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lunes, septiembre 09, 2019

Bogotá: mis cinco cosas favoritas


Vista panorámica de Bogotá desde Monserrate.

Cuando llegué a Bogotá en 2014, lo hice con tres propósitos:
  • Quedarme.
  • Adaptarme.
  • Cumplir mis sueños.

Lo primero lo logré. Lo segundo, más o menos. Lo tercero no, pero eso es tema de otro post. Sin embargo, entre lo primero y lo segundo, aprendí a conocer muy bien esta ciudad y, a pesar de nuestra relación compleja, a querer muchas cosas de ella. El cierre de un ciclo es un buen momento para mirar hacia atrás y aquí quiero hacerlo para contarles mis cinco cosas favoritas de Bogotá.

La comida: En Bogotá viví momentos agridulces que se vieron suavizados por el poder sanador de la comida. Los buñuelos, el ajiaco, la changua, las almojábanas, los pandebono y los tamales tuvieron un efecto terapéutico en mi vida: cada vez que estuve triste, consolaron mi corazón y mi barriga. Debo hacer una mención especial a las panaderías de esta ciudad -especialmente las de barrio- que, con su constante olor a pan recién hecho y su festival de roscones con bocadillo y arequipe, repollas, pandeyucas y pan francés, alegraron más de una tarde lluviosa, acompañaron cientos de tintos y aderezaron varios momentos con compañeros de trabajo y más de un amigo. Si hay algo que siempre voy a recordar de Bogotá es su comida maravillosa y su increíble capacidad de transformar mi estado de ánimo en un segundo.


El ajiaco es uno de los tesoros de la gastronomía colombiana. / Crédito: El Agujero

Las librerías y las bibliotecas: Mi paso por Bogotá me permitió encontrarme de manera constante con los libros. Y, ustedes que me leen, probablemente saben que pocas cosas me hacen más feliz que un libro. Por eso, cada vez que iba a Wilborada 1047, a la Lerner –a la del centro o a la de la 93-, a Tornamesa e incluso a una Panamericana, me conectaba con esa felicidad sencilla que me da la lectura, la posibilidad de una compra, el encuentro con un autor conocido o con uno por conocer. Visitar bibliotecas enormes y preciosas como la Virgilio Barco o la Julio Mario Santo Domingo me hacía sentir como en casa porque, como sabrán, la literatura y sus templos son un hogar para mí. En mi cabeza, Bogotá es sinónimo de libros y también de casualidades y vivencias que fueron convocadas por ellos.


Wilborada 1047: mi librería favorita en Bogotá /Crédito: Joanna Ruiz Méndez

La FILBo: La lectora voraz que hay en mí celebraba cada año la llegada de la Feria del Libro de Bogotá. Saber que la ciudad congregaría escritores, amantes de los libros, conversatorios, encuentros con personalidades destacadas de la literatura y obras que iban desde best sellers hasta incunables –y clásicos, novelas gráficas, autoayuda y todo lo que a uno pudiera ocurrírsele- me emocionaba de una manera inexplicable y me hacía sentir afortunada de estar la ciudad. La FILBo no me decepcionó ni una vez y me dejó, además, una imagen gloriosa: la de J.M. Coetzee mirándome a los ojos antes de firmarme uno de sus libros. Para no olvidar.


Crédito: Joanna Ruiz Méndez
La música: Vivir en Bogotá me dio la oportunidad de conectarme con la música de toda Colombia. Aprendí a apreciar el vallenato y la cumbia, me enamoré aún más de Carlos Vives y de su increíble legado a la música –y de su buena vibra también-, conocí grupos tan chéveres como ChocQuibTown, Bomba Estéreo y Monsieur Periné e incluí las canciones de Santiago Cruz y Andrés Cepeda a la banda sonora de mi vida. Además del talento local, pude asistir a conciertos de varios artistas y grupos internacionales que siempre había querido disfrutar en vivo. A nivel musical, Bogotá me regaló nuevos sonidos y cadencias que me acompañarán a donde sea que decida bailar y mover las caderas. El ritmo viaja con uno.



Concierto de Monsieur Periné en Cafam Floresta. Febrero 2016.

