lunes, octubre 13, 2008

Y tú, ¿qué criticas?

Desde que la sociedad asumió que por regla general todo crítico es valiente o irreverente, todo el mundo quiere criticar. Es un vicio que se consume de forma pública o privada, con gusto o con culpa, por inercia o con plena y fanática conciencia. Y como todo vicio, no conoce de clases sociales, razas o religiones: criticar está al alcance de todos.
Pero si bien criticar es un denominador común, no todo el mundo hace las mismas críticas. Hay unas que destruyen, otras que fastidian y las hay totalmente inocuas. Esta es una lista de los tipos de críticas más comunes y sus principales características, para reconocerlas y sobre todo, reconocerse en ellas. Si no le gusta la lista bien puede criticarla: de críticas está hecho este post.

Crítica lugar común: Todos los críticos caerán aunque sea una vez en esta categoría, porque es la crítica que todo el mundo hace. Buenos ejemplos de estas críticas son las que se le hacen a Ratzinger, Bush o Chávez, por poner unos ejemplos. Los objetos de esta crítica tienen que ser situaciones o personas que sean continuamente criticadas, así que no hay que devanarse los sesos inventando algo muy rebuscado para criticar. Eso sí, quien caiga en la crítica lugar común, que se olvide del título de original. Esa crítica la hacen todos, así que es una suerte de crítica popular. Y lo popular es muy normal en estos días, incluso más que criticar.

Crítica estética: Esto es criticar a alguien por su fisonomía o por su estilo y es una crítica bastante común, pero no lugar común porque los criticados no siempre son los mismos y las críticas no siempre son iguales. La crítica estética varía, porque los cánones de lo que es bello o no cambian con la clase social, la cultura y el tiempo. Así que hay esperanza para los que reciben la crítica, porque esa barriga prominente o las prendas que conforman ese armario vergonzoso pueden ser alabados en otro círculo social, en otro lugar o con menos suerte, dentro de muchos, muchos años.

Crítica E!: Esto es criticar a los artistas, generalmente de Hollywood, como si fueran conocidos o amigos íntimos. “¿Por qué Lindsay hizo esa estupidez?” “¡Que fea está Posh Spice!” y “Otra vez Britney”, son los comentarios que más suenan en las bocas de quienes critican a las estrellas hollywoodenses. Este es un buen ejemplo de críticas inocuas porque, por más que las critiquen, esas estrellas seguirán ganando los mismos millones, teniendo las mismas mansiones y con un poco más de suerte, manteniendo la misma fama. Claro, esto no aplica si se es un crítico respetado y reconocido, pero aquí no estamos hablando de expertos, sólo de aficionados.

Crítica entre panas: Esa crítica duele, pero se hace. Es cuando se critica a un amigo, por las razones que sea y a veces sin querer. La crítica al amigo viene acompañada de un ligero remordimiento de conciencia, si fue una crítica pequeña y de una resaca moral, si la crítica destruyó al amigo en cuestión. Si se quiere conservar la amistad siempre es bueno evitar la segunda categoría. Y si quiere mantener una amistad sólida, es bueno que la crítica a sus panas sea una excepción, no una regla.

Crítica culta: Es cuando alguien dice o escribe una burrada imperdonable. Ahí saltan varias personas “solidarias” a hacer una crítica supuestamente constructiva: no se dice hubieron se dice hubo, García Márquez no es un dramaturgo venezolano, Japón no queda en África. Y a veces se acompaña de una sonrisita solidaria que en realidad delata el pensamiento: que carajo(a) tan burro(a) vale. Esta crítica hace sentir superior a quien la hace y humillado-arrastrado-miserable a quien la recibe. Pero ni modo, siempre hay alguien dispuesto a someter a otro al escarnio público. Y con una sonrisita y que solidaria, además.

Crítica rebuscada: Esto es criticar por criticar. Aunque no haya motivos. Como cuando se critica a alguien por ser “demasiado bueno”. Las mujeres son muy dadas a la crítica rebuscada sobre todo cuando ven a otra mujer más bonita que ellas. Cuando ven a una mujer perfecta –por naturaleza, cirugía o photoshop- siempre añadirán algo como: “si te fijas bien bien, tiene algo de celulitis…”.

