martes, febrero 02, 2010

Algo sobre los toros

A pesar de que no comparto totalmente el punto de vista de la autora de este artículo, sí me llegó totalmente su mensaje. En parte porque, como ella, estoy totalmente en contra de las corridas de toros. Mejor dicho, las odio. Ella no las odia y durante un tiempo fue una fanática empedernida de la llamada fiesta brava. Pero ya no. Ella critica las corridas de toros con dolor, con conciencia, con motivos y con conocimiento de causa, como para callarle la boca a todos los fanáticos de esta terrible tradición que tratan de incultos e ignorantes a todo el que es enemigo de la tauromaquia. El artículo está escrito por la periodista María Paulina Ortiz y fue publicado en la revista colombiana Carrusel.

El llanto del toro

Si hubiera escrito este texto cuatro años atrás, lo habría hecho en el otro lado de esta página. La que corresponde "a favor". Soy una ex aficionada a los toros. No arrepentida, porque la pasé muy bien como seguidora de esta fiesta y, mientras la afición duró, viví con entusiasmo sus alegrías pre y post, sus condumios y sus remates, y disfruté lo alegre y también lo trágico del espectáculo de toro y torero en la arena. Pero se acabó. Recuerdo una frase de Ernest Hemingway en su maravilloso libro Muerte en la tarde: "Dos condiciones son necesarias para que a un país le gusten las corridas de toros. Una de ellas es que en ese país se críen toros, y la otra es que al pueblo le interese la muerte". Quizá fue eso. Que dejó de interesarme la muerte. Y esto, en la plaza, empezó por cuenta de un sonido.
La afición llegó de familia. Recuerdo una niñez con sabor a fiesta brava en cada fin y principio de año. Es decir, no era una de esas espectadoras casuales que llegaban -llegan- a la Santamaría a dejarse ver como si fuera la zona rosa. Y encontré en el camino amigos con quienes compartir el mismo placer por los olés gritados a buen tiempo. (Uno de ellos escribe aquí, precisamente, al otro lado de esta página). Cómo decir que no gocé con lo estético de la fiesta, sus colores, sus rituales y, claro, con los toreros. Pero, aunque suene ingenuo, una tarde vi todo desde el otro lado de la fiesta. El del toro. Y lo bello murió. "Entre el crimen airoso del capote, para ti fue el dolor, para él la gloria", escribió el poeta Miguel Hernández en su Elegía al toro. Eso.
Sucedió una tarde en la Santamaría, cuando fui a hacer un reportaje sobre el médico de César Rincón, Rafael Riveros, y me senté en el callejón. Era la primera vez que veía la corrida desde ese lugar; por lo general compraba entradas para filas bajas de sombra cuyo precio, por cierto, me dejaba sin nada en los bolsillos. Ese día, desde ahí, no vi al torero: vi al toro. Y sobre todo: lo oí. Sus gemidos de dolor, de sufrimiento, constantes, graves, en cada tercio de la faena, que me habían resultado inaudibles desde mi tradicional ubicación. Percibí lo grotesco que también puede llegar a ser todo eso. Entiendo que un argumento de los taurinos es que el toro de lidia ya no existiría si se acabaran las corridas. Pero no me parece lógico mantenerlo para acabarlo así. En fin. Aquella tarde no disfruté del espectáculo. Es más, dejó de parecerme espectáculo. Me aburrí (y eso que esa tarde no llovió, casi infaltable en temporadas bogotanas). Me cansé.
Siento que las corridas son algo que ya sobra en el mundo. Hoy ya no soportaría dos o tres horas sentada a la espera de un buen derechazo. No lo haría ni siquiera si se tratara de esperar apenas un minuto. No me he vuelto parte, sin embargo, de los fanáticos opositores que esperan en las puertas de las plazas para lanzarles huevos y madrazos a los aficionados. No. Pero ya no aguanto ver ni en repetición televisiva una espada entrando en el toro. No me parece algo para estos tiempos, como tantas otras cosas que a pesar de eso seguirán existiendo. Que sigan su camino los aficionados. No recibirán de mí una crítica. Pero no puedo ir contra mis emociones. Y una plaza de toros no me volverá a entusiasmar.

María Paulina Ortiz

Extraído de la revista Carrusel. Puede encontrarse aquí:

(En este link también puede leerse un artículo a favor de la tauromaquia, que es a la vez una predicción sobre el final inminente de la fiesta brava. No está de más leerlo).


Joanna Ruiz Méndez

miércoles, enero 06, 2010

Volver

Volver es entender que los semáforos están de adorno. Es devolver las horas que se tomaron prestadas a la felicidad infinita. Volver es una cola eterna. Es respirar smog y más smog. Volver es resignarse al concreto. Es olvidarse del verde. Es entregarse al calor que se vuelve infierno cuando entras al Metro en la hora pico. Es saber que puede no haber electricidad o agua o ninguna de las dos cosas. Es caminar sobre un precipicio a toda hora. Es no sentirse seguro. Es volver a pelear con los motorizados. Volver es saber que todo ha cambiado en apariencia. Y que todo sigue siendo igual, en esencia.
Volver duele. Y es un dolor raro este que se siente cuando se vuelve a casa.

