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lunes, agosto 26, 2013

La muerte de Honorio



Un Tenedor de Libros, un Periodista, un Médico, un Capitán y un Barbero: cinco hombres con distintos oficios, ideologías e historias, se encuentran prisioneros en el mismo calabozo. El espacio que comparten es pequeño y oscuro, tan tenebroso como el país en el que viven. Aún cuando son diferentes en muchos aspectos, el horror lo une: cuatro de ellos ya han conocido el infierno y un quinto vio su sueño de toda la vida convertirse, poco a poco, en una pesadilla.
Estos cinco hombres son los protagonistas de La muerte de Honorio de Miguel Otero Silva, una novela que intenta salvar del olvido las torturas y la humillación que sufrieron los venezolanos que se atrevieron a luchar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. También evidencia una verdad irrebatible: en un régimen de terror, incluso esos que prefieren no involucrarse con ninguna causa, pueden convertirse en víctimas.
La historia se divide en dos cuadernos: Cinco que no hablaron y Honorio y su muerte. En el primero se detalla el pasado de cada uno de los presos: sus anhelos infantiles, sus vivencias adolescentes y las dificultades de la vida adulta; también su historia familiar, el primer amor y la elección de la profesión que los distingue. Además, se revela el porqué se encuentran presos y se describe de forma cruda y pormenorizada los suplicios vividos por los protagonistas. Al final de ese primer cuaderno, se introduce  por referencia el personaje de Honorio, el hijo del Barbero.
En el segundo cuaderno, se narra la vida en la cárcel y como, paulatinamente, se va haciendo menos dura para los presos. Honorio, ese niño rubio que el Barbero describe como fuerte, vivaz y travieso, se vuelve una presencia amable y luminosa en la vida de estos hombres. Todos, a su manera, quieren mejorar la vida del pequeño y no hay mayor ilusión para ellos imaginarse como influirán en su porvenir una vez que hayan recobrado la libertad. 
Otro hecho importante -y simbólico- que se narra en este cuaderno es el nacimiento en la cárcel de cinco pollitos. Los reos, en parte porque les sobra el tiempo y en parte porque les toman cariño, deciden cuidarlos. Uno de ellos, enclenque y patuleco, es el que recibe las mayores atenciones del Barbero. Aunque al segundo cuaderno le falta la fuerza del primero, tiene en la historia de los pollitos una de las descripciones más conmovedoras que he leído en mi vida.
Sus referencias históricas, su narración precisa y sus personajes bien estructurados convierten a La muerte de Honorio en una novela poderosa que engancha desde la primera página. No dejen de leerla. 

Joanna Ruiz Méndez

jueves, mayo 23, 2013

Los topos



"Los hombres son todos distintos, aunque compartan la misma fe"

Los topos de Eduardo Liendo no es solo una historia sobre la guerrilla en Venezuela durante los años sesenta, sino también es el testimonio de una nostalgia colectiva y de unos sueños aplastados, en parte, por los mismos soñadores. 
La historia se centra en Armando y sus compañeros de lucha quieren destituir el sistema establecido y consolidar uno completamente diferente, revolucionario. La historia se desarrolla en tres escenarios distintos que brindan varias visiones de la vida del protagonista.  
El primero se enfoca en la vida en la cárcel. Armando y sus compañeros, quienes están presos por sus actividades guerrilleras, deben asumir con paciencia y dignidad las vejaciones a las que se ven sometidos por algunos carceleros y por la misma dinámica del lugar. Sin embargo, no se resignan: han estado en varias cárceles y en todas han buscado la manera de escapar. Algunos lo han logrado y por eso los demás no pierden la esperanza. De tanto estar en túneles, sucios de tierra, abrigados por la oscuridad y amenazados por la falta de aire, estos hombres emprenden la labor de topos pues es su única esperanza de conseguir la libertad.
En el segundo se describe la vida en un campamento guerrillero en la montaña y la imposibilidad de algunos para adaptarse a ella. Aunque todos están dispuestos a pelear y morir por la causa, pocos soportan las inclemencias del clima, los zarpazos del hambre y la falta de sueño. Aunque hay deseos de gloria y aspiraciones heroicas, el fracaso se anticipa inevitable.
Una tercera visión nos acerca a un Armando que ya no está en la cárcel, que recuerda con nostalgia su pasado guerrillero y que escribe sus vivencias aunque no sepa con exactitud porque lo está haciendo. Lo aclara desde el principio: “En realidad, nada me obliga a contar esta historia. Lo hago, quizá, para medio espantar algunos rebullones que siempre me rondan. Puede ser también para complacer a los muchachos que cuando me encuentran por ahí nunca se olvidan de decirme: <<¿Y por fin, cuándo vas a escribir aquella historia>>”. Ya sea por compromiso o para exorcizar demonios, él la escribe y nosotros la leemos.
Los topos es una novela testimonio. Eduardo Liendo comparte con su protagonista el pasado guerrillero y los años en la cárcel. En realidad nos está contando gran parte de su historia y, aunque no es posible saber qué sucedió en la realidad y qué es producto de la ficción, da la impresión de que es mayormente  un relato verídico al que solo se le han cambiado algunos nombres.
Ésta es una obra que todos los venezolanos deberíamos leer para comprender el momento actual que vivimos. Los topos brinda pistas sobre una época que está teniendo consecuencias en la actualidad. Nuestro presente, de alguna manera, ya estaba escrito. Hay un fragmento de esta obra, escrita en 1975, que no puedo dejar de transcribir y que parece una predicción: “Pienso que del vientre del mar surgirán muchas olas, algunas de ellas, nadie sabe cuándo, será lo suficientemente poderosa como para saltar el gran rompeolas de la burguesía y llegar a la playa. Ojalá que sea una hermosa revolución. Ojalá no haya entonces ninguna razón para añorar un pasado injusto e imperfecto”.



