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lunes, julio 09, 2018

Con mi hermana hasta el fin del mundo (I)



2 de enero de 2018. Punta Arenas.

Joselyn y yo comenzamos el viaje el primero de enero. Llegar a Punta Arenas desde Bogotá nos tomó dos aviones y casi 8 horas de vuelo. Ni ella ni yo habíamos dormido, salvo que se considere sueño a ese retozo incansable que uno establece en los asientos de los aviones. La energía y la buena actitud, sin embargo, volaron con nosotras. Ese viaje al fin del mundo era nuestra forma de rebelarnos ante la vida cotidiana agridulce, la frustración y el desempleo, así que apostamos por ignorar el cansancio y la necesidad de darnos un buen duchazo. Estábamos genuinamente felices.
Apenas salimos del aeropuerto, el frío nos sacudió. Aún en pleno verano, Punta Arenas es una ciudad helada y ventosa cuyo clima contrasta con la extrema calidez de sus habitantes. Nos sorprendió un poco ver que todo el mundo nos atendía y hablaba con el cariño que uno le destina a viejos conocidos. Nos preguntaban con interés por Colombia cuando sabían que veníamos de Bogotá y aún con más interés sobre Venezuela cuando se enteraban que éramos caraqueñas.  Una señora que nos vendió unas empanadas deliciosas hasta nos contó con detalles y una emoción evidente que pronto conocería Cartagena.
Nuestra conexión más profunda en Punta Arenas, sin embargo, no fue con una persona. Cuando nos detuvimos en la Costanera a fotografiar a los cormoranes que estaban posados sobre un muelle, un perro se nos acercó y se sentó a nuestro lado. Lo saludamos -porque es de mala educación no saludar a un perro que se acerca a uno- y seguimos tomando fotos.
Yo dediqué varios minutos a obtener una buena imagen de esas aves que, a lo lejos, parecen pingüinos: el perrito siguió allí. Cuando decidimos emprender la caminata por la Costanera, un plan obligado para los que visitan Punta Arenas, él se fue con nosotras.
Si parábamos, él paraba. Cuando emprendíamos nuevamente la marcha, él trotaba a nuestro lado. Un par de veces se entretuvo con otros turistas y entonces nos tocaba llamarlo para que no se quedara atrás:
-          ¡Crusoe, tenemos que seguir!
Y él, que probablemente no se llamaba Crusoe ni entendía español, apuraba el paso para no quedarse. Un par de veces nos sentimos un poco nerviosas porque había tramos de la Costanera que eran solitarios, pero saber que ese perro enorme y buenazo nos acompañaba nos daba tranquilidad. Recuerdo esa caminata al lado del estrecho de Magallanes y con un perro como compañía como nuestra mejor experiencia en Punta Arenas.
Crusoe, nuestro compañero en la caminata por la Costanera
Cuando decidimos ir hacia el Cementerio Municipal, uno de los principales lugares turísticos de la ciudad, Crusoe se nos perdió. Se puso a jugar con otros perros y, de repente, no lo vimos más. Desapareció. ¡Crusoe, Crusoe! gritamos, pero no respondió a nuestro llamado. Quedarnos sin la compañía del único perro que habíamos sentido como propio en toda nuestra vida, nos generó una tristísima sensación de pérdida.
Ya menos entusiasmadas, nos metimos al cementerio para fotografiar los emblemáticos cipreses que están en la entrada. Creo que también buscamos los seis que habían quemado el día anterior, un acto de vandalismo no muy común en Punta Arenas que tenía indignados a todos los pobladores y que había recibido, por su rareza, la primera plana del diario El Pingüino.