Crítica Shakesperiana: Aquí se crítica a alguien por ser o no ser. Y esto incluye de todo: desde preferencia sexual hasta postura política. Digamos que ser demasiado convencional, poco convencional o medianamente convencional genera sospechas. La triste realidad es que, siendo o no siendo, todos sin excepción nos convertiremos en blancos de crítica en algún momento. He ahí el dilema.

Crítica post mortem:
Es raro pero hay gente pavosa a la que le encanta criticar a los muertos. Casi nunca pasa en los velorios, porque ese es el único momento en que todo el mundo se da el lujo de que lo consideren no bueno, sino buenísimo. Generalmente la crítica se da después, cuando ya todo pasó y la vida retoma su inevitable curso interrumpido por la muerte. Se empieza bajito, como para que el muerto no escuche, no vaya a ser que el espíritu todavía siga por allí. Y empieza: no es por nada, pero fulanito era tremendo. Y sigue por ahí. Los mas espirituales, para calmar la conciencia o por miedo a recibir un intempestivo halón de pies por la noche, siempre terminan religiosamente la crítica con un “hablo del cuerpo y no del alma”. Por si acaso.

Crítica histórica: Esta es derivada de la crítica post mortem, pero tiene tanta personalidad que merece un apartado. Hay gente, sobre todo la que se cree muy culta o intelectual, que critica a los personajes históricos. Que si ese Bolívar era un cobarde. Que ese Che que hace mirando al horizonte con cara de iluminado, como si nadie supiera que era un sanguinario. Que si Hitler fue el segundo anticristo. Y Napoleón el primero. Que si Marx jodió a todo el mundo y para siempre. En fin. La crítica histórica toca a todos lo que hayan hecho historia -aunque suene redundante-, incluso a los genios como Newton, a los que la mayoría de los estudiantes de bachillerato aborrecen, maldicen y ocasionalmente critican por su evidente falta de vida social. Aquí no importa si se habla del cuerpo o del alma: la mayoría murieron hace demasiado tiempo como para temerles aunque sea un poquito.

La metacrítica: La gente que critica a los que critican o a las críticas en general. Al parecer hacen lo mismo, pero con diferentes intenciones, aunque no se sabe si con iguales consecuencias. Los críticos de la crítica aún no han aprendido a luchar contra esta contradicción y generalmente se estrellan contra un irrefutable y aplastante “y si tú haces lo mismo ¿por qué criticas?”
Joanna

lunes, octubre 06, 2008

Existencialenta

La calle es un encuentro de misterios que se congregan lentamente. Por eso todo el mundo está impaciente aunque sea inútil. Nadie puede apurar la aparición de una estrella fugaz. El vino se toma despacito, los ojos se cierran poco a poco. Hasta el amanecer debe esperar su turno para aparecer en el cielo. No se puede forzar un buenos días, las cosas no están para acelerar simpatías, el mundo a veces da vueltas para que nos quedemos en el mismo lugar. No es casualidad este tic tac detenido. Los más frenéticos escupen maldiciones y se preguntan que es esto que está inmóvil. Y no, no es la eternidad: es el tiempo.

Joanna

sábado, octubre 04, 2008

Paula


“Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios”

Si La casa de los espíritus es un título sugerente, Paula es eso: Paula. Un nombre de mujer. Un nombre simple además. Un mantra, si se repite muchas veces.
Paula. Así se llamaba la hija de Isabel Allende. La muchacha de cabello negro y ojos vivaces que se encuentra en las portadas de muchos libros con su nombre: esa era ella. Fue ella la que inspiró a su madre una larga carta que comienza diciendo: “Escucha, Paula, voy a contarte una historia, para que cuando despiertes no estés tan perdida”. Pero después de que en diciembre de 1991 Paula cayera en coma, nunca más despertó.
Esta larga carta, cuya destinataria era una joven inmóvil y ausente, se convirtió en libro sin querer. Por eso Isabel Allende escribe con tanta franqueza los capítulos más alegres, amargos o curiosos de su propia vida, de su familia y de su país. Por un lado la lenta y silenciosa agonía de Paula, la dictadura militar chilena y la desesperanza del exilio. Por el otro, la visitas de la autora con su abuelo a la tragicómica lucha libre, su aventura como falsa bataclana y las peripecias sufridas con su primer amor: un muchacho boliviano alto, flaco y profundamente orejón.
Cuando el lector es consciente que está asistiendo a la larga agonía de una joven narrada por su madre, una mujer llena de vida, es imposible no ceder ante el cliché de la esperanza. Pero Paula no es ni remotamente un lugar común. Es un relato sublime repleto de contrastes, realismo mágico, extravagancias. Hasta se perdona el título simple: este testimonio de vida definitivamente no puede tener otro nombre. Es, junto con La casa de los espíritus, de los mejores libros de Isabel Allende.

