domingo, junio 16, 2013

Stitches, una infancia muda


Con Shortcomings de Adrian Tomine conocí la novela gráfica y, aunque estaba algo familiarizada con el término, no había tenido oportunidad de leer alguna obra que encajara en este concepto. Shortcomings, plena de humor, ironía y situaciones extravagantes, me gustó bastante y me hizo interesar en este tipo de novelas cuya fuerza, a diferencia de aquellas que acostumbro a leer, no radica precisamente en el texto. Gracias a ese interés compré y leí Stitches, una infancia muda, de David Small.
Al ver la portada, pensé que la trama giraba en torno a un preadolescente-rebelde-sin-causa que le hace la vida miserable a su familia. Nada más lejos de la realidad. Stitches nos cuenta sobre la infancia y la adolescencia del autor, las cuales estuvieron marcadas por la crueldad de su madre y la indiferencia de su padre. Su abuela materna, un personaje fugaz pero inolvidable, es un elemento fundamental de esa pesadilla que es su vida.
Hay mucho poder y mucha poesía en estos dibujos. No soy experta, pero algo mágico hay en estas ilustraciones que no solo retratan la desesperación, la soledad y la desesperanza del protagonista, sino que hacen que uno las sienta también. Las viñetas son eficaces en describir la vida de David, pero también su mundo interno -ese que lo ayuda a sobrellevar su mutismo-. Stitches tiene más de 300 páginas, pero se puede leer en una hora. Y, aunque parezca poco tiempo, al llegar a la última página uno siente que ha hecho un viaje muy largo, en el que ha acumulado imágenes que perdurarán para siempre. Small nos cuenta una historia indeciblemente triste y lo que hace con tanta destreza que, apenas se termina de leer, uno ya sabe que no podrá olvidarla.

P.D.: Pueden conocer más sobre el trabajo de David Small en su página davidsmallbooks.com (en inglés)

Joanna Ruiz Méndez

jueves, mayo 23, 2013

Los topos



"Los hombres son todos distintos, aunque compartan la misma fe"

Los topos de Eduardo Liendo no es solo una historia sobre la guerrilla en Venezuela durante los años sesenta, sino también es el testimonio de una nostalgia colectiva y de unos sueños aplastados, en parte, por los mismos soñadores. 
La historia se centra en Armando y sus compañeros de lucha quieren destituir el sistema establecido y consolidar uno completamente diferente, revolucionario. La historia se desarrolla en tres escenarios distintos que brindan varias visiones de la vida del protagonista.  
El primero se enfoca en la vida en la cárcel. Armando y sus compañeros, quienes están presos por sus actividades guerrilleras, deben asumir con paciencia y dignidad las vejaciones a las que se ven sometidos por algunos carceleros y por la misma dinámica del lugar. Sin embargo, no se resignan: han estado en varias cárceles y en todas han buscado la manera de escapar. Algunos lo han logrado y por eso los demás no pierden la esperanza. De tanto estar en túneles, sucios de tierra, abrigados por la oscuridad y amenazados por la falta de aire, estos hombres emprenden la labor de topos pues es su única esperanza de conseguir la libertad.
En el segundo se describe la vida en un campamento guerrillero en la montaña y la imposibilidad de algunos para adaptarse a ella. Aunque todos están dispuestos a pelear y morir por la causa, pocos soportan las inclemencias del clima, los zarpazos del hambre y la falta de sueño. Aunque hay deseos de gloria y aspiraciones heroicas, el fracaso se anticipa inevitable.
Una tercera visión nos acerca a un Armando que ya no está en la cárcel, que recuerda con nostalgia su pasado guerrillero y que escribe sus vivencias aunque no sepa con exactitud porque lo está haciendo. Lo aclara desde el principio: “En realidad, nada me obliga a contar esta historia. Lo hago, quizá, para medio espantar algunos rebullones que siempre me rondan. Puede ser también para complacer a los muchachos que cuando me encuentran por ahí nunca se olvidan de decirme: <<¿Y por fin, cuándo vas a escribir aquella historia>>”. Ya sea por compromiso o para exorcizar demonios, él la escribe y nosotros la leemos.
Los topos es una novela testimonio. Eduardo Liendo comparte con su protagonista el pasado guerrillero y los años en la cárcel. En realidad nos está contando gran parte de su historia y, aunque no es posible saber qué sucedió en la realidad y qué es producto de la ficción, da la impresión de que es mayormente  un relato verídico al que solo se le han cambiado algunos nombres.
Ésta es una obra que todos los venezolanos deberíamos leer para comprender el momento actual que vivimos. Los topos brinda pistas sobre una época que está teniendo consecuencias en la actualidad. Nuestro presente, de alguna manera, ya estaba escrito. Hay un fragmento de esta obra, escrita en 1975, que no puedo dejar de transcribir y que parece una predicción: “Pienso que del vientre del mar surgirán muchas olas, algunas de ellas, nadie sabe cuándo, será lo suficientemente poderosa como para saltar el gran rompeolas de la burguesía y llegar a la playa. Ojalá que sea una hermosa revolución. Ojalá no haya entonces ninguna razón para añorar un pasado injusto e imperfecto”.