Los cipreses del Cementerio Municipal son su principal atractivo
Al final de la tarde, después de haber fotografiado las casitas multicolores de Punta Arenas, recorrido varias placitas y visitado un museo, decidimos irnos a la estación de buses. Allí teníamos que tomar uno que nos llevaría hasta Puerto Natales, nuestro próximo destino. Cuando el bus comenzó a arrancar, miré con tristeza y un poquito de esperanza por la ventana. Ni rastro de Crusoe.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, julio 15, 2012

Colonia del Sacramento: pacífica y luminosa

El tercer día de nuestra estadía en Buenos Aires decidimos tomar el Buquebus y visitar Colonia del Sacramento, la linda ciudad uruguaya que actualmente es un remanso de paz pero que en el pasado fue territorio de guerras entre portugueses y españoles. Su estructura y construcciones son pruebas contundentes de la influencia de ambos países europeos y debido a esta mixtura de estilos su casco histórico fue declarado en 1995 como Patrimonio de la Humanidad.   
Las callecitas empedradas del casco historico, las flores generosas que brotan en todas partes y su estilo colonial convierten a esta ciudad es un lugar adorable y pacífico. En autobús y a pie mi familia y yo recorrimos sus principales lugares turísticos: la Calle de los Suspiros, el faro, el Muelle Real de San Carlos, el Portón de Campo y Muralla, el Puerto Comercial, la Plaza 25 de Mayo y la Basílica del Santísimo Sacramento, entre otros. 

Portón de Campo y Muralla
El casco histórico es acogedor y pintoresco


En las calles brotan colorida flores
El casco histórico es Patrimonio de la Humanidad

Basílica del Santísimo Sacramento


El faro es uno de los símbolos de Colonia









Un curioso ajedrez que me conseguí en la calle

La famosa Calle de los Suspiros
En Colonia comprobé algo que siempre he pensado: el ser humano es inconforme por naturaleza. Les explico por qué: yo estaba maravillada por la paz que se respira en esta ciudad y por su atmósfera pacífica y se lo comenté a una chica que atendía una tienda de artesanías:

-          ¡Esta ciudad es tan tranquila!

La muchacha hizo un gesto de fastidio y me respondió:

-          ¡Demasiado!

Después de un rato conversando, ella me empezó a preguntar por Venezuela y después por Caracas. Yo le conté del tráfico infernal, del Metro en las horas pico, del bululú permanente. A ella se le iluminaron los ojos y me dijo:

-          ¡Debe ser tan divertido!

¿Se dan cuenta?
Nuestro recorrido por Colonia me regaló uno de los recuerdos más memorables de este viaje. Mi hermana y yo, desafiando la lluvia que comenzó a caer hacia las ocho de la noche, decidimos acercarnos a la playa para quedarnos un rato allí antes de tomar el transporte que nos llevaría de regreso a la estación de Buquebus. Era verano y el sol no se había ocultado a pesar de que ya era de noche. Hubo un momento en que nos paramos y nos dimos cuenta que no llegaríamos a la playa porque la lluvia había arreciado. Estábamos mojadas y frustradas hasta que levanté la vista y vi que se había formado un arcoíris enorme en el cielo gris.
Se lo dije a mi hermana y ya no nos importó el estar mojadas y friolentas. En Caracas no es fácil ver arcoíris –no sé si porque no es fácil verlos o porque en realidad casi no se forman- y éste nos pareció una visión mágica. Nos tomamos muchísimas fotos y celebramos como niñas ese regalo de despedida que nos daba Colonia. Al volver al transporte, veníamos empapadas pero sonrientes. Felices pues.
Si ustedes, como yo, son buscadores de lugares luminosos, les informo que Colonia del Sacramento es uno de ellos. Es una ciudad que regala historia, flores y paz. Y a mi hermana y a mí, que somos unas suertudas, también nos regaló un arcoirís maravilloso. 

