lunes, enero 18, 2016

Crónicas Marcianas



"We Earth Men have a talent for ruining big, beautiful things" *

Crónicas Marcianas (en inglés, The Martian Chronicles) de Ray Bradbury es uno de esos clásicos de la literatura que nunca me había llamado particularmente la atención. Sin embargo, cuando lo vi en una librería, algo me impulsó a comprarlo. Valió la pena: me pareció un libro radicalmente diferente a la mayoría de los que he leído y también una obra absolutamente fascinante.
Fue publicado en 1950, pero varias de las crónicas ya habían habían aparecido años antes, y de forma independiente, en diversas publicaciones. Se centra en la colonización de Marte por parte de los seres humanos, quienes han alcanzado un desarrollo tecnológico que permite no solo los viajes interplanetarios sino también la posibilidad de crear armas nucleares que pueden destruir en cualquier momento nuestro propio planeta. Originalmente, las historias se desarrollaban entre 1999 y 2026; para 1997 -cuando se relanzó el libro- decidieron cambiar las fechas con el fin de ubicarlas temporalmente 31 años después: entre 2030 y 2057. Esta última versión fue la que yo leí.
Cada crónica nos habla de un período diferente de la colonización y de los personajes que hacen parte de ella. Hay algunas que me parecieron particularmente buenas, como La Tercera Expedición, Usher II y Los globos de fuego. Sin embargo, ninguna de las historias, por sí sola, tiene la misma fuerza que el conjunto de ellas. Juntas son absolutamente poderosas.
Crónicas marcianas es de esos libros de los que es difícil desprenderse. Una vez terminado, quedan rondando en nuestras cabezas las aventuras de personajes inolvidables como el obstinado Spender, el iluminado Padre Peregrine, el obsesivo William Stendahl y, en general, cada detalle de esa futurista civilización humana que a pesar de sus grandes avances tecnológicos no ha podido acabar con viejos vicios como la ambición desmedida, la arrogancia colonialista y la violencia bélica. Estas crónicas que, en apariencia, nos están describiendo un futuro en el que vivir en Marte es técnicamente posible, en realidad nos están hablando de los seres humanos y sus pasiones, motivaciones y extrañas contradicciones.

* “Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento para arruinar las cosas grandes y hermosas”.

Joanna Ruiz Méndez

Referencias:

Bloom’s Modern Critical Views. (2010). Ray Bradbury. New York, EU.: Bloom’s Literary Criticism. Recuperado el 17 de enero de 2016 de http://bit.ly/1PAnUst

Paul, B. (1995). Study guide for Ray Bradbury's The Martian Chronicles (1950). Recuperado el 17 de enero de 2016, de http://bit.ly/1ncEDvL

Shmoop Editorial Team. (2008). The Martian Chronicles. Recuperado el 17 de enero de 2016 de http://bit.ly/1U5vdf

miércoles, enero 13, 2016

Desafío de Lectura 2016

Inspirada por el simpático Desafío de Lectura 2016 publicado en la página Modern Mrs. Darcy, decidí elaborar mi propio desafío de lectura para este año. Aquí va:

- Un libro que tengas pendiente de tu autor favorito. Si ya los has leído todos, se vale la relectura del que más te haya gustado.  
- Una novela distópica.
- Un libro que haya sido publicado el año de tu nacimiento.
- Un bestseller.
- Un libro escrito por un(a) periodista.  
- Una novela gráfica.
Un libro infantil que siempre hayas querido leer.
- Un libro escrito por un(a) compatriota.
- Algún clásico (de esos que se supone que uno debe leer al menos una vez en la vida).
- Un libro sobre el período histórico que más te llame la atención.
- Un libro que haya sido adaptado al cine o a la televisión.
- Un libro sobre fantasmas, zombies o extraterrestres.

Prometo seguirlo yo misma. Ya veremos en diciembre cómo nos fue.


