jueves, agosto 26, 2010

De dolores

Hay dolores absurdos, que no deberían existir ni deberían ser. Hay dolores de ausencia, de muebles vacíos, cama vacía, vacío en el alma. Hay dolores ilegales, por los que no pueden pedirse ni reparaciones ni indemnización. Hay dolores obscenos, inmorales y libertinos. Hay dolores analíticos, que se explican a sí mismos. Hay dolores de locura y dolores de muerte. Hay dolores que nadie entiende, que nadie explica, que nadie quiere. Dolores físicos, químicos y mentales. De amor, de odio y de angustia. Hay dolor de lluvia y dolor de tierra seca, de invierno y de sol incandescente. Hay dolores sin lágrimas y dolores de océano. Hay dolores en mayúsculas y minúsculas. Hay dolores de culpa, que se entierran en el pecho y allí se duermen, a veces para siempre.

Hay dolor de distancia.
De la palabra no dicha.
Dolor de silencio.
De soledades y abandono.
De ti y de todos.
Hay dolores de dolores.
Y este dolor.
El único, el que quema.
El que más se siente.
Y de qué manera.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, agosto 23, 2010

La Mecánica del Corazón


“Imagina la noche más fría de la historia. La nieve cae sobre la ciudad de Edimburgo. En lo alto de una colina nace el pequeño Jack, pero su corazón está dañado. Y por eso necesitará reemplazarlo por un reloj de madera, un corazón artificial del que dependerá su vida. Acompañemos a Jack en su aventura quijotesca desde las frías callejuelas escocesas hasta una radiante ciudad andaluza, en busca del amor. Pero, ¡cuidado! Jack debe seguir unas reglas para sobrevivir:



Uno: NO TOQUES LAS AGUJAS.
Dos: DOMINA TU CÓLERA.
Tres: NO TE ENAMORES NUNCA.

LA MECÁNICA DEL CORAZÓN DEPENDE DE ELLO



Deseemos suerte a Jack, y recuerda que, como en este cuento para niños grandes, todos hemos sufrido alguna vez por nuestro voluble corazón”.

Tenía muchas ganas de leer este libro, escrito por el francés Mathias Malzieu, desde hace tiempo. La sinopsis -que escribí anteriormente- y la portada de la obra, fueron suficientes para que esta historia me llamara poderosamente la atención.
El protagonista de La mecánica del corazón es Jack, un chico al que su madre adolescente abandona siendo apenas un recién nacido. Una doctora con métodos de curandera, quién fungió como partera en su nacimiento, es la que se encarga de cuidar al pequeño. Jack es un bebé con el corazón helado y defectuoso y la doctora-curandera, Madeleine, decide utilizar un viejo reloj para elaborar una mecánica que permita mejorar su dañado sistema cardíaco. Luego de la exitosa operación, el protagonista tiene un corazón-reloj que funciona bastante bien, aunque es mucho más frágil que el promedio.
Jack debe canalizar las angustias, la felicidad, la tristeza y el amor a través de la delicada mecánica de su corazón. Del mundo seguro de Madeleine y sus amigos más cercanos, pasa a la realidad tambaleante del amor platónico y de allí al universo cruel de odio, burlas y venganza que descubre en su escuela. La pasión incontrolable por una pequeña cantante medio cegatona, llamada Miss Acacia, lo hace viajar desde Edimburgo hasta Andalucía en compañía de un pintoresco personaje: Georges Méliès, uno de los pioneros de la cinematografía. En territorio español, Jack aprenderá más sobre su corazón y sobre el amor, pero también sobre la rara metamorfosis que sufren los sueños cuando se vuelven realidad.
Este cuento de hadas moderno, en donde el corazón de Jack parece tan efímero como el baile de la Cenicienta o la condición humana de la Sirenita, presenta una idea muy original que pudo haber sido mejor desarrollada. No soy una experta crítica literaria, pero pienso que la obra está plagada de lugares comunes y metáforas poco logradas, lo que hace que el relato pierda fuerza y consistencia a medida que avanza. El libro lo han vendido como un “cuento para niños grandes”, pero considero que más que los adultos, es el público juvenil el que más fácilmente puede engancharse con este relato por los tópicos que toca tales como el amor, la fantasía, las tristezas infinitas y la sensación de ser un eterno incomprendido experimentada por Jack. No en vano, el protagonista es un adolescente durante prácticamente todo el libro.
La Mecánica del Corazón será llevada al cine y aunque el libro fue algo decepcionante para mí, creo que la película puede superar la obra escrita. Hay muchas características de esta historia que probablemente funcionarán mejor en el lenguaje cinematográfico. Ya muchos se la imaginan como un filme de estética timburtoniana y si resulta siendo así, realmente me gustaría verla.


Joanna Ruiz Méndez

domingo, agosto 22, 2010

Memoria

Lo admito con algo de vergüenza: tengo muy mala memoria.
Lo presentía desde que era muy pequeña, aunque sólo lo reconocí hasta hace poco. Mi cabeza no sirve para almacenar datos, sino para fabricar memorias. A diferencia de Funes el memorioso, inolvidable personaje creado por Jorge Luis Borges, que afirmaba "más recuerdos tengo yo solo que los que habrán tenido todos los hombres desde que el mundo es mundo", yo casi nunca recuerdo nada.
Cuando recuerdo, lo hago mal. Confundo fechas, lugares y olores. Confundo nombres, sentimientos e ideas. He puesto lágrimas en recuerdos que tenían risas y viceversa. He confundido los finales felices y los tristes, las anécdotas con los chismes, las ideas brillantes con las reflexiones mediocres. Confundo calles, avenidas y direcciones y llego a todos lados más por instinto que por conocimiento. Mi mente es una máquina de crear recuerdos, las vivencias de mi pasado rara vez coinciden con lo que aún retengo de ellas y para mí veinte, diez o cinco años atrás están más o menos a la misma distancia.
Es muy difícil para una periodista admitir esta mala memoria que va creciendo, me parece, a medida que pasa el tiempo. Sin embargo, y en aras de ser responsable con mi profesión y con mi vida, encontré una formulita que no me falla: escribo. Lo hago desde que era pequeña, cuando ya anticipaba este desastre y las posibles consecuencias que tendría en mi futuro. Escribo en papelitos, en hojas cartas, en revistas viejas, en folletos de publicidad, en Word, a mano, en mi celular, en mi casa, en el Metro, de día y de noche. Siempre escribo. A las entrevistas me voy armada de mi grabadora – o de dos-, pero igual no paro de escribir hasta que ésta concluye. Y también soy así de rigurosa con mis memorias personales: desde los doce años tengo agendas que lleno completas con detalles inoficiosos y absurdos que sólo para mí tienen sentido. Tal vez nadie entienda esta rara afición, pero deben comprender: es muy difícil vivir sin recuerdos.
Dicen que recordar es vivir, pero para mí recordar es adentrarme en un mundo de fábulas y contradicciones del que solamente salgo ilesa gracias a la palabra escrita. Escribo para definir los límites entre mi vida real y mi vida inventada. Para no perderme en el laberinto del pasado. Para poder recordar la cosas como fueron, porque a veces hace falta.

Joanna Ruiz Méndez