domingo, agosto 26, 2018
La forma de las ruinas
Carlos Carballo intenta robar el traje de Jorge Eliécer Gaitán y su intentona, y posterior arresto, no pasan desapercibidos por los medios. También llaman la atención de un escritor con el que Carballo ha compartido su obsesión por el líder liberal asesinado en 1948. A partir de este hecho, el Juan Gabriel Vásquez de la ficción comienza a contar este relato que revela mucho de la historia de Colombia pero, sobre todo, de los colombianos.
La forma de las ruinas (Alfaguara), de Juan Gabriel Vásquez, es una historia fascinante en la que el protagonista -el propio Vásquez- comienza a verse rodeado de teorías de conspiración y engaños producto de la obsesión de Carballo, la cual se enfoca -pero no se limita- a dos hechos concretos: el asesinato de Galán y el de Rafael Uribe Uribe en 1914. Objetos históricos traídos al presente como una manera de luchar contra el olvido, coincidencias que se terminan convirtiendo en las evidencias de complots, personajes que parecen duplicarse y burlar el paso del tiempo: la novela está plena de elementos que van construyendo, poco a poco, un camino que no siempre es claro pero que el lector transita gustoso.
La forma de las ruinas le apuesta a los recuerdos, a lo que pudo haber sido y la reconstrucción de los hechos para evidenciar que no siempre lo que nos han contado -especialmente los libros de historia- puede ser considerado una verdad absoluta. Dudar es, por consiguiente, un acto necesario pero también peligroso. Carballo, un personaje patético y lastimero, termina llevando no solo al protagonista sino también al lector a un mundo en donde todas las versiones de un mismo hecho son una posibilidad.
La normalidad con que se asumen los sucesos extraordinarios y ese misterio que se va incorporando en las vidas aparentemente normales de los personajes me recordó mucho a Inquieta compañía de Carlos Fuentes -sin los elementos sobrenaturales, por supuesto-. La existencia de personajes dobles -o la presunción de su existencia-, así como la certeza de la historia/lastre me remitió a la Cubagua de Enrique Bernardo Núñez. Otro elemento me conectó profundamente con esta historia: la mención de Mónica Sarmiento, viuda de R.H. Moreno-Durán, con quien trabajé desde que llegué a Colombia hasta hace dos años.
Después de leer esta novela extraordinaria, me quedaron tres tareas pendientes:
1) Leer otra novela de Juan Gabriel Vásquez. Me encantó su estilo y su forma de narrar, estaba casi tan obsesionada con este libro como Carlos Carballo con Jorge Eliécer Gaitán y Rafael Uribe Uribe.
2) Leer algún libro de R.H. Moreno-Durán. Siempre ha estado en mis pendientes desde que conocí a Mónica y espero que este sea el año en el que finalmente conozca su trabajo.
3) Investigar más sobre la historia de Colombia. Así como alguna vez me dediqué a conocer la de Venezuela -lo que me permitió entender el porqué de la mayoría de nuestros problemas-, creo que el tiempo que he estado aquí me permitirá contextualizar mejor el pasado y, quizás, comprender mejor su presente.
Joanna Ruiz Méndez
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Colombia
miércoles, julio 11, 2018
Con mi hermana hasta el fin del mundo (y III)
| Glaciar Serrano |
4 de enero de 2018. Excursión a los glaciares
Balmaceda y Serrano.
La embarcación
era cómoda y cálida. Nos sirvieron cafecito. Si mirábamos por la ventana,
veíamos montañas cubiertas de nieve y la tranquilidad del agua del canal
Señoret, por donde estábamos pasando. Atrás había quedado el episodio de los
vómitos gracias a una pastilla y a una buena noche de descanso. Joselyn se
sentía bien y yo también. Las sillas eran tan cómodas que hubo un momento en el
que, a pesar de estar rodeadas por un paisaje de ensueño, nos quedamos
profundamente dormidas.
Nos
despertamos media hora después porque habíamos llegado al primer punto de
interés: el glaciar Balmaceda. Había que observarlo desde la cubierta y tocaba
agarrarse muy bien cuando uno salía porque el viento patagónico le quita el
equilibrio hasta al mejor plantado. Nos contaron que hace varios años el
glaciar era más grande pero que poco a poco se ha ido reduciendo, un signo
inequívoco de que el calentamiento global también ha dejado su huella en la
Patagonia.
| Glaciar Balmaceda |
Luego
llegamos a Puerto Toro y allí sí desembarcamos. Nos tocaba caminar por un
sendero natural al lado del lago Serrano para poder ver el glaciar homónimo. El
paseo fue muy agradable: el viento corría pero esta vez sin violencia, el aire
que respirábamos era increíblemente puro y la belleza del lago que se deslizaba
entre las piedras, llevando a su paso trocitos del hielo del glaciar que
tintineaban suavemente, nos acompañó todo el camino.
