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martes, julio 18, 2017
Cuentos Completos I
Hace mucho tiempo, siendo adolescente, leí El Universo de Isaac Asimov. Comencé a leerlo sin mucha expectativa y quizás sin saber muy bien quién era el autor. La obra narra las aproximaciones científicas que ha tenido la humanidad sobre el cosmos a lo largo de la historia y describe cómo cada una de estas concepciones ha contribuido a generar conocimiento sobre este tema. Recuerdo que en aquella época sólo me cautivaba todo lo que fuera artístico y huía de los rigores de la ciencia; sin embargo, el texto capturó mi atención y hasta logré comprender algunos cálculos que Asimov presentaba para explicar ciertas teorías. Que hubiera tenido ese efecto en mí, que repelía todo lo que oliera a números o cualquier cosa que me llevara al terreno de las matemáticas o la física, solo significaba algo: ese libro era formidable.
Pasó mucho tiempo antes de que volviera a adentrarme en la obra de Asimov y lo hice este año cuando comencé a leer Cuentos Completos I (Ediciones B, 2016), una compilación de sus cuentos de ciencia ficción. El futuro de tintes distópicos que presenta el autor en estos relatos es fascinante, así como lo es su visión de la humanidad y de la tecnología.
En casi todas las historias hay seres humanos retados por las circunstancias, presos de emociones universales y protagonistas de vivencias insólitas. Los avances tecnológicos, aunque cambian la forma de aproximarse al mundo, no pueden aliviar temores ni dudas que son ancestrales. Muchas veces las respuestas que buscan no las pueden encontrar ni siquiera en Multivac, una supercomputadora que compila todo el conocimiento de la humanidad y que es un personaje recurrente y destacado en muchos relatos.
Isaac Asimov era un gran narrador, por lo que todos los cuentos son de gran calidad. Sin embargo, hubo algunos que me parecieron particularmente buenos como La última pregunta -que invita a una reflexión sobre el concepto de divinidad-, El niño feo -un relato absolutamente conmovedor sobre el poder del amor materno- y Profesión -una historia que celebra la valentía del hombre que se atreve a elegir su propio camino y no el que se le ha impuesto-.
Quedé absolutamente fascinada con estos cuentos que invitan a reflexionar, a celebrar y a descubrir la naturaleza humana. No puedo esperar a leer los Cuentos Completos II para seguir maravillándome con el magnífico universo que creó Isaac Asimov.
Joanna Ruiz Méndez
sábado, julio 23, 2011
Corazón y pases cortos, Cuentos futboleros pateados por Juan José Panno
Este libro de bolsillo, de apariencia bastante simple, resultó ser una pequeña joyita que conseguí por casualidad esculcando una librería. Corazón y pases cortos, Cuentos futboleros pateados por Juan José Panno son nueve relatos cortos que tienen al deporte rey como temática central.
Así como se indica en la contraportada, estas narraciones son “protagonizadas por niños o, lo que es casi lo mismo, por adultos melancólicos”. Las historias van desde la nostalgia por los juegos de fútbol en el potrero hasta los problemas de pareja generados por aficiones futbolísticas incompatibles, pasando por el balompié como cultura y al gol como el máximo anhelo de vida. Esta obra de factura argentina revela en simples pero geniales relatos como este deporte hace parte de la idiosincrasia, el espíritu y la identidad de este país sureño, al punto de convertirse en una forma de ser y de entender la vida.
Con un papá fanático del fútbol que me llevó al estadio desde mi más tierna infancia, no es de extrañar que estas historias se me hayan asemejado a muchas que he escuchado y visto en la vida real. Jóvenes promesas de las ligas infantiles que por una u otra razón jamás llegan a ser profesionales, padres que obligan a los hijos a “disfrutar” el fútbol y goles que por su contexto y escenario resultaron inolvidables: todas son vivencias que forman parte de nuestro anecdotario familiar y las vi reflejadas, de muchas maneras, en estos relatos.
Sinceramente lo recomiendo ampliamente por su sencillez, realismo y humor inteligente. Creo que amantes y no amantes del balompié lo pueden disfrutar por igual porque tal como advierte el autor acerca de sus historias: “todas son de fútbol, de algún modo. ninguna es sólo de fútbol, de todos modos”.
¿Dónde encontrarlo?
Librerías del Sur.
Con un papá fanático del fútbol que me llevó al estadio desde mi más tierna infancia, no es de extrañar que estas historias se me hayan asemejado a muchas que he escuchado y visto en la vida real. Jóvenes promesas de las ligas infantiles que por una u otra razón jamás llegan a ser profesionales, padres que obligan a los hijos a “disfrutar” el fútbol y goles que por su contexto y escenario resultaron inolvidables: todas son vivencias que forman parte de nuestro anecdotario familiar y las vi reflejadas, de muchas maneras, en estos relatos.
Sinceramente lo recomiendo ampliamente por su sencillez, realismo y humor inteligente. Creo que amantes y no amantes del balompié lo pueden disfrutar por igual porque tal como advierte el autor acerca de sus historias: “todas son de fútbol, de algún modo. ninguna es sólo de fútbol, de todos modos”.
¿Dónde encontrarlo?
Librerías del Sur.
Joanna Ruiz Méndez
lunes, abril 04, 2011
Antología de la ciudad naviera: cuentos de Puerto Peregrino
El chileno Óscar Barrientos Bradasic ha descrito a Puerto Peregrino en varias de sus obras: El viento es un país que se fue, Remoto navío con forma de ciudad y El diccionario de las veletas y otros relatos portuarios. La Antología de la ciudad naviera: cuentos de Puerto Peregrino, publicado por la Fundación Editorial El Perro y la Rana, es una compilación de historias que giran en torno a esta ciudad mágica, nostálgica e inexistente.
