntanse libres de comentar.

Tienes una historia que contar: Basta que digas "Hola" para que alguien note tu acento, te pregunte de dónde eres y comience el rosario de preguntas: ¿desde hace cuánto estás aquí? ¿qué te ha parecido nuestro país? ¿ya te adaptaste? A mí, personalmente, me parece genial. Cada vez que sucede me da la oportunidad de contar mi historia y, de paso, hablar de mi país. Ser "el extranjero" siempre te permite tener un tema de conversación y es la mejor forma de romper el hielo cuando conoces a alguien. A mí, que no siempre se me da lo de socializar, me parece una gran ventaja.

Eres un embajador de tu país: Te guste o no. Tu forma de comportarte definirá, de alguna manera, lo que las personas que te rodean piensen de la gente de tu país. Es una gran responsabilidad, pero también una oportunidad de dejar una buena impresión y abrirle la puerta a otros coterráneos que, como tú, han tomado la decisión de emigrar.

Es una experiencia agridulce: Sabes que estás viviendo muchas cosas que quizás nunca hubieras podido experimentar en tu país y eso aplica tanto para las buenas como para las malas vivencias. A lo mejor estás conociendo la nieve, estás disfrutando de un transporte de alto nivel o simplemente estás saboreando las mieles de la independencia. Sin embargo, probablemente también estás extrañando a tu familia, no tienes muchos amigos y tus apuntes chistosos, tan populares en tu tierra, ya no hacen reír a nadie. Hay días en los sientes que tomaste la mejor decisión y otros en los que te arrepientes de haber cambiado tanto tu vida. Hay días, incluso, en las que ambas sensaciones se mezclarán. Y sí, es normal.

No eres de aquí, ni eres de allá: A lo Facundo Cabral. En el país que te acogió, te sientes el más patriota. Tratas de no perder ni tus costumbres, ni tus modismos, ni tus intereses. Sin embargo, cuando hablas con tu familia o amigos, te escuchan diferente. Todos notan un cambio en tu acento, te escuchan palabras que jamás habías dicho y se dan cuenta  de tu interés por ciertos temas que solo atañen a tu nuevo país de residencia. Y así, comienzas a no pertenecer del todo a ningún territorio. Cuando visitas a tu gente, te ven raro porque ya no eres el mismo. Para los que conviven contigo en tu nueva realidad, siempre serás el extranjero. Es mejor que te acostumbres -yo ya me acostumbré-pues eso no va a cambiar en el futuro. Esa sensación de no pertenecer del todo siempre te va a acompañar.

Verás de una forma diferente a tu país: No solo a uno lo ven distinto: uno comienza a ver diferente a su propia patria. Emigrar te obliga a cuestionar muchas de las certezas que tenías y te enfrenta a nuevas costumbres, visiones y concepciones sobre la vida. A veces, te darás cuenta que en tu país hay cosas que están decidamente mal, aunque nunca las percibiste de esa manera mientras vivías allí. También verás que tiene virtudes que nunca valoraste y que hoy, a la distancia, parecen incluso más grandes. Sin duda, redescubrir tu lugar de origen es una de las tareas que están asociadas a la emigración.

Recordarás tus primeros días: En tu nuevo país de residencia, por supuesto. Recordarás que muchas de las cosas que hoy te parecen normales, cotidianas y hasta aburridas, en un momento te sorprendieron y te parecieron novedosas. Cuando uno está recién llegado en un nuevo país, se convierte en un niño que abre por primera vez sus ojos al mundo. Esos primeros momentos que se viven en un nuevo territorio no siempre definen nuestra experiencia allí, pero de alguna forma siempre nos acompañan porque están llenos de sorpresa, de emoción y, por supuesto, de nostalgia. Constituyen el comienzo de una nueva vida.

Recordarás tus últimos días: Me refiero a los últimos días que pasaste en tu país natal. Ese conjunto de vivencias que tuviste al lado de tu familia, las despedidas que te organizaron tus amigos, las compras nerviosas que hiciste a última hora... todo eso estará tatuado en tu alma para el resto de tu vida. De alguna manera esos días tienen un significado especial porque tú sabías que tu vida estaba por cambiar para siempre. Todo estaba teñido de emoción, de expectativa, de tristeza. En mi caso, tengo vivo un recuerdo específico: un almuerzo al lado de la playa que tuve con mis padres el día antes de emigrar. Estábamos en La Guaira y yo solo podía ver el mar, llenarme los ojos de esos azules que sabía que no vería en mucho tiempo, respirar ese rumor de brisa y arena que, en cierta manera, habían moldeado mi existencia. Nunca olvidaré lo que sentí ese día y sé que ustedes, con otros protagonistas y en otras locaciones, también tienen su propio "almuerzo en La Guaira".

