- Un cafecito en la mañana
- Y otro en la tarde
- Mi cama y sus delirios
- Perderme en una obra de arte
- Comer chocolate
- Tropezarme con una sonrisa en la calle
- Mirarme al espejo y pintarme los labios
- Rociarme mi perfume favorito
- Embarrarme en una caminata al aire libre
- Hacer cosas que me den miedo…
- …y que se me quite el miedo
- Que el vagón del Metro tenga aire acondicionado
- Conocer gente transparente
- Inventar diálogos imposibles
- Viajar
- Nadar como la Sirenita
- Un paisaje lleno de luz
- Largas caminatas rodeadas de naturaleza
- Comerme el corazón de las guayabas
- Las cotufas en el cine
- Soñar que estoy volando
- Vibrar con una canción
- Volver a leer mis cuentos infantiles…
- … y emocionarme con ellos, otra vez
- Perder la voz cantando en un karaoke
- Apropiarme de una mirada luminosa
- Escribir mis penas en el aire…
- … y esperar a que se las lleve el viento
- Leer, siempre leer
- Inundar mi vida con versos
- Que me alumbre un cocuyo
- Reconocer la magia aunque se disfrace…
- …de rutina
Joanna Ruiz Méndez
domingo, junio 19, 2011
viernes, mayo 20, 2011
Despidiendo al rey
Ya mencioné que Hernán era fanático de echar cuentos en los velorios, pero se sentía especialmente animado cuando le brindaban torta y chocolate caliente. Llegó a comentarnos que había asistido a un velatorio muy malo y aburrido porque no le habían ofrecido ni lo uno ni lo otro.
Por eso, me pareció una contradicción que en su velorio no nos ofrecieran sino un café desabrido y medio frío. Pensé que Hernán estaría muy bravo si supiera que él, el rey de Paparo, no había tenido un velatorio como los que le gustaban. Sin embargo, no me atreví a decir nada porque yo no estaba ese día para torta y chocolate caliente. Ni yo ni nadie. Tampoco nadie se podía reír: el único que podía provocar una carcajada en un velorio estaba en un ataúd en el centro de su casa. Fue la única vez que vi a Hernán inmóvil y callado. Paradójicamente ese día fue, más que nunca, el centro de atención.
El velorio culminó con una procesión por Paparo. Queríamos que Hernán paseara por última vez ese pueblo cálido y humilde en donde había vivido prácticamente toda su vida. Queríamos que visitara por última vez las esquinas y calles del que fue su reino indiscutible. Hombres y mujeres, niños y adultos, se pelearon por cargar su ataúd. Todos bailaban-caminaban al ritmo de la salsa. Cuando sonó Rebelión, una mujer gritó:
- ¡Esa es la tuya Bachaco!
Ese baile teñido de tristeza me conmovió, pero no me atreví a unirme. Los habitantes de Paparo, como todos los pobladores de Barlovento, tienen un ritmo de caderas prodigioso que es difícil de imitar. Me consolé con decirle adiós a Hernán de la manera tradicional: desde el silencio. Le dije que nunca lo olvidaríamos, que había sido tan importante para nosotros que su muerte se llevaba los mejores años de nuestra infancia y juventud. También se llevaba las risas más sinceras y un sinfín de historias extraordinarias. Tuve la certeza de que con su muerte el tiempo pasaría y retomaría su curso normal, ya no sería una falacia sino una sentencia que nos condenaba a envejecer irremediablemente. El milagro de la eterna juventud se lo llevaba él, que en nuestros recuerdos nunca tendrá más de treinta y tres años.
Siempre que pienso en Hernán no puedo evitar esbozar una sonrisa. En mi diccionario personal, él nunca dejará de ser un sinónimo de alegría. A veces también pienso que esos mismos espíritus y espantos que lo aterrorizaron en vida lo recibieron con una bienvenida calurosa para que dejara de tenerles miedo. Quise y quiero creer que gracias a nuestras memorias y recuerdos, Paparo nunca dejará de ser su reinado y él jamás dejará de ser el rey. Y no dudo que aún queda mucho de Hernán en esta tierra: su legado de risas, historias felices y amigos incondicionales que mientras estemos con vida jamás podremos olvidarlo.