Esta compilación de cuentos nos sitúa en Puerto Peregrino “una ciudad costera que se encuentra en el extremo de una isla” y está “sembrada de fantasmas y sentimientos vagabundos”.
En esta compilación la unidad temática es la metáfora. En Puerto Peregrino nada es lo que parece, todo realidad es pasada por el tamiz de la nostalgia por un escritor que logra ver lo hermoso y descubrir lo mágico en la rutina a pesar de sus tristezas y decepciones. Toda persona, objeto y vivencia trasmuta en un símbolo, en una palabra significativa en ese diccionario de las veletas que define a Puerto Peregrino.
En esta ciudad hay cabida para todo: los autores se consiguen con los personajes de sus obras, mujeres imposibles alimentan amores absurdos e infinitos y hay un poeta que convive con dos sombras. Los bares son lugares de encuentros y despedidas, rincones de ausencias y corredores a mundos paralelos. El licor en abundancia, como siempre, una excusa para evadir la profunda soledad. Los personajes se apropian de la añoranza y nostalgia de su territorio y se convierten en individuos perdedores y perdidos, herederos de una melancolía eterna que los hace transitar entre los límites de la realidad y el sueño.
Quizás sea mejor dejar en palabras de Barrientos la definición de la ciudad que ha creado: “Puerto Peregrino es una ciudad intertextual construida en función de la palabra, quizás apelando a la vieja e inútil tentativa de cambiar la realidad por la vía del lenguaje. Esta ciudad tiene elementos que se vinculan a la naturaleza catastrófica de la geografía austral y es habitada por seres tan derrotados como infrecuentes. Creo que Puerto Peregrino se va ensanchando en mi imaginación. Tiene un sentido muy portuario y melancólico, a la manera de las novelas de Salvador Reyes o Francisco Coloane, pero también aspectos que bien podrían denominarse posmodernos como un relato de Calvino o P.K.Dick.”.
Sinceramente, pasé un rato agradable leyendo estos cuentos de Puerto Peregrino. Aunque a veces se me hacía forzado el excesivo uso de metáforas, es un tipo de literatura diferente que sorprende gratamente. Me parece acertado que el conjunto de historias, aunque fueran insertas originalmente en obras diferentes, mantengan una atmósfera similar y consistente. Espero que Puerto Peregrino se siga ensanchando en la imaginación de Barrientos y que nos siga regalando estas historias divertidas, melancólicas y especiales de una ciudad inexistente pero aún así, infinitamente real.
Joanna Ruiz Méndez
Se pueden leer la obra en el siguiente link: http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/los_rios_profundos/contemporaneos/antologiadelaciudadnaviera.pdf
Fuentes de consulta:
Óscar Barrientos Bradasic. Escribir desde la Patagonia. Publicada en revista Punto Final Nº 697 (octubre 30/ 2009). Disponible en: http://lavquen.tripod.com/entrevistaaoscarbarrientosb.htm
Das Kapital Ediciones. Disponible en: http://daskapitalediciones.wordpress.com/category/autores/oscar-barrientos-bradasic/
En esta compilación la unidad temática es la metáfora. En Puerto Peregrino nada es lo que parece, todo realidad es pasada por el tamiz de la nostalgia por un escritor que logra ver lo hermoso y descubrir lo mágico en la rutina a pesar de sus tristezas y decepciones. Toda persona, objeto y vivencia trasmuta en un símbolo, en una palabra significativa en ese diccionario de las veletas que define a Puerto Peregrino.
En esta ciudad hay cabida para todo: los autores se consiguen con los personajes de sus obras, mujeres imposibles alimentan amores absurdos e infinitos y hay un poeta que convive con dos sombras. Los bares son lugares de encuentros y despedidas, rincones de ausencias y corredores a mundos paralelos. El licor en abundancia, como siempre, una excusa para evadir la profunda soledad. Los personajes se apropian de la añoranza y nostalgia de su territorio y se convierten en individuos perdedores y perdidos, herederos de una melancolía eterna que los hace transitar entre los límites de la realidad y el sueño.
Quizás sea mejor dejar en palabras de Barrientos la definición de la ciudad que ha creado: “Puerto Peregrino es una ciudad intertextual construida en función de la palabra, quizás apelando a la vieja e inútil tentativa de cambiar la realidad por la vía del lenguaje. Esta ciudad tiene elementos que se vinculan a la naturaleza catastrófica de la geografía austral y es habitada por seres tan derrotados como infrecuentes. Creo que Puerto Peregrino se va ensanchando en mi imaginación. Tiene un sentido muy portuario y melancólico, a la manera de las novelas de Salvador Reyes o Francisco Coloane, pero también aspectos que bien podrían denominarse posmodernos como un relato de Calvino o P.K.Dick.”.
Sinceramente, pasé un rato agradable leyendo estos cuentos de Puerto Peregrino. Aunque a veces se me hacía forzado el excesivo uso de metáforas, es un tipo de literatura diferente que sorprende gratamente. Me parece acertado que el conjunto de historias, aunque fueran insertas originalmente en obras diferentes, mantengan una atmósfera similar y consistente. Espero que Puerto Peregrino se siga ensanchando en la imaginación de Barrientos y que nos siga regalando estas historias divertidas, melancólicas y especiales de una ciudad inexistente pero aún así, infinitamente real.
Joanna Ruiz Méndez
Se pueden leer la obra en el siguiente link: http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/los_rios_profundos/contemporaneos/antologiadelaciudadnaviera.pdf
Fuentes de consulta:
Óscar Barrientos Bradasic. Escribir desde la Patagonia. Publicada en revista Punto Final Nº 697 (octubre 30/ 2009). Disponible en: http://lavquen.tripod.com/entrevistaaoscarbarrientosb.htm
Das Kapital Ediciones. Disponible en: http://daskapitalediciones.wordpress.com/category/autores/oscar-barrientos-bradasic/
miércoles, diciembre 08, 2010
Inquieta Compañía
Quien haya leído otras obras de Fuentes, se sorprenderá al encontrar en Inquieta Compañía una narrativa diferente, mucho más accesible al lector promedio. Quizás a veces es demasiado explícita y explicativa, pero que logra mantener el suspense de cada historia hasta el final. Como siempre sucede en el trabajo de Fuentes, México -como temática y como simbología- es una referencia constante en cada historia.