Cuando
llegamos al glaciar Serrano, nos quedamos calladas. Es de un azul impresionante
que no sabría definir porque no se compara con nada. Ni azul mar ni azul cielo:
es un azul glaciar que con tan solo verlo te transmite la frialdad y la pureza
de ese gigante de hielo.
Joselyn y yo
nos tomamos muchas fotos. Demasiadas, quizás. En un momento, sin embargo, una
vocecita interior me llamó la atención. No sé qué fue, pero apagué la cámara y
guardé el celular. Me alejé un poco. Me quedé sola y me dediqué a contemplar el
paisaje. Sin ruidos, sin lentes y sin vanidad de por medio. Éramos la Patagonia
y yo. Aunque siempre me gusta racionalizar mi entorno, sabía que sería una
pérdida de tiempo tratar de encajar este momento y ese lugar en algún
pensamiento lógico. Decidí dejar que mis sentidos sucumbieran complacidos ante
ese derroche exuberante de belleza y de naturaleza. Me dediqué a sentir.
Y, sobre
todo, me dediqué a escuchar. El tintineo
de hielitos que se habían desprendido del glaciar y chocaban entre sí. La dulce
y casi imperceptible explosión que hacían las ondas de agua al morir en las
orillas. El pequeño y suave rugido del viento. El estruendo de una pequeña
avalancha en lo alto de la montaña. Mi propio corazón. Mi mente que en ese momento solo pensaba:
“Dios existe”.
Me dieron
ganas de llorar. No es fácil asumir que el mundo puede ser así de bonito. No
cualquiera puede aceptar que su vida está hecha un desastre y que a la vez es
tan privilegiado de vivir un momento como ese. Es difícil asimilar la rara
belleza que hay en los contrastes.
Joselyn se
acercó. Ella había tenido su propio espacio para dedicarse al silencio y a la
contemplación. Ambas nos sentíamos en ese momento increíblemente afortunadas: el fin del mundo nos había sosegado el alma y había transformado nuestra angustia en algo muy parecido a la paz. Finalmente emprendimos el camino de regreso a la embarcación por el mismo sendero que nos
había traído a este lugar. Era un camino estrecho, así que una iba adelante y la otra
atrás. Lo importante es que íbamos con el alma ligera y el corazón feliz. Y, más importante aún, íbamos juntas. Como siempre.
Joanna Ruiz Méndez
Con mi hermana hasta el fin del mundo (II)
3 de enero de 2018. Puerto Natales - Torres del Paine.
El hostal en
donde nos quedamos en Puerto Natales era sencillo pero acogedor. Nos
proporcionó todo lo que necesitábamos: una ducha, dos buenas camas y café
gratis. Tenía espacios comunes en los que, de haber tenido más tiempo,
hubiéramos compartido con turistas de diversas nacionalidades. En el poco
tiempo que tuvimos de interactuar, hablamos con dos personas: una muchacha
china muy simpática que viajaba con sus papás y también con el dueño del
hostal, un chileno socialista que, después de haberle dejado clara mi poca
simpatía por la izquierda, disfrutaba llamándome “camarada” cada vez que me
veía.
Fue allí en
ese hostal donde nos recogieron para comenzar el tour que nos llevaría al
Parque Nacional Torres del Paine, conocido como la octava maravilla del mundo
por alguna votación importante que alguna vez hicieron por internet y el lugar
que nos había motivado a conocer la Patagonia chilena después de haber visto
algunas fotos en Google.
Nuestro guía
era un muchacho serio y amable que, de no haber tenido un bigotito ridículo
conformado por tres pelos, hubiera resultado atractivo. Cuando emprendimos
nuestro camino hacia el Parque, empezó a explicarnos sobre la vegetación de la
zona, el clima y otros detalles interesantes que yo escuchaba con atención pero
que Joselyn apenas entendía. Casi desde el mismo momento en que comenzó el
paseo, me anunció que se sentía mareada. Al rato, me pidió que le dijera al
muchacho que paráramos porque tenía que vomitar.
