martes, marzo 10, 2009

Reflexiones en un taxi

“Buenas noches señor. Me lleva para. ¿Cuánto es? Está bien”.
Ya no puedo decirle que me parece demasiado caro. Estoy montada aquí, en el taxi del señor y prácticamente, siento que mi vida depende de él. De que sea bueno, de que me lleve a mi destino. Por eso si peleo, peleo antes de montarme. Nunca cuando ya lo he hecho. Como diría CAP, sería un autosuicidio. AUTO-SUICIDIO. Literalmente.
Este hombre no habla. Pone música suave, casi imperceptible. Es un señor de unos 50 años, es bastante gordo y tiene un bigote finito. Es el contraste, no el equilibrio, lo que me llama la atención. Pero claro, sólo me fijo en eso para apartar esta molestia. Esta sensación que me entra cada vez que salgo de noche. Me entra un miedo que se me agazapa en el estómago en un punto que se conecta directamente con los lagrimales. Me entran unas ganas de llorar demasiado horribles pues. Y me da rabia. Si se supone que voy a rumbear, a disfrutar en grande, a bailar, a ver amigos y me reiré muchísimo en el futuro ¿por qué me siento así ahora? Claro, el futuro nada tiene que ver con este presente melancólico y feo. Pero igual. Me da rabia y tristeza y ganas de llorar. Por eso analizo al taxista gordito, que sigue en silencio y probablemente no se imagina lo que yo, también en silencio, pienso en este momento.
Tal vez tiene que ver la ciudad. La ciudad hostil, de día y de noche, que esconde unos secretos horribles. Yo sé que Yordano se enamoró en una noche como esta, de la noche en esta ciudad, de la luna y las estrellas que se ven en la noche de esta ciudad. Pero a mi me da miedo esta noche, que promete más desgracias que bendiciones. Yo sé que igual de peligroso es el día, pero todo da más miedo cuando se esconde el sol. Es el miedo infantil a la oscuridad, a saberse solo entre las sombras, al monstruo que se esconde debajo de la cama y que al parecer sólo nosotros podemos ver.
Pero claro, también me da miedo agarrar taxi, así sea de línea. Porque todas las mujeres en esta ciudad nos montamos en un taxi con miedo, por la idea de que nos pueden violar. Que ese señor que está en el volante, es un pervertido. Que los seguros de la puerta se cerrarán para siempre y no podremos salir de ese carro por más que queramos. Siempre nos imaginamos en las páginas de sucesos cuando nos montamos en un taxi, aunque sea un pensamiento fugaz. O a lo mejor, es una paranoia mía que aplico al colectivo. A lo mejor yo soy la miedosa. La que no deja de ver los seguros, al señor, las posibles salidas. Esto es peor que una película de terror. Es peor que Chucky, que una poseída malhumorada, que un vampiro hambriento. Este miedo es peor, porque no me protege una pantalla. Esto es la vida real, aquí si salpica la sangre. Y de que forma.
Sí, creo que es la vida en esta ciudad. En esta ciudad que se ha convertido en un matrimonio demasiado largo y demasiado malo. Esta ciudad a la que estoy a punto de pedirle el divorcio. No puedo vivir con esta inseguridad, con este miedo. No puedo dejarle todo el trabajo a la bendición que me echa mi mamá cada vez que salgo de la casa. No quiero esta opresión en el pecho cuando decido salir de mi casa en la noche. No quiero sentir que en el futuro me espere un “¿por qué saliste? Tú sabes lo peligroso que está todo. Estabas tan bien en la casa y…” Que me lo puede decir alguien o me lo puedo decir yo misma. Es este toque de queda decretado por el instinto de supervivencia, tan real como esta vida y como esta ciudad y como mi miedo. Y como mis ganas de llorar.
Ya estoy llegando. Un par de veces me asusté porque el señor se puso creativo con la ruta. Esa es otra. Si los taxistas se van por los caminos verdes, parece una señal definitiva del triste destino que nos espera. Pero no, el señor se metió por calles solitarias pero ya llegó a donde está la movida nocturna, el bululú, la gente. La gente. La chama que apenas se viste para que todos la miren, el pana que se echa cualquier cantidad de gelatina para mantener en su sitio un peinado imposible, el perrocalentero que a esa hora recibe más clientes que en el resto del día y hace su agosto con su legión de panes, salsas y salchichas. El señor me dice que si me deja en tal esquina. Le digo que sí. Y con mi pensamiento le digo, gracias por no ser un pervertido señor, gracias por traerme sana y salva a mi destino, gracias ahora por desearme que me vaya bien. Gracias.
“Aquí tiene señor. Gracias por todo. Buenas noches”.