En El amante del teatro, las tablas y un drama shakesperiano estructuran las bases de un amor silente; el protagonista sólo puede aprehender la etérea presencia de su amada gracias a la escena teatral. En la gata de mi madre, lo que comienza como una aparente crítica a las relaciones humanas y la diferencia de clases en clave de comedia, pasa a convertirse en una historia fantástica. La madre de la protagonista y su odiosa gata son las que parecen mantener el límite entre lo normal y un submundo fantasmal.
En La buena compañía, un joven francés cambia su pequeño mundo personal e intelectual por la terrorífica rutina de dos tías mexicanas. Aunque su plan inicial es tomar ventaja de su condición de pariente cercano para asegurarse la vida, las dos hermanas de su madre tienen un proyecto diferente para su sobrino. En Calixta Brand, la protagonista homónima de origen estadounidense, se casa con un mexicano en lo que parece una unión feliz. Al pasar los años, el hombre comienza a resentir la evidente superioridad intelectual y humana de su esposa; no pasa mucho tiempo cuando comienza a humillarla por este hecho. En La bella durmiente, el doctor Jorge Caballero se encuentra frente a un caso extraño: una paciente, fría como la muerte y aletargada por un sueño constante, sólo reacciona a las cálidas caricias prodigadas por sus manos.
En Vlad, quizás el cuento más representativo de la obra, la naturaleza del antagonista se hace evidente desde el primer instante más no así sus planes, que afectarán –de diferentes formas- el destino de los otros personajes. La rutina de una familia mexicana promedio se destruye ante la presencia del gótico –pero también pintoresco- Vlad, quien hace irónicas disertaciones sobre la vida, Dios y la inmortalidad. Hace poco Carlos Fuentes publicó Vlad, la novela, y aunque no he tenido oportunidad de leerla intuyo, por algunos comentarios en Internet, que desarrolla la misma idea del cuento pero de forma evidentemente más extensa.
Aunque podría considerarse que la presencia de elementos clichés del género -como casas embrujadas y misteriosas- es una debilidad de las historias, opino que es un recurso para evidenciar la poderosa irrupción del horror en las vidas ordinarias, criollas y rutinarias de los personajes. El uso exagerado y evidente de los contrastes tiene una intención aleccionadora: Fuentes nos advierte que incluso en la más aparente normalidad se esconde la sombra de lo extraño. También nos señala con vehemencia la fragilidad de nuestras cotidianas existencias por el hecho de que, como se indica en la contratapa del libro, “los seres que acostumbramos llamar imaginarios no mueren por completo”.
Joanna Ruiz Méndez
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lunes, noviembre 22, 2010
Cuentos alemanes de la posguerra
Escritos entre 1959-1969, Doce cuentos cortos alemanes (escritos en la posguerra) es una compilación de historias envueltas en una atmósfera deprimente y lúgubre que casi siempre se tiñe de visos de irrealidad. Lo extraño es el elemento común, mientras que la locura y la miseria son dos presencias latentes y constantes en la existencia cotidiana de los personajes.
Aunque la guerra es una temática implícita en cada cuento, casi nunca es el tópico central de las historias. Quizás sea en Alguien adquirió un receptor, de Ina Seidel, dónde más se refleja la desesperanza y desesperación producto del conflicto bélico en el que Alemania quedó, fáctica y moralmente, vencida. Allí el protagonista, atormentado por sus fantasmas, comienza a revivir el horror de sus experiencias en la guerra a través de un elemento común y cotidiano: un radio.
En El suicidio de Wolfdietrich Schnurre el tema es el amor y más específicamente, los celos. En Todo, de Ingeborg Bachmann, el narrador protagonista del relato reconoce su oposición a los dogmas sociales y al modelo educativo existente, pero no parece asumir el verdadero trasfondo de su postura: su total incapacidad de comunicarse y entender a los demás. En Experiencia a lo Dostoievski de Herbert Eisenreich la fatalidad se hace presente por un aparente acto de bondad y buena conciencia; en La historia de Isidoro de Max Frisch, la desgracia familiar es producto de un descuido y una frase.
Trenes en la niebla de Günter Eich narra la historia de dos hermanos a los que la miseria empuja por caminos muy diferentes. Aquí el tema bélico también se hace explícito en una frase lapidaria: “son los años, la milicia, la guerra, sin hogar… así embrutecí. Todo es una mierda”. Marie Luise Kaschnitz recrea una experiencia fantástica en Fantasmas. Entrega a domicilio sin costo adicional, de Günter Kunert –uno de mis cuentos favoritos de esta obra- relata de forma grotesca como se tienen que asumir, así sea a la fuerza, todas nuestras culpas.
El autor de Anécdota doble, Hubert Fichte, ensaya en este cuento una historia sin protagonistas y narra un mismo suceso condicionado por diferentes circunstancias. El narrador protagonista de Tibten, de Heinrich Böll, es un personaje extraño pero sólo para los ojos de los demás; él aprueba totalmente su existencia y hasta la asume con algo de orgullo. El hombre atado de Ilse Aichinger plantea el tema de la libertad de forma dilemática y posee ciertos visos kafkianos; de hecho, aunque dentro de la obra se compare el inicio del cuento con el de La Metamorfosis, a mí toda la historia se me asemeja a Un artista del hambre, también de Franz Kafka. El último cuento, El congelado sonriente de Hans Erich Nossack, intenta un mensaje cuasi esperanzador para una situación deprimente y fatídica.