Cuando vomitó
la primera vez, ambas nos ilusionamos pensando que ya se sentiría mejor, pero
la verdad es que no paró de vomitar el resto del paseo. En ningún momento pudo
recuperarse del todo y sólo disfrutó el recorrido porque es realmente
indetenible cuando se trata de pasear y de viajar. Otras personas se hubieran
acostado al final de la van a esperar la muerte, pero Joselyn mantenía los ojos
abiertos cuando el mareo se lo permitía, se reía en los breves momentos de
mejora y soportaba de manera estoica cada recaída. Además, aprendió a coordinar
el vómito con las paradas que hacíamos en los puntos estratégicos, por lo que
el recorrido se pudo hacer sin mayores contratiempos. El parque nacional Torres
del Paine quedará en mi memoria como ese territorio espléndido de vegetación
cambiante y agreste, lagos soberbios, macizos impresionantes -que le dan el
nombre al lugar- y paisajes de postal en el que Joselyn rompió el récord de
vómitos en un día.
| Los paisajes del Parque Nacional Torres del Paine se enganchan en la retina y en el alma |
Algo que
tampoco se me olvidará es la caminata hasta el mirador del Glaciar Grey. Aunque
el guía le recomendó expresamente a Joselyn que no la realizara, ella puso su
mejor cara -que para ese momento estaba como amarilla- y le dijo:
- - Yo
puedo hacerlo.
La caminata
incluía atravesar un puente colgante sobre el río Pingo que el viento
batuqueaba sin piedad. Por allí pasamos y luego recorrimos toda la playa al
lado del lago Grey, caminata que se dificultaba porque el viento cada vez
corría con más fuerza y literalmente te empujaba hacia un lado. Después, otra
caminata de alrededor veinte minutos por un sendero escarpado te llevaba
finalmente al mirador, desde donde se podía observar el famoso glaciar
Grey. Hasta allí llegamos relativamente
ilesas, nos tomamos las fotos de rigor y emprendimos el camino de regreso.
| Lago y glaciar Grey |
Cuando volvimos a la playa, el viento era aún más potente y no nos permitía respirar bien porque entraba a chorros por nuestra nariz y de ahí derecho pasaba con fuerza a los pulmones. Como íbamos en contra de su dirección, lo que antes eran empujones se volvió una pared de aire que no nos dejaba casi avanzar. Además, comenzó a caer una lluvia en la que las gotas se sentían como dardos que nos golpeaban la cara. No recuerdo si también alcanzó a granizar.
Joselyn ya
estaba pálida otra vez pero no dejaba de caminar. La agarré fuerte por un brazo
y comencé a contar nuestros pasos en voz alta para agarrar un ritmo que nos
permitiera avanzar, pero pronto me callé: el aire no me dejaba hablar. Me empecé
a sentir débil pero sabía que no podía parar porque ella dependía de mí. Ella,
por su parte, sabía que no podía darse el lujo de desmayarse en esas
circunstancias porque se nos hubiera arruinado todo el paseo. Cada una con su
motivación se inspiró a continuar y, tomadas del brazo, logramos hacer todo el
camino de regreso hasta el autobús.
Con Joselyn
hemos pasados por muchas situaciones, felices y agridulces. Para mí, sin
embargo, nada revela mejor nuestra hermandad que esa escena de nosotras
caminando de frente contra el viento, extenuadas, tomadas del brazo y dándonos
ánimo mutuamente. Si algo nos convencía de que llegaríamos hasta el final era
una sola razón: estábamos juntas.
Joanna Ruiz Méndez
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lunes, julio 09, 2018
Con mi hermana hasta el fin del mundo (I)
2 de enero de 2018. Punta Arenas.
Joselyn y yo
comenzamos el viaje el primero de enero. Llegar a Punta Arenas desde Bogotá nos
tomó dos aviones y casi 8 horas de vuelo. Ni ella ni yo habíamos dormido, salvo
que se considere sueño a ese retozo incansable que uno establece en los
asientos de los aviones. La energía y la buena actitud, sin embargo, volaron
con nosotras. Ese viaje al fin del mundo era nuestra forma de rebelarnos
ante la vida cotidiana agridulce, la frustración y el desempleo, así que
apostamos por ignorar el cansancio y la necesidad de darnos un buen duchazo.
Estábamos genuinamente felices.
