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martes, marzo 25, 2014

Cuatro versiones de una angustia

1. 27 de noviembre de 1992. Estaba con mi mamá y mis dos hermanos. Mi papá estaba de viaje. Afuera se escuchaban tiros y el rugido de los aviones que pasaban muy cerca del edificio. Mi mamá nos pidió que nos tiráramos al piso, que rezáramos. La angustia los embargaba a los tres: yo me reía. No entendía porque se angustiaban tanto. Apenas tenía cuatro años y desconocía que ese ruido infernal era sinónimo de horror y muerte. Luego me explicaron que fue una intentona de golpe de Estado. Ya los militares habían pretendido tomar el poder el 04 de febrero de ese mismo año pero, como fracasaron, volvieron a intentarlo. Esa vez también volvieron a fracasar, pero en el proceso lograron atacar Miraflores, la sede del Gobierno de Venezuela. Nosotros vivíamos a una cuadra de allí. Corrimos un inmenso peligro pero en el momento no pude percibirlo; después sí. Tengo evidencias para afirmarlo: la primera, es que nunca he podido sacar de mi mente ese recuerdo de mi mamá con sus tres hijos tirados en el piso; la segunda, es que jamás pude volver a escuchar explosivos de ningún tipo cerca de mi casa sin sentir escalofríos.

2. 11 de abril de 2002. Mi hermano no llegaba. Afuera se escuchaban tiros y él no llegaba. Mi hermana, pegada a su celular, recibió una llamada. Era un amigo de ella que estaba en la marcha que se dirigía a Miraflores: “Al muchacho que estaba a mi lado le acaban de dar un disparo en la cabeza”, le dijo. En la televisión, la pantalla dividida en dos mostraba al mismo tiempo la vorágine que se vivía en el centro de Caracas –y que nosotros podíamos escuchar en vivo y directo- y un discurso de Hugo Chávez. Mi hermano finalmente llegó y todos pudimos volver a respirar relativamente tranquilos. Como en el camino a casa no tuvo acceso a ningún medio de comunicación, al cerrar la puerta nos preguntó inocente: “Pasé por Puente Llaguno y me parece que hay disturbios. ¿Saben si está pasando algo?”. 

3. 14 de abril de 2013. Al llegar a mi centro electoral para el acto de escrutinio, la gente se agolpaba para poder entrar y participar en este proceso. Tan divididos como la pantalla del 11 de abril: chavistas por un lado, opositores por otro. Como no podía entrar todo el mundo, se decidió que cuatro personas de una tendencia y cuatro de la otra entraran al recinto. Mi hermano entró, pero mi hermana y yo tuvimos que esperar afuera. Conforme pasaba el tiempo, el ambiente se hacía cada vez más tenso: llegaron muchos motorizados simpatizantes del gobierno con actitud hostil y los chavistas que no estaban en moto gritaban consignas para provocar a los opositores. Uno de ellos incluso fue más allá: sin ningún pudor, se bajó los pantalones y la ropa interior. Salvo un par de intentos de regaños, los policías presentes no decían mucho. Corrían rumores por todos lados: “Va ganando Maduro”, “Sigue ganando Maduro”, “Ganó Capriles”. Cuando ya se había conformado un grupo considerable de motorizados -cuya actitud parecía cada vez más amenazante- me acerqué a un policía y le pregunté: “si ocurre algún tipo de enfrentamiento, ¿ustedes van a poder intervenir?”. Me miró con tristeza y resignación: “No. Mejor váyanse para sus casas”. Todos los opositores se fueron, salvo los que teníamos familiares en el centro electoral. Apenas salieron, corrí con mis hermanos a la casa para esperar que dieran los resultados de las elecciones. Antes de irme eché una mirada hacia el lugar donde se habían agrupado los motorizados: todos seguían allí.   