Todos los cuentos que conforman esta obra fueron compilados por la profesora Lotte de Vareschi y traducidos por Yolanda Steffens; el imperdible prólogo estuvo a cargo de Henning Schroedter-Alberts. Aunque a veces la presencia de ciertos coloquialismos venezolanos pudiera incomodar al lector, en líneas generales Doce cuentos cortos alemanes (escritos en la posguerra) es una obra ideal para acercarse a la literatura germana. En particular la disfruté mucho y me complace informarles que conseguí el libro completo en Internet, para aquellos que no puedan adquirir la versión impresa. Aquí va el link:
http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/docecuentoscortosalemanes.pdf
La página demora un poco en cargar, pero sí funciona. Espero disfruten estos cuentos tanto como yo.
Joanna Ruiz Méndez
Aunque la guerra es una temática implícita en cada cuento, casi nunca es el tópico central de las historias. Quizás sea en Alguien adquirió un receptor, de Ina Seidel, dónde más se refleja la desesperanza y desesperación producto del conflicto bélico en el que Alemania quedó, fáctica y moralmente, vencida. Allí el protagonista, atormentado por sus fantasmas, comienza a revivir el horror de sus experiencias en la guerra a través de un elemento común y cotidiano: un radio.
En El suicidio de Wolfdietrich Schnurre el tema es el amor y más específicamente, los celos. En Todo, de Ingeborg Bachmann, el narrador protagonista del relato reconoce su oposición a los dogmas sociales y al modelo educativo existente, pero no parece asumir el verdadero trasfondo de su postura: su total incapacidad de comunicarse y entender a los demás. En Experiencia a lo Dostoievski de Herbert Eisenreich la fatalidad se hace presente por un aparente acto de bondad y buena conciencia; en La historia de Isidoro de Max Frisch, la desgracia familiar es producto de un descuido y una frase.
Trenes en la niebla de Günter Eich narra la historia de dos hermanos a los que la miseria empuja por caminos muy diferentes. Aquí el tema bélico también se hace explícito en una frase lapidaria: “son los años, la milicia, la guerra, sin hogar… así embrutecí. Todo es una mierda”. Marie Luise Kaschnitz recrea una experiencia fantástica en Fantasmas. Entrega a domicilio sin costo adicional, de Günter Kunert –uno de mis cuentos favoritos de esta obra- relata de forma grotesca como se tienen que asumir, así sea a la fuerza, todas nuestras culpas.
El autor de Anécdota doble, Hubert Fichte, ensaya en este cuento una historia sin protagonistas y narra un mismo suceso condicionado por diferentes circunstancias. El narrador protagonista de Tibten, de Heinrich Böll, es un personaje extraño pero sólo para los ojos de los demás; él aprueba totalmente su existencia y hasta la asume con algo de orgullo. El hombre atado de Ilse Aichinger plantea el tema de la libertad de forma dilemática y posee ciertos visos kafkianos; de hecho, aunque dentro de la obra se compare el inicio del cuento con el de La Metamorfosis, a mí toda la historia se me asemeja a Un artista del hambre, también de Franz Kafka. El último cuento, El congelado sonriente de Hans Erich Nossack, intenta un mensaje cuasi esperanzador para una situación deprimente y fatídica.
Todos los cuentos que conforman esta obra fueron compilados por la profesora Lotte de Vareschi y traducidos por Yolanda Steffens; el imperdible prólogo estuvo a cargo de Henning Schroedter-Alberts. Aunque a veces la presencia de ciertos coloquialismos venezolanos pudiera incomodar al lector, en líneas generales Doce cuentos cortos alemanes (escritos en la posguerra) es una obra ideal para acercarse a la literatura germana. En particular la disfruté mucho y me complace informarles que conseguí el libro completo en Internet, para aquellos que no puedan adquirir la versión impresa. Aquí va el link:
http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/docecuentoscortosalemanes.pdf
La página demora un poco en cargar, pero sí funciona. Espero disfruten estos cuentos tanto como yo.
Joanna Ruiz Méndez
jueves, junio 17, 2010
Antes de dormir
Cada noche, antes que pueda dormirme, pasa mucho tiempo. A veces horas. Doy tres vueltas, cinco, cien. Me envuelvo entre las sabanas y cobijas. Calculo cuanto tiempo ha pasado. Me desenvuelvo, el calor es terrible. Hago a un lado mi amada cobija verde. Me quedo con las sabanas. Y me empieza a dar frío. Bueno, me coloco la cobija sólo en los pies. Al menos eso me funciona.
Me entra un letargo que confundo con sueño. Pero nada, no se concreta. Se parece al sueño pero no es. Me levanto de la cama, bravísima y frustrada por no poder dormirme. Camino hacia la sala. No prendo la luz. Abro las cortinas y contemplo esa visión única de un centro de Caracas (casi) en silencio. Enfrente está una casa colonial que fue remodelada hace poco. Al fondo se ve el edificio en donde las pocas luces que hay prendidas son azules. Así se ven de noche, no se porqué. Y claro, también me fijo en el poste de luz, el viejo farol de Hans Christian Andersen, mi detector de lluvia nocturno. No deja de alumbrar ni una gota, aunque sean aguaceros fuertísimos.
Me quedo un rato así, tratando de conjurar el sueño en medio de la quietud de la noche. Viendo lo que tantas veces he visto hasta el aburrimiento. Pero comienzo a descubrir cosas. Así pasa cuando uno empieza a observar atentamente lo cotidiano. Todo nos parece diferente. Nuevo. Hasta emocionante. Y eso no da sueño.