El arco iris con que nos despidió Colonia


Joanna Ruiz Méndez

lunes, julio 02, 2012

Amigos y paladar feliz

Las calles de Buenos Aires están hechas para que uno camine sin prisa y sin rumbo. Sin noción del tiempo. Sin direcciones. Sin conciencia del destino pero atento al recorrido. Caminar y caminar: eso es lo que yo haría si viviera en esa ciudad.
Sin embargo, nuestras apretadas agendas de viajeros que tienen pocos días y muchas ganas de conocer, nos obligaban a preguntar constantemente por direcciones, rutas de autobuses y estaciones de Subte -el Metro porteño-. Siempre obtuvimos una respuesta amable, extensa y precisa de como llegar a cualquier lugar. Incluso, cuando no podíamos disimular la cara de turistas perdidos, se nos acercaban señoras casi siempre mayores que nos preguntaban que estábamos buscando y, cuando les decíamos, se dedicaban a explicarnos con lujo de detalles el camino que debíamos tomar. Esa atención al turista me pareció maravillosa y me demostró que en Buenos Aires un personaje como el señor Soler es una excepción y no la regla.
En pocos días pudimos visitar muchos lugares emblemáticos como Caminito, el acogedor barrio de San Telmo -y su archiconocida Mafalda-, el mercado artesanal de La Recoleta y el Museo de la Pasión Boquense. En este último, pudimos conocer toda la historia de este club de fútbol, recorrer la Bombonera y hasta sentarnos en las gradas de este famoso estadio. Quizás para muchas personas este no sea un paseo obligatorio, pero los amantes del fútbol –aunque no sean fanáticos del Boca- no pueden perdérselo.  

¿Reconocen a estos personajes que me encontré en Caminito?
Un caballito multicolor en Caminito
La adorable Mafalda en San Telmo

La Bombonera

Mercado artesanal en La Recoleta
Museo de la Pasión Boquense






En nuestra estadía en Argentina también pudimos visitar El Tigre y hacer un agradable recorrido por el Delta de Paraná, caminar largamente el bioparque Teimaikèn y conocer San Isidro. En este último lugar visitamos algunos museos y la magnífica Catedral. 


Tuvimos un día soleado en El Tigre
Paseo por el Delta del Paraná
Flamencos rosados en Temaikén

Catedral de San Isidro
Museo Pueyrredón




















A San Isidro fuimos porque nos lo recomendó Julio, un amigo y colega que vive allí y que conocí en México hace dos años. En su casa, sucedió algo muy curioso: sus parientes y los míos se llevaron muy bien desde el primer momento y al cabo de una hora parecíamos amigos de toda la vida. Compartimos historias, vino y unas empanadas divinas que hizo Fernanda, la esposa de Julio. Hay una foto de esa velada memorable en la que parecemos una gran familia. Espero que podamos repetir la experiencia en Venezuela y devolverle las atenciones a estos amigos argentinos que no solo demostraron ser personas super cálidas sino también excelentes anfitriones.  
Las empanadas de esa reunión no fueron las únicas que comimos en nuestra estadía en Buenos Aires. Aunque habíamos acordado que dormir era opcional, no pudimos hacer lo mismo con las comidas: no somos personas frugales. Decidimos que desayunaríamos y cenaríamos en grande, pero resolveríamos los almuerzos con empanadas argentinas. Yo probé las de carne, pollo y choclo y todas me parecieron riquísimas. Nuestro paladar también se deslumbró con las pascualinas –tartas rellenas de espinacas y acelgas-, variados tipos de pasta y el famoso bife de chorizo, un corte de carne suave y deliciosa que se deshace en la boca. También probamos el dulce de leche, los alfajores y el mate, la infusión que tradicionalmente se toma en un recipiente del mismo nombre. Nos gustó tanto que nos trajimos una buena provisión de yerba mate a Venezuela y todavía hoy estamos disfrutando de esta bebida en la casa.
Buenos Aires me regaló muchas historias y momentos memorables, pero no me gustaría alargar esta crónica. Creo que sobra decir que disfruté muchísimo cada uno de los días que pasé en la capital argentina y que no veo la hora de repetir la experiencia. En mi próximo post les hablaré de nuestra escapada a Colonia, la coqueta ciudad uruguaya que me regaló una sensación inmensa de paz y un arcoíris inolvidable. 

Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 06, 2012

Señor Tango: entre la maravilla y la decepción


En la noche de ese largo día en el que visitamos el Cementerio de la Recoleta, la Basílica Nuestra Señora del Pilar, la Floralis Generica y el Parque Thays, nos pusimos nuestras mejores pintas porque íbamos para el show Señor Tango. Ya nos habían comentado que era uno de los espectáculos más famosos de este tipo que existía en Buenos Aires, por lo que fuimos con las expectativas altas. No nos decepcionó.
El local en donde se realiza el show tiene una decoración un tanto kitsch, pero es espacioso y posee un ambiente bastante agradable. De esto me di cuenta al llegar, porque una vez que se apagan las luces y comienza el espectáculo, uno no  tiene tiempo para mirar a su alrededor. La mirada solo puede enfocarse en cada una de las presentaciones maravillosas que se adueñan del escenario y empapan el alma de tango. Inolvidable.







Durante el show bailan parejas y grupos, se escucha tango instrumental y se disfruta de voces femeninas cantando piezas representativas del género, además de la voz melodiosa y potente de Ricardo Soler, creador, director y productor de este espectáculo. En Señor Tango hay espacio para el baile, el canto y el sentimiento. El show emociona y conmueve. Uno termina aplaudiendo maravillado y feliz de haberlo presenciado.

Que mal que mi experiencia haya tenido una nota discordante. ¿El culpable? Ricardo Soler. 

El problema surgió cuando el señor Soler, quien personifica a la perfección el chocante cliché de argentino arrogante, decidió nombrar los países de dónde provenían los asistentes de ese día. Los brasileños conformaban un 80% del auditorio, pero también había chilenos, colombianos y estadounidenses, entre otros. Cuando él señor preguntó si faltaba un país, los menos de diez venezolanos que estábamos allí gritamos en coro: Venezuela. Pareció no escuchar y repitió la pregunta. La misma respuesta en coro: Venezuela. Soler no nombró a Venezuela y siguió adelante con el espectáculo como si nadie hubiera hablado -o gritado, en nuestro caso-.
Cuando éste terminó, les comentamos a algunos mesoneros la omisión. Todos nos habían escuchado y no sabían porque no nos habían nombrado. La cosa no era grave, así que decidimos acercarnos a Soler para contarle la anécdota y de paso comentarle lo mucho que nos había gustado el show.
Soler estaba firmando autógrafos y había una fila de gente esperando obtener la rúbrica de este señor. Sí, hay gente que le pide autógrafos a cualquiera, pero eso sería tema de otro post. Yo le dije en son de broma:

-          Venimos a hacerle un reclamo.

Soler volteó, me miró con rabia y dijo:

-          Yo no soy el buzón de quejas, sino el de las alegrías.

Nos volteó la cara y siguió firmando autógrafos con un rictus desagradable en el rostro. Por su actitud, supe que sí nos había escuchado y que sencillamente no había querido mencionar nuestro país por una razón desconocida. De más está decir que abandonamos inmediatamente el local porque no valía la pena dedicarle más tiempo a este personaje.
Yo no sé si este señor tiene algún problema con los venezolanos, si estaba molesto porque varios chistes durante el espectáculo no habían causado gracia o si es tan increíblemente pedante como para asumir que toda persona que se acerca a él debe alabarlo por inercia. Puede que alguna de éstas hubiera sido la razón de su molestia o quizás todas a la vez. El buen gusto que me dejó el show me lo borró el señor Soler con su actitud agria y arisca que lamentablemente no cuadra con otro estereotipo que también se le adjudica a los argentinos: encantadores. Es lamentable que detrás de espectáculos memorables que nos producen experiencias gratas se encuentren personajes como éste, pero así son las ironías de la vida.
Esta fue una de las pocas anécdotas desagradables de nuestro feliz viaje. Afortunadamente, en Buenos Aires abunda la gente amable y solícita con el turista. Pronto les contaré más ellos, así como sobre otros lugares inolvidables que conocimos.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, marzo 05, 2012