Ciertos paisajes: Las casas de estilo inglés de Quinta Camacho, los caminos empedrados de Monserrate, el verde absoluto del Parque de la 93 que irrumpe en medio del concreto y la prisa de los oficinistas casi como un desafío, los espejos de agua de la Virgilio Barco… Bogotá me dejó muchas imágenes bellas, curiosas y persistentes que se volvieron una referencia cuando pienso en mi propia vida y las experiencias que la han constituido. Varios de sus paisajes se convirtieron en piezas destacadas del rompecabezas irregular que es mi memoria. A veces no encajan como quisiera pero allí están y siento que, por mucho tiempo, me harán compañía.




Joanna Ruiz Méndez

martes, mayo 24, 2016

Bogotá: tres datos literarios

La segunda vez que vine a Bogotá -la primera vez tenía 4 años y, la verdad, casi no tengo recuerdos de ese viaje- me sorprendí gratamente con sus librerías encantadoras, en las que uno podía quedarse horas esculcando y consiguiendo maravillas. Desde que vivo aquí, sigo confirmando que esta ciudad tiene mucho que ofrecerle a una amante de los libros como yo. Aquí les dejo tres recomendaciones que a ustedes, que seguros también son lectores voraces, les van a encantar: 

Casa-Librería Wilborada 1047: El encanto de esta librería comienza desde su nombre: Wilborada es la santa patrona de los libreros y las librerías y  fue canonizada en el año 1047. ¿Otro dato curioso? El lugar siempre abre a las 10:47 a.m. 
Pero más allá de esta serie de datos, lo que hace a esta librería un rincón maravilloso de la ciudad es que está ubicada en una casa preciosa -construida en 1943- cuya arquitectura es fascinante, en donde hay muebles cómodos en los que uno puede sentarse a ojear obras literarias por horas, estantes repletos de libros en cada piso y un café de Café Cultor en el que uno puede comer y tomar algo rico mientras disfruta de ese ambiente especial. Este lugar combina tantas cosas que me gustan que aunque solo he ido un par de veces es, definitivamente, uno de mis lugares favoritos en Bogotá. Dirección: Calle 71 #10-47, Interior 4. 







Biblioteca Virgilio Barco: Aunque sé que la mayoría de las cosas se consiguen en internet, mi alma de viejita me insiste que no abandone las bibliotecas. No solo consigo información que no he podido ubicar en Google -aunque usted no lo crea- sino que también existe un encanto especial en meterse en estos espacios amplios, llenos de libros y un poco de polvo, totalmente dispuesto a encontrar tanto lo que uno está buscando como aquello que el azar ponga en nuestro camino. 
Aunque he visitado varias bibliotecas en Bogotá, la que más me ha gustado hasta ahora ha sido la Virgilio Barco; su arquitectura imponente, sus espejos de agua y el ambiente natural que la rodea hacen que uno escape por un rato del caos de la ciudad. Como forma parte de la Red Capital de Bibliotecas Públicas, uno puede tomar libros prestados con solo sacar su carnet -el proceso, en mi caso, demoró menos de media hora-. Si tienen la oportunidad, no dejen de visitarla. 
Dirección: Avenida Carrera 60 # 57-60

Nota: Aunque la biblioteca es preciosa, salir de noche no es una experiencia agradable. Ni un solo poste de luz alumbra los alrededores, por lo que uno siente que está caminando prácticamente a ciegas. Sería ideal que el alumbrado público funcionara mejor por esta zona.

Biblioteca Virgilio Barco

Biblioteca Nacional de Colombia: Hace más de dos años fui por primera y única vez a la Biblioteca Nacional. Me gustó mucho y me gustó aún más saber que muchos de los recursos que tienen están disponibles en versión digital. En las Colecciones Digitales pueden conseguir diversos tipos de documentos, entre los que están novelas, fotografías, incunables, mapas, cortometrajes, etc. Vale la pena que las revisen.


Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 25, 2014

Cuatro versiones de una angustia

1. 27 de noviembre de 1992. Estaba con mi mamá y mis dos hermanos. Mi papá estaba de viaje. Afuera se escuchaban tiros y el rugido de los aviones que pasaban muy cerca del edificio. Mi mamá nos pidió que nos tiráramos al piso, que rezáramos. La angustia los embargaba a los tres: yo me reía. No entendía porque se angustiaban tanto. Apenas tenía cuatro años y desconocía que ese ruido infernal era sinónimo de horror y muerte. Luego me explicaron que fue una intentona de golpe de Estado. Ya los militares habían pretendido tomar el poder el 04 de febrero de ese mismo año pero, como fracasaron, volvieron a intentarlo. Esa vez también volvieron a fracasar, pero en el proceso lograron atacar Miraflores, la sede del Gobierno de Venezuela. Nosotros vivíamos a una cuadra de allí. Corrimos un inmenso peligro pero en el momento no pude percibirlo; después sí. Tengo evidencias para afirmarlo: la primera, es que nunca he podido sacar de mi mente ese recuerdo de mi mamá con sus tres hijos tirados en el piso; la segunda, es que jamás pude volver a escuchar explosivos de ningún tipo cerca de mi casa sin sentir escalofríos.

2. 11 de abril de 2002. Mi hermano no llegaba. Afuera se escuchaban tiros y él no llegaba. Mi hermana, pegada a su celular, recibió una llamada. Era un amigo de ella que estaba en la marcha que se dirigía a Miraflores: “Al muchacho que estaba a mi lado le acaban de dar un disparo en la cabeza”, le dijo. En la televisión, la pantalla dividida en dos mostraba al mismo tiempo la vorágine que se vivía en el centro de Caracas –y que nosotros podíamos escuchar en vivo y directo- y un discurso de Hugo Chávez. Mi hermano finalmente llegó y todos pudimos volver a respirar relativamente tranquilos. Como en el camino a casa no tuvo acceso a ningún medio de comunicación, al cerrar la puerta nos preguntó inocente: “Pasé por Puente Llaguno y me parece que hay disturbios. ¿Saben si está pasando algo?”. 

3. 14 de abril de 2013. Al llegar a mi centro electoral para el acto de escrutinio, la gente se agolpaba para poder entrar y participar en este proceso. Tan divididos como la pantalla del 11 de abril: chavistas por un lado, opositores por otro. Como no podía entrar todo el mundo, se decidió que cuatro personas de una tendencia y cuatro de la otra entraran al recinto. Mi hermano entró, pero mi hermana y yo tuvimos que esperar afuera. Conforme pasaba el tiempo, el ambiente se hacía cada vez más tenso: llegaron muchos motorizados simpatizantes del gobierno con actitud hostil y los chavistas que no estaban en moto gritaban consignas para provocar a los opositores. Uno de ellos incluso fue más allá: sin ningún pudor, se bajó los pantalones y la ropa interior. Salvo un par de intentos de regaños, los policías presentes no decían mucho. Corrían rumores por todos lados: “Va ganando Maduro”, “Sigue ganando Maduro”, “Ganó Capriles”. Cuando ya se había conformado un grupo considerable de motorizados -cuya actitud parecía cada vez más amenazante- me acerqué a un policía y le pregunté: “si ocurre algún tipo de enfrentamiento, ¿ustedes van a poder intervenir?”. Me miró con tristeza y resignación: “No. Mejor váyanse para sus casas”. Todos los opositores se fueron, salvo los que teníamos familiares en el centro electoral. Apenas salieron, corrí con mis hermanos a la casa para esperar que dieran los resultados de las elecciones. Antes de irme eché una mirada hacia el lugar donde se habían agrupado los motorizados: todos seguían allí.   