4.  Febrero y Marzo de 2014. Estoy en Bogotá. Todos los días le pregunto a mi familia cómo están las cosas, leo la prensa nacional e internacional, reviso el Twitter incansablemente, no me pierdo ni un comentario de mis amigos en Facebook. Yo estoy en Colombia pero trato de entender lo más que pueda lo que pasa en Venezuela. Vivo pensando en cómo organizar mi vida aquí, pero también necesito saber lo que está sucediendo allá. Mi mente -tan dividida como esa pantalla de abril de 2002, como las personas a las afueras de mi centro de votación, como el pueblo venezolano- no da tregua. No importa que ya no escuche el rugido de los aviones o un fragor de tiros anunciándome la desgracia, ni que tampoco tenga que lidiar con la actitud amenazante de un grupo de motorizados. No importa, porque mi familia, mis amigos y muchos de mis compatriotas deben encarar todo eso y más en estos días. Estoy a cientos de kilómetros pero siento en mi pecho esa ansiedad colectiva. La angustia que te genera la injusticia, el horror y la muerte en tu país siempre está allí presente. Esa angustia, al igual que el amor por la tierra que te vio nacer, jamás sale del alma.  

sábado, octubre 13, 2012

Un caminante en la avenida Baralt

Fue hace varios años. Quizás diez, pero no puedo precisarlo. Ese día iba sentada. Es raro, los carritos que atraviesan la selva en que a veces se convierte la avenida Baralt siempre van llenos. Pero ese día todos estábamos sentados e incluso sobraban algunos puestos. La radio no escupía la salsa erótica de costumbre y todavía el reggaeton no había invadido el mundo. Si se omitían los gritos de los buhoneros, el rugir de los otros carros y el bullicio natural de la calle, puedo decir que íbamos relativamente en silencio.
Y se montó el señor. Era moreno, tenía barba y bigote, la ropa algo sucia y una guitarra vieja. Me fastidió verlo porque asumí que nos pediría dinero o nos vendería algo. La guitarra tuvo que haberme dado pistas, pero no le presté atención. Dio los buenos días y dijo que iba a cantar. Comenzó a tocar la guitarra y de su voz salió esa frase tan conocida, de esa canción que tanto me gusta:

- Todo pasa y todo queda…

Y juro que si hubiese tenido los ojos cerrados, hubiera pensado que Joan Manuel Serrat se había montado en un carrito por puesto en plena avenida Baralt a cantarle a una partida de desconocidos su canción más famosa. Era casi una injusticia cuando el señor cantaba:

- Nunca perseguí la gloria…

Y si la había perseguido, ésta le había sido esquiva. Era un talento perdido en las calles que no tenía más riqueza que su voz. Pero seguro ese señor, que cantaba entregado por completo a la música y era un artista de corazón, disfrutaba de un imaginario universo personal que el resto de los mortales no conocemos. Seguramente había vivido en mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, y eso le bastaba…
Cuando terminó la canción todos aplaudimos asombrados porque nadie se imagina que en el centro de Caracas a uno le pueda pasar algo tan maravilloso. El señor colectó mucho dinero, todos nos sentíamos generosos y con ganas de recompensar a cualquiera que alterara nuestra vida cotidiana con su magia. Un señor que estaba a mi lado y que se parecía muchísimo a don Ramón, el de El Chavo, me dijo con los ojos brillantes:

-          Canta bonito ¿verdad?

Yo le sonreí asintiendo. Aunque no hubiese perseguido la gloria, el señor había dejado aquella vez, en la memoria de todos nosotros, su canción. No volví a verlo pero todavía, cuando agarro un carrito en la avenida Baralt, no pierdo la esperanza de que aparezca ese caminante de carritos por puesto que hace algunos años, no recuerdo cuantos, me deslumbró con su canto.  

Joanna Ruiz Méndez

miércoles, agosto 01, 2012

La come ratas

Ustedes, los que leen mi blog, ya conocen a la señora Mily. Los que no, aquí se las presento: La señora Mily.
Resulta que la señora Mily y yo seguimos siendo amigas. Cada vez que nos vemos, nos saludamos, nos ponemos al día, yo le dejo un billetico en la mano –ojalá mis finanzas dieran para un billete grande- y ella siempre me quiere dar sus monedas a cambio. Solo pocas veces me dice: “te lo acepto mija, porque la cosa ha estado dura”. Y a mí se me estruja el corazón, pero igual le sonrío y ella me sonríe y nos despedimos siempre con un hasta luego.
Sin embargo, no todo siempre termina así. Algunas veces, la conversación se alarga y la señora Mily me habla de una mujer que, por su descripción, deambula vagabunda por la avenida Baralt. Cada vez que la menciona la cara se le tensa, el gesto se le agria y la voz se le vuelve despectiva. La apoda la come ratas.