Cementerio de la Recoleta: arte e historia


Desde el primer día en Buenos Aires, mi familia y yo entendimos que teníamos que aprovechar el tiempo al máximo. Nos exigimos cumplir con apretadas agendas de viajeros para poder conocer diferentes lugares en el menor tiempo posible. Fue así como en un día visitamos el Cementerio de la Recoleta, la Basílica Nuestra Señora del Pilar, la Floralis Generica, el Parque Thays y el show Señor Tango. Aunque todos los lugares poseen su encanto, hoy me enfocaré en el primero.
El Cementerio de la Recoleta es un espacio que da cabida a construcciones imponentes que son un verdadero homenaje al arte y a la arquitectura. No sé cómo les irá a los otros turistas, pero yo pensé poco en la muerte estando allí. Preferí deleitarme con la belleza de esos mausoleos inmensos y esas estatuas magníficas. Sin embargo, admito que sí logró conmoverme la historia de Liliana Crocciati.
La estatua de Liliana representa a una muchacha delgada de cabello largo que viste su traje de novia. A su lado, se encuentra su perro Sabú. Cuentan los guías que la joven murió durante su luna de miel sepultada por una avalancha de nieve. Tenía veinte años. Confieso que la visión de esa muchacha con su mascota, su muerte temprana y su historia de amor desperdiciado me estrujaron el alma. 



En el Cementerio de la Recoleta descansan muchos personajes ilustres como Bartolomé Mitre, Domingo Faustino Sarmiento y Raúl Ricardo Alfonsín. Sin embargo, el mayor atractivo del lugar -aunque suene algo morboso- es la tumba de Eva Perón, frente a la cual se arma una eterna fila de turistas que quieren fotografiarla. El Cementerio de la Recoleta era un lugar exclusivo para millonarios y personajes de cuna, por lo que un guía turístico nos dijo que la tumba de Evita en aquel lugar representaba una batalla que ella le había ganado a los oligarcas después de muerta, al mejor estilo del Cid Campeador. No sé si él se inventó este símil glorioso, pero no sería raro: el muchacho nos confesó, con orgullo en la voz, que Evita era la mujer más importante en su vida después de su mamá.



Mi única recomendación para visitar el Cementerio de la Recoleta es que se haga con un guía.  No hay duda de que conocer las historias de las personas para las cuales se crearon los imponentes mausoleos y las estatuas magníficas le brindan otra dimensión a este lugar y hacen de esta visita una experiencia mucho más interesante.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, marzo 04, 2012

Mi Buenos Aires queridísimo


Las vacaciones decembrinas tenían nombre y apellido desde julio: Buenos Aires. Ya en mis Propósitos para el 2011 había confesado que quería conocer la capital argentina. Quizás era la mezcla de fútbol, tango y bohemia que siempre he relacionado a la ciudad lo que me llamaba a visitarla. El año pasado, finalmente, cumplí mi deseo: Buenos Aires me recibió cálidamente el 19 de diciembre. La encontré tan mágica, tan hermosa y tan imponente como la había imaginado. Y quizás más.
Empezaré por contarles sobre Facón Grande, el hotel que nos acogió por nueve días y que se convirtió en nuestro hogar temporal. Está ubicado en la calle Reconquista y busca ensalzar el espíritu gaucho a través de la decoración. También a través de su nombre, ya que Facón Grande era el apodo de José Font, un gaucho que lideró la lucha por la reivindicaciones de los peones que laboraban en la Patagonia a comienzos de la segunda década del siglo XX.
Las demandas de los peones en aquella época eran bastante sensatas: eliminar el hacinamiento en las viviendas, favorecer a los obreros con familia e hijos y contar con un lavatorio para poder asearse después de la jornada laboral. Hubo una que me llamó particularmente la atención: la solicitud de un botiquín de primeros auxilios en español porque el que tenían venía en inglés. Sin embargo, los patrones no accedieron a cumplir con estas peticiones y movieron sus influencias en los círculos de poder para terminar con esta situación.  
No pasó mucho tiempo antes de que el Gobierno Nacional interviniera para reprimir con fiereza la huelga y fue así como más de 1500 trabajadores fueron asesinados. Facón Grande fue fusilado y se convirtió en un símbolo heroico de esta terrible tragedia.
Facón Grande, el hotel, resultó ser un lugar bastante agradable e interesante por su aspiración reivindicatoria, aunque también hay que destacar el buen servicio y la comida deliciosa que se puede degustar en su restaurante. Además, la ubicación es ideal: se encuentra cerca de la Plaza de Mayo, de la Calle Florida, del Obelisco y de Puerto Madero, así como de otros lugares imperdibles de la ciudad.
Mañana les contaré de otros sitios memorables que tuve la oportunidad de conocer en el Buenos Aires queridísimo que me enamoró en diciembre. 