Comienza a cantar el gallo. No está amaneciendo. Ese gallo canta siempre. A las cuatro de la tarde. A las ocho de la noche. A las dos de la mañana. ¿Quién tiene un gallo por estos lados? ¿Serán los de la casa colonial? No lo sé. Pero igual el canto del gallo me devuelve al pensamiento de la madrugada, del descanso que no tengo, del sueño que no llega. Vuelvo a la cama. A colocarme la sabana completa, la cobija verde solo en los pies. A tratar de dormir. A dormir, si es que puedo.
Joanna Ruiz Méndez
Me entra un letargo que confundo con sueño. Pero nada, no se concreta. Se parece al sueño pero no es. Me levanto de la cama, bravísima y frustrada por no poder dormirme. Camino hacia la sala. No prendo la luz. Abro las cortinas y contemplo esa visión única de un centro de Caracas (casi) en silencio. Enfrente está una casa colonial que fue remodelada hace poco. Al fondo se ve el edificio en donde las pocas luces que hay prendidas son azules. Así se ven de noche, no se porqué. Y claro, también me fijo en el poste de luz, el viejo farol de Hans Christian Andersen, mi detector de lluvia nocturno. No deja de alumbrar ni una gota, aunque sean aguaceros fuertísimos.
Me quedo un rato así, tratando de conjurar el sueño en medio de la quietud de la noche. Viendo lo que tantas veces he visto hasta el aburrimiento. Pero comienzo a descubrir cosas. Así pasa cuando uno empieza a observar atentamente lo cotidiano. Todo nos parece diferente. Nuevo. Hasta emocionante. Y eso no da sueño.
Comienza a cantar el gallo. No está amaneciendo. Ese gallo canta siempre. A las cuatro de la tarde. A las ocho de la noche. A las dos de la mañana. ¿Quién tiene un gallo por estos lados? ¿Serán los de la casa colonial? No lo sé. Pero igual el canto del gallo me devuelve al pensamiento de la madrugada, del descanso que no tengo, del sueño que no llega. Vuelvo a la cama. A colocarme la sabana completa, la cobija verde solo en los pies. A tratar de dormir. A dormir, si es que puedo.
Joanna Ruiz Méndez
sábado, diciembre 13, 2008
Fantasmas de Navidad

Es raro conseguir cuentos de navidad que no traten de milagros, felicidad, paz y amor. Y este libro es una joya rara porque es una recopilación de esos cuentos extraños y diferentes que se han escrito sobre el tema navideño. El que yo tengo fue publicado por la editorial mexicana Diana en 1990 y no tengo ni idea de cómo llegó a mi casa. Tampoco sé si hubo segunda edición y creo que debe ser difícil conseguirlo.
El libro es recomendable por la excelente recopilación realizada por Richard Dalby. En “Fantasmas de Navidad” se alternan relatos de autores tan reconocidos como Charles Dickens y Robert Louis Stevenson con relatos de escritores menos famosos por estos lados, como Jerome K. Jerome y Hugh Walpole. Además de tener una temática común -los fantasmas y la navidad, obviamente-, también poseen un estilo similar: son oscuros, lúgubres y en cierto modo, adultos. Si existiera la categoría de “Cuentos navideños para adultos”, este libro entraría fácilmente en esa clasificación. Si lo pueden conseguir, no duden en comprarlo.
Aquí les dejo “Markheim” de Robert Louis Stevenson, un verdadero clásico y no sólo de navidad:
El libro es recomendable por la excelente recopilación realizada por Richard Dalby. En “Fantasmas de Navidad” se alternan relatos de autores tan reconocidos como Charles Dickens y Robert Louis Stevenson con relatos de escritores menos famosos por estos lados, como Jerome K. Jerome y Hugh Walpole. Además de tener una temática común -los fantasmas y la navidad, obviamente-, también poseen un estilo similar: son oscuros, lúgubres y en cierto modo, adultos. Si existiera la categoría de “Cuentos navideños para adultos”, este libro entraría fácilmente en esa clasificación. Si lo pueden conseguir, no duden en comprarlo.
Aquí les dejo “Markheim” de Robert Louis Stevenson, un verdadero clásico y no sólo de navidad:
http://www.letrasperdidas.galeon.com/consagrados/c_stevenson02.htm
Y uno de mis favoritos “Soy yo” (“Smee” en inglés):
http://e-book.webpark.cz/level_5/ghost_stories/t_ghost_stories.htm#st1
Joanna Ruiz Méndez
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domingo, noviembre 30, 2008
Tu mano gris sobre el asfalto
Sobre un hecho real
Estás allí como dormido, sobre el piso de la calle, separando una avenida en dos perfectas mitades. Los hombres que te rodean tienen dos cualidades evidentes: están uniformados y son completamente desconocidos para ti. ¿O los habías visto antes? Tal vez no y ellos tampoco te habían visto. Pero ahora te ven, y te ven los que pasan en sus carros, y te ven los que cruzan la calle y te ve el que se asoma por la ventana en aquel edificio bajito. Hoy, y sólo por hoy, eres el centro de atención.
Tienes la misma postura desde hace horas. No la vas a cambiar hasta que alguien decida moverte. Van a levantar tu cuerpo, como se dice oficialmente. La sábana blanca te cubre casi por completo, pero deja descubiertos tu delgadísimo brazo izquierdo y tu pierna derecha vestida con un pantalón negro, demasiado viejo y demasiado roto. La sabana tampoco logra cubrir completamente un bulto que está a tu lado, de esos que usan los niños para ir al colegio. Aunque también es negro, como el pantalón, su uniformidad azabache se rompe por la presencia de unos superhéroes dibujados en colores vivos. Tu bulto reposa junto a tu cuerpo y ambos parecen igual de vacíos. Pero a diferencia de él, tú nunca tuviste héroes.
