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miércoles, julio 11, 2018

Con mi hermana hasta el fin del mundo (y III)

Glaciar Serrano

4 de enero de 2018. Excursión a los glaciares Balmaceda y Serrano.
La embarcación era cómoda y cálida. Nos sirvieron cafecito. Si mirábamos por la ventana, veíamos montañas cubiertas de nieve y la tranquilidad del agua del canal Señoret, por donde estábamos pasando. Atrás había quedado el episodio de los vómitos gracias a una pastilla y a una buena noche de descanso. Joselyn se sentía bien y yo también. Las sillas eran tan cómodas que hubo un momento en el que, a pesar de estar rodeadas por un paisaje de ensueño, nos quedamos profundamente dormidas.
Nos despertamos media hora después porque habíamos llegado al primer punto de interés: el glaciar Balmaceda. Había que observarlo desde la cubierta y tocaba agarrarse muy bien cuando uno salía porque el viento patagónico le quita el equilibrio hasta al mejor plantado. Nos contaron que hace varios años el glaciar era más grande pero que poco a poco se ha ido reduciendo, un signo inequívoco de que el calentamiento global también ha dejado su huella en la Patagonia. 

Glaciar Balmaceda
Luego llegamos a Puerto Toro y allí sí desembarcamos. Nos tocaba caminar por un sendero natural al lado del lago Serrano para poder ver el glaciar homónimo. El paseo fue muy agradable: el viento corría pero esta vez sin violencia, el aire que respirábamos era increíblemente puro y la belleza del lago que se deslizaba entre las piedras, llevando a su paso trocitos del hielo del glaciar que tintineaban suavemente, nos acompañó todo el camino.
Cuando llegamos al glaciar Serrano, nos quedamos calladas. Es de un azul impresionante que no sabría definir porque no se compara con nada. Ni azul mar ni azul cielo: es un azul glaciar que con tan solo verlo te transmite la frialdad y la pureza de ese gigante de hielo.
Joselyn y yo nos tomamos muchas fotos. Demasiadas, quizás. En un momento, sin embargo, una vocecita interior me llamó la atención. No sé qué fue, pero apagué la cámara y guardé el celular. Me alejé un poco. Me quedé sola y me dediqué a contemplar el paisaje. Sin ruidos, sin lentes y sin vanidad de por medio. Éramos la Patagonia y yo. Aunque siempre me gusta racionalizar mi entorno, sabía que sería una pérdida de tiempo tratar de encajar este momento y ese lugar en algún pensamiento lógico. Decidí dejar que mis sentidos sucumbieran complacidos ante ese derroche exuberante de belleza y de naturaleza. Me dediqué a sentir.
Y, sobre todo, me dediqué a escuchar.  El tintineo de hielitos que se habían desprendido del glaciar y chocaban entre sí. La dulce y casi imperceptible explosión que hacían las ondas de agua al morir en las orillas. El pequeño y suave rugido del viento. El estruendo de una pequeña avalancha en lo alto de la montaña. Mi propio corazón.  Mi mente que en ese momento solo pensaba: “Dios existe”.
Me dieron ganas de llorar. No es fácil asumir que el mundo puede ser así de bonito. No cualquiera puede aceptar que su vida está hecha un desastre y que a la vez es tan privilegiado de vivir un momento como ese. Es difícil asimilar la rara belleza que hay en los contrastes.


Joselyn se acercó. Ella había tenido su propio espacio para dedicarse al silencio y a la contemplación. Ambas nos sentíamos en ese momento increíblemente afortunadas: el fin del mundo nos había sosegado el alma y había transformado nuestra angustia en algo muy parecido a la paz. Finalmente emprendimos el camino de regreso a la embarcación por el mismo sendero que nos había traído a este lugar. Era un camino estrecho, así que una iba adelante y la otra atrás. Lo importante es que íbamos con el alma ligera y el corazón feliz. Y, más importante aún, íbamos juntas. Como siempre.

Joanna Ruiz Méndez

Con mi hermana hasta el fin del mundo (II)