4.  Febrero y Marzo de 2014. Estoy en Bogotá. Todos los días le pregunto a mi familia cómo están las cosas, leo la prensa nacional e internacional, reviso el Twitter incansablemente, no me pierdo ni un comentario de mis amigos en Facebook. Yo estoy en Colombia pero trato de entender lo más que pueda lo que pasa en Venezuela. Vivo pensando en cómo organizar mi vida aquí, pero también necesito saber lo que está sucediendo allá. Mi mente -tan dividida como esa pantalla de abril de 2002, como las personas a las afueras de mi centro de votación, como el pueblo venezolano- no da tregua. No importa que ya no escuche el rugido de los aviones o un fragor de tiros anunciándome la desgracia, ni que tampoco tenga que lidiar con la actitud amenazante de un grupo de motorizados. No importa, porque mi familia, mis amigos y muchos de mis compatriotas deben encarar todo eso y más en estos días. Estoy a cientos de kilómetros pero siento en mi pecho esa ansiedad colectiva. La angustia que te genera la injusticia, el horror y la muerte en tu país siempre está allí presente. Esa angustia, al igual que el amor por la tierra que te vio nacer, jamás sale del alma.  

sábado, febrero 19, 2011

Cartagena: magia, historia y mapalé


…me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”. Gabriel García Márquez

Hace un mes viajé a Colombia por motivos laborales y admito que me encantó. Volví a la Bogotá de gastronomía deliciosa, de calles anchas e históricas, de gente amable que te trata tan bien que te hace sentir descolocado porque uno no está acostumbrado a tanta gentileza. En fin, volví a la ciudad donde crecieron mis padres y en la que viví hace dos años unas navidades inolvidables.
Pero yo he hablado de Bogotá en este blog. Me gustaría contarles algo de Cartagena, mi segundo destino en este viaje y a la que no conocía.
No hablaré mucho de la cara urbana de Cartagena, porque no tuve oportunidad de conocerla muy bien. Solo repetiré lo que uno de mis compañeros decía: es un hermoso perfil arquitectónico. En cambio, si pude recorrer el centro histórico varias veces y llegué a la conclusión de que es un lugar para caminar largamente y perderse con placer. Al transitar por ese territorio resguardado por las murallas sentí que recorría los caminos de una historia bien contada, en donde predomina el realismo mágico y el encanto de tiempos antiguos. Algunos lugares característicos son Las Bóvedas, la Torre del Reloj, la Catedral y el Templo y Plaza de San Pedro Claver.
Este centro histórico también es un universo cultural en donde uno se tropieza en cada esquina con galerías y museos, estatuas vivientes y bailarines de mapalé.
Admito que lo del mapalé fue lo que más me llamó la atención. Esta danza afrocolombiana consiste en un intercambio de baile, seducción y cadencia entre el hombre y la mujer, que termina en un movimiento frenético de cintura, caderas y cuerpo entero al ritmo de los tambores. Los bailarines se mueven al son de una música que viene de las profundidades de la tierra, del océano y del centro de su alma, todo al mismo tiempo. No sé si es un baile que cualquiera pueda aprender, aunque a mí me gustaría. Siento que el mapalé además de sorprendente debe ser extremadamente liberador.
Mañana contaré un poco más de esa Cartagena que le dio a García Márquez la sensación de volver a nacer. Y es que la ciudad, además de histórica y cultural, también posee el don de recrear lo extraordinario.

Joanna Ruiz Méndez

viernes, enero 16, 2009

Un paraíso para lectores

Bogotá es eso. Un paraíso para la gente fanática de los libros, como yo. Allí hay librerías de todo tipo: grandes, pequeñas, modernas, anticuadas, baratas y carísimas. Uno elige. Y eso es lo verdaderamente difícil: elegir. Porque uno quiere comprarlo todo, leerlo todo, esculcarlo todo en esas librerías espléndidas. Y además, la atención de los libreros es excelente y tienen un amplio conocimiento de los libros que venden. Como dije, un paraíso.
No puedo quejarme de mis compras. No sólo me traje libros valiosísimos para mi tesis, sino que compré otros que tenía pendientes como Entrevista con la historia de Oriana Fallaci, El imperio de Kapuscinski y varios de Thomas Mann. Pero igual quedé picada. No sólo por los libros que no me pude traer, sino por las comparaciones odiosas que inevitablemente hice en mi cabeza.
Me piqué porque ellos tienen a Thomas Mann y nosotros autoayuda en abundancia. Porque sus libreros son cultos y los nuestros preguntan ¿cuál es el autor? si les pides Cien años de soledad. Porque ellos tienen librerías con muebles en donde te puedes sentar a hojear los libros con calma y nosotros librerías impersonales que venden libros como si fueran enlatados. Y me piqué porque si aquí a la gente le importara leer más o leer mejores cosas, nosotros tendríamos librerías como las bogotanas. Porque, no hay duda, las librerías son un reflejo de la sociedad. Y lo que reflejamos da pique. Y también tristeza.