Joanna Ruiz Méndez

miércoles, mayo 15, 2013

Tres datos para lectores

1) En estos días hice un gran descubrimiento: la Biblioteca Ayacucho Digital. Con esta iniciativa, la editorial pone al alcance de los internautas grandes obras de la literatura latinoamericana en formato PDF. Se consiguen obras de Teresa de la Parra, Horacio Quiroga, Gabriela Mistral, César Vallejo y Rubén Darío, entre otros autores. Imperdible.

2) También en estos días descubrí la página de Jaime Jaramillo Escobar, en la que se puede conocer más sobre este poeta colombiano y disfrutar parte de su obra que, por lo que he leído hasta ahora, me ha parecido plena de fino humor, ironía y nostálgica reflexión. También he encontrado en sus libros varias frases que perduran; les transcribo un par:

"A los muertos se les puede elogiar descaradamente, porque ya no se sonrojan"

"Ser poeta es, pues, tener un dolor permanente en el costado"

3) En Caracas: la tienda Novedades El Jardín, ubicada en la estación de Metro Chacaíto, vende libros desde 10 Bs. hasta 50 Bs. -si hay algunos más caros, yo no los he visto-. No solo sus precios bajos son un motivo para visitarla; la gran variedad de títulos y autores es otro aliciente. Se consiguen obras de Carlos Fuentes, Graham Greene, Orhan Pamuk y Doris Lessing, entre otras. Los amantes de la lectura no pueden dejar de visitarla.

Joanna Ruiz Méndez

Frases que perduran


No sé si a ustedes les ha pasado, pero yo siempre encuentro en todos los libros al menos una frase que me queda resonando en la cabeza. Ya sea porque la frase en cuestión me toca una fibra o porque refleja una parte de mi historia -o de mi alma-, no la dejo pasar y trato siempre de anotarla en algún lado para que no se me escape. Aunque casi siempre son más poderosas en el contexto es que fueron escritas, aquí voy a transcribir algunas que tienen vida propia y que por alguna razón han marcado la mía.

"La literatura no es otra cosa que un sueño dirigido".
Jorge Luis Borges,
Prólogo de El informe de Brodie

"Dentro de uno existe un frío que hace que lo más próximo y lo más lejano nos quede igual de lejos".
Ingeborg Bachmann
Todo (cuento)

"La vida es espléndida no por lo que da, sino por lo que promete".
Teresa de la Parra
Las memorias de Mamá Blanca

“Y no querer hacer mal es la interpretación menos riesgosa del amor”.
Mario Benedetti
Quién de nosotros

"El que no cree en sí mismo miente siempre".
Friedrich Nietzsche
Así hablo Zaratustra

"Silencio antes de nacer. Silencio después de la muerte. La vida es puro ruido entre dos insondables silencios".
Isabel Allende
Paula

"Cada cual vive en el universo que es capaz de imaginar...".
Ami regresa
Enrique Barrios

"¿De quién es esa voz arcana en nuestro interior que relincha pidiendo acción?".
J.M. Coetzee
Tierras de poniente

"La muerte de todos empieza a los veinte años".
Carlos Fuentes
La cabeza de la hidra

“El alma, una enfermedad incurable".
Yevgeny Zamyatin
Nosotros

"No hay más Tierra Prometida que la que el hombre puede encontrar en sí mismo".
Alejo Carpentier
El siglo de las luces

"El horror siempre es verdadero".
Graham Greene
Los Comediantes

“Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto”.
Roberto Bolaño
Dentista (cuento)

“¡Ah! En verdad, el placer es una canción de libertad”.
Kahlil Gibran
El Profeta

"Si no ha de ser bonita la vida, que se lo coman todo".
César Vallejo
Contra el secreto profesional

P.D.: Si ustedes también tienen sus frases, no dejen de compartirlas.