Joanna Ruiz Méndez

martes, enero 12, 2016

Volví

Es curioso como la rutina –y en ocasiones, la falta de voluntad- nos hace abandonar las cosas que más nos gustan. Eso me pasó a mí. Desde hace mucho tiempo, el famoso “no tengo tiempo para eso” se apoderó de mí discurso y fui dejando de lado mis cosas favoritas, como leer libros a granel y escribir en este blog.  
No quiero que suene a excusa, pero siento que todo comenzó hace dos años, cuando me mudé a Colombia. La experiencia de vivir en un nuevo país, enfocarme absolutamente en un trabajo en el que muchas cosas eran nuevas para mí y lidiar por primera vez con aquello que llamamos independencia –con todas sus glorias y tragedias- influyeron en el abandono de este espacio. Sin embargo, a pesar de todas las circunstancias, la verdad sea dicha: la principal responsable de tanto abandono, fui yo.
Pero aquí estoy nuevamente, escribiendo en este blog que empecé en 2008 y que por un momento me permitió no solo reseñar libros sino también desahogarme, compartir crónicas viajeras y, en general, experimentar con la escritura. Vuelvo porque necesito escribir de las cosas que más me apasionan y los que me conocen saben que pocas cosas me apasionan más que los libros. Vuelvo porque me he puesto como tarea actualizar este blog regularmente y eso me exige –como si fuera una exigencia- volver a leer libros a granel. Vuelvo porque uno no puede darle la espalda, de forma definitiva, a las cosas que más le gustan.
Este retorno tiene como foco compartir experiencias literarias con todos los que leen este blog; no en vano, Lea que algo queda nació como una forma de homenajear los libros y evidenciar mi amor por ellos. Y aunque mi énfasis estará allí, no descarto que uno u otro post se desvíe hacia otros temas que me apasionan: la gente, los viajes y, obviamente, el periodismo.
No puedo cerrar este texto sin mencionar esa frase de Jorge Luis Borges que tanto me gusta: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Con el pasar del tiempo, no hago sino reafirmar lo certera que es. También quisiera mencionar otra frase que leí en un cuento de Roberto Bolaño y que define, en cierta manera, la existencia de cualquier lector apasionado: “Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto”.



Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 25, 2014

Cuatro versiones de una angustia

1. 27 de noviembre de 1992. Estaba con mi mamá y mis dos hermanos. Mi papá estaba de viaje. Afuera se escuchaban tiros y el rugido de los aviones que pasaban muy cerca del edificio. Mi mamá nos pidió que nos tiráramos al piso, que rezáramos. La angustia los embargaba a los tres: yo me reía. No entendía porque se angustiaban tanto. Apenas tenía cuatro años y desconocía que ese ruido infernal era sinónimo de horror y muerte. Luego me explicaron que fue una intentona de golpe de Estado. Ya los militares habían pretendido tomar el poder el 04 de febrero de ese mismo año pero, como fracasaron, volvieron a intentarlo. Esa vez también volvieron a fracasar, pero en el proceso lograron atacar Miraflores, la sede del Gobierno de Venezuela. Nosotros vivíamos a una cuadra de allí. Corrimos un inmenso peligro pero en el momento no pude percibirlo; después sí. Tengo evidencias para afirmarlo: la primera, es que nunca he podido sacar de mi mente ese recuerdo de mi mamá con sus tres hijos tirados en el piso; la segunda, es que jamás pude volver a escuchar explosivos de ningún tipo cerca de mi casa sin sentir escalofríos.

2. 11 de abril de 2002. Mi hermano no llegaba. Afuera se escuchaban tiros y él no llegaba. Mi hermana, pegada a su celular, recibió una llamada. Era un amigo de ella que estaba en la marcha que se dirigía a Miraflores: “Al muchacho que estaba a mi lado le acaban de dar un disparo en la cabeza”, le dijo. En la televisión, la pantalla dividida en dos mostraba al mismo tiempo la vorágine que se vivía en el centro de Caracas –y que nosotros podíamos escuchar en vivo y directo- y un discurso de Hugo Chávez. Mi hermano finalmente llegó y todos pudimos volver a respirar relativamente tranquilos. Como en el camino a casa no tuvo acceso a ningún medio de comunicación, al cerrar la puerta nos preguntó inocente: “Pasé por Puente Llaguno y me parece que hay disturbios. ¿Saben si está pasando algo?”. 

3. 14 de abril de 2013. Al llegar a mi centro electoral para el acto de escrutinio, la gente se agolpaba para poder entrar y participar en este proceso. Tan divididos como la pantalla del 11 de abril: chavistas por un lado, opositores por otro. Como no podía entrar todo el mundo, se decidió que cuatro personas de una tendencia y cuatro de la otra entraran al recinto. Mi hermano entró, pero mi hermana y yo tuvimos que esperar afuera. Conforme pasaba el tiempo, el ambiente se hacía cada vez más tenso: llegaron muchos motorizados simpatizantes del gobierno con actitud hostil y los chavistas que no estaban en moto gritaban consignas para provocar a los opositores. Uno de ellos incluso fue más allá: sin ningún pudor, se bajó los pantalones y la ropa interior. Salvo un par de intentos de regaños, los policías presentes no decían mucho. Corrían rumores por todos lados: “Va ganando Maduro”, “Sigue ganando Maduro”, “Ganó Capriles”. Cuando ya se había conformado un grupo considerable de motorizados -cuya actitud parecía cada vez más amenazante- me acerqué a un policía y le pregunté: “si ocurre algún tipo de enfrentamiento, ¿ustedes van a poder intervenir?”. Me miró con tristeza y resignación: “No. Mejor váyanse para sus casas”. Todos los opositores se fueron, salvo los que teníamos familiares en el centro electoral. Apenas salieron, corrí con mis hermanos a la casa para esperar que dieran los resultados de las elecciones. Antes de irme eché una mirada hacia el lugar donde se habían agrupado los motorizados: todos seguían allí.   