Joanna Ruiz Méndez

Catedral de Sal, Tren de la Sabana y Andrés Carne de Res

Unas minas de sal convertidas en catedral por medio del simbolismo y el arte. Así podría definirse la Catedral de Sal de Zipaquirá, un atractivo turístico no apto para claustrofóbicos: uno llega a estar a 180 metros bajo tierra, en medio de un aire viciado y una semi-oscuridad intimidante. Y aunque no parezca una muy buena promoción, lo cierto es que la Catedral de Sal tiene su encanto y visitarla es una experiencia interesante y ciertamente diferente.

Nosotros tomamos los servicios del famoso Tren de la Sabana para llegar a Zipaquirá. Y no es que el tren sea más rápido ni más cómodo que otros medios de transporte. Podría afirmarse más bien lo contrario. Pero con todo y carencias, el tren tiene el encanto que le otorga tener más de un siglo de existencia. Además, para que a nadie se le haga el viaje demasiado largo, varios grupos de música se pasean de vagón en vagón para animar a la gente.



Cuando a uno le dicen que si no va a Andrés Carne de Res, no fue a Bogotá, están diciendo una verdad a medias. Andrés Carne de Res no queda precisamente en Bogotá, sino en Chía, un municipio cercano a la capital colombiana. Pero queda tan cerca, que es casi como si estuviera en Bogotá. Y de verdad hay que ir.


La experiencia de una rumba en Andrés Carne de Res es casi dionisiaca. Corre el aguardiente en abundancia, las parrillas son grandes, condimentadas y deliciosas y toda la noche se sirven frutas locales o extranjeras para que uno sienta que se está dando la gran vida. O mejor dicho, la gran noche. La música no decepciona porque es variada y si no te gusta una canción, lo más probable es que sí te guste la siguiente. No existe el patrón del “set” de música. Se escucha de todo y todo el mundo baila. Con conocidos y extraños. Con maestría o torpeza. En el piso o en los banquitos que sustituyen a las sillas. Como sea.
No me pagaron para hacer la publicidad. De verdad disfrute esta rumba. Demasiado. Y aunque Bogotá se disfruta sin visitar Andrés Carne de Res, se disfruta más visitándolo. Aunque no quede en Bogotá. Pero queda cerca, muy cerca. Y de verdad hay que ir.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, enero 11, 2009

Monserrate, Bolívar y La Pola

Se sube por funicular o por teleférico. Como una burla a mi miedo a las alturas, ese día el funicular no estaba funcionando. Tocó por teleférico. El ascenso no duró ni tres minutos y ya habíamos llegado a Monserrate, cerro, santuario e imperdible atractivo turístico de Bogotá. De Monserrate impresiona la iglesia, la magnífica visión de Bogota desde el cerro y la historia de la pasión de Cristo contada a través de las esculturas. Un plan típico en este lugar es asistir a misa y luego almorzar en cualquiera de los restaurantes o puestos de comida que hay allí.



Después de Monserrate, el turno le tocó a la Quinta de Bolívar. Lamentamos llegar tarde a la visita guiada porque el guía era excelente. El chico nos ubicó en la época del Libertador mediante la útil y difícil técnica del humor. Nada de cátedra ni nacionalismos trasnochados. Y así como buena fue la charla, admirable es lo bien cuidada que tienen la Quinta. Entre otras sutilezas, nos enteramos que los cepillos dentales eran todo un lujo que sólo se usaban en las ocasiones especiales. Y no por una persona, sino por todos los familiares de una casa. Y si el cepillo era un lujo, bañarse era una práctica excepcional porque se consideraba un desperdicio del agua que tanto costaba traer del río. Además conocimos la historia de José Palacios, el esclavo liberto que acompañó a Bolívar desde que éste era un niño. Era tanta la amistad entre ellos que Bolívar le tenía un cuarto en la Quinta, con cama y algunos enseres personales. Los demás sirvientes dormían en el piso de la cocina o como dijo nuestro guía: “donde les cogiera el sueño”.


