martes, junio 15, 2010

De porqué Mockus no podía ganar las elecciones



“Un candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida”

José Ignacio Cabrujas

Lo llaman el profe, tiene una mirada penetrante que a veces asusta, una barba bien cuidada que es su rasgo característico y un hablar enredado que se mueve entre el los territorios de la didáctica y la somnolencia. Cuando uno escucha hablar a Antanas Mockus surgen dudas porque su discurso, en un país latinoamericano, suena a sospecha, a trampa, a ilusionismo. Este hombre no promete favores políticos. No promete cargos públicos. No promete el camino fácil. Y eso suena a honestidad, pero también a una inocencia infinita. Eso suena, aunque no lo parezca, a suicidio.
Lo decía Cabrujas de la sociedad venezolana: un candidato que no nos prometa el paraíso es un suicida. Y tenía razón. En este país nos deben prometer la Gran Venezuela como lo hizo Carlos Andrés Pérez o una verdadera revolución como lo está haciendo Hugo Chávez. Aquí nadie debe venir a hablar de apretarse el cinturón, de posibles crisis, de moderación. Para un país petrolero que además ostenta un Estado todopoderoso como lo llamaba Arturo Uslar Pietri, lo sencillo o cotidiano no parece funcionar en el discurso político. Y me da la impresión que en general no funciona tampoco para Colombia y quien sabe si para Latinoamérica, porque lamentándolo mucho, no se si por costumbre o masoquismo , parece que los electores en estos países desean que les prometan lo imposible aún sabiendo de antemano que no les van a cumplir casi nada. Eso es lo que vende, lo que engancha a la gente.
El caso de Mockus en Colombia me parece ilustrativo del suicidio que significa una campaña falta de promesas y propuestas espectaculares, grandilocuentes e irreales. Resulta que al final sus palabras sólo lograron enganchar a unos pocos –en comparación a los que enganchó la propuesta de Juan Manuel Santos- que vieron en el cambio discursivo una transformación que podría trascender a la realidad. Que el señor ha cometido errores, es verdad. Que se ha marcado unos cuantos autogoles, como él mismo afirma, también lo es. Que ha caído en un lenguaje ofensivo, cuando prometió que no lo haría, tampoco se puede negar. Pero a pesar de eso ha marcado una diferencia, porque no es el típico politiquero que vende soluciones aparentemente inmediatas ni va regalando cargos públicos para que la gente vote por él. Él ofrece educación, cultura y honestidad, que si a ver vamos no parecen opciones tan atractivas para muchos ciudadanos porque son en apariencia inmateriales. Sin embargo, son propuestas que parecen darle otro significado al hecho de ser político y le bindan un giro esperanzador a la construcción del discurso público en Colombia, aún cuando los resultados no hayan sido favorecedores para Mockus en la primera vuelta de las elecciones y es prácticamente seguro que no lo serán para la segunda.
Aunque en el caso de las elecciones colombianas también influyó la maquinaria política, no tocaré ese punto porque creo que es un aspecto universal. Una fuerte estructura política detrás de un candidato lo va ayudar, en cualquier parte del mundo, y es obvio que era Santos el dueño de esa maquinaria implacable que lo apoyaba en sus aspiraciones, no Mockus. Lo único que me interesa rescatar realmente es el aspecto discursivo de la campaña política y cómo podríamos superar la enfermedad de las promesas electorales y concentrarnos en el concepto y las ideas de fondo si fuéramos un poco menos ingenuos como electores y ciudadanos. Creo que así podrían hacerse elecciones más inteligentes y no convertiríamos a los pocos candidatos que no prometen el paraíso en unos verdaderos suicidas.

Joanna Ruiz Méndez

miércoles, mayo 05, 2010

Cotidiano

- Esta risa. Tu risa.
- El latido imperceptible del corazón
- Las ganas de huir
- El miedo
- Un gesto de ternura en la calle
- Una sonrisa que se le escapa a todos
- Una tristeza, dos, miles
- Unas ganas colectivas de conocer el mañana
- El recuerdo de una vida pasada
- El recuerdo de una vida, de esta vida
- Una alegría, dos, miles
- Tus ojos infinitos
- Pensamientos de vida y de muerte
- Imaginar lo imposible
- La nostalgia en los rastros de un perfume
- El concreto
- Las maldiciones sutiles
- Cubrir con un suspiro esta distancia de kilómetros
- Evocar un momento de gloria
- Navegar sin rumbo
- Lo que uno quiere
- Y lo que uno más quiere
- Este universo de pareceres
- La palabra dicha…
- … en el medio de la nada.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, mayo 02, 2010