-          Ella come ratas cuando no tiene más nada que comer. Y también me roba el dinero cuando estoy distraída. Es una mujer horrible, ojalá no te la consigas por allí.

La primera vez que me la mencionó, me conmoví. Yo podía entender su antipatía –especialmente si esta mujer le robaba el dinero-, pero me parecía que alguien que comía ratas debía estar en una situación de vida muy miserable. Me dio tristeza, pero no le dije nada a mi abuelita adoptiva porque era evidente que la detestaba.
Un día, la señora Mily se estaba quejando por enésima vez de la come ratas. Al parecer, le había robado todo el dinero que había logrado colectar el Día de las Madres, una jornada que había sido bastante provechosa para ella. Yo le pregunté cómo le había quitado el dinero.

-          Yo no sé, pero fue ella. Me distraje por un momento y ella parece un fantasma, llega y uno no se da cuenta…

Pensé que la come ratas, para ser el personaje grotesco que me habían descrito, era extremadamente sutil al momento de robar. Traté de indagar un poco más, pero la señora Mily no quiso hablar más de eso. En cambio, me empezó a contar que la come ratas también había sido culpable de su accidente.
Desde que la conozco, ella me ha hablado de un accidente que tuvo hace mucho tiempo. A este infortunio le achaca todos sus dolores actuales. Nunca había indagado mucho sobre el mismo y, las pocas veces que lo hacía, solo recibía respuestas evasivas. Sin embargo, cuando supe que el accidente había tenido una autora intelectual, insistí en el tema. Le pregunté cómo había sido y esto fue lo que me dijo:

-          Yo estaba de este lado de la avenida y ella, la come ratas, estaba del otro lado. Ella me vio cruzando y como que me empujó y entonces la moto me llevó…

Este cuento, como se habrán dado cuenta, no tenía ni pies ni cabeza. Con un amago de empujón uno no tumba a nadie y menos si está al otro lado de una avenida. O la come ratas era una bruja con poderes mágicos, o no había tenido nada que ver en el accidente o… solo existe en la imaginación de la señora Mily.
Les cuento por qué creo esto. Aunque no me considero una experta en el tema, conozco a las personas en situación de calle que deambulan de forma permanente en la zona de la avenida Baralt por donde pide la señora Mily. Al menos en los últimos cinco años no he visto otra mujer aparte de ella. Además, aunque no es imposible sí es improbable que en todos estos años yo no haya visto nunca cerca de mi querida abuelita adoptiva a una mujer que esté tratando de robarla o fastidiarla. Siempre está sola.
Otra razón para creer que la come ratas no existe es que cada vez que trato de indagar sobre sus características, la señora Mily solo puede afirmar que es una mujer horrible que come ratas. Nada más. Si quisiera elaborar un perfil de ella, solo podría decir que es una fémina de edad imprecisa, físico indefinible y de presencia etérea que inspira terror porque cada vez que está cerca algo malo sucede.
Mi teoría es que la señora Mily se inventó a la come ratas para darle cara a la fatalidad, para explicar la desgracia, para poder sentir que su enemiga no es la vida sino una mujer de carne y hueso. Aunque sea horrible y malvada, es más fácil de enfrentar ¿no?
Igual, solo especulo. Prometo seguir investigando para saber si la señora Mily tiene una enemiga de verdad o una imaginación tremendamente poderosa. Y si es esto último, me intriga saber qué papel juegan las ratas como alimento en esta retorcida metáfora.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, diciembre 12, 2010

Caracas, Caracas

Creo que todo el que lea mi blog habrá notado que tengo una relación difícil con Caracas. Y es que Caracas no es fácil y he llegado a sospechar que yo tampoco lo soy. Debe ser por eso que nuestra relación no es bonita, ni saludable, ni modélica. Pero Caracas siempre será mi ciudad natal y por esa conexión irrompible debemos tratar de llevarnos lo mejor posible, así sea a la fuerza.
Sin embargo, este post no es para hablarles del caos caraqueño, ni del tráfico, ni de los pocos momentos de silencio y perfecta paz que se pueden disfrutar aquí. No. Es para hablarles de lo que sí me gusta de Caracas. Que si hay cosas que me gustan, por supuesto. Así que aquí les dejo mi lista, para ver si los inspiró a enamorarse más de Caracas, en caso que su relación con ella sea tan problemática como la mía.