Joanna Ruiz Méndez
Por eso, me pareció una contradicción que en su velorio no nos ofrecieran sino un café desabrido y medio frío. Pensé que Hernán estaría muy bravo si supiera que él, el rey de Paparo, no había tenido un velatorio como los que le gustaban. Sin embargo, no me atreví a decir nada porque yo no estaba ese día para torta y chocolate caliente. Ni yo ni nadie. Tampoco nadie se podía reír: el único que podía provocar una carcajada en un velorio estaba en un ataúd en el centro de su casa. Fue la única vez que vi a Hernán inmóvil y callado. Paradójicamente ese día fue, más que nunca, el centro de atención.
El velorio culminó con una procesión por Paparo. Queríamos que Hernán paseara por última vez ese pueblo cálido y humilde en donde había vivido prácticamente toda su vida. Queríamos que visitara por última vez las esquinas y calles del que fue su reino indiscutible. Hombres y mujeres, niños y adultos, se pelearon por cargar su ataúd. Todos bailaban-caminaban al ritmo de la salsa. Cuando sonó Rebelión, una mujer gritó:
- ¡Esa es la tuya Bachaco!
Ese baile teñido de tristeza me conmovió, pero no me atreví a unirme. Los habitantes de Paparo, como todos los pobladores de Barlovento, tienen un ritmo de caderas prodigioso que es difícil de imitar. Me consolé con decirle adiós a Hernán de la manera tradicional: desde el silencio. Le dije que nunca lo olvidaríamos, que había sido tan importante para nosotros que su muerte se llevaba los mejores años de nuestra infancia y juventud. También se llevaba las risas más sinceras y un sinfín de historias extraordinarias. Tuve la certeza de que con su muerte el tiempo pasaría y retomaría su curso normal, ya no sería una falacia sino una sentencia que nos condenaba a envejecer irremediablemente. El milagro de la eterna juventud se lo llevaba él, que en nuestros recuerdos nunca tendrá más de treinta y tres años.
Siempre que pienso en Hernán no puedo evitar esbozar una sonrisa. En mi diccionario personal, él nunca dejará de ser un sinónimo de alegría. A veces también pienso que esos mismos espíritus y espantos que lo aterrorizaron en vida lo recibieron con una bienvenida calurosa para que dejara de tenerles miedo. Quise y quiero creer que gracias a nuestras memorias y recuerdos, Paparo nunca dejará de ser su reinado y él jamás dejará de ser el rey. Y no dudo que aún queda mucho de Hernán en esta tierra: su legado de risas, historias felices y amigos incondicionales que mientras estemos con vida jamás podremos olvidarlo.
Joanna Ruiz Méndez
martes, mayo 17, 2011
En el tiempo de Hernán
A Hernán lo conocí cuando tenía tres años. Mentiría si digo que me acuerdo de él en ese momento, pero ciertamente a él nunca se le olvidó que me conoció siendo una bebé. Por esa razón siempre me llamó Joannita, incluso cuando yo ya había pasado los dieciocho años y era casi de su estatura.
Durante el transcurso de nuestra amistad, Hernán me asustó con sus historias de espíritus y fantasmas. Se reunía conmigo y mis hermanos por las noches para relatarnos cosas que le habían pasado a él, a su papá, a un amigo y al conocido de un amigo. Todas terminaban en un hecho sorprendente que nos erizaba la piel y nos llenaba las noches de sustos y pesadillas. A medida que crecimos, nos dimos cuenta la característica común de las historias de Hernán: la falta de luz. Según él, su papá le aseguró que los fantasmas aparecían en Paparo de forma más frecuente antes de la llegada de la luz eléctrica y a él siempre lo sorprendían en la oscuridad de un canal mientras estaba pescando. Aunque parecía existir una explicación racional para tanto espanto, nosotros optamos por omitirla; solo así pudimos seguir deleitándonos con esos relatos que nunca dejaron de llenarnos de un susto sabroso.
