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lunes, noviembre 14, 2016

Volver a la poesía


Shawn Reza / Pexels.com

 Hace algún tiempo, vivía obsesionada con la poesía. Incluso, tuve mi propio cuaderno de poemas y tomé un Taller de Poesía cuando era estudiante universitaria. De alguna manera, y por las tantísimas vueltas que da la vida, se me olvidó lo mucho que me apasionaba este género.
En estos días, revisando mi biblioteca, vi La Universidad Desconocida de Roberto Bolaño y me di cuenta que no solo está entre mis pendientes sino que también puede ser una maravillosa forma de reconectarme con mi antigua pasión de leer poesía. Y quien sabe, quizás también de escribirla.
Mientras vuelvo a los linderos de la poesía de la mano de Bolaño, les dejo una lista de mis diez poemas favoritos, esos que de una u otra manera siempre me han acompañado a lo largo de mi vida. Quizás también los anime a reconectarse o afianzar los lazos con ese universo poético que todos llevamos dentro de nosotros.

1) Poema de amor número 20, de Pablo Neruda.
2)  Los dados eternos, de César Vallejo.
3) Corazón coraza, de Mario Benedetti.
4) Keeping things whole, de Mark Strand.
5) Sonatina, de Rubén Darío.
6)  Ningún amor cabe en un cuerpo solamente, de Eugenio Montejo.
7) Rima LIII, de Gustavo Adolfo Bécquer.
8) If,  de Rudyard Kipling.
9) Se eu morrer novo, de Fernando Pessoa.
10) La trenza, de Tadeusz Rozewicz.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, septiembre 25, 2011

Nada ocurra de Mark Strand



Gracias a un concurso de @QueLeer –a quienes le recomiendo que sigan en Twitter, si todavía no lo hacen-, fui la afortunada ganadora de Nada ocurra de Mark Strand. Desde que hice un Taller de Poesía y conocí la obra de este poeta estadounidense me considero una gran admiradora suya.
Nada ocurra es una antología que recoge poemas representativos del autor. La nostalgia, la muerte y la misma poesía son temas recurrentes en su obra. Su fina ironía y particular manera de abordar la realidad permiten que el lector se sumerja en su introspectivo y profundo universo. Más que una lectura, es una invitación a la reflexión y a la belleza poética que Strand nos ofrece.
Aquí reproduzco uno de sus poemas más representativos.

Manteniendo la integridad de las cosas

En un campo
soy la ausencia
del campo.
Esto es
lo que siempre ocurre
Dondequiera que estoy
soy lo que falta.

Cuando camino
divido el aire
y el aire
siempre invade
el espacio
donde antes estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos motivos
para desplazarnos.
Yo me muevo
para mantener la integridad de las cosas.