El cielo: Para mí, el firmamento caraqueño es de los más bonitos que existen. A veces el cielo se incendia y es una hoguera de flamas multicolores: naranjas, rojas, amarillas. Otras veces es azul y morado y maravilloso al mismo tiempo. Las nubes toman formas posibles e imposibles en esa bóveda perfecta y uno puede pasar amaneceres y atardeceres enteros contemplando esos grandes algodones remojados en luz celestial. Es todo un espectáculo, de lujo, que diariamente puedo disfrutar.

El Ávila: La visión de esta montaña nos regala una alegría constante y cotidiana a los caraqueños y nos asombra con su naturaleza cambiante: el Ávila es como una eterna e imponente pintura verde a la que un artista desconocido le agrega un detalle nuevo todos los días. Siempre es diferente. Me alegra decir que forma parte de mí rutina, ya que mi oficina está establecida justo enfrente de ese cerro maravilloso. Otro lujo que sólo puedo darme aquí, en Caracas.

El Metro: Les sorprende ¿no? Sí, yo sé que el Metro es una locura caótica que promete acabar con los nervios de muchos caraqueños en cualquier momento. Pero es allí donde he recogido parte de las historias lindas que caracterizan mi idea de Caracas. Fue allí donde un joven interpretó My Way en violín y nos deslumbró a todos con sus dotes de artista clásico-callejero. También fue allí donde presencié el matrimonio más improvisado, aunque no sé si por eso menos real, al que me ha tocado asistir (más detalles en Hasta la próxima estación). Ha sido en muchas estaciones del Metro en dónde he conversado largamente, me he reído muy fuerte, se me ha estrujado el corazón y he tenido que despedirme, a veces para siempre. Allí, en ese pandemónium, están momentos muy importantes de mi vida. Y ese lado poético y nostálgico del Metro, que quizás solo está en mi cabeza, es algo que me gusta.

La gente: No hablo de los irrespetuosos, desconsiderados e indiferentes. De esos, mejor ni hablar. Hablo de los hombres y mujeres que todavía son capaces de ser amables, aún en medio de este clima enrarecido y violento. Hablo de los pocos que aún respetan las leyes, los semáforos y el puesto en las colas. De los que le dan el asiento a una anciana, porque podría ser su abuela o su mamá. De los que, teniendo un negocio de comida, todavía regalan algo a los que no han probado bocado en días. De los que se preocupan de lo que le pasa al vecino, no por chismoso, sino por humano. De los que hacen su trabajo como debe ser, aunque sepan que haciéndolo mal igual recibirán un sueldo. Hablo del caraqueño que se atreve a ser considerado con otros, buena gente, pacífico. Todavía quedan y no me incluyo porque sería muy arrogante de mi parte. Sin embargo, queda en mi conciencia que todos los días –sí, porque es una lucha diaria- trato de ser una buena caraqueña, aún sabiendo lo difícil que es.

La comida: Es cara, a veces carísima, pero deliciosa. Creo que la oferta gastronómica de Caracas no tiene nada que envidiarle a la de ciudades extranjeras. Aquí se puede encontrar excelente comida italiana, española, china, japonesa, colombiana, árabe, mexicana, peruana, tailandesa y venezolana, por supuesto. Y mucho más. Yo, que soy una flaca que come sin pudor, puedo afirmar que esta es una de las cualidades que más me gustan de mi ciudad: la buena comida.

Las canciones: Caracas no siempre fue una malquerida; en el pasado, esta ciudad tuvo muchos admiradores. Varios de ellos le compusieron canciones inmortales, que aún siguen resonando entre nosotros como el eco de tiempos mejores. Una de ellas, compuesta por el costarricense Johnny Quirós, dice: “Caracas, ciudad hermosa. Tú eres bella, Caracas, la cuna del Libertador”. Lindo ¿no? En otra, el grupo colombiano Binomio de oro afirmaba: “Caracas, Caracas, como me gusta esa ciudad…”. Quizás la más emblemática sea la compuesta por el dominicano Billo Frometa, que en su Canto a Caracas compuso una verdadera declaración de amor:

“Y es que yo quiero tanto a mi Caracas
Que mientras viva no podré olvidar
Sus cerros, sus techos rojos, su lindo cielo
Las flores de mil colores de Galipán…”.