Crédito: www.hotelfacongrande.com

Joanna Ruiz Méndez

jueves, diciembre 30, 2010

Cumaná, la primogénita

Unos dicen que fue fundada en 1521. Otros dicen que fue en 1523. En lo que la mayoría está de acuerdo es que fue la primera ciudad fundada por los españoles en suelo americano. Aunque sin certezas, Cumaná -ciudad venezolana ubicada en el estado Sucre- sigue vibrando con las reminiscencias de su pasado histórico que la encumbra como la gran primogénita de nuestro continente.
Sin embargo para la señora Y, guía turística, el brillo histórico se esfuma al contemplar el presente de Cumaná. “Nos quedamos en esto: un pueblo con ínfulas de gran ciudad”. Si bien no se puede considerar una ciudad super moderna, Cumaná tampoco es un pueblo. Es quizás un híbrido agradable, en el que turista camina sobre concreto pero se puede tropezar con un paisaje marino a la vuelta de cualquier esquina.
Aunque mi destino original era Mochima, Cumaná me sorprendió gratamente y me recibió con un regalo en el paladar: las empanadas, delicia gastronómica imperdible de cualquier destino costero venezolano. Las que yo probé las hizo Teresa, una señora mayor que las prepara de memoria mientras cobra, sirve cafés y jugos y se pone al día con los clientes habituales. A decir verdad, el lugar completamente expuesto no ofrece ninguna garantía de higiene pero a pesar de eso – y quién sabe si a lo mejor precisamente por eso-, las empanadas estaban deliciosas.
Una vez en Mochima, conocí por primera vez uno de los tantos paraísos establecidos en mi propia tierra. Para quienes no lo sepan, Mochima es un parque nacional que se ubica entre los estados Sucre y Anzoátegui y es un regalo a la vista contemplarlo desde cualquier ángulo. Las aguas azules y transparentes, los numerosos cerros verdes y las diversas playas salpicadas alrededor del parque lo convierten en atractivo turístico innegable. Sólo pude disfrutar de Playa Blanca, en donde las arenas le hacen honor al nombre del lugar y el restaurante La Negra ofrece una oferta gastronómica sabrosa, típica y suculenta.
Sé que por el corto tiempo, no conocí prácticamente nada de Cumaná, la primogénita, y me falta hacerle una, dos y miles visitas más a Mochima para disfrutar completamente de este destino maravilloso. La idea lejos de fastidiarme, me complace: tengo excusas para volver y espero hacerlo muy pronto. Aprovecho además para invitar a locales y extranjeros a convertirse en turistas y acercarse a este territorio que exhibe las mejores cualidades de Venezuela, nuestra maltratada pero aún imponente tierra de gracia.