Joanna Ruiz Méndez

martes, marzo 03, 2009

El Viaje de la Venezolanidad (I)

Me encantó esta primera parte de la crónica de Manu, por eso hoy le cedo el espacio para que ustedes también la disfruten. Y pendientes, porque ya vienen las demás entregas de este viaje de la venezolanidad que mi amigo narra tan bien.

Pocas cosas son más venezolanas que el hecho de hacer trampa, así sea una sola vez en la vida. Colearse en algún sitio, comprar una cosa y venderla más cara, quitarle algo a alguien que lo necesite más; son tentaciones que seducen hasta al más correcto de todos los que habitan en esta tierra tropical.
Fue así como, en un impulso de esa viveza criolla que nos caracteriza y no nos deja progresar como país, decidí vender mi dignidad por cuatro palos ó 4 mil bolívares fuertes -como le dicen ahora- y coloqué en manos de otros mi cupo de dólares para viajes que por ley, me otorga CADIVI, gracias al monstruo del control de cambio.
Accedí sin más ni más, sin saber el entramado de procesos que se daban tras la promesa de un fin de semana en Curaçao, con todos los gastos pagos y en hotel de lujo. “Tú decides qué fin de semana quieres irte, luego me das 3 copias de tu cédula y tu pasaporte y el resto es un pajazo”. Esas fueron las célebres palabras que me empujaron a dar el sí.
Saqué las copias sin pensarlo mucho y me reuní con el gestor de mi viaje. Cuando estuve frente a él fue que me vinieron 500 preguntas a la cabeza que me hicieron entender la gran red de corrupción que se escondía detrás de esos cuatro melones y un viajecito gratis a las Antillas Holandesas.
Como si se tratase del crimen perfecto, Alfredo, mi gestor, me explicó el asunto. Ellos tramitaban la aprobación del cupo a través de la expedición de un boleto ficticio, según el cual yo estaría un mes en Curaçao. Luego de eso, reunían los recaudos y los entregaban en el banco, donde, gracias a un contacto, el cupo estaría aprobado en sólo 2 días.
Finalizado ese procedimiento, venía el viaje, en el que, en llegando, tenía que entregarle mi tarjeta y mi pasaporte a la prima de Alfredo, que era la que pasaba las tarjetas. Cuando ya estuviese finalizada la transacción, mis 4 millones estarían depositados en una cuenta de ahorros y la operación sería un éxito.
Después de escuchar aquella barbarie de ilegalidades, trampas y chanchullos, me sentí como un criminal, como si fuera la primera persona que estafaba al fisco, pero luego recordé la cantidad de dinero que han aprovechado los boliburgueses gracias a la revolución, y mis 4 millones se volvieron chiquitiiiiicos, como diría el mismísimo comandante. Acepté.

Manuel Quilarque

domingo, marzo 01, 2009

Fragmento

“… que son pensamientos-lugares a donde todos hemos ido de niños, algo así como Nunca Jamás. Pero me retiene, siempre me retiene, la lógica irrebatible. La certeza del dos-mas-dos-son-cuatro. La universalidad de la gravedad que me mantiene atada al suelo que piso. La fascinante complejidad de los laberintos. Por eso termino acusando a las flores de desordenadas, a las estrellas de farsantes, a lo abstracto de fallido. No es mi culpa, pero igual me quedo a medio camino entre la razón de un verso y la inspiración de un cuadrado. Una misteriosa dualidad, de origen desconocido, que sin embargo…”