Cuarto de José Palacios


Cuarto de Simón Bolívar

Después de salir de la Quinta, hicimos un recorrido por el centro de la ciudad. Caminar por las amplias calles bogotanas es descubrir librerías viejas con libros rarísimos, carretas tiradas por caballos como en la época de la colonia –las famosas zorras- y restaurantes super económicos en dónde el pollo se come con las manos, costumbre colombiana que me pareció muy práctica. Yo además descubrí la estatua de La Pola, como mejor se le conoce a Policarpa Salavarrieta, una heroína colombiana que fue fusilada a los 22 años. Antes de morir, La Pola dijo esta frase contundente que se puede leer en la base de la estatua:
"¡Pueblo indolente! ¡Cuan distinta sería hoy vuestra suerte si conocierais el precio de la libertad!"
Tan certera La Pola. Y tan vigente.


Joanna Ruiz Méndez

martes, enero 06, 2009

Bogotá en el paladar

En Bogotá la gente come. Y come en serio. Nada de platos escualiduchos en los restaurantes y menos en las casas. Aquí comer poquito no es precisamente sinónimo de buen gusto. El único buen gusto viene dado por comer bien y en grandes cantidades. Y por eso la gente come mucho, muchísimo.
Los tamales, por ejemplo, son el equivalente colombiano de nuestras hallacas. Cambian algunos ingredientes y básicamente los diferencia que el tamal lleva arroz. En “La puerta falsa”, pequeño pero famoso restaurante de Bogotá, el plato típico es el tamal con chocolate caliente. Según me dijeron, medio en broma medio en serio, la mejor manera de comer el tamal es bebiendo chocolate. Y al que decida asumir el reto de probar esa combinación casi mortal, le toca superar otro mayor: el chocolate viene “completo”. Traducción: el chocolate viene acompañado con queso, almojabanas –pasteles hechos con queso- y pan con mantequilla. Y como los niños buenos, hay que comerse todo.
Otro plato típico puede ser una generosa cazuela de fríjoles, acompañada de aguacate, arroz, chorizo y torta de plátano en grandes porciones. Y un menú en un restaurante puede incluir un plato de arroz, papas saladas, pescado y ensalada –lo que cualquier caraqueño consideraría un almuerzo completo- acompañado de salpicón –o tizana-, sopa, una buena porción de una torta o dulce y una aromática o un tintico. El ajiaco también es infaltable si se habla de comida colombiana y como ya expliqué es una sopa espesa y resuelta que se toma en platos enormes. Y encima, es casi obligatorio repetir.
No sé si porque la comida es diversa, abundante y económica, pero el hecho es que la ciudad ofrece experiencias gastronómicas tan sublimes y extravagantes que convierten el momento de comer en toda una aventura. Bogotá en el paladar implica en sí mismo un viaje, pero de sabores, que por lo general no decepciona. Y para realizarlo es necesario comer como un bogotano. Es decir, mucho. Muchísimo.

Joanna Ruiz Méndez

Navidad y fin de año en Bogotá

La Novena de Navidad es una celebración que inicia el 16 de diciembre y culmina el 24 del mismo mes. Nueve días exactos, por eso lo de Novena. No sé si es una práctica que se realiza en otros países aparte de Colombia, pero para muchos colombianos era rarísimo que nosotros en Venezuela no la celebráramos. Básicamente una Novena es una reunión familiar que también puede incluir amigos, en la que se reza, se canta y hasta se baila, si hay los ánimos y el espacio necesario.
Tuvimos la oportunidad de participar en la Novena del 24 de diciembre, es decir, la última del año. Y cuando digo participamos es que de verdad lo hicimos. Rezamos ayudados por un librito que indica las oraciones para cada día y cantamos guiados por un cancionero que nos entregaron antes de comenzar. Y de verdad lo necesitábamos, porque no conocíamos ninguna canción típica de la navidad colombiana, salvo “Noche de paz”. Nada de Virgen andina, San José llanero o niño Jesús venezolano.
También tuvimos oportunidad de celebrar un fin de año a lo bogotano. Realmente es muy parecido a como lo celebramos en Venezuela, o al menos en Caracas: la gente se reúne, cena, come uvas y hace la cuenta regresiva. No vi a nadie sacando maletas, pero sé que hay gente que lo hace. La única diferencia la impone la gastronomía: en vez de mis amadas hallacas, tomamos una rica sopa espesa que tiene pollo, mazorca, papa, arvejas, zanahorias y en realidad cualquier ingrediente que se le quiera agregar siempre y cuando armonice con el resto. Es el famoso ajiaco, plato típico de Colombia, que se toma en grandes platos soperos que lo dejan a uno lleno hasta por una semana. Pero también es costumbre repetir y casi una falta de educación no hacerlo. Pero esto forma parte de la experiencia gastronómica que ha representado Bogotá y evidentemente, tema de otro post.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, diciembre 29, 2008