3 de enero de 2018. Puerto Natales - Torres del Paine.
El hostal en donde nos quedamos en Puerto Natales era sencillo pero acogedor. Nos proporcionó todo lo que necesitábamos: una ducha, dos buenas camas y café gratis. Tenía espacios comunes en los que, de haber tenido más tiempo, hubiéramos compartido con turistas de diversas nacionalidades. En el poco tiempo que tuvimos de interactuar, hablamos con dos personas: una muchacha china muy simpática que viajaba con sus papás y también con el dueño del hostal, un chileno socialista que, después de haberle dejado clara mi poca simpatía por la izquierda, disfrutaba llamándome “camarada” cada vez que me veía. 
Fue allí en ese hostal donde nos recogieron para comenzar el tour que nos llevaría al Parque Nacional Torres del Paine, conocido como la octava maravilla del mundo por alguna votación importante que alguna vez hicieron por internet y el lugar que nos había motivado a conocer la Patagonia chilena después de haber visto algunas fotos en Google.
Nuestro guía era un muchacho serio y amable que, de no haber tenido un bigotito ridículo conformado por tres pelos, hubiera resultado atractivo. Cuando emprendimos nuestro camino hacia el Parque, empezó a explicarnos sobre la vegetación de la zona, el clima y otros detalles interesantes que yo escuchaba con atención pero que Joselyn apenas entendía. Casi desde el mismo momento en que comenzó el paseo, me anunció que se sentía mareada. Al rato, me pidió que le dijera al muchacho que paráramos porque tenía que vomitar.
Cuando vomitó la primera vez, ambas nos ilusionamos pensando que ya se sentiría mejor, pero la verdad es que no paró de vomitar el resto del paseo. En ningún momento pudo recuperarse del todo y sólo disfrutó el recorrido porque es realmente indetenible cuando se trata de pasear y de viajar. Otras personas se hubieran acostado al final de la van a esperar la muerte, pero Joselyn mantenía los ojos abiertos cuando el mareo se lo permitía, se reía en los breves momentos de mejora y soportaba de manera estoica cada recaída. Además, aprendió a coordinar el vómito con las paradas que hacíamos en los puntos estratégicos, por lo que el recorrido se pudo hacer sin mayores contratiempos. El parque nacional Torres del Paine quedará en mi memoria como ese territorio espléndido de vegetación cambiante y agreste, lagos soberbios, macizos impresionantes -que le dan el nombre al lugar- y paisajes de postal en el que Joselyn rompió el récord de vómitos en un día.

Los paisajes del Parque Nacional Torres del Paine
se enganchan en la retina y en el alma

Algo que tampoco se me olvidará es la caminata hasta el mirador del Glaciar Grey. Aunque el guía le recomendó expresamente a Joselyn que no la realizara, ella puso su mejor cara -que para ese momento estaba como amarilla- y le dijo:
-        -  Yo puedo hacerlo.
La caminata incluía atravesar un puente colgante sobre el río Pingo que el viento batuqueaba sin piedad. Por allí pasamos y luego recorrimos toda la playa al lado del lago Grey, caminata que se dificultaba porque el viento cada vez corría con más fuerza y literalmente te empujaba hacia un lado. Después, otra caminata de alrededor veinte minutos por un sendero escarpado te llevaba finalmente al mirador, desde donde se podía observar el famoso glaciar Grey.  Hasta allí llegamos relativamente ilesas, nos tomamos las fotos de rigor y emprendimos el camino de regreso.

Lago y glaciar Grey

Cuando volvimos a la playa, el viento era aún más potente y no nos permitía respirar bien porque entraba a chorros por nuestra nariz y de ahí derecho pasaba con fuerza a los pulmones. Como íbamos en contra de su dirección, lo que antes eran empujones se volvió una pared de aire que no nos dejaba casi avanzar. Además, comenzó a caer una lluvia en la que las gotas se sentían como dardos que nos golpeaban la cara. No recuerdo si también alcanzó a granizar. 
Joselyn ya estaba pálida otra vez pero no dejaba de caminar. La agarré fuerte por un brazo y comencé a contar nuestros pasos en voz alta para agarrar un ritmo que nos permitiera avanzar, pero pronto me callé: el aire no me dejaba hablar. Me empecé a sentir débil pero sabía que no podía parar porque ella dependía de mí. Ella, por su parte, sabía que no podía darse el lujo de desmayarse en esas circunstancias porque se nos hubiera arruinado todo el paseo. Cada una con su motivación se inspiró a continuar y, tomadas del brazo, logramos hacer todo el camino de regreso hasta el autobús.
Con Joselyn hemos pasados por muchas situaciones, felices y agridulces. Para mí, sin embargo, nada revela mejor nuestra hermandad que esa escena de nosotras caminando de frente contra el viento, extenuadas, tomadas del brazo y dándonos ánimo mutuamente. Si algo nos convencía de que llegaríamos hasta el final era una sola razón: estábamos juntas.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, julio 09, 2018

Con mi hermana hasta el fin del mundo (I)



2 de enero de 2018. Punta Arenas.