Pero no todo eran fantasmas: Hernán también contaba historias divertidas y tenía un repertorio de anécdotas imposibles de creer pero fascinantes de escuchar. Además podía deslumbrarnos con una conversación inteligente que lo mismo trataba de cultura pop, historia o ciencia. Era analítico y discernía con inteligencia hechos y discursos de la actualidad política. Generalmente estaba un paso por delante en todas las discusiones y argumentaba tan bien sus opiniones e ideas que era difícil rebatirlas.
Generalmente desenvuelto, Hernán a veces era tímido con nosotros. Cuando íbamos a Paparo después de mucho tiempo de ausencia, llegaba a visitarnos con una solemnidad inusual en él. Bastaba con que alguien le recordara una anécdota vieja, para que echara a reírse y volviera a ser el mismo de siempre. Era en ese momento en que yo sentía que el tiempo era una falacia que inventaron para hacernos envejecer. Era como si los tres meses o dos años en los que no nos habíamos visto fueran un cálculo sin sentido. El tiempo no pasaba: bastaba con que Hernán me llamara Joannita y yo volvía a tener tres años otra vez. El tiempo no podía incidir en un hombre como él y tampoco en nosotros cuando estábamos a su lado.
Joanna Ruiz Méndez
Durante el transcurso de nuestra amistad, Hernán me asustó con sus historias de espíritus y fantasmas. Se reunía conmigo y mis hermanos por las noches para relatarnos cosas que le habían pasado a él, a su papá, a un amigo y al conocido de un amigo. Todas terminaban en un hecho sorprendente que nos erizaba la piel y nos llenaba las noches de sustos y pesadillas. A medida que crecimos, nos dimos cuenta la característica común de las historias de Hernán: la falta de luz. Según él, su papá le aseguró que los fantasmas aparecían en Paparo de forma más frecuente antes de la llegada de la luz eléctrica y a él siempre lo sorprendían en la oscuridad de un canal mientras estaba pescando. Aunque parecía existir una explicación racional para tanto espanto, nosotros optamos por omitirla; solo así pudimos seguir deleitándonos con esos relatos que nunca dejaron de llenarnos de un susto sabroso.
Pero no todo eran fantasmas: Hernán también contaba historias divertidas y tenía un repertorio de anécdotas imposibles de creer pero fascinantes de escuchar. Además podía deslumbrarnos con una conversación inteligente que lo mismo trataba de cultura pop, historia o ciencia. Era analítico y discernía con inteligencia hechos y discursos de la actualidad política. Generalmente estaba un paso por delante en todas las discusiones y argumentaba tan bien sus opiniones e ideas que era difícil rebatirlas.
Generalmente desenvuelto, Hernán a veces era tímido con nosotros. Cuando íbamos a Paparo después de mucho tiempo de ausencia, llegaba a visitarnos con una solemnidad inusual en él. Bastaba con que alguien le recordara una anécdota vieja, para que echara a reírse y volviera a ser el mismo de siempre. Era en ese momento en que yo sentía que el tiempo era una falacia que inventaron para hacernos envejecer. Era como si los tres meses o dos años en los que no nos habíamos visto fueran un cálculo sin sentido. El tiempo no pasaba: bastaba con que Hernán me llamara Joannita y yo volvía a tener tres años otra vez. El tiempo no podía incidir en un hombre como él y tampoco en nosotros cuando estábamos a su lado.
Joanna Ruiz Méndez
lunes, mayo 16, 2011
El rey de Paparo
A Hernán Rondón
Se llamaba a sí mismo el rey del Cocosette. Hernán cargaba varios paquetes de esa galleta en sus bolsillos y erigió un inusual reino en el que él era el máximo gobernante. Nunca supimos si se las comió todas o las cargaba por aparentar, pero ante la evidencia nadie se atrevió a disputarle el poderío durante su reinado.