Apenas
salimos del aeropuerto, el frío nos sacudió. Aún en pleno verano, Punta Arenas
es una ciudad helada y ventosa cuyo clima contrasta con la extrema calidez de
sus habitantes. Nos sorprendió un poco ver que todo el mundo nos atendía y
hablaba con el cariño que uno le destina a viejos conocidos. Nos preguntaban
con interés por Colombia cuando sabían que veníamos de Bogotá y aún con más
interés sobre Venezuela cuando se enteraban que éramos caraqueñas. Una señora que nos vendió unas empanadas
deliciosas hasta nos contó con detalles y una emoción evidente que pronto
conocería Cartagena.
Nuestra
conexión más profunda en Punta Arenas, sin embargo, no fue con una persona.
Cuando nos detuvimos en la Costanera a fotografiar a los cormoranes que estaban
posados sobre un muelle, un perro se nos acercó y se sentó a nuestro lado. Lo
saludamos -porque es de mala educación no saludar a un perro que se acerca a
uno- y seguimos tomando fotos.
Yo dediqué
varios minutos a obtener una buena imagen de esas aves que, a lo lejos, parecen
pingüinos: el perrito siguió allí. Cuando decidimos emprender la caminata por
la Costanera, un plan obligado para los que visitan Punta Arenas, él se fue con
nosotras.
Si parábamos,
él paraba. Cuando emprendíamos nuevamente la marcha, él trotaba a nuestro lado.
Un par de veces se entretuvo con otros turistas y entonces nos tocaba llamarlo
para que no se quedara atrás:
-
¡Crusoe,
tenemos que seguir!
Y él, que
probablemente no se llamaba Crusoe ni entendía español, apuraba el paso para no
quedarse. Un par de veces nos sentimos un poco nerviosas porque había tramos de
la Costanera que eran solitarios, pero saber que ese perro enorme y buenazo nos
acompañaba nos daba tranquilidad. Recuerdo esa caminata al lado del estrecho de
Magallanes y con un perro como compañía como nuestra mejor experiencia en Punta
Arenas.
| Crusoe, nuestro compañero en la caminata por la Costanera |
Cuando
decidimos ir hacia el Cementerio Municipal, uno de los principales lugares
turísticos de la ciudad, Crusoe se nos perdió. Se puso a jugar con otros perros
y, de repente, no lo vimos más. Desapareció. ¡Crusoe, Crusoe! gritamos, pero no
respondió a nuestro llamado. Quedarnos sin la compañía del único perro que
habíamos sentido como propio en toda nuestra vida, nos generó una tristísima
sensación de pérdida.
Ya menos
entusiasmadas, nos metimos al cementerio para fotografiar los emblemáticos
cipreses que están en la entrada. Creo que también buscamos los seis que habían
quemado el día anterior, un acto de vandalismo no muy común en Punta Arenas que
tenía indignados a todos los pobladores y que había recibido, por su rareza, la
primera plana del diario El Pingüino.
| Los cipreses del Cementerio Municipal son su principal atractivo |
Al final de
la tarde, después de haber fotografiado las casitas multicolores de Punta
Arenas, recorrido varias placitas y visitado un museo, decidimos irnos a la
estación de buses. Allí teníamos que tomar uno que nos llevaría hasta Puerto
Natales, nuestro próximo destino. Cuando el bus comenzó a arrancar, miré con
tristeza y un poquito de esperanza por la ventana. Ni rastro de Crusoe.
Joanna Ruiz Méndez
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viernes, mayo 04, 2018
Juan, el arquitecto de la rumba
“Hay dos formas de convertirte en profesor de rumba. La primera es porque naces con eso, lo llevas dentro de ti. La segunda, te preparas a nivel profesional. Yo soy una combinación de ambas”. En Juan Gutiérrez además influyó un tercer elemento: su familia. En su casa, además de maracas y tambores, también había casetes del Gran Combo de Puerto Rico, Grupo Niche, Willie Colón, Orquesta Guayacán y Héctor Lavoe. Había también, según sus propias palabras, una mamá que baila por todo.