Joselyn y yo comenzamos el viaje el primero de enero. Llegar a Punta Arenas desde Bogotá nos tomó dos aviones y casi 8 horas de vuelo. Ni ella ni yo habíamos dormido, salvo que se considere sueño a ese retozo incansable que uno establece en los asientos de los aviones. La energía y la buena actitud, sin embargo, volaron con nosotras. Ese viaje al fin del mundo era nuestra forma de rebelarnos ante la vida cotidiana agridulce, la frustración y el desempleo, así que apostamos por ignorar el cansancio y la necesidad de darnos un buen duchazo. Estábamos genuinamente felices.
Apenas salimos del aeropuerto, el frío nos sacudió. Aún en pleno verano, Punta Arenas es una ciudad helada y ventosa cuyo clima contrasta con la extrema calidez de sus habitantes. Nos sorprendió un poco ver que todo el mundo nos atendía y hablaba con el cariño que uno le destina a viejos conocidos. Nos preguntaban con interés por Colombia cuando sabían que veníamos de Bogotá y aún con más interés sobre Venezuela cuando se enteraban que éramos caraqueñas.  Una señora que nos vendió unas empanadas deliciosas hasta nos contó con detalles y una emoción evidente que pronto conocería Cartagena.
Nuestra conexión más profunda en Punta Arenas, sin embargo, no fue con una persona. Cuando nos detuvimos en la Costanera a fotografiar a los cormoranes que estaban posados sobre un muelle, un perro se nos acercó y se sentó a nuestro lado. Lo saludamos -porque es de mala educación no saludar a un perro que se acerca a uno- y seguimos tomando fotos.
Yo dediqué varios minutos a obtener una buena imagen de esas aves que, a lo lejos, parecen pingüinos: el perrito siguió allí. Cuando decidimos emprender la caminata por la Costanera, un plan obligado para los que visitan Punta Arenas, él se fue con nosotras.
Si parábamos, él paraba. Cuando emprendíamos nuevamente la marcha, él trotaba a nuestro lado. Un par de veces se entretuvo con otros turistas y entonces nos tocaba llamarlo para que no se quedara atrás:
-          ¡Crusoe, tenemos que seguir!
Y él, que probablemente no se llamaba Crusoe ni entendía español, apuraba el paso para no quedarse. Un par de veces nos sentimos un poco nerviosas porque había tramos de la Costanera que eran solitarios, pero saber que ese perro enorme y buenazo nos acompañaba nos daba tranquilidad. Recuerdo esa caminata al lado del estrecho de Magallanes y con un perro como compañía como nuestra mejor experiencia en Punta Arenas.
Crusoe, nuestro compañero en la caminata por la Costanera
Cuando decidimos ir hacia el Cementerio Municipal, uno de los principales lugares turísticos de la ciudad, Crusoe se nos perdió. Se puso a jugar con otros perros y, de repente, no lo vimos más. Desapareció. ¡Crusoe, Crusoe! gritamos, pero no respondió a nuestro llamado. Quedarnos sin la compañía del único perro que habíamos sentido como propio en toda nuestra vida, nos generó una tristísima sensación de pérdida.
Ya menos entusiasmadas, nos metimos al cementerio para fotografiar los emblemáticos cipreses que están en la entrada. Creo que también buscamos los seis que habían quemado el día anterior, un acto de vandalismo no muy común en Punta Arenas que tenía indignados a todos los pobladores y que había recibido, por su rareza, la primera plana del diario El Pingüino.

Los cipreses del Cementerio Municipal son su principal atractivo
Al final de la tarde, después de haber fotografiado las casitas multicolores de Punta Arenas, recorrido varias placitas y visitado un museo, decidimos irnos a la estación de buses. Allí teníamos que tomar uno que nos llevaría hasta Puerto Natales, nuestro próximo destino. Cuando el bus comenzó a arrancar, miré con tristeza y un poquito de esperanza por la ventana. Ni rastro de Crusoe.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, julio 15, 2012

Colonia del Sacramento: pacífica y luminosa

El tercer día de nuestra estadía en Buenos Aires decidimos tomar el Buquebus y visitar Colonia del Sacramento, la linda ciudad uruguaya que actualmente es un remanso de paz pero que en el pasado fue territorio de guerras entre portugueses y españoles. Su estructura y construcciones son pruebas contundentes de la influencia de ambos países europeos y debido a esta mixtura de estilos su casco histórico fue declarado en 1995 como Patrimonio de la Humanidad.   
Las callecitas empedradas del casco historico, las flores generosas que brotan en todas partes y su estilo colonial convierten a esta ciudad es un lugar adorable y pacífico. En autobús y a pie mi familia y yo recorrimos sus principales lugares turísticos: la Calle de los Suspiros, el faro, el Muelle Real de San Carlos, el Portón de Campo y Muralla, el Puerto Comercial, la Plaza 25 de Mayo y la Basílica del Santísimo Sacramento, entre otros. 

Portón de Campo y Muralla
El casco histórico es acogedor y pintoresco


En las calles brotan colorida flores
El casco histórico es Patrimonio de la Humanidad

Basílica del Santísimo Sacramento


El faro es uno de los símbolos de Colonia









Un curioso ajedrez que me conseguí en la calle

La famosa Calle de los Suspiros
En Colonia comprobé algo que siempre he pensado: el ser humano es inconforme por naturaleza. Les explico por qué: yo estaba maravillada por la paz que se respira en esta ciudad y por su atmósfera pacífica y se lo comenté a una chica que atendía una tienda de artesanías:

-          ¡Esta ciudad es tan tranquila!

La muchacha hizo un gesto de fastidio y me respondió:

-          ¡Demasiado!

Después de un rato conversando, ella me empezó a preguntar por Venezuela y después por Caracas. Yo le conté del tráfico infernal, del Metro en las horas pico, del bululú permanente. A ella se le iluminaron los ojos y me dijo:

-          ¡Debe ser tan divertido!

¿Se dan cuenta?
Nuestro recorrido por Colonia me regaló uno de los recuerdos más memorables de este viaje. Mi hermana y yo, desafiando la lluvia que comenzó a caer hacia las ocho de la noche, decidimos acercarnos a la playa para quedarnos un rato allí antes de tomar el transporte que nos llevaría de regreso a la estación de Buquebus. Era verano y el sol no se había ocultado a pesar de que ya era de noche. Hubo un momento en que nos paramos y nos dimos cuenta que no llegaríamos a la playa porque la lluvia había arreciado. Estábamos mojadas y frustradas hasta que levanté la vista y vi que se había formado un arcoíris enorme en el cielo gris.
Se lo dije a mi hermana y ya no nos importó el estar mojadas y friolentas. En Caracas no es fácil ver arcoíris –no sé si porque no es fácil verlos o porque en realidad casi no se forman- y éste nos pareció una visión mágica. Nos tomamos muchísimas fotos y celebramos como niñas ese regalo de despedida que nos daba Colonia. Al volver al transporte, veníamos empapadas pero sonrientes. Felices pues.
Si ustedes, como yo, son buscadores de lugares luminosos, les informo que Colonia del Sacramento es uno de ellos. Es una ciudad que regala historia, flores y paz. Y a mi hermana y a mí, que somos unas suertudas, también nos regaló un arcoirís maravilloso. 