Tampoco nadie se atrevió a robarle el puesto de echador de cuentos en las reuniones, convites y velatorios que se realizaban en el pueblo. Hernán llegaba a todas partes con una seriedad que disimulaba el torrente de anécdotas graciosas que le poblaban la mente y el verbo. Poco duraba el disimulo: pronto esbozaba una sonrisa, elegía un puesto estratégico y se ponía a hablar. Y era ahí cuando comenzaba la fiesta, incluso en los velorios. Hernán hacía reír a todo el mundo con sus cuentos, chistes e historias que aderezaba con su gracia particular. Los niños, adultos y ancianos gozaban con ese rural stand up comedy que no tenía competencia ni en Paparo ni en sus alrededores.
Mi amigo poseía, además, una particular habilidad en los juegos de mesa. Hernán era un virtuoso repartiendo las cartas, de tal forma que siempre se quedaba con las mejores y le daba a sus competidores las que quedaban. Fue él quien me enseñó un juego llamado Burro, que consistía en intercambiar naipes con los demás jugadores hasta quedarse con cuatro de la misma pinta. El primero en lograrlo debía poner la mano en el centro de la mesa, gritar BURRO y esperar a que los demás pusieran la mano encima de la suya. El que la ponía de último se ganaba una letra de la palabra burro y perdía el juego completo el que primero la completara.
El juego descrito así parece bastante civilizado, pero puedo afirmar con conocimiento de causa que incitaba a la violencia. Recuerdo que en unas vacaciones, dos amigos, Hernán y yo decidimos jugar el famoso Burro. Lo que comenzó como una forma de pasar el rato se convirtió en un delirio frenético en que todos terminamos arrancándonos las cartas de las manos, revisándolas una a una con la esperanza de juntar las cuatro de la misma pinta y lanzándolas por los aires si no nos servían. No todos caímos en el salvajismo; Hernán se relajó y se reía de vernos pues casi siempre repartía las cartas y por ende usualmente ganaba, aunque a veces para aumentar el frenesí lanzaba la mano al centro de la mesa y gritaba cosas como POLLITO, solo para vernos lanzar las manos como unos salvajes encima de la suya. A pesar de su risa y actitud, nos dimos cuenta bastante tarde que Hernán solo se estaba divirtiendo a costa nuestra.
Si en las cartas era un maestro, en el dominó no se quedaba atrás. Lo único que podía descolocarlo, y bastante, era tener un compañero que jugara mal. Allí se ponía serio, sudaba y hacía comentarios extrañamente pesimistas. Hernán ligaba directamente su dignidad al juego de dominó y consideraba cada derrota como un fracaso personal que le costaba superar. De tantas veces de ser su compañera, meter la pata y recibir sus críticas mordaces, yo también aprendí a jugar dominó bien. Creo que también se me pegó de él esa rara forma de ligar el honor y el dominó y hasta hoy es el único juego en el que me vuelvo verdaderamente competitiva.
Hernán también se destacaba en el baile y afirmaba que en las fiestas debía quitarse las mujeres a sombrerazos porque todas querían ser su pareja. Nunca lo vimos bailando, pero algunos habitantes del pueblo nos aseguraron que “el Bachaco”, como lo llamaban, no exageraba cuando presumía de su ritmo insuperable. Al parecer su especialidad era la salsa y su canción favorita era Rebelión de Joe Arroyo.
De tan bueno que era en casi todo, Hernán no solo era el rey del Cocosette; de alguna forma, también poseía un reino en Paparo. Me atrevo a decir que era el personaje más popular del pueblo porque iba sembrando a su paso historias hilarantes, juegos divertidísimos y un sinfín de risas y sonrisas. Definitivamente, era el rey.