El segundo piso de ese gimnasio que está por la 116 es
amplio y luminoso. Del lado derecho hay varias máquinas de cardio, al fondo se
ven grandes ventanales que dan a la calle y hacia la izquierda está un espacio
despejado en el que destacan los espejos que ocupan todas las paredes y unas
colchonetas arrumadas hacia una esquina. Ese es el escenario de Juan. Allí,
frente a los espejos, baila. Detrás de él, varios alumnos lo siguen. Lo siguen
incluso cuando hace esa coreografía de Danza Kuduro que incluye meneo de
caderas, un giro sabroso de 360 grados sobre su pierna derecha y diversos
movimientos de brazos: arriba, al nivel de la cintura, hacia los lados. Algunos
participantes logran dominar los pasos, pero es claro que en esta clase ningún
alumno superará al maestro: la gracia y la energía de Juan son difíciles de
imitar.
Juan tiene 21 años y nació es Istmina, Chocó. Se lo
trajeron a Bogotá siendo un bebé y el ritmo se vino con él: desde hace año y
medio es instructor de rumba y mueve su cuerpo de ébano al ritmo de reggaetón,
salsa, champeta, merengue y funk. En realidad, Juan baila al ritmo que le
toquen y, por pura vocación, pone a bailar a otros también.
Cuando baila salsa –casi siempre un clásico, como
Oiga, Mire, Vea o Aguanile - Juan repite siempre un paso: los brazos
flexionados a la altura del pecho se mueven como si estuviera tocando una
puerta imaginaria con insistencia mientras los pies giran rápidamente de forma
que vira de izquierda a derecha en cuestión de un segundo. No todos los alumnos
lo siguen con el mismo éxito, pero no es un movimiento difícil. Si una persona
es constante puede que, después de algunas clases, termine dominándolo.
“Trato de no manejar pasos muy elaborados porque esto
no es una escuela de baile. La gente viene a hacer ejercicio de una manera
divertida y para muchos no coger los pasos puede ser algo frustrante. Yo tengo
que hacer pasos que sean muy sencillos y que a la vez las personas los
disfruten”. La rumba de Juan no es solo baile: también es metodología. Sus
palabras denotan un compromiso importante con este oficio que ha elegido como
una forma de liberar el estrés de la oficina. De 8 a.m. a 5 p.m., tiene un
trabajo en donde hace planos y revisa obras de construcción. Él, en su vida
fuera del gimnasio, es arquitecto.
Uno de los pasos clásicos de la champeta es el famoso caballito. Para hacerlo se deben abrir un poco las piernas, se hace un movimiento similar al que haría un niño cuando juega a que está cabalgando y se abren y cierran parcialmente las rodillas, las cuales deben estar un poco flexionadas. Juan lo baila así mientras que mueve los brazos hacia adelante, un poco debajo del pecho, entrecruzándolos. Lo hace ver fácil, aunque para muchos no lo sea. De hecho, los alumnos juiciosos intentan imitar al profesor, pero cuando se trata de champeta, la clase se vuelve el mito de la caverna de Platón: Juan es la figura original y el resto de las personas son solo sombras en una de las paredes de la cueva.
Uno de los pasos clásicos de la champeta es el famoso caballito. Para hacerlo se deben abrir un poco las piernas, se hace un movimiento similar al que haría un niño cuando juega a que está cabalgando y se abren y cierran parcialmente las rodillas, las cuales deben estar un poco flexionadas. Juan lo baila así mientras que mueve los brazos hacia adelante, un poco debajo del pecho, entrecruzándolos. Lo hace ver fácil, aunque para muchos no lo sea. De hecho, los alumnos juiciosos intentan imitar al profesor, pero cuando se trata de champeta, la clase se vuelve el mito de la caverna de Platón: Juan es la figura original y el resto de las personas son solo sombras en una de las paredes de la cueva.
El esfuerzo se ve recompensado así no sea de la forma
esperada. Así le pasó a uno de los alumnos. “Hay un chico que no bailaba nada
de champeta cuando empezó y yo aquí le expliqué como era. Hace poco me contó
que bailando champeta conoció a una chica y ya es su novia. Entonces yo pensé:
´gracias a que yo le enseñé a bailar champeta el muchacho consiguió la
conquista´”.
La franela de Juan queda empapada de sudor cuando
termina la clase, pero él no muestra señales de cansancio. Sus movimientos son
firmes, precisos y enérgicos hasta el final. Abdominales y unos ejercicios de estiramiento
dan por culminada la sesión. Sin embargo, nadie se va hasta que Juan dice su
frase de cierre: “regálense un fuerte aplauso”. Todos aplauden y esos aplausos
van para ellos pero, en cierta manera, también van para él.