Nota: Leí hace poco La suma de los días, que es una especie de continuación de Paula. No voy a decir que me decepcionó, pero creo que su mayor valor está en que nos dice que sucedió en la vida de los inolvidables familiares de Isabel Allende, que vuelven a ser protagonistas en estas memorias. Es ese sentido, cumple su función. No me fascinó pero es recomendable, siempre y cuando se haya leído Paula.

martes, septiembre 23, 2008

Cuento

Se despertó. Vio el cuento enfrente de él, que lo miraba con ojos suplicantes. Necesitaba que alguien lo escribiera. Nunca había visto una historia que lo apremiara tanto como este cuento que lo miraba. Perfectamente visible, evidentemente único. Era un cuento que no se ve todos los días: lo único que necesitaba era ser escrito. Y lo pedía. Parecía que estuviera de rodillas, rogando. Si no lo escribía, nadie podría leerlo. El hombre ya había desistido de la literatura, luego de rotundos fracasos que le borraron las ínfulas de escritor de un plumazo. Pero este era un caso de vida o muerte. No se trataba de un cuento en la mente de alguien o de un cuento completo aunque fallido. Se trataba de un cuento que ya existía. Sólo había que ponerle letras, colocarle acentos, separarlo con puntos y comas. Escribirlo. Y el escritor, que era piadoso y comprensivo, se sentó ante la computadora. La prendió, esperó y luego buscó la hoja blanca en la pantalla. Comenzó a escribir. Sintiéndose salvado, el cuento sonrió.

Joanna

jueves, septiembre 18, 2008

Elantris


Elantris es uno de esos libros fáciles de omitir porque ni la portada ni el título son muy llamativos. Pero una vez que se empieza a leer, te atrapa al punto de querer leerlo todo de una vez. En eso me recordó a Harry Potter y al igual que la saga J.K Rowling, es pura fantasía presentada de forma realista y accesible.
Elantris, capital de Arelon, es una ciudad majestuosa en donde viven seres mágicos que a los ojos de los simples mortales son verdaderos dioses. Los elantrinos tienen el poder político, social y económico del país –digamos que aún no se hablaba de descentralización-, por lo que su repentina caída en desgracia deja a Arelon sumido en el caos. La Shaod, la fuerza transformadora que convertía a un ser normal en elantrino, se vuelve en contra de Elantris, convirtiendo a sus habitantes en muertos vivientes despojados de toda magia.
La historia en el libro comienza diez años después de esta Transformación. Raoden, el príncipe de Arelon, es alcanzado por la Shaod y desterrado a Elantris, que ahora se cae a pedazos y está siempre vigilada para mantener a sus habitantes encerrados con su eterna cuarentena. Raoden no puede cumplir con el compromiso matrimonial adquirido con Sarene, princesa de Teod, quien llega a Kae - nueva capital de Arelon, después de la Transformación- cuando el príncipe ya ha sido dado por muerto, pero aún sigue unida a Arelon por un compromiso matrimonial nada favorecedor y una importante misión política que favorecerá a ambos reinos. Pronto se dará cuenta que su trabajo incluirá vigilar a Hrathen, un sacerdote de Fjordell, quien ha sido encargado de ejectuar planes peligrosos que involucran a Arelon y Teod.
La historia así resumida no parece tan llamativa, pero hay que leerla. Elantris es una novela refrescante, creativa, sencilla y en muchos casos, innovadora. Sólo por el manejo del tema de la religión es absolutamente recomendable. El autor plantea hasta que punto poder religioso es sinónimo de poder político, en que momento se divide la fe del fanatismo y todo lo que es capaz de hacer alguien en nombre de una creencia. Pero apartando esta temática, el punto fuerte de la novela son los personajes, consistentes y casi siempre creíbles. Salvo algunos, la mayoría se hacen importantes, imprescindibles e inolvidables dentro de la historia.
Este es el primer libro que publicó Brandon Sanderson y lo hizo merecedor de muy buenas críticas. Me gustaría leer más de este autor porque de verdad Elantris me sorprendió gratamente. Y aunque lo que más alaban los críticos es que condensó una buena historia de fantasía en un sólo libro, hay cosas del final que me ponen a dudar. Me huele a que habrá segunda parte, pero sólo el tiempo lo dirá.