Joanna Ruiz Méndez

sábado, octubre 13, 2012

Un caminante en la avenida Baralt

Fue hace varios años. Quizás diez, pero no puedo precisarlo. Ese día iba sentada. Es raro, los carritos que atraviesan la selva en que a veces se convierte la avenida Baralt siempre van llenos. Pero ese día todos estábamos sentados e incluso sobraban algunos puestos. La radio no escupía la salsa erótica de costumbre y todavía el reggaeton no había invadido el mundo. Si se omitían los gritos de los buhoneros, el rugir de los otros carros y el bullicio natural de la calle, puedo decir que íbamos relativamente en silencio.
Y se montó el señor. Era moreno, tenía barba y bigote, la ropa algo sucia y una guitarra vieja. Me fastidió verlo porque asumí que nos pediría dinero o nos vendería algo. La guitarra tuvo que haberme dado pistas, pero no le presté atención. Dio los buenos días y dijo que iba a cantar. Comenzó a tocar la guitarra y de su voz salió esa frase tan conocida, de esa canción que tanto me gusta:

- Todo pasa y todo queda…

Y juro que si hubiese tenido los ojos cerrados, hubiera pensado que Joan Manuel Serrat se había montado en un carrito por puesto en plena avenida Baralt a cantarle a una partida de desconocidos su canción más famosa. Era casi una injusticia cuando el señor cantaba:

- Nunca perseguí la gloria…

Y si la había perseguido, ésta le había sido esquiva. Era un talento perdido en las calles que no tenía más riqueza que su voz. Pero seguro ese señor, que cantaba entregado por completo a la música y era un artista de corazón, disfrutaba de un imaginario universo personal que el resto de los mortales no conocemos. Seguramente había vivido en mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, y eso le bastaba…
Cuando terminó la canción todos aplaudimos asombrados porque nadie se imagina que en el centro de Caracas a uno le pueda pasar algo tan maravilloso. El señor colectó mucho dinero, todos nos sentíamos generosos y con ganas de recompensar a cualquiera que alterara nuestra vida cotidiana con su magia. Un señor que estaba a mi lado y que se parecía muchísimo a don Ramón, el de El Chavo, me dijo con los ojos brillantes:

-          Canta bonito ¿verdad?

Yo le sonreí asintiendo. Aunque no hubiese perseguido la gloria, el señor había dejado aquella vez, en la memoria de todos nosotros, su canción. No volví a verlo pero todavía, cuando agarro un carrito en la avenida Baralt, no pierdo la esperanza de que aparezca ese caminante de carritos por puesto que hace algunos años, no recuerdo cuantos, me deslumbró con su canto.  

Joanna Ruiz Méndez

miércoles, agosto 01, 2012

La come ratas

Ustedes, los que leen mi blog, ya conocen a la señora Mily. Los que no, aquí se las presento: La señora Mily.
Resulta que la señora Mily y yo seguimos siendo amigas. Cada vez que nos vemos, nos saludamos, nos ponemos al día, yo le dejo un billetico en la mano –ojalá mis finanzas dieran para un billete grande- y ella siempre me quiere dar sus monedas a cambio. Solo pocas veces me dice: “te lo acepto mija, porque la cosa ha estado dura”. Y a mí se me estruja el corazón, pero igual le sonrío y ella me sonríe y nos despedimos siempre con un hasta luego.
Sin embargo, no todo siempre termina así. Algunas veces, la conversación se alarga y la señora Mily me habla de una mujer que, por su descripción, deambula vagabunda por la avenida Baralt. Cada vez que la menciona la cara se le tensa, el gesto se le agria y la voz se le vuelve despectiva. La apoda la come ratas.

-          Ella come ratas cuando no tiene más nada que comer. Y también me roba el dinero cuando estoy distraída. Es una mujer horrible, ojalá no te la consigas por allí.