Joanna Ruiz Méndez


Playa Blanca

Mochima

lunes, julio 12, 2010

De mi experiencia en México (II)

No considero que México sea un buen lugar para comprar. Al menos en los lugares que yo visité los productos me parecieron caros, la adquisición de souvenirs pasaba obligatoriamente por un regateo para que el que no sirvo y en cierta manera siempre quedé con la sensación de que pagué demasiado por algo que realmente no lo valía. Mi experiencia en Chichén Itzá, donde muchos comerciantes se congregan para ofrecer sus múltiples productos –joyas y artesanías principalmente-, fue especialmente frustrante. Compré unas argollas de plata por las que logré una rebaja de 150 pesos y me fui feliz, pensando que había hecho una compra fabulosa, hasta que me puse a pensar que si fuera realmente plata no me las hubiesen dejado tan baratas y en ese caso, me habían salido muy caras si se trataba de una imitación. Me enamoré de varios anillos que primero me ofrecían en 300 pesos, luego en 200 y finalmente en 100, hasta que yo asumía que esas rebajas tan fáciles significaban que costaban muchísimo menos. Me decanté por algunos recuerdos del templo de Kukulkán y los compré no sin antes regatear, hasta que decidí que el asunto me cansaba más de lo que me divertía. No compré más.
En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México también tuve una mala experiencia en este sentido. Me senté en un cafecito a terminar de ver el juego de Brasil y Chile y pedí una Coca Cola. Me dijeron que si quería palomitas, que eran gratis y yo acepté. Me pareció una atención muy buena hasta que fui a pagar el refresco: 40 pesos. Estaba recién llegada a México, pero aún así tenía la fuerte sensación de que me estaban estafando. Las palomitas, de gratis, nada. Lo confirmé después con varios mexicanos, que me dijeron que lo más caro que te sale un refresco de lata son 15 pesos, máximo 20. Debo admitir que esa experiencia y las posteriores hicieron que me volviera un poco tacaña, amarrada o como diríamos nosotros, pichirre.
Si bien mi relación con el comercio no fue buena, mi experiencia gastronómica si lo fue. La comida mexicana es deliciosa, colorida y, como todos saben, especialmente picante. Ya en Venezuela había probado algunos platos de este país que podían ser aderezados con una salsa capaz de hacerte llorar y dormirte la boca si no la consumías moderadamente. Sin embargo, en Venezuela los platillos mexicanos son opcionalmente picantes. En México, el picante es una presencia fundamental en casi todas las comidas.
Desde salsas, asados y sopas hasta algunos helados, o paletas como dirían ellos, son picantes. Sí, los helados. Cuando fui a comprar uno de piña el señor me preguntó:
- ¿Con o sin?
- ¿Con o sin qué? –pregunté.
- Con o sin chile – me dijo Susana, que obviamente tenía mucha más experiencia que yo en el tema.
- Sin chile, por favor –dije yo, asombrada ante la posibilidad nunca antes pensada de comerme un helado picante.
Si bien no me atreví con la paleta, en Campeche decidí tomarme un chocolate caliente con chile al mejor estilo de los antiguos mayas. Aunque luce y sabe como un chocolate normal, la verdadera sorpresa está cuando este líquido pasa por la garganta, pues el saborcito dulzón se vuelve una indescriptible sensación abrasadora. Sin embargo, después de los primeros sorbos y de echarle un poquito más de azúcar, me pareció una bebida deliciosa y espero con ansias mi próximo viaje a México para volver a probarla.

Joanna Ruiz Méndez


Parece un chocolate normal, pero no lo es.

Parte del decorado de Chocol Ha, pintoresco local en Campeche donde ofrecen bebidas diversas a base de chocolate.