Llanto

Soy de llorar en mi cuarto. Dijo esa frase casi sin pensar, fue una sentencia improvisada. Llorar en el cuarto, como si nadie más lo hiciera. Pero todo adquiría sentido si se cambiaba un poquito la oración: yo sólo lloro en mi cuarto. Así sí.
Llorar en el cuarto tiene para ella el sabor inigualable de un rito secreto. Llora profundamente, sin pensar en nada o pensando en todo. Sin poses. Sin escuchar mira como se le está cayendo el maquillaje, como se le descolocan los rasgos, que debilucha es. Llora sin etiquetas, con un llanto innombrable.
Llora viéndose al espejo, observando su cara sucia de lágrimas. Sus parpados inflamados. Sus ojos, los verdaderos dioses de ese milagro. Su rostro rojo. Las mejillas hinchadas. Que fea es la cara del que llora sin miedo, pero que sabroso es hacerlo. Tan sabroso que, en medio del diluvio, una risa profunda que viene de algún lugar del alma irrumpe en su boca y sacude dientes, lengua, cielo. Es una risa profunda, inmensa. No se puede contener.
Por eso prefiere llorar en su cuarto. Porque después de eso, se seca las lágrimas. Se le escapa el rojo de la cara. La hinchazón de las mejillas y los párpados. Recupera la máscara. La máscara que no llora porque tiene los ojos secos. La máscara que tiene una sonrisa enorme incluida. Con esa máscara sale del cuarto, dispuesta a comerse el mundo. Así sí sale. Así sí.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, abril 05, 2010

Todo un pueblo




Todo un pueblo, novela escrita por Miguel Eduardo Pardo y publicada en 1899, es una sátira de la Caracas de la época, pero es también una crítica áspera a la sociedad venezolana en general, a sus habitantes y la mentalidad de sus habitantes, a su historia.
Julián Hidalgo, joven descendiente de indígenas bravíos a los que “la historia de la conquista negó el valor y regateó el heroísmo”, es el atormentado protagonista de la novela. Villabrava, su ciudad, es un territorio que alberga personajes grotescos y vulgares, injusticias por doquier, carencias morales y sociales que enervan la sangre de Julián. Luego de pasar unos años en la finca de su padre, Julián regresa a Villabrava. Se cree depositario de una misión titánica e imposible: invitar a la reflexión a la sociedad villabravense.
Aunque intuye que su tarea no rendirá frutos, el protagonista igual decide realizarla con la entrega y determinación de un mártir. En un acalorado discurso, enfrenta a los villabravenses con la verdad y les dice: “Villabrava es un pueblo enfermo y la enfermedad es tan cruel, tan impenitente, tan tenaz, que está pidiendo el experimento y diagnóstico inmediatos de los más despiadados alienistas del espíritu”.
Después de su discurso revolucionario, Julián Hidalgo se convierte en enemigo de todo un pueblo, que lo mira como el mal elemento que quiere alterar la falsa paz y estabilidad de la ciudad. Y si su vida pública es desastrosa, la privada no es mejor: el romance que sostiene con su prima segunda, Isabel Espinosa, es impedido por el padre de ésta, Don Anselmo, quien a su vez desea incontrolablemente a Susana Hidalgo, la viuda de espíritu sensual quien es madre de Julián.
En este escenario moralmente desolador, Pardo no le otorga mayor esperanza a Villabrava y refleja su pesimismo a través del personaje de Luis Acosta –amigo y antítesis de Julián-: “Villabrava seguirá lo mismo que la hicieron… Los que tuvieron el mal gusto de hacerla: con sus calles torcidas como sus conciencias; con sus orgullos estúpidos, con sus dolencias públicas, con sus chismes, con sus infamias, con sus apodos soeces, con sus delitos sin castigo, con sus mismos hombres y sus mismas vergüenzas”. El autor critica a la “anémica” aristocracia, a la clase media, al manejo de la información en los medios –manejados por una burguesía mediocre y corrupta- y el poco provecho que Villabrava, después de sacudirse del colonialismo, le dio a su libertad. Esa libertad que “debió ser origen de bienes incalculables, de orden, de paz, de igualdad, de liberalismo y democracia” y que “empezó a trocarse a lo mejor en inesperado desorden”.
Esta novela fue polémica y terriblemente criticada en su momento por el duro ataque de Pardo a la sociedad venezolana. Villabrava es Caracas, una Caracas que se creía profundamente moderna después de la transformación impuesta por Antonio Guzmán Blanco –al que el autor llama en el libro “el tremendo nivelador”, por su mano dura y espíritu progresista- y a la que Pardo define sin reparos como todo un pueblo. Pero Villabrava es también Venezuela, con un pasado histórico que es un lastre y que está de repleto de oportunidades perdidas y personajes malintencionados –que bien pudieron ser gobernantes o ciudadanos- que echaron por tierra lo que pudo haber sido el país. Esta terrible crítica hacia Venezuela puede no ser totalmente entendida si no se conoce el contexto histórico, político y social en que fue escrita. Sin embargo, y a pesar del siglo petrolero de diferencia, muchas características de esa Villabrava de Miguel Eduardo Pardo siguen vigentes en la Venezuela actual, aún cuando ahora el terrible peso de las promesas incumplidas y esperanzas rotas parezca sentirse mucho, muchísimo más.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, marzo 28, 2010