Creo que me pasa lo que a Billo Frometa: que yo también quiero mucho a mi Caracas. Por eso me peleo tanto con ella, porque la quiero tanto, tanto… mucho más de lo que algunas personas, es discursos cargados de patriotismo y nacionalismo exacerbados, dicen quererla. Me duele verla convertida en lo que es ahora, porque en mis recuerdos de niña, Caracas es linda como una princesa.
Un rincón de esperanza, en el que a veces me refugio, me dice que algún día Caracas volverá a ser como la ciudad de mis recuerdos. Y quizás, mucho mejor.

Joanna Ruiz Méndez

P.D: En este blog, pueden ver más canciones para Caracas y conocer más sobre la ciudad: http://caracascaracas.blogspot.com/

miércoles, enero 06, 2010

Volver

Volver es entender que los semáforos están de adorno. Es devolver las horas que se tomaron prestadas a la felicidad infinita. Volver es una cola eterna. Es respirar smog y más smog. Volver es resignarse al concreto. Es olvidarse del verde. Es entregarse al calor que se vuelve infierno cuando entras al Metro en la hora pico. Es saber que puede no haber electricidad o agua o ninguna de las dos cosas. Es caminar sobre un precipicio a toda hora. Es no sentirse seguro. Es volver a pelear con los motorizados. Volver es saber que todo ha cambiado en apariencia. Y que todo sigue siendo igual, en esencia.
Volver duele. Y es un dolor raro este que se siente cuando se vuelve a casa.

Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 10, 2009

Reflexiones en un taxi

“Buenas noches señor. Me lleva para. ¿Cuánto es? Está bien”.
Ya no puedo decirle que me parece demasiado caro. Estoy montada aquí, en el taxi del señor y prácticamente, siento que mi vida depende de él. De que sea bueno, de que me lleve a mi destino. Por eso si peleo, peleo antes de montarme. Nunca cuando ya lo he hecho. Como diría CAP, sería un autosuicidio. AUTO-SUICIDIO. Literalmente.
Este hombre no habla. Pone música suave, casi imperceptible. Es un señor de unos 50 años, es bastante gordo y tiene un bigote finito. Es el contraste, no el equilibrio, lo que me llama la atención. Pero claro, sólo me fijo en eso para apartar esta molestia. Esta sensación que me entra cada vez que salgo de noche. Me entra un miedo que se me agazapa en el estómago en un punto que se conecta directamente con los lagrimales. Me entran unas ganas de llorar demasiado horribles pues. Y me da rabia. Si se supone que voy a rumbear, a disfrutar en grande, a bailar, a ver amigos y me reiré muchísimo en el futuro ¿por qué me siento así ahora? Claro, el futuro nada tiene que ver con este presente melancólico y feo. Pero igual. Me da rabia y tristeza y ganas de llorar. Por eso analizo al taxista gordito, que sigue en silencio y probablemente no se imagina lo que yo, también en silencio, pienso en este momento.
Tal vez tiene que ver la ciudad. La ciudad hostil, de día y de noche, que esconde unos secretos horribles. Yo sé que Yordano se enamoró en una noche como esta, de la noche en esta ciudad, de la luna y las estrellas que se ven en la noche de esta ciudad. Pero a mi me da miedo esta noche, que promete más desgracias que bendiciones. Yo sé que igual de peligroso es el día, pero todo da más miedo cuando se esconde el sol. Es el miedo infantil a la oscuridad, a saberse solo entre las sombras, al monstruo que se esconde debajo de la cama y que al parecer sólo nosotros podemos ver.
Pero claro, también me da miedo agarrar taxi, así sea de línea. Porque todas las mujeres en esta ciudad nos montamos en un taxi con miedo, por la idea de que nos pueden violar. Que ese señor que está en el volante, es un pervertido. Que los seguros de la puerta se cerrarán para siempre y no podremos salir de ese carro por más que queramos. Siempre nos imaginamos en las páginas de sucesos cuando nos montamos en un taxi, aunque sea un pensamiento fugaz. O a lo mejor, es una paranoia mía que aplico al colectivo. A lo mejor yo soy la miedosa. La que no deja de ver los seguros, al señor, las posibles salidas. Esto es peor que una película de terror. Es peor que Chucky, que una poseída malhumorada, que un vampiro hambriento. Este miedo es peor, porque no me protege una pantalla. Esto es la vida real, aquí si salpica la sangre. Y de que forma.
Sí, creo que es la vida en esta ciudad. En esta ciudad que se ha convertido en un matrimonio demasiado largo y demasiado malo. Esta ciudad a la que estoy a punto de pedirle el divorcio. No puedo vivir con esta inseguridad, con este miedo. No puedo dejarle todo el trabajo a la bendición que me echa mi mamá cada vez que salgo de la casa. No quiero esta opresión en el pecho cuando decido salir de mi casa en la noche. No quiero sentir que en el futuro me espere un “¿por qué saliste? Tú sabes lo peligroso que está todo. Estabas tan bien en la casa y…” Que me lo puede decir alguien o me lo puedo decir yo misma. Es este toque de queda decretado por el instinto de supervivencia, tan real como esta vida y como esta ciudad y como mi miedo. Y como mis ganas de llorar.
Ya estoy llegando. Un par de veces me asusté porque el señor se puso creativo con la ruta. Esa es otra. Si los taxistas se van por los caminos verdes, parece una señal definitiva del triste destino que nos espera. Pero no, el señor se metió por calles solitarias pero ya llegó a donde está la movida nocturna, el bululú, la gente. La gente. La chama que apenas se viste para que todos la miren, el pana que se echa cualquier cantidad de gelatina para mantener en su sitio un peinado imposible, el perrocalentero que a esa hora recibe más clientes que en el resto del día y hace su agosto con su legión de panes, salsas y salchichas. El señor me dice que si me deja en tal esquina. Le digo que sí. Y con mi pensamiento le digo, gracias por no ser un pervertido señor, gracias por traerme sana y salva a mi destino, gracias ahora por desearme que me vaya bien. Gracias.
“Aquí tiene señor. Gracias por todo. Buenas noches”.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, octubre 20, 2008