Joanna

miércoles, septiembre 10, 2008

Cosas comunes

- Una picada de zancudo
- Una cola en Caracas
- Una mentada de madre
- Clavar un examen
- Que alguien se llame Pedro Pérez
- Que alguien diga “un Pedro Pérez cualquiera”
- Un cuento que empiece con érase una vez
- Las cucarachas
- Enamorarse
- Desenamorarse
- Imaginar que uno es millonario
- Desafinar
- Fumar
- No fumar
- No fumar y que todos tus amigos fumen
- Y al revés
- Tener un “algo” favorito
- La gripe
- Un placer culposo
- Las muletillas
- Desear
- Chismosear
- No ganar el Kino
- Dejar cosas para mañana
- Mirar estrellas
- Buscarle forma a las nubes
- Imaginar que uno es famoso
- Dormir
- Soñar

Joanna

martes, septiembre 09, 2008

La señora Mily

No es por dármelas de buena samaritana, pero hay situaciones en la calle que me parten el corazón. Así. En trocitos. Pueden ser evidentes como un niño abandonado y algunas más complejas como el señor que vende tortas y al final de la tarde las recoge intactas. Me imagino que no ha vendido ninguna. Me imagino a su esposa preparándolas para que él las venda. Me lo imagino llegar a su casa con todas las tortas y sin dinero. Desesperanzado. Y aunque capaz todo sea mi imaginación, se me parte el corazón. Se los juro.
Por eso, la primera vez que vi a esa viejita regordeta sentada con un pañuelo en la cabeza y un cartón que decía “una limosna por el amor de Dios”, sentada inmóvil y ajena al caos de la avenida Baralt, se me volvió a partir el corazón. Como casi siempre ando apurada –aunque una amiga me diga que la prisa es de plebeyos- no hice sino mirarla. Pero esa primera mirada bastó para no olvidarme de la señora.
Los días siguientes estuve atenta. A veces estaba en el mismo sitio de la primera vez. Pocas veces no. Pero decidí que no bastaba con verla y asegurarme que estaba bien. Yo tenía que regalarle algo más perdurable que una limosna. Entonces se me ocurrió que sí podía darle una limosna, pero además se la complementaría con una sonrisa. Y un día lo hice. Pasé por donde estaba, le coloqué un billete en el vasito de plástico donde recoge el dinero y la miré. Y me miró. Y le sonreí y me sonrió. Me bendijo. Y yo, que no tuve la fortuna de tener a ninguno de mis abuelos cerca, cada vez que un viejito me bendice me siento feliz. Y así me fui, contentísima.
Seguí con la rutina de estar pendiente de ella y a veces dejarle algo. Pero hubo un día en que la señora tenía una gasa enorme cubriéndole media cara. Yo me asusté. Pensé que era por ese día. Pero al siguiente lo tenía también. Y por una semana más. Una cosa es dejarle unas monedas a alguien y sonreírle, que hablarle y establecer así un contacto directo. Pero cada vez que pasaba, la gasa era como una acusación directa. Me pesaba en la conciencia. Y después de volver a pasar por su lado, sin decirle nada, pensé: soy una desgraciada si no le hablo mañana. De verdad que sí. Le tengo que preguntar que le pasó. Al día siguiente sí. Lo voy a hacer.
Y a diferencia de las historias tristes, en las que la señora no aparece nunca más y uno se queda con un peso en la conciencia horrible, al día siguiente si estaba. Y sin la gasa. Me sentí feliz. Y como había prometido hablarle, me acerqué para darle algo y saludarla.
- Dios me la bendiga mija.
- A usted también. ¿Cómo está?
- Bien bien… Abrígate bien mija, que hace frío.
Y lo que había era tremendo calor, pero no le dije nada. Le pregunté otras cosas más. Le sonreí por última vez y cuando ya me iba a ir, me acordé que se me olvidaba preguntarle algo.
- ¿Cuál es su nombre?
- Mily
Y lo escribo así. Con “i” y “y”. No sé como se escribe. Tampoco creo que sea su nombre de verdad. Pero así quedó. La señora Mily. Regordeta, sonriente y aunque nadie lo crea, feliz. Al menos por lo que me ha contado. Porque desde ese día, la señora Mily y yo nos hicimos amigas. No las mejores amigas. Pero casi.

Joanna