El arco iris con que nos despidió Colonia


Joanna Ruiz Méndez

lunes, julio 02, 2012

Amigos y paladar feliz

Las calles de Buenos Aires están hechas para que uno camine sin prisa y sin rumbo. Sin noción del tiempo. Sin direcciones. Sin conciencia del destino pero atento al recorrido. Caminar y caminar: eso es lo que yo haría si viviera en esa ciudad.
Sin embargo, nuestras apretadas agendas de viajeros que tienen pocos días y muchas ganas de conocer, nos obligaban a preguntar constantemente por direcciones, rutas de autobuses y estaciones de Subte -el Metro porteño-. Siempre obtuvimos una respuesta amable, extensa y precisa de como llegar a cualquier lugar. Incluso, cuando no podíamos disimular la cara de turistas perdidos, se nos acercaban señoras casi siempre mayores que nos preguntaban que estábamos buscando y, cuando les decíamos, se dedicaban a explicarnos con lujo de detalles el camino que debíamos tomar. Esa atención al turista me pareció maravillosa y me demostró que en Buenos Aires un personaje como el señor Soler es una excepción y no la regla.
En pocos días pudimos visitar muchos lugares emblemáticos como Caminito, el acogedor barrio de San Telmo -y su archiconocida Mafalda-, el mercado artesanal de La Recoleta y el Museo de la Pasión Boquense. En este último, pudimos conocer toda la historia de este club de fútbol, recorrer la Bombonera y hasta sentarnos en las gradas de este famoso estadio. Quizás para muchas personas este no sea un paseo obligatorio, pero los amantes del fútbol –aunque no sean fanáticos del Boca- no pueden perdérselo.  

¿Reconocen a estos personajes que me encontré en Caminito?
Un caballito multicolor en Caminito
La adorable Mafalda en San Telmo

La Bombonera

Mercado artesanal en La Recoleta
Museo de la Pasión Boquense






En nuestra estadía en Argentina también pudimos visitar El Tigre y hacer un agradable recorrido por el Delta de Paraná, caminar largamente el bioparque Teimaikèn y conocer San Isidro. En este último lugar visitamos algunos museos y la magnífica Catedral. 


Tuvimos un día soleado en El Tigre
Paseo por el Delta del Paraná
Flamencos rosados en Temaikén

Catedral de San Isidro
Museo Pueyrredón




















A San Isidro fuimos porque nos lo recomendó Julio, un amigo y colega que vive allí y que conocí en México hace dos años. En su casa, sucedió algo muy curioso: sus parientes y los míos se llevaron muy bien desde el primer momento y al cabo de una hora parecíamos amigos de toda la vida. Compartimos historias, vino y unas empanadas divinas que hizo Fernanda, la esposa de Julio. Hay una foto de esa velada memorable en la que parecemos una gran familia. Espero que podamos repetir la experiencia en Venezuela y devolverle las atenciones a estos amigos argentinos que no solo demostraron ser personas super cálidas sino también excelentes anfitriones.  
Las empanadas de esa reunión no fueron las únicas que comimos en nuestra estadía en Buenos Aires. Aunque habíamos acordado que dormir era opcional, no pudimos hacer lo mismo con las comidas: no somos personas frugales. Decidimos que desayunaríamos y cenaríamos en grande, pero resolveríamos los almuerzos con empanadas argentinas. Yo probé las de carne, pollo y choclo y todas me parecieron riquísimas. Nuestro paladar también se deslumbró con las pascualinas –tartas rellenas de espinacas y acelgas-, variados tipos de pasta y el famoso bife de chorizo, un corte de carne suave y deliciosa que se deshace en la boca. También probamos el dulce de leche, los alfajores y el mate, la infusión que tradicionalmente se toma en un recipiente del mismo nombre. Nos gustó tanto que nos trajimos una buena provisión de yerba mate a Venezuela y todavía hoy estamos disfrutando de esta bebida en la casa.
Buenos Aires me regaló muchas historias y momentos memorables, pero no me gustaría alargar esta crónica. Creo que sobra decir que disfruté muchísimo cada uno de los días que pasé en la capital argentina y que no veo la hora de repetir la experiencia. En mi próximo post les hablaré de nuestra escapada a Colonia, la coqueta ciudad uruguaya que me regaló una sensación inmensa de paz y un arcoíris inolvidable. 

Joanna Ruiz Méndez

miércoles, julio 06, 2011

Manglares y cacao

Los otros dos paseos contemplados en el itinerario de nuestra visita a Esmeraldas no fueron tan difíciles como el primero. Uno de ellos fue un recorrido por los manglares de Mompiche que terminó en la Isla Júpiter, un paraíso de aguas azules y silencio absoluto en el que era imposible no relajarse por completo.