Joanna Ruiz
Méndez
lunes, noviembre 13, 2017
Cinco amores que no olvido
![]() |
| Autor: Usbkabel / Creative Commons Attribution-Share Alike 4.0 International |
Hay parejas literarias que me han marcado para toda la vida. Y no, no hablo de Romeo y Julieta, aunque algunas también están marcadas por la tristeza y la desesperanza. La mayoría no tienen un final feliz, aunque hay algo intenso, prohibido y épico en su forma de abordar el amor que las hace memorables.
Antes de presentar la lista de mis amores literarios favoritos, debo advertirles: hay varios spoilers de las obras a los que pertenecen. Sin embargo, la mayoría son clásicos que, si ustedes no han leído, les recomiendo que lean.
1. Tony Buddenbrook y Morten Schwarzkopf (Los Buddenbrook, Thomas Mann). Tony pertenece a una rica familia de comerciantes alemanes; Morten es un humilde estudiante de medicina. Durante unas vacaciones se conocen, comienzan a tomar largos paseos, a contarse secretos y, como el amor no entiende de clases, a enamorarse. En los momentos en que ella se encuentra con personas de su círculo social, Morten va a sentarse en unas rocas cerca del mar para evitar la incomodidad de estar con gente con la que no simpatiza y con la que no tiene nada en común. Eventualmente, "sentarse en las rocas" se convierte en un sinónimo de estar solo y aburrirse, una expresión que solamente ellos dos entienden, una especie de chiste interno que simboliza su amor pero también todo lo que los separa. Las obligaciones familiares y un desagradable pretendiente de Tony frustran cualquier posibilidad de unión entre ellos y esas vacaciones terminan de forma amarga para ambos. Nunca más se vuelven a ver.
Más adelante, cuando ya Tony es abuela y está llena de arrepentimientos y desesperanza, su hermano le escucha esta expresión que no entiende y que ella no logra explicarle. Pero el lector que la conoce, que ha aprendido a quererla, sabe que en el fondo de su alma todavía arde el amor de su juventud. Y no es difícil imaginar, aunque no se indique en la obra, que seguramente un Morten entrado en años tampoco ha podido olvidarla.
2. El protagonista de Los pasos perdidos (Alejo Carpentier) y Rosario: Este es uno de mis libros favoritos y cuando lo terminé de leer me quedé con un dolor en el alma por varios días. La historia del viaje iniciático del protagonista y sus vivencias en la ficticia Santa Mónica de los Venados -que muchos autores han identificado como Santa Elena de Uairén- me atraparon completamente, así como su relación con Rosario, una mujer simple que contrasta con las féminas independientes, cultas y un poco frías que él está acostumbrado a tratar.
Rosario no tiene poses, no tiene aspiraciones intelectuales, no tiene necesidad de sentirse superior. En ella todo es instintivo, un poco salvaje, pasional. Ella, cuando habla con el protagonista, se refiere a sí misma como "tu mujer". Ese tipo de entrega incondicional, completa, es una que él jamás había conocido y que logra llenar el inmenso vacío que le había producido una existencia, hasta ese momento, plana e infeliz.
Por eso duele tanto cuando la pierde y, con ella, la posibilidad de habitar en un territorio que ya le había mostrado su magia y que se niega a brindarle una segunda oportunidad. Y duele más saber -aunque tampoco nos lo digan en el libro- que jamás volverá a vivir un amor igual.
3. Laura Díaz y Jorge Maura (Los años con Laura Díaz, Carlos Fuentes). Este no es uno de mis libros favoritos de Carlos Fuentes. De hecho, hubo momentos en los que pensé abandonarlo pero no lo hice porque, por flojo que me pareciera a veces, había pasajes luminosos. El amor de Laura -una mexicana cuya vida impetuosa e intensa permite contar la historia de su país- y Jorge Maura -un español republicano residenciado en México- me pareció uno de ellos. La pasión que sienten el uno por el otro, su forma de hacer el amor, su necesidad de exorcizar el pasado y sanar sus heridas son conmovedoras.
Una pasión así de intensa normalmente no dura para toda la vida. La de Laura y Jorge no es la excepción. Sin embargo, hay detalles en el libro que nos recuerdan que los mejores amores no son eternos pero sí inolvidables gracias a ciertos detalles sutiles: una palabra, un apretón de manos, una mirada brillante. Para mí, esta relación se resume en el color plateado que adquirían los ojos de ella "en el orgasmo de ojos abiertos que le exigía Jorge Maura". Es en esa descripción, simple y potente, que se resume la grandeza de ese amor.