Tu cuerpo rompe la rutina cotidiana de miles que pasan por esas mismas calles todos los días. Eres un placer morboso para la mayoría. Una obligación y un deber para los uniformados. Eres una secuencia de segundos, minutos y horas que constituyeron una vida sin gloria. Y sobre el asfalto, tu mano gris de tanto sucio y de tanto olvido, por fin descansa inerte. Ya no se extiende para esperar dinero, no escarba en basureros, no consuela a tu estómago atormentado por el hambre y dolores antiguos. Tu mano gris de dedos finos se explaya placidamente en medio de ese sueño hermoso para ti, ese mismo que otros insisten en llamar muerte…
Joanna Ruiz Méndez
Tienes la misma postura desde hace horas. No la vas a cambiar hasta que alguien decida moverte. Van a levantar tu cuerpo, como se dice oficialmente. La sábana blanca te cubre casi por completo, pero deja descubiertos tu delgadísimo brazo izquierdo y tu pierna derecha vestida con un pantalón negro, demasiado viejo y demasiado roto. La sabana tampoco logra cubrir completamente un bulto que está a tu lado, de esos que usan los niños para ir al colegio. Aunque también es negro, como el pantalón, su uniformidad azabache se rompe por la presencia de unos superhéroes dibujados en colores vivos. Tu bulto reposa junto a tu cuerpo y ambos parecen igual de vacíos. Pero a diferencia de él, tú nunca tuviste héroes.
Tu cuerpo rompe la rutina cotidiana de miles que pasan por esas mismas calles todos los días. Eres un placer morboso para la mayoría. Una obligación y un deber para los uniformados. Eres una secuencia de segundos, minutos y horas que constituyeron una vida sin gloria. Y sobre el asfalto, tu mano gris de tanto sucio y de tanto olvido, por fin descansa inerte. Ya no se extiende para esperar dinero, no escarba en basureros, no consuela a tu estómago atormentado por el hambre y dolores antiguos. Tu mano gris de dedos finos se explaya placidamente en medio de ese sueño hermoso para ti, ese mismo que otros insisten en llamar muerte…
Joanna Ruiz Méndez
miércoles, noviembre 12, 2008
Uno de inquilinos
Vivía en esa casa, que no era la suya. Era sólo un inquilino. Mal cuarto, peor colchón, pésima ventilación. Pero era un techo como decía la gente. Al patio llegaba el sonido de la radio prendida en algún cuarto a un volumen demasiado alto como para no escucharlo. Música pegajosa y poco profunda: era lo que estaba de moda. Miró hacia la sala y allí estaba la señora de la casa con su esposo y la vecina. Desde el patio podía verles las caras y escucharlos, a pesar de la música. La señora hablaba:
- Y los pecadores se queman en el infierno, que está en el centro de la tierra y a una temperatura de 5000 grados Fahrenheit. Eso ya la comprobaron unos científicos rusos, que taladraron la tierra y lo vieron…
En realidad, la señora tenía un monólogo. La vecina no hablaba sino que asentía de vez en cuando, tratando de adivinar sin éxito cuanto era eso en grados centígrados. El esposo escuchaba atento, prácticamente inmóvil. Él se rió. ¿Qué podía saber esa señora de grados Fahrenheit? Pero nada, así habían dicho los científicos y ella lo repetía. Siguió escuchando.
- Allá van a parar ladrones, asesinos, drogadictos, prostitutas, homosexuales, vendedores de lotería, ateos, hombres mujeriegos, infieles, borrachos…
- ¿Borrachos también? –dijo el esposo, saliendo de su mutismo.
- Ajam, y también los infieles. Así que hay que llevar una vida decente. El infierno no es cualquier cosa. La gente se quema y le renace la piel, sólo para que se le vuelva a quemar. ¿Se imaginan ese sufrimiento?
La vecina abría los ojos, suspiraba muy fuerte y se persignaba. El esposo se acomodaba inquieto en la silla. Él, en la soledad del patio, sólo pensó en el prostíbulo dónde trabajaba como barman y se lo imaginó envuelto en llamas. Pensó que después le preguntaría a la señora que le pasaba a la gente que trataba a los pecadores, si ellos también estaban condenados. No era el momento de averiguarlo: era su única noche libre, tenía sueño y ya comenzaba a pegarle frío en el patio. Se paró tiritando y se dirigió a su cuarto. Si el clima indicaba la cercanía al cielo o al infierno, él seguro estaba más cerca del primero. Pero igual no era una medida confiable: los científicos siempre se equivocan.
Joanna
- Y los pecadores se queman en el infierno, que está en el centro de la tierra y a una temperatura de 5000 grados Fahrenheit. Eso ya la comprobaron unos científicos rusos, que taladraron la tierra y lo vieron…
En realidad, la señora tenía un monólogo. La vecina no hablaba sino que asentía de vez en cuando, tratando de adivinar sin éxito cuanto era eso en grados centígrados. El esposo escuchaba atento, prácticamente inmóvil. Él se rió. ¿Qué podía saber esa señora de grados Fahrenheit? Pero nada, así habían dicho los científicos y ella lo repetía. Siguió escuchando.
- Allá van a parar ladrones, asesinos, drogadictos, prostitutas, homosexuales, vendedores de lotería, ateos, hombres mujeriegos, infieles, borrachos…
- ¿Borrachos también? –dijo el esposo, saliendo de su mutismo.
- Ajam, y también los infieles. Así que hay que llevar una vida decente. El infierno no es cualquier cosa. La gente se quema y le renace la piel, sólo para que se le vuelva a quemar. ¿Se imaginan ese sufrimiento?