Isla Júpiter

El otro fue una visita a una finca de cacao que me pareció toda una experiencia. Les cuento porqué.
Cuando llegamos a la finca, nos recibió cordialmente un septuagenario de sonrisa amable. Era Tomás Gracia, el dueño del lugar. Con un verbo rápido y una sapiencia infinita, nos fue explicando el proceso del cultivo y la cosecha del cacao. También nos explicó que cultivaba algunas otras frutas como la guanábana, la toronja y el zapote. Cuando alguien le preguntó cómo era éste último, el respondió con otra interrogante:

- ¿Quieren probarlo?

Casi sin darnos chance a responder, ya don Tomás estaba montado en la copa de un árbol bajando los frutos. Nosotros no sabíamos si angustiarnos porque pudiera caerse o maravillarnos por su agilidad absoluta. Lo cumbre de aquella situación fue que, en plena faena de bajar los zapotes, don Tomás recibió una llamada a su celular. Con toda naturalidad, contestó el teléfono:

- Disculpa, ahora no puedo atenderlo, estoy ocupado.

De más está decir que todos comenzamos a admirar profundamente a don Tomás después de aquello.


Don Tomás Gracia


El trabajo que se hace en la finca es arduo, pero su dueño apenas parece notarlo. El confiesa, con toda la naturalidad del mundo, que desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde revisa toda su plantación. Las espléndidas mazorcas de cacao que vimos son producto de la labor incansable de don Tomás, de un abono totalmente orgánico y de la benevolencia de la naturaleza.






El recorrido culmina cuando los asistentes tuestan y trituran el cacao para luego hacer una barrita con la pasta resultante. Cada quien puede llevarse la barrita a la casa después de que termina el proceso.
Al final todo el mundo queda con las manos y el alma impregnadas con el divino aroma del cacao y también con la certeza de haber conocido a un personaje único. Don Tomás se despide con la misma sonrisa con la que nos recibió y es imposible, desde el silencio, no colmarlo de bendiciones.

Joanna Ruiz Méndez

martes, julio 05, 2011

Esmeraldas, la provincia verde

Hace dos meses tuve la oportunidad de visitar Esmeraldas, provincia ecuatoriana famosa por sus playas, naturaleza exuberante y por ser la cuna de buenos jugadores de fútbol. De hecho, uno de los más famosos futbolistas de Ecuador, Luis Antonio Valencia, tiene sangre esmeraldeña ya que sus padres son de este lugar.
Debo admitir que mi primer acercamiento con Esmeraldas fue un poco curioso. El aeropuerto de la provincia es pequeño y parece una gran casa acondicionada de forma muy básica. Un carruaje azul trae todas las maletas que vienen de Quito y los pasajeros deben acercarse frenéticos a recogerlas: en menos de cinco minutos el carruaje queda completamente vacío. Aunque esta escena surrealista produzca desconfianza, no hay motivos para temer: en la puerta de salida del aeropuerto todo el mundo tiene que pasar por un chequeo cuidadoso del equipaje. No importa si alguien tomó su maleta en el caos porque nadie saldrá con ella de allí.
Apenas emprendimos camino para Mompiche –ubicado al sur de Esmeraldas-, pude ver que la provincia es verde como la piedra preciosa a la que debe su nombre. La vegetación es frondosa, generosa y abundante. No en vano, en el lugar se pueden realizar muchas actividades relacionadas al turismo ecológico, como lo comprobaríamos mi grupo y yo más adelante.
En el recorrido a Mompiche también pude ver casitas humildes y un paisaje arquitectónico a medio terminar. En contraste, también nos enteramos que por allí quedaban las casas de los “pelucones” –apodo para la gente adinerada en Ecuador- que van a pasar las vacaciones en playas como Sua y Tonsupa. Durante el camino pude divisar muchas vallas con frases como “El gobierno de la revolución ciudadana trabajando por el país”, una propaganda que me recordó a muchas otras que he visto en Venezuela.
Después de dos horas de trayecto llegamos al Hotel Royal Decameron Mompiche, en donde nos alojaríamos durante toda la estadía. Ese día tuvimos la oportunidad de descansar y relajarnos, aún sin saber lo que nos esperaba al día siguiente. Habíamos escuchado que nos tocaría hacer un recorrido en un sendero natural y yo estaba más que emocionada porque me encantan esos encuentros con la naturaleza, pero jamás imaginé lo que vendría.

Hotel Royal Decameron Mompiche

Lo que vino fue un recorrido de 1100 metros en un entorno selvático y en donde tuve que arrastrarme, escalar y bajar sentada para poder evitar un resbalón. No fui la única: salvo unos pocos, todo el grupo tuvo que enfrentarse con sus propias debilidades físicas y falta de pericia ante lo intrincado del camino. Las botas de caucho que nos suministraron al principio fueron de gran ayuda: cualquier otro zapato se hubiera destruido en el camino. Después de mucho caminar, llegamos a una cascada y me recosté en una gran roca cercana a recuperar parte del aliento perdido y a disfrutar del paisaje. Sin embargo, nos faltaban 300 metros más para disfrutar otro de los atractivos del paseo: el yacimiento de gas natural.