Un brindis para dos

Vamos a brindar por este encuentro. Vamos a chocar suavemente nuestros cuerpos, como si fueran copas, y digamos al mismo tiempo.

Salud.

Brindemos así, porque tú no tomas. Ni un poquito, ni una gota de alcohol. Yo sí tomo; antes mucho, ahora poco. En este brindis cedo a la tentación de una pregunta: ¿por qué tú? Tú no sabes nada del mundo que me rodea. Tampoco del mundo que he creado, a partir de retazos, en mi cabeza. No conoces mi colegio chiquito en La Pastora, ni las canciones que me han salvado del psicólogo y tampoco las incoherencias que pienso el minuto antes de quedarme profundamente dormida. No conoces mi vida en libros, no tienes ni idea cuantas personas he sido ni por cuantas he llorado, no sabes la nostalgia de las historias que comienzan hace cien años y terminan el día de hoy. No sabes. Pero igual.

Salud.

Igual también se puede brindar con agua. Esa que tanto te gusta y que allá, en tu tierra, sólo encuentras en oasis. Sé que no es así, pero me gusta imaginármelo. Me gusta imaginar que vienes de un mundo mágico, de sabores fuertes y exquisitos, perfumes exóticos y alfombras voladoras. Igual, sólo adivino. De ti sólo sé que te conocí en un día caliente en que el sol se negó a esconderse. Hubo sol de día, hubo sol de noche y hubo sol en las almohadas y en los sueños. El mundo amarillo en el que te vi por primera vez me anuncio lo que vendría, pero al principio no hice caso, no pude prever la dimensión de tu presencia en ese momento y en ese lugar. No entendía del todo lo que tú llamas maktub, yo destino y alguien más práctico seguro llamará timing. Lo que sea.

Salud.

¿Sabes? No hay mejor brindis que el que se hace en silencio. O con palabras que adornen, nunca que definan, que determinan, que decreten. Brindemos con nuestros cuerpos, con agua o en silencio. Brindemos como sea. Hay motivos; antes había pocos, hoy hay muchos más. Brindemos por mi vida real y mi vida ficticia; brindemos por la frontera entre ambas. Allí está mi morada. Brindemos por ti, por los que eres y lo que imagino que eres. Eso es lo que amo de ti. Por los días amarillos, brindemos. Por todo lo que no sabes. Por todo lo que yo también desconozco. Por las contradicciones que nos rodean y nos salvan. Por todo, aunque suene a demasiado.