La vecina abría los ojos, suspiraba muy fuerte y se persignaba. El esposo se acomodaba inquieto en la silla. Él, en la soledad del patio, sólo pensó en el prostíbulo dónde trabajaba como barman y se lo imaginó envuelto en llamas. Pensó que después le preguntaría a la señora que le pasaba a la gente que trataba a los pecadores, si ellos también estaban condenados. No era el momento de averiguarlo: era su única noche libre, tenía sueño y ya comenzaba a pegarle frío en el patio. Se paró tiritando y se dirigió a su cuarto. Si el clima indicaba la cercanía al cielo o al infierno, él seguro estaba más cerca del primero. Pero igual no era una medida confiable: los científicos siempre se equivocan.
Joanna
martes, septiembre 23, 2008
Cuento
Se despertó. Vio el cuento enfrente de él, que lo miraba con ojos suplicantes. Necesitaba que alguien lo escribiera. Nunca había visto una historia que lo apremiara tanto como este cuento que lo miraba. Perfectamente visible, evidentemente único. Era un cuento que no se ve todos los días: lo único que necesitaba era ser escrito. Y lo pedía. Parecía que estuviera de rodillas, rogando. Si no lo escribía, nadie podría leerlo. El hombre ya había desistido de la literatura, luego de rotundos fracasos que le borraron las ínfulas de escritor de un plumazo. Pero este era un caso de vida o muerte. No se trataba de un cuento en la mente de alguien o de un cuento completo aunque fallido. Se trataba de un cuento que ya existía. Sólo había que ponerle letras, colocarle acentos, separarlo con puntos y comas. Escribirlo. Y el escritor, que era piadoso y comprensivo, se sentó ante la computadora. La prendió, esperó y luego buscó la hoja blanca en la pantalla. Comenzó a escribir. Sintiéndose salvado, el cuento sonrió.
Joanna
jueves, agosto 07, 2008
Delirio
No. Y otra vez que sí. Este sueño largo es extraño. Diferente a todos. Sabe mal. Se te recuesta en la garganta y sabe mal. Te seca la boca. Se engancha en tus párpados y te cierra los ojos. De repente, ¡paff! te suelta los párpados y abres los ojos de forma violenta. Y ves alrededor y todo ha cambiado. Y sólo ha pasado un segundo.
Es el delirio. Tiene minutos tan largos y horas tan cortas. Te obliga a jugar con el tiempo como si fuera una plastilina dura. Tan dura que la machacas y casi no cambia de forma. Pero luego la vuelves a apretar y se vuelve una figura grotesca. Con ojos, nariz, lengua. Una cara burlona.
Aquello se vuelve una nube, un gato, una patilla. Huele raro. Tiene un olor definido: indefinido. Te hace pensar que el dolor, la rabia y la tristeza tienen el mismo color. Se diferencian por su nivel de oscuridad. Aquella es mi mamá. Pero tiene barba. Se parece al señor de la televisión. Pero el de la televisión es Dios. Dios es abogado en esa serie. Se come los restos de comida que dejó el perro. Y jura en vano. No le importa su nombre.
Luchas contra las imágenes confusas. Pero vuelven y te hacen creer que eres guerrero, salvador de la humanidad, bebé. Te ponen un sombrero y un vestido azul. Te quitan la ropa cómoda y te colocan un casco. Lucha así, te gritan. Casi desnudo. Demuestra de qué estás hecho. Y tú aceptas el reto, te levantas (o eso crees) y vas a luchar. Pero se te abren los ojos violentamente (otra vez) y te das cuenta. Sigues en la cama. Ni dura ni blanda. Ni cómoda. Una cama. Y sientes no haberla abandonado desde hace mucho tiempo. O tal vez sí.
Es el delirio. Tiene minutos tan largos y horas tan cortas. Te obliga a jugar con el tiempo como si fuera una plastilina dura. Tan dura que la machacas y casi no cambia de forma. Pero luego la vuelves a apretar y se vuelve una figura grotesca. Con ojos, nariz, lengua. Una cara burlona.
Aquello se vuelve una nube, un gato, una patilla. Huele raro. Tiene un olor definido: indefinido. Te hace pensar que el dolor, la rabia y la tristeza tienen el mismo color. Se diferencian por su nivel de oscuridad. Aquella es mi mamá. Pero tiene barba. Se parece al señor de la televisión. Pero el de la televisión es Dios. Dios es abogado en esa serie. Se come los restos de comida que dejó el perro. Y jura en vano. No le importa su nombre.
Luchas contra las imágenes confusas. Pero vuelven y te hacen creer que eres guerrero, salvador de la humanidad, bebé. Te ponen un sombrero y un vestido azul. Te quitan la ropa cómoda y te colocan un casco. Lucha así, te gritan. Casi desnudo. Demuestra de qué estás hecho. Y tú aceptas el reto, te levantas (o eso crees) y vas a luchar. Pero se te abren los ojos violentamente (otra vez) y te das cuenta. Sigues en la cama. Ni dura ni blanda. Ni cómoda. Una cama. Y sientes no haberla abandonado desde hace mucho tiempo. O tal vez sí.
jueves, julio 17, 2008
Bingo
A Víctor y Manuel.
- Esta jugada son tres mil. Si me los gano son 200 para cada uno de ustedes.
- Si quieres no nos das nada. Al menos 300.
- ¿Y si te los ganas tú?
- Bueno está bien, 200.
Los tres se callan. Ella mira el cartón ansiosa. Tiene los dedos manchados de marcador: sus manos delatan su condición de primeriza. Uno de ellos mira absorto los televisores que en ese momento muestran a Camilo Sesto joven cantando “Algo de mí”. El otro, el experto, el que ya sabe como repartir el dinero, calcula las posibilidades de ganar. No son muchas. Su cartón es malo.
Se apaga la voz de Camilo Sesto. Los televisores ahora muestran la máquina del bingo. Una muchacha del casino, autómata como un robot, da inicio a una nueva jugada. Los tres atacan su cartón y ella en su emoción, se vuelve a manchar de marcador las manos.
- 5, 20, 90, 7.