Cascada Aquí es Ecuador

Nuestro guía, el señor Juan Naula, nos acompañó hasta este yacimiento ubicado en un riachuelo y, cual Prometeo, nos reveló el secreto del fuego con solo encender un fósforo. La emanación de gas también salía de una pequeña abertura cercana al río. Admito que eso me maravilló porque jamás había visto algo parecido. Fue tanto el asombro que entre una cosa y otra dejé caer mi bolso muy cerca de las llamas: si no es por la rapidez del señor Juan, todas mis pertenencias hubieran ardido en una bonita fogata.




Cuando iniciamos el camino de regreso, lo que había sido una aventura se transformó en un pequeño suplicio. Una subida de 800 metros puso a prueba nuestro cuerpo y nuestro espíritu, porque no dudo ni un segundo que cuando te fallan las fuerzas tienes que recurrir a la voluntad. para superar los retos Eso fue lo que yo hice. No paré de resollar hasta que llegué al final de esa subida diabólica, pero cuando finalmente vi que lo había hecho no me importó estar totalmente embarrada, extenuada y parcialmente mojada. Solo podía pensar: sí, lo hice. Y fue tanta la emoción que, créanlo o no, me provocó repetir.

Joanna Ruiz Méndez

jueves, diciembre 30, 2010

Cumaná, la primogénita

Unos dicen que fue fundada en 1521. Otros dicen que fue en 1523. En lo que la mayoría está de acuerdo es que fue la primera ciudad fundada por los españoles en suelo americano. Aunque sin certezas, Cumaná -ciudad venezolana ubicada en el estado Sucre- sigue vibrando con las reminiscencias de su pasado histórico que la encumbra como la gran primogénita de nuestro continente.
Sin embargo para la señora Y, guía turística, el brillo histórico se esfuma al contemplar el presente de Cumaná. “Nos quedamos en esto: un pueblo con ínfulas de gran ciudad”. Si bien no se puede considerar una ciudad super moderna, Cumaná tampoco es un pueblo. Es quizás un híbrido agradable, en el que turista camina sobre concreto pero se puede tropezar con un paisaje marino a la vuelta de cualquier esquina.
Aunque mi destino original era Mochima, Cumaná me sorprendió gratamente y me recibió con un regalo en el paladar: las empanadas, delicia gastronómica imperdible de cualquier destino costero venezolano. Las que yo probé las hizo Teresa, una señora mayor que las prepara de memoria mientras cobra, sirve cafés y jugos y se pone al día con los clientes habituales. A decir verdad, el lugar completamente expuesto no ofrece ninguna garantía de higiene pero a pesar de eso – y quién sabe si a lo mejor precisamente por eso-, las empanadas estaban deliciosas.
Una vez en Mochima, conocí por primera vez uno de los tantos paraísos establecidos en mi propia tierra. Para quienes no lo sepan, Mochima es un parque nacional que se ubica entre los estados Sucre y Anzoátegui y es un regalo a la vista contemplarlo desde cualquier ángulo. Las aguas azules y transparentes, los numerosos cerros verdes y las diversas playas salpicadas alrededor del parque lo convierten en atractivo turístico innegable. Sólo pude disfrutar de Playa Blanca, en donde las arenas le hacen honor al nombre del lugar y el restaurante La Negra ofrece una oferta gastronómica sabrosa, típica y suculenta.
Sé que por el corto tiempo, no conocí prácticamente nada de Cumaná, la primogénita, y me falta hacerle una, dos y miles visitas más a Mochima para disfrutar completamente de este destino maravilloso. La idea lejos de fastidiarme, me complace: tengo excusas para volver y espero hacerlo muy pronto. Aprovecho además para invitar a locales y extranjeros a convertirse en turistas y acercarse a este territorio que exhibe las mejores cualidades de Venezuela, nuestra maltratada pero aún imponente tierra de gracia.

Joanna Ruiz Méndez


Playa Blanca

Mochima

sábado, julio 17, 2010

De mi experiencia en México (y III)

Campeche fue mi primer destino en México. Ya mi amigo Jaime me había adelantado parte de la historia del lugar mientras veníamos en el avión y, a pesar de la turbulencia, logré engancharme con su relato. Me comentó la importancia que tuvo en el pasado el palo de tinte, tanto para indígenas como para conquistadores; me habló del inicio, auge y caída de la explotación de chicle y de camarón y finalmente me reveló cuál era el principal sostén económico del estado en la actualidad: el petróleo. Campeche también destaca por el turismo arqueológico, pues se estima que hay unos 2000 centros arqueológicos, de los cuales solo 19 o 20 están abiertos al público.

Catedral de Campeche


Mérida fue mi segundo destino. La capital de Yucatán me sorprendió por un clima que, aunque caluroso, nunca me llegó a fastidiar. Es muy parecido al calor caraqueño, por lo que tuve la agradable sensación de estar en casa. Otra coincidencia: el centro de la ciudad me pareció absorbente, caótico, poco amable. Con este descubrimiento tuve también la -desagradable- sensación de estar en casa: el centro caraqueño es muy parecido. En Yucatán conocimos las impresionantes Uxmal y Chichén Itzá, dos antiguas ciudades mayas que impresionan por su arquitectura y por la historia que cuentan, entre susurros, cada una de sus construcciones.