4. Adelaida Salcedo e Hilario Guanipa (La trepadora, Rómulo Gallegos). Hay hombres de los que no me enamoraría en la vida real, pero que en la literatura me resultan absolutamente seductores. Uno de ellos es Hilario Guanipa, el mujeriego, recio y atractivo hijo ilegítimo del rico terrateniente venezolano Jaime del Casal.
Hay mujeres a las que no me gustaría parecerme pero que resultan absolutamente necesarias en la literatura porque son capaces de sacrificar absolutamente todo por amor. Una de ellas es Adelaida Guanipa, prima de los hijos legítimos de Jaime y amiga de la infancia de Hilario, quien la deleitaba con las historias divertidas de Tío Tigre y Tío Conejo.
Adelaida e Hilario no se vuelven a encontrar hasta que ambos son adultos. Él queda prendado de la belleza de "tío Conejo" y ella se siente atraída -y turbada- por ese hombre fuerte que no puede disimular su pasión. Leer como este par se va enamorando es una absoluta delicia. Aunque la de Adelaida e Hilario está lejos de ser una relación ideal -algo que se evidencia aún más en su matrimonio-, Gallegos logró capturar con precisión las angustias, la emoción, las dudas y ese ingenuo heroísmo que traen consigo el amor recién descubierto.
5. Elizabeth Bennet y Mr. Fitzwilliam Darcy (Orgullo y prejuicio, Jane Austen). A diferencia de lo que me sucede con Hilario Guanipa, no me importaría tropezarme con un Mr. Darcy en la vida real porque creo que terminaría tan enamorada como Elizabeth Bennet. Estoy segura que ese hombre en apariencia frío y distante, pero que en el fondo es romántico y generoso, ha conquistado a más de una lectora.
Elizabeth, quien vive rodeada por hermanas y una madre obsesionadas con la idea del matrimonio, es un espíritu libre al que la idea de conseguir esposo no le quita el sueño. Inteligente, alegre y en ocasiones mordaz, logra conquistar a Mr. Darcy prácticamente sin buscarlo. Lo que más me gusta de esta pareja es que ambos tienen personalidades fuertes, son bondadosos por naturaleza y cuidan a sus seres queridos. Además, es maravilloso ver como entre ellos va creciendo poco a poco la tensión porque no logran encontrar la manera correcta de expresar sus sentimientos. Cuando finalmente lo hacen -después de varios líos familiares, rechazos y malentendidos- sabemos que esta pareja sí ha conseguido -y se merece- su final feliz.
Joanna Ruiz Méndez
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lunes, julio 24, 2017
9 apuntes sobre ser inmigrante
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Tienes una historia que contar: Basta que digas "Hola" para que alguien note tu acento, te pregunte de dónde eres y comience el rosario de preguntas: ¿desde hace cuánto estás aquí? ¿qué te ha parecido nuestro país? ¿ya te adaptaste? A mí, personalmente, me parece genial. Cada vez que sucede me da la oportunidad de contar mi historia y, de paso, hablar de mi país. Ser "el extranjero" siempre te permite tener un tema de conversación y es la mejor forma de romper el hielo cuando conoces a alguien. A mí, que no siempre se me da lo de socializar, me parece una gran ventaja.
Eres un embajador de tu país: Te guste o no. Tu forma de comportarte definirá, de alguna manera, lo que las personas que te rodean piensen de la gente de tu país. Es una gran responsabilidad, pero también una oportunidad de dejar una buena impresión y abrirle la puerta a otros coterráneos que, como tú, han tomado la decisión de emigrar.
Es una experiencia agridulce: Sabes que estás viviendo muchas cosas que quizás nunca hubieras podido experimentar en tu país y eso aplica tanto para las buenas como para las malas vivencias. A lo mejor estás conociendo la nieve, estás disfrutando de un transporte de alto nivel o simplemente estás saboreando las mieles de la independencia. Sin embargo, probablemente también estás extrañando a tu familia, no tienes muchos amigos y tus apuntes chistosos, tan populares en tu tierra, ya no hacen reír a nadie. Hay días en los sientes que tomaste la mejor decisión y otros en los que te arrepientes de haber cambiado tanto tu vida. Hay días, incluso, en las que ambas sensaciones se mezclarán. Y sí, es normal.