4.  Febrero y Marzo de 2014. Estoy en Bogotá. Todos los días le pregunto a mi familia cómo están las cosas, leo la prensa nacional e internacional, reviso el Twitter incansablemente, no me pierdo ni un comentario de mis amigos en Facebook. Yo estoy en Colombia pero trato de entender lo más que pueda lo que pasa en Venezuela. Vivo pensando en cómo organizar mi vida aquí, pero también necesito saber lo que está sucediendo allá. Mi mente -tan dividida como esa pantalla de abril de 2002, como las personas a las afueras de mi centro de votación, como el pueblo venezolano- no da tregua. No importa que ya no escuche el rugido de los aviones o un fragor de tiros anunciándome la desgracia, ni que tampoco tenga que lidiar con la actitud amenazante de un grupo de motorizados. No importa, porque mi familia, mis amigos y muchos de mis compatriotas deben encarar todo eso y más en estos días. Estoy a cientos de kilómetros pero siento en mi pecho esa ansiedad colectiva. La angustia que te genera la injusticia, el horror y la muerte en tu país siempre está allí presente. Esa angustia, al igual que el amor por la tierra que te vio nacer, jamás sale del alma.  

martes, diciembre 31, 2013

Despidiendo el año



Es inevitable: se termina el año y uno comienza a sacar cuentas, a recordar los hechos memorables, a repasar las alegrías más sinceras  y las tristezas más agudas. Uno quiere aprehender en vano cada uno de esos días que se despidieron fugaces y retener hasta los recuerdos más ínfimos para que no terminen en el sótano de la memoria, enmarañados con otros recuerdos que han ido quedando allí y, que con el paso de los años, se han hecho irreconocibles.
En pocas palabras: es inevitable enfrentar la nostalgia producto de un ciclo que se cierra, algo que ocurre inevitablemente al final de cada año. No hay forma de no sentir añoranza por los buenos momentos, porque no sabemos si el futuro nos va a deparar la misma felicidad. No hay forma de que no nos invada la melancolía por las cosas que no pasaron –pero que moríamos porque pasaran-, por los amigos o seres queridos que se fueron –algunos para siempre- y por las derrotas que tuvimos que enfrentar –y que nos dejaron dolores profundos y definitivos-.  No hay forma de no hacer ese recuento que a algunos les puede parecer innecesario, pero que para otros es fundamental para poder enfrentar el nuevo año con las cuentas claras y el corazón limpio.
No sé si le funciona a todo el mundo, pero hacer ese repaso del año a mí me ha dado la oportunidad de reconciliarme con los malos ratos, revivir las alegrías y, en el mejor de los casos, enderezar el camino para arrancar con buen pie el nuevo ciclo que comienza. Y aunque los finales –felices o no- traigan siempre su cuota de nostalgia, no nos podemos olvidar que la mayoría de la veces vienen seguidos de comienzos luminosos cargados de nuevas oportunidades, una emoción infinita y su dosis justa de esperanza.  