Joanna Ruiz Méndez

domingo, octubre 10, 2010

Sencillamente Aquiles

Creo que conocí a Aquiles Nazoa cuando tenía 8 años. Por supuesto, no en persona, sino a través de una de sus poesías de animales: La ratoncita presumida. El poema trata sobre una ratoncita presumida – por supuesto- que rechaza a un ratoncito enamorado por considerarlo inferior a ella. Luego de esto, va a proponerle matrimonio al sol, a la nube, al viento y la montaña porque piensa que son pretendientes a su altura. La humildad que cada uno de ellos demuestra, le hace ver a la ratoncita Hortensia que todos los seres son significativos. Termina por aceptar a su ratonil galán, a la vez que afirma que “en el mundo los pequeños son importantes también”.
Recuerdo que esta poesía fue la primera que me aprendí completa. Luego conocería otros escritos de Aquiles Nazoa: fábula de la avispa ahogada, un sainete o astrakán donde en subidos colores se les muestra a los lectores la torta que puso Adán y Amor, cuando yo muera…, entre otros. Con cada lectura me encontraba con un autor muy venezolano que reflejaba -y refleja- la idiosincrasia y problemáticas de nuestro país, pero que también era capaz de acercarse acertadamente a temas universales como el amor y la política desde un lenguaje sencillo y con un inteligente sentido del humor.
Aquiles Nazoa fue periodista, escritor, humorista y poeta y su legado es un referente indiscutible de nuestras letras y una lectura obligada para entender a Venezuela. En honor a que sus escritos siguen tan vigentes como el primer día, Monte Ávila Editores Latinoamericana ha publicado el libro Sencillamente Aquiles, que recopila variados y múltiples textos del autor. El libro divide los escritos en humor, líricos, prosa, teatro y diálogo y animales, e incluye una última sección llamada testamento 1976, que es un escrito inédito.
Recomiendo ampliamente esta obra que como dice la contratapa “constituye un legado para las nuevas generaciones”, pero también para todos los lectores en general. Para no hacer de este un post larguísimo, mañana dejaré dos lecturas que pueden encontrarse en el libro. Estoy segura que las disfrutarán.
Joanna Ruiz Méndez