El futuro no está claro: Hay personas que parecen tenerlo resuelto: han echado raíces lejos de su tierra, han formado una vida estable y segura y ya no ven la posibilidad ni la conveniencia de volver. Otros confían en que el destino los termine regresando, de una u otra manera, a su lugar de origen. Sin embargo, nunca se sabe. Los que hoy parecen ser felices fuera de su país pueden terminar retornando y aquellos que juran que volverán sin dudarlo, pueden terminar haciendo sus vidas para siempre en otras geografías. Por eso, la única certeza que se tiene al emigrar es que el futuro no está claro. Tanto volver como quedarse son posibilidades reales para un inmigrante.

Una parte de tu país vivirá en ti: Claro que vas a hacer una vida normal y funcional en tu nuevo lugar de residencia. Trabajarás, hablarás de deportes, comentarás los chismes del espectáculo, te emocionarás con los avances que tenga esta nación que te ha acogido y sufrirás cuando algo malo le suceda. Sin embargo, tu alma y tu cabeza siempre guardarán un espacio para ese territorio que te vio nacer. A veces los años o las experiencias modificarán el tamaño de este espacio, pero siempre estará allí. Una parte de tu país siempre vivirá en ti y, sin dudarlo, dejará su estela en todas tus vivencias.

Joanna Ruiz Méndez

martes, enero 12, 2016

Volví

Es curioso como la rutina –y en ocasiones, la falta de voluntad- nos hace abandonar las cosas que más nos gustan. Eso me pasó a mí. Desde hace mucho tiempo, el famoso “no tengo tiempo para eso” se apoderó de mí discurso y fui dejando de lado mis cosas favoritas, como leer libros a granel y escribir en este blog.  
No quiero que suene a excusa, pero siento que todo comenzó hace dos años, cuando me mudé a Colombia. La experiencia de vivir en un nuevo país, enfocarme absolutamente en un trabajo en el que muchas cosas eran nuevas para mí y lidiar por primera vez con aquello que llamamos independencia –con todas sus glorias y tragedias- influyeron en el abandono de este espacio. Sin embargo, a pesar de todas las circunstancias, la verdad sea dicha: la principal responsable de tanto abandono, fui yo.
Pero aquí estoy nuevamente, escribiendo en este blog que empecé en 2008 y que por un momento me permitió no solo reseñar libros sino también desahogarme, compartir crónicas viajeras y, en general, experimentar con la escritura. Vuelvo porque necesito escribir de las cosas que más me apasionan y los que me conocen saben que pocas cosas me apasionan más que los libros. Vuelvo porque me he puesto como tarea actualizar este blog regularmente y eso me exige –como si fuera una exigencia- volver a leer libros a granel. Vuelvo porque uno no puede darle la espalda, de forma definitiva, a las cosas que más le gustan.
Este retorno tiene como foco compartir experiencias literarias con todos los que leen este blog; no en vano, Lea que algo queda nació como una forma de homenajear los libros y evidenciar mi amor por ellos. Y aunque mi énfasis estará allí, no descarto que uno u otro post se desvíe hacia otros temas que me apasionan: la gente, los viajes y, obviamente, el periodismo.
No puedo cerrar este texto sin mencionar esa frase de Jorge Luis Borges que tanto me gusta: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Con el pasar del tiempo, no hago sino reafirmar lo certera que es. También quisiera mencionar otra frase que leí en un cuento de Roberto Bolaño y que define, en cierta manera, la existencia de cualquier lector apasionado: “Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto”.