No eres de aquí, ni eres de allá: A lo Facundo Cabral. En el país que te acogió, te sientes el más patriota. Tratas de no perder ni tus costumbres, ni tus modismos, ni tus intereses. Sin embargo, cuando hablas con tu familia o amigos, te escuchan diferente. Todos notan un cambio en tu acento, te escuchan palabras que jamás habías dicho y se dan cuenta de tu interés por ciertos temas que solo atañen a tu nuevo país de residencia. Y así, comienzas a no pertenecer del todo a ningún territorio. Cuando visitas a tu gente, te ven raro porque ya no eres el mismo. Para los que conviven contigo en tu nueva realidad, siempre serás el extranjero. Es mejor que te acostumbres -yo ya me acostumbré-pues eso no va a cambiar en el futuro. Esa sensación de no pertenecer del todo siempre te va a acompañar.
Verás de una forma diferente a tu país: No solo a uno lo ven distinto: uno comienza a ver diferente a su propia patria. Emigrar te obliga a cuestionar muchas de las certezas que tenías y te enfrenta a nuevas costumbres, visiones y concepciones sobre la vida. A veces, te darás cuenta que en tu país hay cosas que están decidamente mal, aunque nunca las percibiste de esa manera mientras vivías allí. También verás que tiene virtudes que nunca valoraste y que hoy, a la distancia, parecen incluso más grandes. Sin duda, redescubrir tu lugar de origen es una de las tareas que están asociadas a la emigración.
Recordarás tus primeros días: En tu nuevo país de residencia, por supuesto. Recordarás que muchas de las cosas que hoy te parecen normales, cotidianas y hasta aburridas, en un momento te sorprendieron y te parecieron novedosas. Cuando uno está recién llegado en un nuevo país, se convierte en un niño que abre por primera vez sus ojos al mundo. Esos primeros momentos que se viven en un nuevo territorio no siempre definen nuestra experiencia allí, pero de alguna forma siempre nos acompañan porque están llenos de sorpresa, de emoción y, por supuesto, de nostalgia. Constituyen el comienzo de una nueva vida.
Recordarás tus últimos días: Me refiero a los últimos días que pasaste en tu país natal. Ese conjunto de vivencias que tuviste al lado de tu familia, las despedidas que te organizaron tus amigos, las compras nerviosas que hiciste a última hora... todo eso estará tatuado en tu alma para el resto de tu vida. De alguna manera esos días tienen un significado especial porque tú sabías que tu vida estaba por cambiar para siempre. Todo estaba teñido de emoción, de expectativa, de tristeza. En mi caso, tengo vivo un recuerdo específico: un almuerzo al lado de la playa que tuve con mis padres el día antes de emigrar. Estábamos en La Guaira y yo solo podía ver el mar, llenarme los ojos de esos azules que sabía que no vería en mucho tiempo, respirar ese rumor de brisa y arena que, en cierta manera, habían moldeado mi existencia. Nunca olvidaré lo que sentí ese día y sé que ustedes, con otros protagonistas y en otras locaciones, también tienen su propio "almuerzo en La Guaira".
El futuro no está claro: Hay personas que parecen tenerlo resuelto: han echado raíces lejos de su tierra, han formado una vida estable y segura y ya no ven la posibilidad ni la conveniencia de volver. Otros confían en que el destino los termine regresando, de una u otra manera, a su lugar de origen. Sin embargo, nunca se sabe. Los que hoy parecen ser felices fuera de su país pueden terminar retornando y aquellos que juran que volverán sin dudarlo, pueden terminar haciendo sus vidas para siempre en otras geografías. Por eso, la única certeza que se tiene al emigrar es que el futuro no está claro. Tanto volver como quedarse son posibilidades reales para un inmigrante.
Una parte de tu país vivirá en ti: Claro que vas a hacer una vida normal y funcional en tu nuevo lugar de residencia. Trabajarás, hablarás de deportes, comentarás los chismes del espectáculo, te emocionarás con los avances que tenga esta nación que te ha acogido y sufrirás cuando algo malo le suceda. Sin embargo, tu alma y tu cabeza siempre guardarán un espacio para ese territorio que te vio nacer. A veces los años o las experiencias modificarán el tamaño de este espacio, pero siempre estará allí. Una parte de tu país siempre vivirá en ti y, sin dudarlo, dejará su estela en todas tus vivencias.
Joanna Ruiz Méndez
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