Joanna Ruiz Méndez

martes, enero 05, 2010

Propósitos

Aunque la finalidad inicial de este blog era escribir reseñas sobre libros, no pretendí nunca hacerla una finalidad exclusiva. Es por eso que he escrito algunos cuentos, opiniones, anécdotas de viaje. Creo que eso lo expuse en mi primera entrada, pero me gustaría explicar porque he abandonado las recomendaciones de libros en el blog. La razón es simple: los primeros seis meses del año se me fueron en tesis y los seis meses en Vancouver me alejaron de los libros en español y me acercaron a la parte más superficial de la literatura anglosajona. Fue la única que pude digerir completamente con mi no todavía super avanzado inglés.
Como los comienzos de años son buenísimos para proponerse cosas, yo propongo retomar la faceta abandonada de mi blog. Y por supuesto, continuar con este espacio llamado Lea que algo queda que invita a leer de todo y sobre todo, incluyendo este blog.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, diciembre 14, 2009

Y llegó la nieve

Vancouver por fin se rindió ante el invierno.
Mis sospechas comenzaron hace menos de dos semanas, cuando la grama amaneció blanca. Los rayos de sol deshicieron esa prueba, pero no pudieron ocultar el frío intenso que comenzó sentirse hasta en el alma. El frío, frío se volvió helado y nos arropó la cara con un beso escarchado.
Hasta que el viernes, finalmente, comenzó a nevar. Una nievecita de nada, no duró ni hora y pasó medio desapercibida por todos, que veíamos en las noticias como otras ciudades de Canadá estaban siendo azotadas por tormentas de nieve y un frío inclemente. Es mejor ni quejarse: en comparación con otras ciudades, Vancouver está en verano.
Pero hoy finalmente nevó con todas las de la ley. Nevó por horas y el mundo se volvió blanco. Ya es invierno en Vancouver. Y aunque desconozco vivir una rutina en este universo congelado, prefiero mil veces esta Vancouver a la que lloraba intensamente unas semanas atrás.
La nieve -bien vendida por las películas estadounidenses- siempre ha estado en nuestro imaginario colectivo tropicalísimo. Tenemos imágenes de navidades blancas desde que somos niños, aunque nuestras navidades no tengan nada que ver con este frío y con este blanco. Es por eso que esta nevada, la primera de mi vida, me suena a algo conocido, me trae recuerdos de momentos inexistentes pero felices de mi niñez y me da la posibilidad de jugar nuevamente. Porque, díganme lo que me digan, en la nieve todos somos un poco niños otra vez.
Ya veremos cómo me va en la Vancouver de blanco inmaculado, en la ciudad que dejó de luchar para rendirse, hermosa, ante este esplendido invierno.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, noviembre 30, 2009

Frío, frío

Las tazas de café son un must have cada día. También las de chocolate y té. Todo caliente por supuesto, ya no estamos en los soleados días de verano en que hasta la sopa se consigue frappé. Vancouver se ha convertido en una ciudad fría y depresiva que llora absolutamente todos los días.
Sin embargo, lo que más me pesa no es la lluvia: son los árboles. La Maga se preguntaba por qué los árboles se abrigan en verano y yo estoy comenzando a preguntarme, en cambio, porqué se desnudaron en este otoño friísimo que poco a poco se va transformando en invierno. Atrás quedaron los días de hojas naranjas, rojas, rosadas y amarillas que llenaron de color y nostalgia los primeros días de la estación.
Me parece lejana la visión de la ciudad cálida que me recibió 5 meses atrás. El verano, el sol y el calor me parecen sueños sacados de otro mundo y otra dimensión. Sin embargo, sé que en unos meses la ciudad volverá a iluminarse, los árboles volverán a vestirse, la gente volverá a acostarse en la arena y en la grama para recibir el bronceado de sus vidas. Y aunque yo no estaré aquí, tendré esa visión feliz en mi cabeza mientras yo misma me rindo a otro sol y otro verano, el eterno, que existe en mi país.

Joanna Ruiz Mendez

miércoles, octubre 14, 2009

Acento

- Que no es rrred: di ggrrred. Ruge como un león.
Al principio decidí que conservaría mi acento, ese que me identifica como venezolana, específicamente como caraqueña. Pero que va. Es una cosa rarísima ese mayyybe, hiiii, whyyy. Es el mismo que uso para decir chiiico, chaaaama, coooonchale. No pega. Me di cuenta rápido, afortunadamente, y es por eso que tomo esta clase de pronunciación: no quiero matar dos idiomas al mismo tiempo.
Pero cuesta tanto. Catorce sonidos para 6 vocales. I o iiii. Ouuu o o. Aaaaa o aa. Que sonrías. Abre más la boca. Ciérrala. Que ahora es una vocal larga. Es una i corta. ¿Te olvidaste de la entonación?
- Que no es rrred.
Le comenté a mi profesora que tengo problemas para decir Skytrain. Mejor dicho, creo que tengo problemas, porque yo juro que lo digo bien pero ningún canadiense me entiende. Es que tienes que decir Ssssskytrain. Voy a probar, aunque no esté perdida, voy a preguntar por ese Sssskytrain que está tan lejos de una ciudad llamada Caracas que no duerme nunca y guarda secretos horribles y recuerdos maravillosos. Y también secretos maravillosos y recuerdos horribles.
- Que no es rrred.
Al principio la lengua se estira, se enrolla, quiere encontrar acomodo en ese nuevo idioma, quiere reconocerse en ese movimiento tan diferente al de siempre: al de un baile caribeño en la boca, con música y fiesta incluida. Trata de rugir en esa nueva R que no entiende de rosas, romance y noches de ronda.
- Que no es rrrred. Se pronuncia ggrrr. Ruge. Como un león.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, septiembre 20, 2009

Trueque

"Cambiando lo amargo por miel
y la gris ciudad
por ROSAS"

Viernes 3 A.M., Serú Girán