Joanna Ruiz Méndez
lunes, abril 04, 2011
Antología de la ciudad naviera: cuentos de Puerto Peregrino
El chileno Óscar Barrientos Bradasic ha descrito a Puerto Peregrino en varias de sus obras: El viento es un país que se fue, Remoto navío con forma de ciudad y El diccionario de las veletas y otros relatos portuarios. La Antología de la ciudad naviera: cuentos de Puerto Peregrino, publicado por la Fundación Editorial El Perro y la Rana, es una compilación de historias que giran en torno a esta ciudad mágica, nostálgica e inexistente.
Esta compilación de cuentos nos sitúa en Puerto Peregrino “una ciudad costera que se encuentra en el extremo de una isla” y está “sembrada de fantasmas y sentimientos vagabundos”.
En esta compilación la unidad temática es la metáfora. En Puerto Peregrino nada es lo que parece, todo realidad es pasada por el tamiz de la nostalgia por un escritor que logra ver lo hermoso y descubrir lo mágico en la rutina a pesar de sus tristezas y decepciones. Toda persona, objeto y vivencia trasmuta en un símbolo, en una palabra significativa en ese diccionario de las veletas que define a Puerto Peregrino.
En esta ciudad hay cabida para todo: los autores se consiguen con los personajes de sus obras, mujeres imposibles alimentan amores absurdos e infinitos y hay un poeta que convive con dos sombras. Los bares son lugares de encuentros y despedidas, rincones de ausencias y corredores a mundos paralelos. El licor en abundancia, como siempre, una excusa para evadir la profunda soledad. Los personajes se apropian de la añoranza y nostalgia de su territorio y se convierten en individuos perdedores y perdidos, herederos de una melancolía eterna que los hace transitar entre los límites de la realidad y el sueño.
Quizás sea mejor dejar en palabras de Barrientos la definición de la ciudad que ha creado: “Puerto Peregrino es una ciudad intertextual construida en función de la palabra, quizás apelando a la vieja e inútil tentativa de cambiar la realidad por la vía del lenguaje. Esta ciudad tiene elementos que se vinculan a la naturaleza catastrófica de la geografía austral y es habitada por seres tan derrotados como infrecuentes. Creo que Puerto Peregrino se va ensanchando en mi imaginación. Tiene un sentido muy portuario y melancólico, a la manera de las novelas de Salvador Reyes o Francisco Coloane, pero también aspectos que bien podrían denominarse posmodernos como un relato de Calvino o P.K.Dick.”.
Sinceramente, pasé un rato agradable leyendo estos cuentos de Puerto Peregrino. Aunque a veces se me hacía forzado el excesivo uso de metáforas, es un tipo de literatura diferente que sorprende gratamente. Me parece acertado que el conjunto de historias, aunque fueran insertas originalmente en obras diferentes, mantengan una atmósfera similar y consistente. Espero que Puerto Peregrino se siga ensanchando en la imaginación de Barrientos y que nos siga regalando estas historias divertidas, melancólicas y especiales de una ciudad inexistente pero aún así, infinitamente real.
Joanna Ruiz Méndez
Se pueden leer la obra en el siguiente link: http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/los_rios_profundos/contemporaneos/antologiadelaciudadnaviera.pdf
Fuentes de consulta:
Óscar Barrientos Bradasic. Escribir desde la Patagonia. Publicada en revista Punto Final Nº 697 (octubre 30/ 2009). Disponible en: http://lavquen.tripod.com/entrevistaaoscarbarrientosb.htm
Das Kapital Ediciones. Disponible en: http://daskapitalediciones.wordpress.com/category/autores/oscar-barrientos-bradasic/
En esta compilación la unidad temática es la metáfora. En Puerto Peregrino nada es lo que parece, todo realidad es pasada por el tamiz de la nostalgia por un escritor que logra ver lo hermoso y descubrir lo mágico en la rutina a pesar de sus tristezas y decepciones. Toda persona, objeto y vivencia trasmuta en un símbolo, en una palabra significativa en ese diccionario de las veletas que define a Puerto Peregrino.