De El Dorado a la casa

Pedimos una van para montar la montaña de maletas y paquetes que traíamos desde Caracas. Un señor se ofreció a ayudarme con mi equipaje y un muchacho ayudó a mi hermana con el suyo. Pensamos que estábamos presenciando en vivo la proverbial amabilidad bogotana, hasta que una vez montados en la van el señor nos dijo con tono autoritario:
- Se les agradece la propinita.
Y la propinita fueron tres mil pesitos, sólo por montar las maletas en la van. Pero una vez que emprendimos el recorrido a la casa de mi abuela, no tuve tiempo de pensar en más nada sino en la ciudad que volvía a ver después de tantos años. Si antes Bogotá había sido para mí un sueño neblinoso en mis recuerdos de niña, ahora me parecía una enorme-gigante masa de concreto y verde en donde las calles no son hermanas como en Caracas, sino primas lejanas.
Lo más bonito de Bogotá es que se ilumina en navidad. Y no es una metáfora boba: realmente se ilumina. A la ciudad la invaden millones de luces que lo mismo adornan casas, calles y tiendas, que importantes sedes gubernamentales. En el camino nos sorprendió una construcción imponente repleta de figuras luminosas y cuya entrada era custodiada por dos esferas que daban la impresión de explotar como un colorido Big Bang. Mi hermana le preguntó al taxista si era un centro comercial.
- No –dijo el señor-. Es la sede de la Gobernación de Cundinamarca.
Seguimos el camino con el resplandor de la ciudad en los ojos. Cuando llegamos a la casa de mi abuela, caímos en cuenta que allí no había luces como en el resto de la ciudad. Y aunque opaca, la casa tiene un encanto natural que supera sus carencias. Al entrar, un olor antiguo nos pegó en las narices frías. Mi hermana, recordando su propio viaje de la infancia a Bogotá, dijo entre melancólica y entusiasmada:
- Esto huele a Colombia.

Joanna Ruiz Méndez

De Maiquetía a El Dorado

Yo sé que los conquistadores pasaron trabajo para llegar allí. Y nunca llegaron. Mi familia y yo también pasamos trabajo. Demasiado. Tuvimos que soportar una cola de seis horas, sin comer, peleando con pasajeros y empleados de la aerolínea por el abuso de algunos de los primeros y la ineptitud de los segundos. Y encima, existía la posibilidad de que no nos fuéramos.
Pero nos fuimos. Y el viaje, a diferencia de todo lo que lo precedió, fue tranquilo. La atención de las azafatas fue excelente. Hasta el sándwich que nos dieron fue lo suficientemente sustancioso como para evitar que el hambre nos derribara. Y en un trayecto rapidísimo, de esos que no existen en Caracas, llegamos a Bogotá.
Y El Dorado, el aeropuerto, nos recibió con un abrazo frío y un olor raro, de estación de El Silencio. Pero no importaba. No sé si fue por todo lo que nos costó llegar, a mi me pareció que este Dorado brillaba como nunca brilló a los ojos de los conquistadores ese otro Dorado legendario que inventaron los indígenas. Este, a diferencia de aquel, es completamente real. Y nosotros, a diferencia de los conquistadores, habíamos llegado a él. Por fin.

Joanna Ruiz Méndez