lunes, septiembre 23, 2013

La casa del silencio




La casa del silencio, de Orhan Pamuk, es una novela ambientada en Turquía, justo antes del Golpe de Estado de 1980 según lo ha indicado el propio autor. En ella se narra una saga familiar en la que sus personajes, cuyas almas se encuentran habitadas por poderosas obsesiones, no parecen capaces de evitar el sino trágico que se cierne sobre ellos. 
Fatma, una anciana profundamente religiosa que vive en el pequeño poblado de Cennethisar, recibe la visita de sus tres nietos que viven en Estambul. Faruk, el mayor, es un historiador alcohólico y obeso que sueña con conseguir, en las páginas del pasado, un hecho que pueda darle la oportunidad de recomponer su presente. Metin, el del medio, se desvive por alcanzar el sueño americano y lamenta todos los días la falta de dinero que le impide concretarlo. Además, su estadía en Cennethisar lo enfrenta a una nueva obsesión: el amor. Nilgun, la hermana menor, es una linda muchacha comunista que pronto se convierte en el objeto de deseo de Hasan, un fanático religioso. 
En la casa, además de Fatma, se encuentra Recep, un hombre temeroso y noble que la cuida con esmero a pesar de que ella lo desprecia. El ser hijo ilegítimo de Selahattin, el difunto marido de la anciana, lo condenó a un destino trágico y el hecho de ser enano lo hace objeto de burlas por parte de su entorno. 
Cada uno de los personajes –a excepción de Nilgun- revela en primera persona sus motivaciones profundas, sus bajas pasiones, su visión de la vida. A través de sus recuerdos logramos conocer a otros miembros de la saga, especialmente a Selahattin, quien es fundamental en esta historia. El marido de Fatma, un médico obsesionado por sacar del atraso a su país, consigue en la ciencia la única esperanza de un cambio. Idealista en su juventud, su fanatismo lo va convirtiendo poco a poco en un personaje profundamente intolerante. Su incurable vicio por el alcohol, que lo termina destruyendo, será un mal del que también adolecerán Dogan, su único hijo con Fatma, y Faruk, su nieto. 
La vieja casa es el lugar de encuentro de distintas generaciones. En ella predomina el silencio porque las personas que la habitan, con escasas excepciones, no encuentran una manera eficiente de comunicarse entre sí. A juzgar por la visión de Pamuk, esta podría ser una metáfora de la propia Turquía en el convulso momento histórico en que es ambientada la historia. 
Aunque profundamente disímiles en su forma de ser, los integrantes de esta saga familiar tienen un punto de encuentro: la obsesión. Y aunque el final es concluyente en algunos aspectos, en otros la historia queda abierta porque a veces las obsesiones, tanto en los libros como en la vida real, no parecen acabar nunca. 

P.D.: Encontré una entrevista, en inglés, en la que el autor habla sobre esta obra. Me pareció interesante, así que aquí se las dejo: http://bit.ly/1feys4a 

Joanna Ruiz Méndez

lunes, agosto 26, 2013

La muerte de Honorio



Un Tenedor de Libros, un Periodista, un Médico, un Capitán y un Barbero: cinco hombres con distintos oficios, ideologías e historias, se encuentran prisioneros en el mismo calabozo. El espacio que comparten es pequeño y oscuro, tan tenebroso como el país en el que viven. Aún cuando son diferentes en muchos aspectos, el horror lo une: cuatro de ellos ya han conocido el infierno y un quinto vio su sueño de toda la vida convertirse, poco a poco, en una pesadilla.
Estos cinco hombres son los protagonistas de La muerte de Honorio de Miguel Otero Silva, una novela que intenta salvar del olvido las torturas y la humillación que sufrieron los venezolanos que se atrevieron a luchar contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. También evidencia una verdad irrebatible: en un régimen de terror, incluso esos que prefieren no involucrarse con ninguna causa, pueden convertirse en víctimas.
La historia se divide en dos cuadernos: Cinco que no hablaron y Honorio y su muerte. En el primero se detalla el pasado de cada uno de los presos: sus anhelos infantiles, sus vivencias adolescentes y las dificultades de la vida adulta; también su historia familiar, el primer amor y la elección de la profesión que los distingue. Además, se revela el porqué se encuentran presos y se describe de forma cruda y pormenorizada los suplicios vividos por los protagonistas. Al final de ese primer cuaderno, se introduce  por referencia el personaje de Honorio, el hijo del Barbero.
En el segundo cuaderno, se narra la vida en la cárcel y como, paulatinamente, se va haciendo menos dura para los presos. Honorio, ese niño rubio que el Barbero describe como fuerte, vivaz y travieso, se vuelve una presencia amable y luminosa en la vida de estos hombres. Todos, a su manera, quieren mejorar la vida del pequeño y no hay mayor ilusión para ellos imaginarse como influirán en su porvenir una vez que hayan recobrado la libertad. 
Otro hecho importante -y simbólico- que se narra en este cuaderno es el nacimiento en la cárcel de cinco pollitos. Los reos, en parte porque les sobra el tiempo y en parte porque les toman cariño, deciden cuidarlos. Uno de ellos, enclenque y patuleco, es el que recibe las mayores atenciones del Barbero. Aunque al segundo cuaderno le falta la fuerza del primero, tiene en la historia de los pollitos una de las descripciones más conmovedoras que he leído en mi vida.
Sus referencias históricas, su narración precisa y sus personajes bien estructurados convierten a La muerte de Honorio en una novela poderosa que engancha desde la primera página. No dejen de leerla. 

Joanna Ruiz Méndez