En esta ciudad hay cabida para todo: los autores se consiguen con los personajes de sus obras, mujeres imposibles alimentan amores absurdos e infinitos y hay un poeta que convive con dos sombras. Los bares son lugares de encuentros y despedidas, rincones de ausencias y corredores a mundos paralelos. El licor en abundancia, como siempre, una excusa para evadir la profunda soledad. Los personajes se apropian de la añoranza y nostalgia de su territorio y se convierten en individuos perdedores y perdidos, herederos de una melancolía eterna que los hace transitar entre los límites de la realidad y el sueño.
Quizás sea mejor dejar en palabras de Barrientos la definición de la ciudad que ha creado: “Puerto Peregrino es una ciudad intertextual construida en función de la palabra, quizás apelando a la vieja e inútil tentativa de cambiar la realidad por la vía del lenguaje. Esta ciudad tiene elementos que se vinculan a la naturaleza catastrófica de la geografía austral y es habitada por seres tan derrotados como infrecuentes. Creo que Puerto Peregrino se va ensanchando en mi imaginación. Tiene un sentido muy portuario y melancólico, a la manera de las novelas de Salvador Reyes o Francisco Coloane, pero también aspectos que bien podrían denominarse posmodernos como un relato de Calvino o P.K.Dick.”.
Sinceramente, pasé un rato agradable leyendo estos cuentos de Puerto Peregrino. Aunque a veces se me hacía forzado el excesivo uso de metáforas, es un tipo de literatura diferente que sorprende gratamente. Me parece acertado que el conjunto de historias, aunque fueran insertas originalmente en obras diferentes, mantengan una atmósfera similar y consistente. Espero que Puerto Peregrino se siga ensanchando en la imaginación de Barrientos y que nos siga regalando estas historias divertidas, melancólicas y especiales de una ciudad inexistente pero aún así, infinitamente real.
Joanna Ruiz Méndez
Se pueden leer la obra en el siguiente link: http://www.elperroylarana.gob.ve/phocadownload/los_rios_profundos/contemporaneos/antologiadelaciudadnaviera.pdf
Fuentes de consulta:
Óscar Barrientos Bradasic. Escribir desde la Patagonia. Publicada en revista Punto Final Nº 697 (octubre 30/ 2009). Disponible en: http://lavquen.tripod.com/entrevistaaoscarbarrientosb.htm
Das Kapital Ediciones. Disponible en: http://daskapitalediciones.wordpress.com/category/autores/oscar-barrientos-bradasic/
domingo, febrero 20, 2011
Cartagena de Indias, una vez...
En gastronomía, la ciudad me sorprendió gratamente: Cartagena sabe a coco. Supe que la gastronomía del lugar me iba a encantar cuando descubrí que esta fruta es el principal ingrediente de muchos platos. Comí langostinos con coco, acompañado de arroz con coco, mientras me bebía una deliciosa limonada con coco. De postre, por supuesto, no pude evitar un delicioso flan de coco que terminó de impregnar en mi paladar ese dulce sabor que tanto me gusta. El coco me persiguió hasta las Islas del Rosario, un archipiélago deslumbrante que queda a 45 minutos de Cartagena. Allí, mientras degustaba un pescado frito con arroz con coco, pude disfrutar de la impresionante visión de unas aguas azules que desafían la definición de cristalino. Un paisaje para el recuerdo y que hay que visitar al menos una vez en la vida.
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sábado, febrero 19, 2011
Cartagena: magia, historia y mapalé
“…me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”. Gabriel García Márquez
Hace un mes viajé a Colombia por motivos laborales y admito que me encantó. Volví a la Bogotá de gastronomía deliciosa, de calles anchas e históricas, de gente amable que te trata tan bien que te hace sentir descolocado porque uno no está acostumbrado a tanta gentileza. En fin, volví a la ciudad donde crecieron mis padres y en la que viví hace dos años unas navidades inolvidables.