Chichen Itzá

Mérida


Finalmente llegamos a mi parte favorita del viaje: Río Lagartos. No me detendré en los aspectos formales de la reserva natural –llamado oficialmente Reserva de la Biosfera Ría Lagartos- y tampoco en el ya mencionado e inolvidable paseo en lancha por los manglares que hice con algunos de mis colegas. Contaré, si me permiten, una experiencia personal.
Realizamos una larga caminata de noche por las costas del lugar, con la finalidad de ver desovar a las tortugas marinas. Bueno, las tortugas no hicieron acto de presencia. O casi no hicieron, porque unos pocos grupos fueron afortunados y sí vieron una. Y ya. Yo personalmente no vi ninguna, porque cuando pude traspasar el grupo de gente alrededor de la tortuga, ésta ya se había metido al agua. Sin embargo, la larga caminata de la playa valió la pena para mí porque conocí las estrellas.
Claro que había visto estrellas antes. Pero nunca así, nunca en esa cantidad, jamás con ese brillo. Una legión de estrellas demarcaba perfectamente la bóveda del cielo. Sentí que esa noche, en la playa de Río Lagartos, estaban naciendo constelaciones y galaxias enteras. O que se estaban mostrando por primera vez en el firmamento, solamente para que nosotros las viéramos. Ese cielo maravilloso se vio coronado por una luna amarilla-naranja brillante, escandalosa, que salió de las profundidades del mar para alumbrar el resto de nuestro recorrido. Cada vez que pienso en México, recuerdo todo lo que he contado hasta ahora, pero recuerdo especialmente esa extraordinaria noche hecha de estrellas.

Río Lagartos

Esta crónica ya se ha hecho demasiado larga, pero no puedo terminarla sin mencionar que todas estas vivencias se vieron envueltas en un contexto especial: la Ruta Quetzal. Esta fue la expedición que me tocó cubrir como periodista y que me permitió conocer México más allá del turismo evidente. En el primer post mencioné que a un lugar lo hace la gente y puedo afirmar lo mismo de los viajes. Las personas que conocí –organizadores, los ruteros venezolanos, mis colegas y otros profesionales que formaban parte del llamado “grupo de los adultos”-, hicieron de este viaje una experiencia definitivamente inolvidable.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, julio 12, 2010

De mi experiencia en México (II)

No considero que México sea un buen lugar para comprar. Al menos en los lugares que yo visité los productos me parecieron caros, la adquisición de souvenirs pasaba obligatoriamente por un regateo para que el que no sirvo y en cierta manera siempre quedé con la sensación de que pagué demasiado por algo que realmente no lo valía. Mi experiencia en Chichén Itzá, donde muchos comerciantes se congregan para ofrecer sus múltiples productos –joyas y artesanías principalmente-, fue especialmente frustrante. Compré unas argollas de plata por las que logré una rebaja de 150 pesos y me fui feliz, pensando que había hecho una compra fabulosa, hasta que me puse a pensar que si fuera realmente plata no me las hubiesen dejado tan baratas y en ese caso, me habían salido muy caras si se trataba de una imitación. Me enamoré de varios anillos que primero me ofrecían en 300 pesos, luego en 200 y finalmente en 100, hasta que yo asumía que esas rebajas tan fáciles significaban que costaban muchísimo menos. Me decanté por algunos recuerdos del templo de Kukulkán y los compré no sin antes regatear, hasta que decidí que el asunto me cansaba más de lo que me divertía. No compré más.
En el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México también tuve una mala experiencia en este sentido. Me senté en un cafecito a terminar de ver el juego de Brasil y Chile y pedí una Coca Cola. Me dijeron que si quería palomitas, que eran gratis y yo acepté. Me pareció una atención muy buena hasta que fui a pagar el refresco: 40 pesos. Estaba recién llegada a México, pero aún así tenía la fuerte sensación de que me estaban estafando. Las palomitas, de gratis, nada. Lo confirmé después con varios mexicanos, que me dijeron que lo más caro que te sale un refresco de lata son 15 pesos, máximo 20. Debo admitir que esa experiencia y las posteriores hicieron que me volviera un poco tacaña, amarrada o como diríamos nosotros, pichirre.
Si bien mi relación con el comercio no fue buena, mi experiencia gastronómica si lo fue. La comida mexicana es deliciosa, colorida y, como todos saben, especialmente picante. Ya en Venezuela había probado algunos platos de este país que podían ser aderezados con una salsa capaz de hacerte llorar y dormirte la boca si no la consumías moderadamente. Sin embargo, en Venezuela los platillos mexicanos son opcionalmente picantes. En México, el picante es una presencia fundamental en casi todas las comidas.
Desde salsas, asados y sopas hasta algunos helados, o paletas como dirían ellos, son picantes. Sí, los helados. Cuando fui a comprar uno de piña el señor me preguntó:
- ¿Con o sin?
- ¿Con o sin qué? –pregunté.
- Con o sin chile – me dijo Susana, que obviamente tenía mucha más experiencia que yo en el tema.
- Sin chile, por favor –dije yo, asombrada ante la posibilidad nunca antes pensada de comerme un helado picante.
Si bien no me atreví con la paleta, en Campeche decidí tomarme un chocolate caliente con chile al mejor estilo de los antiguos mayas. Aunque luce y sabe como un chocolate normal, la verdadera sorpresa está cuando este líquido pasa por la garganta, pues el saborcito dulzón se vuelve una indescriptible sensación abrasadora. Sin embargo, después de los primeros sorbos y de echarle un poquito más de azúcar, me pareció una bebida deliciosa y espero con ansias mi próximo viaje a México para volver a probarla.