Hasta la próxima estación

Iba como uno va en un tren demasiado lleno: obstinada. Quería recuperar mi brazo, mover mi pierna encalambrada, respirar. Era la época en que aún no había adquirido la sana costumbre de leer en el Metro para abstraerme del mundo. Por eso quería salir-escapar de ese vagón infernal cuanto antes. Quería, no era mucho pedir, llegar lo antes posible.
En esas estaba, cuando un muchacho morenito, que iba con la novia, comienza a decir en voz alta:
- ¡Es que yo te quiero mucho mi amor!
Se escuchó en coro un ¡aaayyy vaaaleeee!, proclamación que fue acompañada de risas y miradas suspicaces entre pasajeros que se sentían con la suficiente confianza para vacilar un rato juntos aunque nunca se hubieran visto antes. Beneficios de vivir en Venezuela, donde la confianza no le da asco a nadie.
El muchacho que era de todo menos acomplejado dijo aún más alto para que lo escuchara todo el que no lo había escuchado antes:
- ¿Pero que pasa vale? ¿Es que ustedes no se han enamorado nunca?
El silencio que siguió a sus palabras fue una respuesta clara. La mayoría de las personas en el vagón como que sí se habían enamorado, porque callaron comprensivos. Y animado por ese dominio de su auditorio, el muchacho continuó:
- Yo estoy enamorado y me quiero casar con ella.
Todo el mundo se echó a reír, incluyéndome. Era imposible no ablandarse un poquito con ese enamoramiento que no conocía de vergüenza, timidez o sentido del ridículo. La muchacha que iba a mi lado probablemente cargaba un rosario de amores mal correspondidos porque suspiró fuerte y dijo despectiva:
- Todos dicen lo mismo.
La novia del muchacho reía entre apenada y entusiasmada por esa declaración tan pública de amor. El muchacho, entusiasmado por la atención que estaba generando, decidió ir más lejos.
- ¿Aquí no hay nadie que nos quiera casar?
Todos seguían riéndose y del fondo alguien dijo que sí, que los podía casar. Con mucho esfuerzo se acercó un señor de bigotes hasta la parejita que se veía radiante. El vagón completo permanecía expectante. El improvisado cura hablaba bajito y nunca supe que dijo, si mencionó el nombre de la pareja, si se casaban Marjorie y José, Wilfredo y María Coromoto, Jesús y Jessica del Valle. Lo único que dijo en voz alta y tono triunfante fue:
- Los declaro marido y mujer.
Los noviecitos culminaron la ceremonia con un beso apasionado y yo los miré sin el desagrado acostumbrado que me produce esa escena en el Metro. Todos en el vagón aplaudimos, felices y hasta conmovidos, ajenos al calor, venciendo la claustrofobia y el amargue típico de la hora pico. Yo, venezolana al fin, me puse a comentar el improvisado matrimonio con las muchachas y señoras que tenía al lado:
- Ese ahorita está así, pero espera que lleven tiempo – dijo una.
- Por lo menos nos hizo reír – dije yo
- Sí vale, de verdad que el muchacho es muy cómico –dijo otra
Ya la magia del amor se estaba esfumando, pero el ambiente del vagón había cambiado. Todos estábamos apretados y asfixiados en nuestro vagón-lata de sardinas, pero extrañamente sonrientes. Y casi sin darme cuenta se me cumplió el deseo de cinco minutos atrás: por fin había llegado. Mientras salía, pedí en silencio que ese amor no fuera como tantos otros, que durara, que siempre fuera así o que al menos aguantara hasta la próxima estación.

