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miércoles, julio 18, 2012

La caja de los deseos


La caja de los deseos del alemán Günter Grass es, como algunos han clasificado, una autobiografía fantástica. Su trama es muy sencilla: un escritor se apoya en la fotógrafa Mariechen, su gran amiga, para completar las piezas faltantes de las historias que escribe y, de paso, acercarse a sus hijos. Solo basta que le diga ¡Dispara, Mariechen! y ella comienza a tomar fotos con su Agfa-Box. A diferencia de las cámaras normales, la de Mariechen es capaz de captar imágenes del pasado, pero también puede anticipar el futuro y plasmar los deseos de los personas en las fotografías. Según ella, fue una cámara normal hasta que, después de un bombardeo durante la guerra, enloqueció y comenzó a fotografiar lo imposible.  
Las fotos tomadas con la Agfa-Box podían desde mostrar a los ochos hijos comiéndose al padre en plena Edad de Piedra, hasta revelar el trayecto desconocido que tomaba el perrito de la familia cada vez que se perdía. Era capaz de hacer milagros, pero también de fabricar memorias y fantasías.
El lector conoce la relación al escritor y a Mariechen a través de las conversaciones que sostienen durante todo el libro los ochos hijos del escritor -producto de su relación con cuatro mujeres muy distintas entre sí-. Pat, Jorsch, Lara, Taddel, Lena, Nana, Paulchen y Jasper alternan turnos para tomar la palabra y dar su versión sobre la historia de la familia y hacerle reclamos –solapados o evidentes- a su padre.
El Viejo –o papá, papuchi o papaíto, dependiendo del hijo o hija que lo nombre- es un hombre que casi siempre estuvo ausente o aislado y que le dedicó demasiado tiempo a la escritura de sus libros. Mariechen es siniestra, enigmática o generosa dependiendo de quien hable de ella. Su particular forma de ser la convierten en un referente indiscutible en la historia de ésta familia y su cámara es un  puente entre el escritor y sus hijos. Como se dice hacia el final de la novela: “Si ella y su Box no hubieran existido, el padre sabría menos de sus hijos, habría perdido el hilo con demasiada frecuencia, su amor no habría encontrado el camino por la puerta trasera entreabierta -¡por favor, no la cerréis!- y no habría historias del cuarto oscuro, ni siquiera las más retrospectivas, que hasta ahora han sido silenciadas o insinuadas”.
La caja de los deseos forma parte de lo que se espera sea una trilogía que comenzó con Pelando la cebolla. Aunque me gustaría leer esta última, creo que la obra en sí misma nos revela de forma efectiva la vida de este escritor, sus relaciones familiares, obra literaria y pensamiento político. Es una novela que se construye con base en recuerdos agridulces y difíciles, en relaciones dilemáticas, en culpas permanentes y tristezas eternas, pero también sobre experiencias anecdóticas, graciosas y extravagantes. Ésta podría ser, con pocas variantes, la historia de cualquier familia y por esta razón puede resultar dolorosa pero también cercana. 
El elemento poderoso de esta historia es la cámara clarividente. Gracias a este recurso los deseos, las culpas y los recuerdos se presentan como imágenes y metáforas contundentes. El ¡Dispara, Mariechen! es una licencia poética para mostrar el horror y la magia de la vida, de todas las vidas.

Primeras páginas de La caja de los deseos:

http://www.prisaediciones.com/uploads/ficheros/libro/primeras-paginas/200905/primeras-paginas-caja-deseos.pdf