La primera vez que me la mencionó, me conmoví. Yo podía entender su antipatía –especialmente si esta mujer le robaba el dinero-, pero me parecía que alguien que comía ratas debía estar en una situación de vida muy miserable. Me dio tristeza, pero no le dije nada a mi abuelita adoptiva porque era evidente que la detestaba.
Un día, la señora Mily se estaba quejando por enésima vez de la come ratas. Al parecer, le había robado todo el dinero que había logrado colectar el Día de las Madres, una jornada que había sido bastante provechosa para ella. Yo le pregunté cómo le había quitado el dinero.

-          Yo no sé, pero fue ella. Me distraje por un momento y ella parece un fantasma, llega y uno no se da cuenta…

Pensé que la come ratas, para ser el personaje grotesco que me habían descrito, era extremadamente sutil al momento de robar. Traté de indagar un poco más, pero la señora Mily no quiso hablar más de eso. En cambio, me empezó a contar que la come ratas también había sido culpable de su accidente.
Desde que la conozco, ella me ha hablado de un accidente que tuvo hace mucho tiempo. A este infortunio le achaca todos sus dolores actuales. Nunca había indagado mucho sobre el mismo y, las pocas veces que lo hacía, solo recibía respuestas evasivas. Sin embargo, cuando supe que el accidente había tenido una autora intelectual, insistí en el tema. Le pregunté cómo había sido y esto fue lo que me dijo:

-          Yo estaba de este lado de la avenida y ella, la come ratas, estaba del otro lado. Ella me vio cruzando y como que me empujó y entonces la moto me llevó…

Este cuento, como se habrán dado cuenta, no tenía ni pies ni cabeza. Con un amago de empujón uno no tumba a nadie y menos si está al otro lado de una avenida. O la come ratas era una bruja con poderes mágicos, o no había tenido nada que ver en el accidente o… solo existe en la imaginación de la señora Mily.
Les cuento por qué creo esto. Aunque no me considero una experta en el tema, conozco a las personas en situación de calle que deambulan de forma permanente en la zona de la avenida Baralt por donde pide la señora Mily. Al menos en los últimos cinco años no he visto otra mujer aparte de ella. Además, aunque no es imposible sí es improbable que en todos estos años yo no haya visto nunca cerca de mi querida abuelita adoptiva a una mujer que esté tratando de robarla o fastidiarla. Siempre está sola.
Otra razón para creer que la come ratas no existe es que cada vez que trato de indagar sobre sus características, la señora Mily solo puede afirmar que es una mujer horrible que come ratas. Nada más. Si quisiera elaborar un perfil de ella, solo podría decir que es una fémina de edad imprecisa, físico indefinible y de presencia etérea que inspira terror porque cada vez que está cerca algo malo sucede.
Mi teoría es que la señora Mily se inventó a la come ratas para darle cara a la fatalidad, para explicar la desgracia, para poder sentir que su enemiga no es la vida sino una mujer de carne y hueso. Aunque sea horrible y malvada, es más fácil de enfrentar ¿no?
Igual, solo especulo. Prometo seguir investigando para saber si la señora Mily tiene una enemiga de verdad o una imaginación tremendamente poderosa. Y si es esto último, me intriga saber qué papel juegan las ratas como alimento en esta retorcida metáfora.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, julio 29, 2012