Salud.
Joanna Ruiz Méndez

jueves, febrero 25, 2010

Escribir: el verbo que duele

Me costó admitir que escribir es una lucha constante. Ya lo había asomado en Los retos de escribir, pero creo que ahí nunca mencioné esto que siento ahora. Que escribir duele.
Escribir duele y duele porque te obliga a guerrear. A pelear con las palabras que unes y articulas esperando que de ahí salga algo que valga la pena. Por lo general escribes, borras, escribes de nuevo y vuelves a borrar. Y vuelves a escribir, obvio. Hasta que terminas y te das cuenta que a ese párrafo puedes darle la vuelta, que esa metáfora quedó demasiado rebuscada y aquel argumento es demasiado flojo. E incluso, hasta puedes darte cuenta que hay que borrar todo lo hecho y empezar de nuevo.
Me di cuenta con mi tesis cuanto duele escribir. No por lo largo que fue el proceso de gestar las ideas, madurarlas, arreglarlas, pulirlas y un largo etcétera que no me interesa contar aquí. Fue por el esfuerzo que significó redactar y reflejar todos los resultados de ese trabajo previo. A veces no tenía ganas, las palabras no fluían y yo sentía que todo lo que escribía era un desastre. Y para el que se toma esto en serio, ese vacío creativo y esa falta de motivación duelen mucho, muchísimo.
En esos momentos debía seguir y no quería, pero tenía que hacerlo. No sólo para terminar la tesis, graduarme y comenzar mi vida como profesional. No, no solo por eso. Tenía que hacerlo también para probarme que podía completar un trabajo de esa magnitud y salir relativamente ilesa. Que puedo escribir más que posts ocasionales en mi blog. Que puedo asumir exitosamente la tarea de escribir, que puede ser ardua y sacrificada cuando la has elegido como oficio. Que tengo constancia, que es la palabra clave.
Admito que la perseverancia que exige escribir a veces me abruma. Es una lucha que se asume todo el día, todos los días. No hay tregua. Hay que mantener la mano caliente, como dicen, para hacer que nuestro trabajo valga la pena. Sin embargo, este oficio de hacer algo hermoso y perdurable con las palabras me sigue cautivando. Es verdad que la lucha me abruma, pero yo no me rindo. Con todo este proceso, también reafirmé que escribir es lo que quiero. Quiero escribir, aunque me duela.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, febrero 22, 2010

Tres historias al azar

I. Iba dando tumbos por el centro de Caracas y terminó en la plaza Bolívar. Buscaba un personaje, alguien a quien preguntarle la vida. Debía hacer un perfil para periodismo II: tenía dos días para entregarlo y cero ideas en la cabeza. Hasta que lo vio cantando y tocando su guitarra con pasión. Barbudo, cabello largo y delgado. No más de cincuenta años. Este es, pensó. Era el cantor de la plaza Bolívar, como ella lo bautizó. Ante la mención de una entrevista, él se sintió halagado. Al día siguiente, entre la plaza y sus alrededores, él le contó la vida. Llevaba 20 años cantando en la plaza en donde ya había cultivado muchas amistades y hacía algún dinero. Admiraba a Silvio Rodríguez y Atahualpa Yupanqui, aunque confesó haber sido roquero en sus años juveniles. Admiraba a Fidel Castro; a ella se le olvidó preguntarle el porqué. En su brazo izquierdo tenía un tatuaje con el nombre de su primer amor, imborrable como todos los primeros amores. Vendía CD´s que el mismo quemaba, en los que estaban todo su legado musical. Casi al final, el cantor de la plaza Bolívar le confesó, con una sonrisa de niño y un brillo de lágrima en los ojos, que era muy, muy feliz. Cuando terminó la entrevista él se fue caminando tranquilo, sin prisa, con su guitarra al hombro. De un bar cercano se escuchaba Esa flor ya no retoña y un grupo de borrachos la coreaba a viva voz. Fue ese día que entendió definitivamente que era eso lo que quería. Ser periodista.

II. Olha que coisa mais linda
Mais cheia de graça
É ela menina
Que vem e que passa
Num doce balanço
A caminho do mar


De ese día que intercambiamos música, sólo recuerdo cuando al final, con un tecito en la mano, terminamos escuchando Garota de Ipanema. Tú nos dijiste que era la canción más famosa de tu país. También recuerdo, para ser honesta, que ese tecito, esa canción y ustedes me parecieron la gloria esa noche. Fue en ese momento que supe que éramos lo que éramos. Una familia.

III. Había salido de la discoteca a exponerse a diez grados de temperatura y una lluvia que después arreció. En la parada de buses él la llamó al celular, para preguntarle cuando llegaba. “En cinco minutos llega el autobús, será como en veinte”. De una parada a otra fue cuando la lluvia se intensificó. Cuando dejó el autobús, hizo un recuento de sus posesiones para comprobar lo indefensa que estaba ante ese clima: una carterita de mano, una camisa ligera de una sola manga, blue jeans que empezaban a empaparse y unas sandalias que dejaban correr generosamente el agua debajo de sus pies. Se sintió congelada, se sintió triste. Se sintió demasiado sola. Afortunadamente, no tuvo que dar ni cinco pasos para verlo: tenía un paraguas y una chaqueta. La estaba esperando. Cuando corrió hacia donde estaba él, no supo que decirle. Él entendió. Le hizo espacio debajo del paraguas grandote y la abrigó. El camino a casa no fue frío, ni triste, ni solitario. Y desde esa noche, ella supo que él siempre sería esa persona que estaría esperándola, con un abrigo y un paraguas, cuando la lluvia arreciara.

Joanna Ruiz Méndez