lunes, abril 05, 2010

Todo un pueblo




Todo un pueblo, novela escrita por Miguel Eduardo Pardo y publicada en 1899, es una sátira de la Caracas de la época, pero es también una crítica áspera a la sociedad venezolana en general, a sus habitantes y la mentalidad de sus habitantes, a su historia.
Julián Hidalgo, joven descendiente de indígenas bravíos a los que “la historia de la conquista negó el valor y regateó el heroísmo”, es el atormentado protagonista de la novela. Villabrava, su ciudad, es un territorio que alberga personajes grotescos y vulgares, injusticias por doquier, carencias morales y sociales que enervan la sangre de Julián. Luego de pasar unos años en la finca de su padre, Julián regresa a Villabrava. Se cree depositario de una misión titánica e imposible: invitar a la reflexión a la sociedad villabravense.
Aunque intuye que su tarea no rendirá frutos, el protagonista igual decide realizarla con la entrega y determinación de un mártir. En un acalorado discurso, enfrenta a los villabravenses con la verdad y les dice: “Villabrava es un pueblo enfermo y la enfermedad es tan cruel, tan impenitente, tan tenaz, que está pidiendo el experimento y diagnóstico inmediatos de los más despiadados alienistas del espíritu”.
Después de su discurso revolucionario, Julián Hidalgo se convierte en enemigo de todo un pueblo, que lo mira como el mal elemento que quiere alterar la falsa paz y estabilidad de la ciudad. Y si su vida pública es desastrosa, la privada no es mejor: el romance que sostiene con su prima segunda, Isabel Espinosa, es impedido por el padre de ésta, Don Anselmo, quien a su vez desea incontrolablemente a Susana Hidalgo, la viuda de espíritu sensual quien es madre de Julián.
En este escenario moralmente desolador, Pardo no le otorga mayor esperanza a Villabrava y refleja su pesimismo a través del personaje de Luis Acosta –amigo y antítesis de Julián-: “Villabrava seguirá lo mismo que la hicieron… Los que tuvieron el mal gusto de hacerla: con sus calles torcidas como sus conciencias; con sus orgullos estúpidos, con sus dolencias públicas, con sus chismes, con sus infamias, con sus apodos soeces, con sus delitos sin castigo, con sus mismos hombres y sus mismas vergüenzas”. El autor critica a la “anémica” aristocracia, a la clase media, al manejo de la información en los medios –manejados por una burguesía mediocre y corrupta- y el poco provecho que Villabrava, después de sacudirse del colonialismo, le dio a su libertad. Esa libertad que “debió ser origen de bienes incalculables, de orden, de paz, de igualdad, de liberalismo y democracia” y que “empezó a trocarse a lo mejor en inesperado desorden”.
Esta novela fue polémica y terriblemente criticada en su momento por el duro ataque de Pardo a la sociedad venezolana. Villabrava es Caracas, una Caracas que se creía profundamente moderna después de la transformación impuesta por Antonio Guzmán Blanco –al que el autor llama en el libro “el tremendo nivelador”, por su mano dura y espíritu progresista- y a la que Pardo define sin reparos como todo un pueblo. Pero Villabrava es también Venezuela, con un pasado histórico que es un lastre y que está de repleto de oportunidades perdidas y personajes malintencionados –que bien pudieron ser gobernantes o ciudadanos- que echaron por tierra lo que pudo haber sido el país. Esta terrible crítica hacia Venezuela puede no ser totalmente entendida si no se conoce el contexto histórico, político y social en que fue escrita. Sin embargo, y a pesar del siglo petrolero de diferencia, muchas características de esa Villabrava de Miguel Eduardo Pardo siguen vigentes en la Venezuela actual, aún cuando ahora el terrible peso de las promesas incumplidas y esperanzas rotas parezca sentirse mucho, muchísimo más.

Joanna Ruiz Méndez

sábado, julio 26, 2008

Piedra de Mar


Ayer me reí mucho releyendo Piedra de mar. Muchísimo. Creo que las otra veces que la leí todavía me sentía demasiado identificada con Corcho como para poder burlarme de sus tragedias. En cambio ayer no pude evitar reírme de su mala suerte, de su mente imaginativa, de su particular humor negro y punzante. De su adolescencia.
Claro, además de la risa, sentí algo de nostalgia. Recordé que cuando leí Piedra de mar la primera vez, yo también era adolescente. En ese momento, sí sufría por todo lo que le pasaba a Corcho. Porque hacía el ridículo. Porque no sabía que hacer con el montón de futuro que tenía por delante. Porque tenía una hermosa piedra de mar en su poder –su propia juventud, su amor- y no podía dársela a quien él quería. Además, la primera vez que leí el libro fue porque me lo prestó un amigo que para mí era idéntico a Corcho y la confusión adolescente del protagonista de la historia era la de mi amigo. Entonces sufría por los dos.
Esta relectura del libro de Francisco Massiani me trajo recuerdos y risas. Recuerdos de mi adolescencia. De mi amigo, que para mí siempre será Corcho. De esas pequeñas tragedias cotidianas que también me desvelaban como a él. Las risas vinieron porque es imposible no sentirse demasiado joven leyendo este libro. Demasiado joven y demasiado feliz.