Joanna Ruiz Méndez

domingo, julio 29, 2012

Mi Gulliver y yo



Cuando lo conocí, ya era mucho más alto que todos. Que los niños. Que las niñas. Incluso era más alto que muchas profesoras. Y no tendría más de diez años.
Nuestro salón no era Lilliput, pero David sí era nuestro Gulliver. Incluso a los que no éramos chiquitos, David nos sacaba una cabeza y medio hombro. Siempre había que mirar hacia arriba para hablarle, incluso cuando estábamos sentados. Desde esa época tengo la impresión que David nunca deja de crecer, ni un solo día, ni un solo minuto. Y un niño con esas características siempre está condenado a un puesto en el salón: el último de la fila.
Fue en octavo grado que David y yo pasamos de ser compañeros a panitas, de esos que se hacen confidencias medio gafas y se echan los cuentos. Él fue mi primer contacto del Messenger y aún recuerdo cuál era el nick que tenía la primera vez que chateamos. Yo que no sabía cómo usarlo, abrí el fulano Messenger casi con miedo, porque no tenía ni idea de los que pasaría una vez que los muñequitos dejaran de bailar. Y lo que pasó fue muy simple: ya estaba conectada y mi único contacto, David, me saludó preguntándome que hacía en Messenger a esa hora. Y una cosa llevó a la otra y nos quedamos hablando como media hora o más.
A partir de noveno grado, David y yo pasamos de panitas a mejores amigos, de esos que se hacen grandes confidencias y de los que apenas se despiden se llaman cuando llegan a la casa para contarse lo que les pasó en el camino. Fue esa la época en que David se sentía un extraterrestre y yo practicaba la telepatía para comunicarme con mi alma gemela que seguro estaba en otro planeta, porque así me lo decía mi intuición melodramática. Con el tiempo descubrimos que él no era extraterrestre y yo no era telépata, tuvimos nuestra primera pelea importante, nos reconciliamos y empezamos a matar el tiempo en las clases mandándonos papelitos, que iban desde asuntos importantes como el futuro hasta temas mundanos como lo aburridos que estábamos en clase.
En cuarto año, tuvimos la oportunidad de hacer juntos la labor social en el Ateneo de Caracas. Entre el ensobre de cientos de invitaciones a famosos y desconocidos, la lectura a escondidas de los guiones de teatro –escondidos porque en teoría debíamos arreglarlos, no leerlos- y la visita a los lugares más sorprendentes de las salas de teatro, cumplíamos las horas con una rapidez casi sospechosa. Por esos días, David y yo aprendimos a simular un largo noviazgo para espantar al mesonero viejo y libidinoso que trabajaba en el café del Ateneo, que se enamoró de mí y me lanzaba horribles directas e indirectas, mientras arreglaba el romance de nuestras otras dos amigas con los dos muchachos que trabajaban con él. Nuestro “noviazgo” fue perfecto, porque nos permitía quedarnos horas hablando en el café sin que yo tuviera que aguantar al mesonero insoportable, al que por alguna extraña razón apodamos Juan Durazno.
Fue aquí, en el mejor momento de nuestra amistad, cuando David y yo tuvimos que afrontar nuestra primera gran separación. La primera de muchas, aunque fue sin duda la más decisiva porque de alguna u otra manera nos marcó para siempre. Fue en ese momento que entendimos –y lo reafirmamos con el tiempo-, que nuestra amistad era verdadera porque podíamos no hablar por días o meses, pero nos volvíamos a ver y sentíamos que habíamos hablado el día anterior. Nuestra amistad era del tipo no-me-importa-cuanto-deje-de-verte-siempre-serás-mi-amigo, que aunque parece mensaje de tarjeta del día de la amistad o un buen nombre para un libro de autoayuda, era totalmente real.
Desde que nos hicimos amigos, mi Gulliver y yo hemos peleado 50 veces más después de la primera vez -y 50 veces nos hemos reconciliado-, tuvimos más de mil conversaciones por Messenger y, ya en los últimos tiempos, un centenar por el chat de Facebook. Desde que nos separamos la primera vez, hemos vivido prácticamente separados todo el tiempo, nos hemos comido aproximadamente 100 sundaes de McDonalds –uno por cada vez que nos hemos visto y siempre de mantecado con chocolate- y hemos convertido a la Nutella en un símbolo de nuestra amistad, desde que una vez él me regalara un frasco enorme, para mi placer absoluto. Nos hemos especializado en el arte de mantenernos más comunicados que antes. Sin telepatía, ni inventos extraterrestres. Por pura voluntad y espíritu de contradicción. Y porque sabemos tanto de nuestras vidas, que es un peligro pelearnos. ¿Qué hace uno solo con tantos años de secretos compartidos?
Y aunque él siga creciendo y yo me sienta cada vez más pequeña cuando lo veo, y aunque no quiera saber de él cada vez que se acerca mi cumpleaños, y aunque tenga suficientes recuerdos de él para el resto de mi vida … siempre es chévere verlo. Por webcam. En vivo y directo. Por foto. Y más rico es hablar con él y sentir que el tiempo no pasa. Y mucho mejor es abrir un frasco de Nutella y saber que él también está allí, escondido y con sabor a chocolate. Porque David, con sus casi dos metros de estatura, cabe en un frasco de Nutella. Yo no sé como lo hace, pero sí cabe. A lo mejor él tenía razón en noveno grado y sí es un extraterrestre. Quién sabe.  