Mi Gulliver y yo



Cuando lo conocí, ya era mucho más alto que todos. Que los niños. Que las niñas. Incluso era más alto que muchas profesoras. Y no tendría más de diez años.
Nuestro salón no era Lilliput, pero David sí era nuestro Gulliver. Incluso a los que no éramos chiquitos, David nos sacaba una cabeza y medio hombro. Siempre había que mirar hacia arriba para hablarle, incluso cuando estábamos sentados. Desde esa época tengo la impresión que David nunca deja de crecer, ni un solo día, ni un solo minuto. Y un niño con esas características siempre está condenado a un puesto en el salón: el último de la fila.
Fue en octavo grado que David y yo pasamos de ser compañeros a panitas, de esos que se hacen confidencias medio gafas y se echan los cuentos. Él fue mi primer contacto del Messenger y aún recuerdo cuál era el nick que tenía la primera vez que chateamos. Yo que no sabía cómo usarlo, abrí el fulano Messenger casi con miedo, porque no tenía ni idea de los que pasaría una vez que los muñequitos dejaran de bailar. Y lo que pasó fue muy simple: ya estaba conectada y mi único contacto, David, me saludó preguntándome que hacía en Messenger a esa hora. Y una cosa llevó a la otra y nos quedamos hablando como media hora o más.
A partir de noveno grado, David y yo pasamos de panitas a mejores amigos, de esos que se hacen grandes confidencias y de los que apenas se despiden se llaman cuando llegan a la casa para contarse lo que les pasó en el camino. Fue esa la época en que David se sentía un extraterrestre y yo practicaba la telepatía para comunicarme con mi alma gemela que seguro estaba en otro planeta, porque así me lo decía mi intuición melodramática. Con el tiempo descubrimos que él no era extraterrestre y yo no era telépata, tuvimos nuestra primera pelea importante, nos reconciliamos y empezamos a matar el tiempo en las clases mandándonos papelitos, que iban desde asuntos importantes como el futuro hasta temas mundanos como lo aburridos que estábamos en clase.
En cuarto año, tuvimos la oportunidad de hacer juntos la labor social en el Ateneo de Caracas. Entre el ensobre de cientos de invitaciones a famosos y desconocidos, la lectura a escondidas de los guiones de teatro –escondidos porque en teoría debíamos arreglarlos, no leerlos- y la visita a los lugares más sorprendentes de las salas de teatro, cumplíamos las horas con una rapidez casi sospechosa. Por esos días, David y yo aprendimos a simular un largo noviazgo para espantar al mesonero viejo y libidinoso que trabajaba en el café del Ateneo, que se enamoró de mí y me lanzaba horribles directas e indirectas, mientras arreglaba el romance de nuestras otras dos amigas con los dos muchachos que trabajaban con él. Nuestro “noviazgo” fue perfecto, porque nos permitía quedarnos horas hablando en el café sin que yo tuviera que aguantar al mesonero insoportable, al que por alguna extraña razón apodamos Juan Durazno.
Fue aquí, en el mejor momento de nuestra amistad, cuando David y yo tuvimos que afrontar nuestra primera gran separación. La primera de muchas, aunque fue sin duda la más decisiva porque de alguna u otra manera nos marcó para siempre. Fue en ese momento que entendimos –y lo reafirmamos con el tiempo-, que nuestra amistad era verdadera porque podíamos no hablar por días o meses, pero nos volvíamos a ver y sentíamos que habíamos hablado el día anterior. Nuestra amistad era del tipo no-me-importa-cuanto-deje-de-verte-siempre-serás-mi-amigo, que aunque parece mensaje de tarjeta del día de la amistad o un buen nombre para un libro de autoayuda, era totalmente real.
Desde que nos hicimos amigos, mi Gulliver y yo hemos peleado 50 veces más después de la primera vez -y 50 veces nos hemos reconciliado-, tuvimos más de mil conversaciones por Messenger y, ya en los últimos tiempos, un centenar por el chat de Facebook. Desde que nos separamos la primera vez, hemos vivido prácticamente separados todo el tiempo, nos hemos comido aproximadamente 100 sundaes de McDonalds –uno por cada vez que nos hemos visto y siempre de mantecado con chocolate- y hemos convertido a la Nutella en un símbolo de nuestra amistad, desde que una vez él me regalara un frasco enorme, para mi placer absoluto. Nos hemos especializado en el arte de mantenernos más comunicados que antes. Sin telepatía, ni inventos extraterrestres. Por pura voluntad y espíritu de contradicción. Y porque sabemos tanto de nuestras vidas, que es un peligro pelearnos. ¿Qué hace uno solo con tantos años de secretos compartidos?
Y aunque él siga creciendo y yo me sienta cada vez más pequeña cuando lo veo, y aunque no quiera saber de él cada vez que se acerca mi cumpleaños, y aunque tenga suficientes recuerdos de él para el resto de mi vida … siempre es chévere verlo. Por webcam. En vivo y directo. Por foto. Y más rico es hablar con él y sentir que el tiempo no pasa. Y mucho mejor es abrir un frasco de Nutella y saber que él también está allí, escondido y con sabor a chocolate. Porque David, con sus casi dos metros de estatura, cabe en un frasco de Nutella. Yo no sé como lo hace, pero sí cabe. A lo mejor él tenía razón en noveno grado y sí es un extraterrestre. Quién sabe.  

Joanna Ruiz Méndez