La muchacha dice los números casi sin respirar. Ella se comienza a reír.
- ¿De que te ríes?
- Creo que ya me comí unos números.
- ¿Y ahora?
- Han cantado línea –dice la muchacha autómata.
- ¡Que rabia! A mi me faltaba uno.
- A mí dos.
- A mí todos.
Ahora se ríen los tres. La muchacha-robot pregunta si no hay otra línea. Vuelve a preguntar. Es la pregunta de la cuál todo el mundo sabe la respuesta: según el sistema computarizado si hay otra línea, pero no la han cantado. Ella se pone nerviosa. Probablemente es ella. Revisa en el escaso tiempo su cartón. Parece que no era el suyo. Igual, ya retomaron la jugada y nadie reclamó su línea.
- 54, 1, 75
La muchacha hace una inflexión de voz que la hace sonar sensual en un mal momento. La próxima bola es…
- 69
Un ay largo y burlón, seguido de risas, la pone en evidencia. Para vengarse, dice los próximos números con mayor rapidez. Ya no se sabe si es 66 o 76, 8 o 28. Todo el mundo anota lo que puede. Después de un rato se escucha que alguien dice bingo sin ánimo, casi con fastidio.
- Han cantado bingo.
Durante la revisión los tres se miran esperanzados.
- Ojala no sea. Me faltaba uno solo.
- ¿Y por qué no dijiste para ligártelo?
- ¿Qué es eso?
- El bingo es correcto. Se hará entrega de los 3 millones de bolívares y pronto se dará inicio a una próxima jugada –dice la muchacha.
- ¿Por qué no dicen tres mil?
- No sé. Ya deberían decirlo con la reconversión.
- Si quieres no nos das nada. Al menos 300.
- ¿Y si te los ganas tú?
- Bueno está bien, 200.
Los tres se callan. Ella mira el cartón ansiosa. Tiene los dedos manchados de marcador: sus manos delatan su condición de primeriza. Uno de ellos mira absorto los televisores que en ese momento muestran a Camilo Sesto joven cantando “Algo de mí”. El otro, el experto, el que ya sabe como repartir el dinero, calcula las posibilidades de ganar. No son muchas. Su cartón es malo.
Se apaga la voz de Camilo Sesto. Los televisores ahora muestran la máquina del bingo. Una muchacha del casino, autómata como un robot, da inicio a una nueva jugada. Los tres atacan su cartón y ella en su emoción, se vuelve a manchar de marcador las manos.
- 5, 20, 90, 7.
La muchacha dice los números casi sin respirar. Ella se comienza a reír.
- ¿De que te ríes?
- Creo que ya me comí unos números.
- ¿Y ahora?
- Han cantado línea –dice la muchacha autómata.
- ¡Que rabia! A mi me faltaba uno.
- A mí dos.
- A mí todos.
Ahora se ríen los tres. La muchacha-robot pregunta si no hay otra línea. Vuelve a preguntar. Es la pregunta de la cuál todo el mundo sabe la respuesta: según el sistema computarizado si hay otra línea, pero no la han cantado. Ella se pone nerviosa. Probablemente es ella. Revisa en el escaso tiempo su cartón. Parece que no era el suyo. Igual, ya retomaron la jugada y nadie reclamó su línea.
- 54, 1, 75
La muchacha hace una inflexión de voz que la hace sonar sensual en un mal momento. La próxima bola es…
- 69
Un ay largo y burlón, seguido de risas, la pone en evidencia. Para vengarse, dice los próximos números con mayor rapidez. Ya no se sabe si es 66 o 76, 8 o 28. Todo el mundo anota lo que puede. Después de un rato se escucha que alguien dice bingo sin ánimo, casi con fastidio.
- Han cantado bingo.
Durante la revisión los tres se miran esperanzados.
- Ojala no sea. Me faltaba uno solo.
- ¿Y por qué no dijiste para ligártelo?
- ¿Qué es eso?
- El bingo es correcto. Se hará entrega de los 3 millones de bolívares y pronto se dará inicio a una próxima jugada –dice la muchacha.
- ¿Por qué no dicen tres mil?
- No sé. Ya deberían decirlo con la reconversión.
Camilo Sesto vuelve a aparecer en los televisores cantando la sugerente ¿Quieres ser mi amante?
- ¿Ese no es Roberto Carlos?
- No vale, es Camilo Sesto.
- ¿Cómo sabes?
- Mi mamá tiene un disco de él. Además, a mi me gusta la música vieja.
Durante un rato, la conversación se aleja del juego. Los tres hablan de su vida, de la universidad, de porqué el mesonero no trae la carta si llevan más de media hora pidiéndosela. Hay que aprovechar: la comida es barata y más o menos buena.
- Próxima jugada: 2 millones de bolívares –dice otra de las muchachas del bingo a través del micrófono.
- ¡Si me lo gano son 100 para cada uno!
- ¡Que tacaño! Eso me lo gasto yo en dos horas.
- ¿Y si te lo ganas tú?
- Bueno, está bien, 100.
- ¿Ese no es Roberto Carlos?
- No vale, es Camilo Sesto.
- ¿Cómo sabes?
- Mi mamá tiene un disco de él. Además, a mi me gusta la música vieja.
Durante un rato, la conversación se aleja del juego. Los tres hablan de su vida, de la universidad, de porqué el mesonero no trae la carta si llevan más de media hora pidiéndosela. Hay que aprovechar: la comida es barata y más o menos buena.
- Próxima jugada: 2 millones de bolívares –dice otra de las muchachas del bingo a través del micrófono.
- ¡Si me lo gano son 100 para cada uno!
- ¡Que tacaño! Eso me lo gasto yo en dos horas.
- ¿Y si te lo ganas tú?
- Bueno, está bien, 100.
Joanna Ruiz Méndez
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