Joanna Ruiz Méndez

miércoles, febrero 18, 2009

Timing

Hoy es un día para contonearse. Para COQUETEAR. Para marcar el paso e imponer el ritmo. Para asumir los riesgos de ser una diosa latina. Porque sí, te gusta el pop rock latino, pero el reggaeton se te mete por los intestinos. Gracias Calle 13, por revelar el secreto. Un peso menos y otro motivo más para menearse con gracia. Para echar una miradita, regalar una sonrisa enorme y batirse la melena. Y convertirse en un verdadero must have. En alguien irresistible.
Que bien que este día coincidió contigo. Con tu look de intelectual cool que le encanta a todas, pero que sólo es para mí. Mi mano se extiende como una curva armoniosa, pero no para marcar distancia: se convierte en un dedo largo y delgado que se posa suavemente en tu boca como la niebla en un sueño. No tiene sentido que hables. Déjame todo a mí, que hoy es mi día. No hay quien me pare, pues. O mejor habla y ponle letras a esta melodía que está en mi cabeza, en mis labios, en mi cuerpo. Haz lo que sea, porque siempre eres divino. Te ves divino. Y yo soy más divina cuando estoy contigo.
Este día es para eso. Para coquetear. Para que yo te marque el paso y tú me sigas el ritmo. Para huir de las certezas. Para que yo sea feliz con lo que tengo. La melodía y la letra. La sensación de encuentro. La completa perfección de este día a tu lado.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, febrero 16, 2009

Sobre las elecciones

Tengo muchas teorías sobre el día de ayer. Pero no tengo la inspiración ni las ganas para articular mis ideas: sospecho que cualquier cosa que escriba caerá con todo el peso de un lugar común. Ya lo poco que he leído ha caído en ese saco: sifrinos de oposición diciéndole a otros sifrinos de oposición que son unos sifrinos, chavistas sifrinos que celebran su triunfo contra los sifrinos de la oposición, chavistas felices para no contrariar la inercia de la victoria y opositores abrumados por la sospecha de trampa. Como las musas me tienen abandonada y no quiero repetir lo mil veces repetido, prefiero esperar el momento propicio para un análisis. No será difícil: en estos días, siempre existe la oportunidad de plantear un análisis. De cualquier situación. Y de cualquier persona.
Mientras les dejo esta opinión de Iván Méndez que me parece demasiado oportuna para todo el mundo. Para que nadie se caiga a mentiras. Sustentada por autores que me gustan, lo que es un motivo más para recomendarla. Aquí se las dejo:

http://vacamulticolor.wordpress.com/2009/02/16/aprender-a-leer/

Y como siempre, saque usted sus conclusiones.

Joanna Ruiz Méndez

viernes, febrero 06, 2009

Llueve en enero

Hoy el escrito no es mío, sino de mi amigo Juan Carlos. Fue un trabajo para su taller de crónica y me parece excelente. Y bellísimo. Espero lo disfruten como yo.

La sombra mausoleo me protegía del agua. Era un refugio entre el fuego y el frío; ante la muerte, la música y el llanto. Cruces, ángeles y vírgenes a la sombra del cielo, preguntaron: “¿está lloviendo en enero?”. El mármol y la tierra, desprevenidos, se ahogaron en el rocío. ¡Dios! Los muertos ya se cansaron de tanto riego.
A trece lápidas de distancia, estaba el ritual. Una caja de madera, un muerto, una pelota roja, cien botellas de anís, dos altoparlantes negros y veinte caballos con jinetes (o motos con malandros, pero déjame llamarlos caballos y a ellos, jinetes); y por supuesto, la gente.
La caja de madera arropaba al muerto. El muerto, estaba muerto, además. La pelota roja rebotaba. Los jinetes (o malandros) rodeaban la caja de madera con sus caballos ruidosos. Los altoparlantes negros escupían una elegía salsera. Las botellas de anís, besaban la boca de los jinetes y de la gente que lloraba sin darse cuenta que llovía en enero.
Al muerto que le va importar si llueve o no; ya lo dije, había muerto. Quizá le hubiese importado hace 27 horas, antes que el plomo devorara sus sesos ¿O alguien cree que puede razonar teniendo cabeza de plomo?
Y los jinetes con sus caballos (y algunos sin estos), sacaron de las cinturas, sus instrumentos de fuego para acompañar el coro del réquiem. Tocaron su melodía de luces y percusiones que devoran la carne, los huesos, los sesos. No era la novena de Beethoven, pero ellos no lo hubieran notado tampoco. Así como no notaron el reclamo de los destellos y explosiones que gritaban al cielo: “¡Coño, por qué está lloviendo en enero!”.
En pleno concierto, uno de los intérpretes en disonancia, tocó unos de los destellos ascendentes. Fue un pecado tremendo. Recuerdo que de niño me decían que no tocara la luz de la bengala; ya entendí porqué. El hombre tuvo que enrojecer su camisa, por envolver su mano. Su cara no ocultaba el ardor (o el dolor, no sé). Así que abandonó la ceremonia en la parte trasera del caballo, mientras gritaba desesperadamente a su jinete: “¡Dale mamagüevo!”. No sé que me sorprendió más: si su estupidez; la gracia que me causó una tragedia ajena o, la lluvia del último sábado de enero.
Llegó el momento de sembrar la caja. La melodía ya cesó. Los lamentos subieron el volumen. El anís se derramaba sobre las flores y la ventana del elogiado (he escuchado de peas del más allá, pero esta gente busca algo más literal). El hombre de la túnica morada mandó a callar, al tiempo que dos mujeres decían entre sí: “puta, puta, es tu culpa”. Así se fue escondiendo poco a poco la madera en la tierra, hasta ser arropada con el cemento.
Terminó el acto, el tumulto, el ruido, los destellos, los insultos y ahora las lágrimas corrían por los cristos, los ángeles y las vírgenes. No eran por el muerto, era la lluvia en pleno enero.