Joanna Ruiz Méndez


Parece un chocolate normal, pero no lo es.

Parte del decorado de Chocol Ha, pintoresco local en Campeche donde ofrecen bebidas diversas a base de chocolate.

De mi experiencia en México (I)

Mi oficio de periodista me llevó a visitar un destino que quería conocer desde hace tiempo: México. La cultura, la comida y los destinos turísticos de este país me habían interesado siempre, pero allí tuve la oportunidad de descubrir un atractivo que no había considerado: la gente. Los mexicanos son amables, atentos y siempre quieren hacer sentir bien al turista. No importa que el día anterior a mi llegada, la selección de éste país hubiese sido eliminada del Mundial. No vi tristezas, ni caras largas, ni pesadumbre: la amabilidad mexicana la sentí desde el primer momento. Parece que, como los venezolanos, los mexicanos tienen un proceso de recuperación milagrosamente rápido.
Una de las primeras personas con quien hablé fue Jaime, un joven campechano que conocí en el aeropuerto de México. Después de un rato conversando –o platicando, como dirían ellos- nos dimos cuenta que íbamos al mismo destino: Campeche. El viaje fue una pesadilla por el mal tiempo y en medio de la terrible turbulencia, el joven me confesó que era la primera vez que se montaba en un avión. Yo tenía el presentimiento que ese podría ser mi último viaje, así que decidí hacer un postrero acto de caridad en mi vida: le mentí descaradamente al muchacho. Le dije que la turbulencia era más que normal, que eso siempre pasaba, que nosotros llegaríamos sanos y salvos a nuestros destinos. Jaime se animó y se puso a hablar tranquilamente conmigo, que tomaba café y más café porque esta bebida, contrario a lo que se pueda pensar, me relaja mucho. Fue solo cuando aterrizamos y yo comenté con otro pasajero lo nerviosa que estaba, que Jaime se dio cuenta que no le había dicho la verdad.
- ¿Entonces no es normal que el avión se mueva así? – me preguntó sorprendido.
- No Jaime, no es normal.
- Más nunca vuelvo a creer en las venezolanas.
Aunque su reproche parecía sincero, creo que mi amigo campechano agradeció mi mentira, porque me ayudó con el taxi y las maletas y se despidió de mí con un gran abrazo, a la vez que me deseaba buen viaje.
La segunda mexicana que conocí fue otra periodista, quien sería mi compañera de habitación por el resto del viaje. Susana –no es su verdadero nombre-, me recibió con afecto desde el primer momento. Su carácter maternal la hacía despertarse un poco más temprano para que yo pudiera dormir un poco más, hasta que decidí que no abusaría de su confianza y le devolví el favor algunos días. También preparaba café por las noches para las dos, me prestaba su laptop porque yo no llevé la mía y casi siempre me cedía la ventana en el autobús donde nos transportábamos los periodistas y así yo siempre dormía cómoda en los trayectos largos. Su última gentileza fue despertarse a las 4 de la mañana en mi último día en México, para asegurarse que yo me despertara también y no perdiera el autobús. Me despedí de Susana con tristeza, no sin antes asegurarle que en Venezuela siempre sería bienvenida.
Otro personaje importante de mi aventura mexicana fue el señor Víctor, el chófer del autobús donde nos transportábamos. Aunque no tuve muchas oportunidades de hablar con él, me impresionaba su disposición y amabilidad, incluso cuando pudiera tener razones para molestarse. Una vez tuve que llamarlo para que fuera al autobús única y exclusivamente a abrirme la puerta, para que yo pudiera guardar unas cosas que no quería cargar. Contrario a lo que pudiera pensarse, el señor Víctor llegó con una sonrisa y me dijo apenado:
- Disculpe la tardanza.
Entre otras personas que destacaron de mi experiencia mexicana, resaltan las recepcionistas del hotel en Río Lagartos –lamento no haberles preguntado sus nombres-, que además del café divino que preparaban para los huéspedes, también mantenían una sonrisa constante para todos nosotros. No puedo olvidar al señor Elmer, un promotor turístico del mismo lugar, que en su lancha nos dio un paseo inolvidable por los manglares y nos enseñó muchos detalles sobre la fauna y flora de esta reserva natural. Debo también mencionar a mi amiga Paola, a la que conocí en Vancouver, quien hizo un largo viaje para poder reunirse conmigo unas horas en el aeropuerto de México.
Es evidente que a un lugar lo hace la gente y el México que conocí en algo más de una semana fue un lugar especial para mí precisamente por eso: por la gente que conocí allí. Aunque también tengo otras anécdotas un poco menos felices, puedo decir que no fueron tan importantes en este viaje y en todo caso, serán tema de un próximo post.

Joanna Ruiz Méndez