Joanna Ruiz Méndez

lunes, septiembre 26, 2011

Alma de viejita


Me emociono con un bolero. A veces, me gustaría cambiar los jeans por un vestido largo y vaporoso. Tengo nostalgia de tiempos antiguos que conozco solo por libros o por referencia. La gente se me acerca para pedirme consejos y, en ocasiones, miro resignada al futuro como si nada pudiera sorprenderme. Sí, lo confieso: tengo alma de viejita.
No sé desde cuando me di cuenta. Creo que fue desde que era una niña, cuando veía con superioridad a mis compañeritos corriendo como salvajes mientras yo leía libros grandes y enredados. Solo uno de ellos me superaba: no tendría ni ocho años y ya lo emocionaba la risa de Pilar Ternera –esa que espantaba las palomas-, en Cien Años de Soledad. Aparte de él, todos me parecían unos niñitos. Así mismo. Unos muchachitos que aún no habían madurado.
Seguí creciendo y la viejita se fue poniendo más viejita. Y también más amargada. Debo admitir que  cuando me hice adolescente sufrí horrores por lo que yo consideraba la inmadurez y falta de personalidad de mis compañeros. Mi alma se rebelaba ante la dictadura de la adolescencia y también ante su ocasional crueldad. Y me enojaba. Y me frustraba. Y, hay que decirlo, también me entristecía.
Durante la universidad me topé con alguien a quien no esperaba: la jovencita que yo era. La muchacha que no podía mirar al amor con aire de sabelotodo porque sencillamente no tenía ni idea de lo que era. La chamita pues. La que jamás consideré ser. Cuando comprendí que no me serviría todo lo que había leído sobre la existencia humana para aprender a vivir, quedé desarmada. No supe que hacer. Y navegando en ese limbo, vi pasar el tiempo.
Hasta que entendí que la viejita y la muchacha podían reconciliarse. No iba a dejar de emocionarme con los boleros, no me iba a deslastrar de la nostalgia, no iba a dejar de desear tener unos vestidos largos y vaporosos.  Pero también podía disfrutar de mis jeans –¡con lo prácticos que son!-, bailar hasta quedar exhausta y reírme con muchas ganas simplemente porque sí. A veces miro con resignación el futuro, pero la mayoría de las veces lo hago con ilusión y curiosidad. Me considero madura, pero no dejan de asaltarme las dudas que siempre surgen a mi edad. Admito que vivo en una dicotomía difícil, pero también deliciosa.
Decidí sacarle provecho a mi alma de viejita y también a mi flamante juventud. Y es por eso que además de leer, refugiarme en la escritura y quedarme en casa algunos sábados por la noche, también quiero despeinarme, caminar largos trechos, viajar y comer mucho, muchísimo. A todo eso, en conjunto, le llaman vivir. Y les confieso que es buenísimo.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, junio 19, 2011

Pequeña lista de placeres

- Un cafecito en la mañana
- Y otro en la tarde
- Mi cama y sus delirios
- Perderme en una obra de arte
- Comer chocolate
- Tropezarme con una sonrisa en la calle
- Mirarme al espejo y pintarme los labios
- Rociarme mi perfume favorito
- Embarrarme en una caminata al aire libre
- Hacer cosas que me den miedo…
- …y que se me quite el miedo
- Que el vagón del Metro tenga aire acondicionado
- Conocer gente transparente
- Inventar diálogos imposibles
- Viajar
- Nadar como la Sirenita
- Un paisaje lleno de luz
- Largas caminatas rodeadas de naturaleza
- Comerme el corazón de las guayabas
- Las cotufas en el cine
- Soñar que estoy volando
- Vibrar con una canción
- Volver a leer mis cuentos infantiles…
- … y emocionarme con ellos, otra vez
- Perder la voz cantando en un karaoke
- Apropiarme de una mirada luminosa
- Escribir mis penas en el aire…
- … y esperar a que se las lleve el viento
- Leer, siempre leer
- Inundar mi vida con versos
- Que me alumbre un cocuyo
- Reconocer la magia aunque se disfrace…
- …de rutina

Joanna Ruiz Méndez

sábado, enero 01, 2011

Propósitos para el 2011


- Actualizar mi blog más seguido
- Dormir con la noche
- Despertar (enérgica) con el día
- Seguir sonriendo
- Que la lectura siga siendo mi mejor soledad
- Abrazar con fuerza una causa noble
- Escribir mis sueños
- Ejercitar mi memoria
- Ir más al cine
- Y al teatro
- No pelear (mucho) con Caracas
- Recorrer Venezuela
- Confiar en que todo se dará como quiero
- Y aún así luchar para que todo se dé como quiero
- Aprender un nuevo idioma
- Conocer Buenos Aires
- Reconciliarme con la distancia
- Encontrar los ecos del silencio en medio del ruido interminable
- Evitar una pausa larga entre el último beso
- Y el siguiente
- Pintar un cuadro
- Vivir en un poema
- Tomar lecciones de piano
- Pasearme más seguido por los rincones de mi imaginación
- Cultivar el difícil arte de la paciencia
- Y así sea a ratos muy contados
- Sentirme inmensamente feliz

Joanna Ruiz Méndez