Juan Carlos Mora

jueves, febrero 05, 2009

Esa niña sexy

Yo tenía el cabello cortico. El flequillo, que siempre me crecía demasiado rápido, me llegaba un poquito a los ojos. Y era flaca, flaquísima. Usaba camisa roja, braga para el diario y mono los días que me tocaba educación física. Ya había superado la etapa de mi-mamá-me-mima, pero aún sentía nostalgia cuando mi mamá me dejaba sola en el colegio y no me podía mimar. Me reía sin uno o dos dientes y creía que los niños de kinder eran unos bebés. Claro, yo estaba en preparatorio y tenía cuatros años completicos.
Él era un niño moreno y también era flaco, flaquísimo. Tenía cara de gárgola y cuando se reía era una gárgola burlona a la que también le faltaban dientes. Era tranquilo como un viejito que ya no espera nada de la vida. Si mi memoria no me falla, él se llamaba Kelvin y se sentaba a mi lado en la mesita que me asignaron en el salón de preparatorio. Y era mayor que yo: tenía cinco años. Completicos también.
Un día, amasando la plastilina para darle una forma decente, Kelvin comenzó a lanzarme puntas. Sí, Kelvin, el niño-gárgola, me empezó a caer pero durísimo. Se beneficiaba de su posición estratégica y no le importaba que otros niños compartieran con nosotros la mesita. Yo al principio me puse del color de mi camisa. Pero después, halagada y envalentonada por mi levante, decidí hacer algo completamente insólito. Creo que aproveché porque ese día había tocado educación física y tenía el mono: nada de braga que me impidiera ejecutar mi plan. Preparando el terreno dije como por casualidad:
- Hace demasiado calor.
Y me quité la camisa. La camisita roja talla 6, terminó en una de mis manitas manchadas de plastilina. Claro, no fue un striptease completo. Debajo de la camisa tenía una camiseta rosada. Pero eso fue suficiente: la cara de Kelvin fue un verdadero poema de ojos y boca abiertos y respiración entrecortada. Me miró como si yo fuera el último juego de Nintendo que había salido al mercado. El robot más sofisticado. El carrito más caro de la tienda. Yo, la niña deseada, estaba allí sin camisa. Era demasiado.
No sé porque la profesora no me dijo nada. El punto es que yo misma decidí colocarme la camisa al rato de haber ejecutado mi acto de exhibicionismo. Pero como todo acto arriesgado, este tuvo sus consecuencias. Dos minutos después de ponerme la camisa, Kelvin logró superar su asombro y sin más ni más, me zampó un beso en el cachete. La niñita que estaba a mi lado soltó el típico “eeeesooo” y yo hice que me puse brava. Y me puse brava un poquito, porque Kelvin no me gustaba para nada. Pero por otra parte yo, con mi cabello cortico, mi flequillo demasiado largo y flaquísima como era, me había atrevido a ser una niña sexy. Y ya no sólo le gustaba al niño-gargola: con mis artimañas, logré conquistarlo definitivamente.

Joanna Ruiz Méndez