De mi experiencia en México (I)

Mi oficio de periodista me llevó a visitar un destino que quería conocer desde hace tiempo: México. La cultura, la comida y los destinos turísticos de este país me habían interesado siempre, pero allí tuve la oportunidad de descubrir un atractivo que no había considerado: la gente. Los mexicanos son amables, atentos y siempre quieren hacer sentir bien al turista. No importa que el día anterior a mi llegada, la selección de éste país hubiese sido eliminada del Mundial. No vi tristezas, ni caras largas, ni pesadumbre: la amabilidad mexicana la sentí desde el primer momento. Parece que, como los venezolanos, los mexicanos tienen un proceso de recuperación milagrosamente rápido.
Una de las primeras personas con quien hablé fue Jaime, un joven campechano que conocí en el aeropuerto de México. Después de un rato conversando –o platicando, como dirían ellos- nos dimos cuenta que íbamos al mismo destino: Campeche. El viaje fue una pesadilla por el mal tiempo y en medio de la terrible turbulencia, el joven me confesó que era la primera vez que se montaba en un avión. Yo tenía el presentimiento que ese podría ser mi último viaje, así que decidí hacer un postrero acto de caridad en mi vida: le mentí descaradamente al muchacho. Le dije que la turbulencia era más que normal, que eso siempre pasaba, que nosotros llegaríamos sanos y salvos a nuestros destinos. Jaime se animó y se puso a hablar tranquilamente conmigo, que tomaba café y más café porque esta bebida, contrario a lo que se pueda pensar, me relaja mucho. Fue solo cuando aterrizamos y yo comenté con otro pasajero lo nerviosa que estaba, que Jaime se dio cuenta que no le había dicho la verdad.
- ¿Entonces no es normal que el avión se mueva así? – me preguntó sorprendido.
- No Jaime, no es normal.
- Más nunca vuelvo a creer en las venezolanas.
Aunque su reproche parecía sincero, creo que mi amigo campechano agradeció mi mentira, porque me ayudó con el taxi y las maletas y se despidió de mí con un gran abrazo, a la vez que me deseaba buen viaje.
La segunda mexicana que conocí fue otra periodista, quien sería mi compañera de habitación por el resto del viaje. Susana –no es su verdadero nombre-, me recibió con afecto desde el primer momento. Su carácter maternal la hacía despertarse un poco más temprano para que yo pudiera dormir un poco más, hasta que decidí que no abusaría de su confianza y le devolví el favor algunos días. También preparaba café por las noches para las dos, me prestaba su laptop porque yo no llevé la mía y casi siempre me cedía la ventana en el autobús donde nos transportábamos los periodistas y así yo siempre dormía cómoda en los trayectos largos. Su última gentileza fue despertarse a las 4 de la mañana en mi último día en México, para asegurarse que yo me despertara también y no perdiera el autobús. Me despedí de Susana con tristeza, no sin antes asegurarle que en Venezuela siempre sería bienvenida.
Otro personaje importante de mi aventura mexicana fue el señor Víctor, el chófer del autobús donde nos transportábamos. Aunque no tuve muchas oportunidades de hablar con él, me impresionaba su disposición y amabilidad, incluso cuando pudiera tener razones para molestarse. Una vez tuve que llamarlo para que fuera al autobús única y exclusivamente a abrirme la puerta, para que yo pudiera guardar unas cosas que no quería cargar. Contrario a lo que pudiera pensarse, el señor Víctor llegó con una sonrisa y me dijo apenado:
- Disculpe la tardanza.
Entre otras personas que destacaron de mi experiencia mexicana, resaltan las recepcionistas del hotel en Río Lagartos –lamento no haberles preguntado sus nombres-, que además del café divino que preparaban para los huéspedes, también mantenían una sonrisa constante para todos nosotros. No puedo olvidar al señor Elmer, un promotor turístico del mismo lugar, que en su lancha nos dio un paseo inolvidable por los manglares y nos enseñó muchos detalles sobre la fauna y flora de esta reserva natural. Debo también mencionar a mi amiga Paola, a la que conocí en Vancouver, quien hizo un largo viaje para poder reunirse conmigo unas horas en el aeropuerto de México.
Es evidente que a un lugar lo hace la gente y el México que conocí en algo más de una semana fue un lugar especial para mí precisamente por eso: por la gente que conocí allí. Aunque también tengo otras anécdotas un poco menos felices, puedo decir que no fueron tan importantes en este viaje y en todo caso, serán tema de un próximo post.

Joanna Ruiz Méndez