Pero yo he hablado de Bogotá en este blog. Me gustaría contarles algo de Cartagena, mi segundo destino en este viaje y a la que no conocía.
No hablaré mucho de la cara urbana de Cartagena, porque no tuve oportunidad de conocerla muy bien. Solo repetiré lo que uno de mis compañeros decía: es un hermoso perfil arquitectónico. En cambio, si pude recorrer el centro histórico varias veces y llegué a la conclusión de que es un lugar para caminar largamente y perderse con placer. Al transitar por ese territorio resguardado por las murallas sentí que recorría los caminos de una historia bien contada, en donde predomina el realismo mágico y el encanto de tiempos antiguos. Algunos lugares característicos son Las Bóvedas, la Torre del Reloj, la Catedral y el Templo y Plaza de San Pedro Claver.
Este centro histórico también es un universo cultural en donde uno se tropieza en cada esquina con galerías y museos, estatuas vivientes y bailarines de mapalé.
Admito que lo del mapalé fue lo que más me llamó la atención. Esta danza afrocolombiana consiste en un intercambio de baile, seducción y cadencia entre el hombre y la mujer, que termina en un movimiento frenético de cintura, caderas y cuerpo entero al ritmo de los tambores. Los bailarines se mueven al son de una música que viene de las profundidades de la tierra, del océano y del centro de su alma, todo al mismo tiempo. No sé si es un baile que cualquiera pueda aprender, aunque a mí me gustaría. Siento que el mapalé además de sorprendente debe ser extremadamente liberador.
Mañana contaré un poco más de esa Cartagena que le dio a García Márquez la sensación de volver a nacer. Y es que la ciudad, además de histórica y cultural, también posee el don de recrear lo extraordinario.
Joanna Ruiz Méndez
Hace un mes viajé a Colombia por motivos laborales y admito que me encantó. Volví a la Bogotá de gastronomía deliciosa, de calles anchas e históricas, de gente amable que te trata tan bien que te hace sentir descolocado porque uno no está acostumbrado a tanta gentileza. En fin, volví a la ciudad donde crecieron mis padres y en la que viví hace dos años unas navidades inolvidables.
Pero yo he hablado de Bogotá en este blog. Me gustaría contarles algo de Cartagena, mi segundo destino en este viaje y a la que no conocía.
No hablaré mucho de la cara urbana de Cartagena, porque no tuve oportunidad de conocerla muy bien. Solo repetiré lo que uno de mis compañeros decía: es un hermoso perfil arquitectónico. En cambio, si pude recorrer el centro histórico varias veces y llegué a la conclusión de que es un lugar para caminar largamente y perderse con placer. Al transitar por ese territorio resguardado por las murallas sentí que recorría los caminos de una historia bien contada, en donde predomina el realismo mágico y el encanto de tiempos antiguos. Algunos lugares característicos son Las Bóvedas, la Torre del Reloj, la Catedral y el Templo y Plaza de San Pedro Claver.
Este centro histórico también es un universo cultural en donde uno se tropieza en cada esquina con galerías y museos, estatuas vivientes y bailarines de mapalé.
Admito que lo del mapalé fue lo que más me llamó la atención. Esta danza afrocolombiana consiste en un intercambio de baile, seducción y cadencia entre el hombre y la mujer, que termina en un movimiento frenético de cintura, caderas y cuerpo entero al ritmo de los tambores. Los bailarines se mueven al son de una música que viene de las profundidades de la tierra, del océano y del centro de su alma, todo al mismo tiempo. No sé si es un baile que cualquiera pueda aprender, aunque a mí me gustaría. Siento que el mapalé además de sorprendente debe ser extremadamente liberador.
Mañana contaré un poco más de esa Cartagena que le dio a García Márquez la sensación de volver a nacer. Y es que la ciudad, además de histórica y cultural, también posee el don de recrear lo extraordinario.
Joanna Ruiz Méndez
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