Joanna

martes, septiembre 09, 2008

La señora Mily

No es por dármelas de buena samaritana, pero hay situaciones en la calle que me parten el corazón. Así. En trocitos. Pueden ser evidentes como un niño abandonado y algunas más complejas como el señor que vende tortas y al final de la tarde las recoge intactas. Me imagino que no ha vendido ninguna. Me imagino a su esposa preparándolas para que él las venda. Me lo imagino llegar a su casa con todas las tortas y sin dinero. Desesperanzado. Y aunque capaz todo sea mi imaginación, se me parte el corazón. Se los juro.
Por eso, la primera vez que vi a esa viejita regordeta sentada con un pañuelo en la cabeza y un cartón que decía “una limosna por el amor de Dios”, sentada inmóvil y ajena al caos de la avenida Baralt, se me volvió a partir el corazón. Como casi siempre ando apurada –aunque una amiga me diga que la prisa es de plebeyos- no hice sino mirarla. Pero esa primera mirada bastó para no olvidarme de la señora.
Los días siguientes estuve atenta. A veces estaba en el mismo sitio de la primera vez. Pocas veces no. Pero decidí que no bastaba con verla y asegurarme que estaba bien. Yo tenía que regalarle algo más perdurable que una limosna. Entonces se me ocurrió que sí podía darle una limosna, pero además se la complementaría con una sonrisa. Y un día lo hice. Pasé por donde estaba, le coloqué un billete en el vasito de plástico donde recoge el dinero y la miré. Y me miró. Y le sonreí y me sonrió. Me bendijo. Y yo, que no tuve la fortuna de tener a ninguno de mis abuelos cerca, cada vez que un viejito me bendice me siento feliz. Y así me fui, contentísima.
Seguí con la rutina de estar pendiente de ella y a veces dejarle algo. Pero hubo un día en que la señora tenía una gasa enorme cubriéndole media cara. Yo me asusté. Pensé que era por ese día. Pero al siguiente lo tenía también. Y por una semana más. Una cosa es dejarle unas monedas a alguien y sonreírle, que hablarle y establecer así un contacto directo. Pero cada vez que pasaba, la gasa era como una acusación directa. Me pesaba en la conciencia. Y después de volver a pasar por su lado, sin decirle nada, pensé: soy una desgraciada si no le hablo mañana. De verdad que sí. Le tengo que preguntar que le pasó. Al día siguiente sí. Lo voy a hacer.
Y a diferencia de las historias tristes, en las que la señora no aparece nunca más y uno se queda con un peso en la conciencia horrible, al día siguiente si estaba. Y sin la gasa. Me sentí feliz. Y como había prometido hablarle, me acerqué para darle algo y saludarla.
- Dios me la bendiga mija.
- A usted también. ¿Cómo está?
- Bien bien… Abrígate bien mija, que hace frío.
Y lo que había era tremendo calor, pero no le dije nada. Le pregunté otras cosas más. Le sonreí por última vez y cuando ya me iba a ir, me acordé que se me olvidaba preguntarle algo.
- ¿Cuál es su nombre?
- Mily
Y lo escribo así. Con “i” y “y”. No sé como se escribe. Tampoco creo que sea su nombre de verdad. Pero así quedó. La señora Mily. Regordeta, sonriente y aunque nadie lo crea, feliz. Al menos por lo que me ha contado. Porque desde ese día, la señora Mily y yo nos hicimos amigas. No las mejores amigas. Pero casi.

Joanna