Joanna Ruiz Méndez

lunes, noviembre 22, 2010

Cuentos alemanes de la posguerra


Escritos entre 1959-1969, Doce cuentos cortos alemanes (escritos en la posguerra) es una compilación de historias envueltas en una atmósfera deprimente y lúgubre que casi siempre se tiñe de visos de irrealidad. Lo extraño es el elemento común, mientras que la locura y la miseria son dos presencias latentes y constantes en la existencia cotidiana de los personajes.
Aunque la guerra es una temática implícita en cada cuento, casi nunca es el tópico central de las historias. Quizás sea en Alguien adquirió un receptor, de Ina Seidel, dónde más se refleja la desesperanza y desesperación producto del conflicto bélico en el que Alemania quedó, fáctica y moralmente, vencida. Allí el protagonista, atormentado por sus fantasmas, comienza a revivir el horror de sus experiencias en la guerra a través de un elemento común y cotidiano: un radio.
En El suicidio de Wolfdietrich Schnurre el tema es el amor y más específicamente, los celos. En Todo, de Ingeborg Bachmann, el narrador protagonista del relato reconoce su oposición a los dogmas sociales y al modelo educativo existente, pero no parece asumir el verdadero trasfondo de su postura: su total incapacidad de comunicarse y entender a los demás. En Experiencia a lo Dostoievski de Herbert Eisenreich la fatalidad se hace presente por un aparente acto de bondad y buena conciencia; en La historia de Isidoro de Max Frisch, la desgracia familiar es producto de un descuido y una frase.
Trenes en la niebla de Günter Eich narra la historia de dos hermanos a los que la miseria empuja por caminos muy diferentes. Aquí el tema bélico también se hace explícito en una frase lapidaria: “son los años, la milicia, la guerra, sin hogar… así embrutecí. Todo es una mierda”. Marie Luise Kaschnitz recrea una experiencia fantástica en Fantasmas. Entrega a domicilio sin costo adicional, de Günter Kunert –uno de mis cuentos favoritos de esta obra- relata de forma grotesca como se tienen que asumir, así sea a la fuerza, todas nuestras culpas.
El autor de Anécdota doble, Hubert Fichte, ensaya en este cuento una historia sin protagonistas y narra un mismo suceso condicionado por diferentes circunstancias. El narrador protagonista de Tibten, de Heinrich Böll, es un personaje extraño pero sólo para los ojos de los demás; él aprueba totalmente su existencia y hasta la asume con algo de orgullo. El hombre atado de Ilse Aichinger plantea el tema de la libertad de forma dilemática y posee ciertos visos kafkianos; de hecho, aunque dentro de la obra se compare el inicio del cuento con el de La Metamorfosis, a mí toda la historia se me asemeja a Un artista del hambre, también de Franz Kafka. El último cuento, El congelado sonriente de Hans Erich Nossack, intenta un mensaje cuasi esperanzador para una situación deprimente y fatídica.
Todos los cuentos que conforman esta obra fueron compilados por la profesora Lotte de Vareschi y traducidos por Yolanda Steffens; el imperdible prólogo estuvo a cargo de Henning Schroedter-Alberts. Aunque a veces la presencia de ciertos coloquialismos venezolanos pudiera incomodar al lector, en líneas generales Doce cuentos cortos alemanes (escritos en la posguerra) es una obra ideal para acercarse a la literatura germana. En particular la disfruté mucho y me complace informarles que conseguí el libro completo en Internet, para aquellos que no puedan adquirir la versión impresa. Aquí va el link:

http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/docecuentoscortosalemanes.pdf

La página demora un poco en cargar, pero sí funciona. Espero disfruten estos cuentos tanto como yo.

Joanna Ruiz Méndez

viernes, noviembre 28, 2008

Thomas Mann el alpinista



Doce años. Este fue el tiempo que le demoró a Thomas Mann escribir Der Zauberberg. En español: La montaña mágica. Doce años que comenzaron en 1911, cuando su esposa tuvo que ser internada en un sanatorio por encontrarse muy delicada de salud. Allí comenzó a gestarse la idea de este libro, inmenso en todos los sentidos, en el que Mann recorrió sin prisa los vericuetos de la convivencia humana, modelados por la política, las clases sociales, la enfermedad, la muerte y, obviamente, por el amor.
Hans Castorp, un joven ingeniero naval, llega a un sanatorio en Davos para visitar a su primo, Joachim Ziemssen, quien padece una grave enfermedad que lo ha obligado a abandonar temporalmente la carrera militar. El plan original de Castorp es permanecer sólo tres semanas en los Alpes suizos, pero aún éstas son suficientes para darse cuenta de que el tiempo pasa muy diferente entre “la gente de arriba”. Esta nueva percepción del tiempo se une a un extraño ardor en el rostro y a un sopor que lo invaden casi desde su llegada al sanatorio. Además los puros Maria Mancini, sus favoritos, no pueden consolarlo: por alguna razón, deja de disfrutarlos como antes. Desde que llega, Castorp se convierte en un aprendiz de ese nuevo mundo, al que comienza a pertenecer sin darse cuenta, y a ratos logra alcanzar esa rara sabiduría de quien coexiste con la presencia inevitable y certera de la muerte.
Así como otras obras indispensables, La montaña mágica no depende de un magnífico final. Lo realmente magistral es el contenido y la habilidad del autor para hacer que al lector asuma innumerables veces el papel del protagonista. Ambos, Hans Castorp y el lector, deben emprender ese viaje de iniciación que implica el conocimiento profundo de la vida. No se puede leer de otra forma. Así como Castorp sufre una transformación desde su llegada al sanatorio Berghof, nadie vuelve a ser el mismo después de terminar este libro, en donde las a veces graciosas contradicciones y vivencias de los personajes se convierten en un reflejo dramático del entramado histórico y sociopolítico de un continente a un paso de la guerra.
No fueron en vano los doce años que le tomó a Thomas Mann crear esta historia atípica. Tal vez esta falta de prisa e infinita paciencia se debieran a una certeza interior que le indicaba que las obras maestras se gestan lentamente. O que lo distrajera el fragor de la Primera Guerra Mundial, que le rugía en el oído y le transformaba las ideas en la cabeza. También que se agotaran pronto los aportes que le ofrecía la experiencia de su esposa enferma y se encontrara con que el resto del libro debía completarlo con su imaginación pródiga, su inteligencia prodigiosa y su vasta cultura, que nunca exhibe de forma chocante. Pero de cualquier manera, un día se consiguió con que la había terminado y con eso llegó a la cumbre de la literatura. Como el mejor de los alpinistas, Thomas Mann llegó a la cima. Y a diferencia de ellos, no se conformó con este logro: también nos regaló la montaña.

Joanna Ruiz Méndez