Joanna Ruiz Méndez

martes, noviembre 18, 2008

El cuaderno rosado

Era un cuaderno rosado, casi fucsia, con un oso super tierno en la portada. Arriba del oso se leía la frase “Little Friends”, que me sirvió de nick alguna vez en el messenger. El cuaderno en sí no tenía nada de especial, pero pasó a formar parte importante de mi historia personal por haber sido mi primer, y hasta ahora único, cuaderno de poemas.
No sé como lo hice oficial, sólo sé que ya estaba cansada de hacer poemas en la parte de atrás de mi cuaderno del colegio, en las tapas que separaban las materias y en las circulares que mandaban y que nunca le entregué a mi mamá. En uno de esos arrebatos de disciplina y orden que a veces me entran, decidí que organizaría todos los poemas en un solo lugar. Y ahí fue que entró el cuaderno en escena. Creo que lo agarré porque era el único nuevo que había en mi casa y me gustaba el cuento de que era rosado, decía Little Friends y tenía un oso.
Sé que en la primera página le coloqué una dedicatoria e, inspirada por Neruda, no le colocaba nombres a los poemas sino los enumeraba. Así fue como yo también tuve mi propio poema 20, que probablemente también hablaba de amor. Porque a los quince años, casi todos mis poemas eran de amor.
Algunos eran terriblemente empalagosos. Otros eran un claro ejercicio de rima en que siempre se alternaban pasión, canción y corazón. La calidad del resto se me antoja que no era del todo mala. Y todos, absolutamente todos, tenían su público: mis amigos o los compañeros que se sentaban a mi lado, terminaban leyendo el cuaderno rosado. A todos les encantaba, les movía una fibra o los ponía a pensar. Y esto no tenía nada que ver con la buena o mala calidad de los poemas. La explicación era más simple: también ellos tenían quince años.
En mi cuaderno vieron luz los amores lejanos, cercanos, posibles o platónicos. El amor recién descubierto y el amor que termina mal. El amor del futuro, el que se supone perfecto porque aún no hemos vivido lo suficiente para descartar esa idea: la perfección. El amor imaginario. El amor, en cualquier forma. Las pocas veces en que no era el amor el motivo, cualquier excusa era buena para hacer un poema: un atardecer, sentirme sola, estar muy triste o muy feliz. La adolescencia es una época milagrosamente fértil, donde todo sentimiento es a la vez una idea y todo pensamiento una posibilidad.
Un día abandoné el cuaderno rosado porque la disciplina poética se me había agotado misteriosamente. Me cansé de rimar la realidad. De buscar la palabra exacta, porque la poesía no entiende de sinónimos. De encapsular secretos de juventud en forma de verso. No sé donde está el cuaderno, pero seguro está guardado en algún lugar de mi casa protegiendo del paso del tiempo mi adolescencia edulcorada, dramática y a pesar de eso, infinitamente honesta.
Espero que en algún momento vuelva a escribir poemas como lo hacía entonces, más allá de un esporádico taller o una inspiración momentánea. Por supuesto, serán muy diferentes a aquellos poemas adolescentes que escribí en la plenitud de los quince años. Porque como dijo el hombre que me inspiró a enumerar mis poemas: "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos".

Joanna Ruiz Méndez

martes, octubre 28, 2008

Colón, el pobre Almirante

Este post no tiene nada que ver con el pasado 12 de octubre, ni tampoco con la polémica que siempre genera esta festividad por aquello de si se conmemora el descubrimiento de América o la resistencia indígena. Tiene que ver más con la casualidad. Me explicó: hoy estaba buscando en un libro de poesía de Rubén Darío el poema "A Margarita Debayle" que comienza con el famoso "Margarita, está linda la mar..." y que desde niña me encanta, al igual que "Sonatina". Como no buscaba por el índice, leía fragmentos de otros poemas y llegué a uno llamado "A Colón". No sé porqué lo leí completo, siempre he sido un poco floja para leer a Rubén Darío. Pero este poema me atrapó. Fue escrito en 1892 y sigue estando tan vigente, que me dio tristeza. Un desastroso espíritu sigue poseyendo estas tierras, las ambiciones pérfidas siguen sin tener diques y en nuestra senda sigue habiendo duelos, espantos, guerras y fiebre constante. Pero mejor les dejo disfrutar el poema. Y de paso les recomiendo leer a Rubén Darío, al que prometo leer con verdadero interés y no por simple casualidad.

A Colón

¡Desgraciado Almirante! Tu pobre America,
tu india virgen y hermosa de sangre cálida,
la perla de tus sueños, es una histérica
de convulsivos nervios y frente pálida.
Un desastroso espíritu posee tu tierra;
donde la tribu unida blandió sus mazas,
hoy se enciende entre hermanos perpetua guerra,
se hieren y destrozan las mismas razas.
Al ídolo de piedra reemplaza ahora
el ídolo de carne que se entroniza,
y cada día alumbra la blanca aurora
en los campos fraternos sangre y ceniza.
Desdeñando a los reyes, nos dimos leyes
al son de los cañones y los clarines,
y hoy al favor siniestro de negros beyes
fraternizan los Judas con los Caínes.
Bebiendo la esparcida savia francesa
con nuestra boca indigena semi-española,
día a día cantamos la Marsellesa
para acabar danzando la Carmañola.
Las ambiciones pérfidas no tienen diques,
soñadas libertades yacen deshechas.
¡Eso no hicieron nunca nuestros Caciques,
a quienes las montañas daban las flechas!
Ellos eran soberbios, leales y francos,
ceñidas las cabezas de raras plumas;
¡ojalá hubieran sido los hombres blancos
como los Atahualpas y Moctezumas!
Cuando en vientre de América cayó semilla
de la raza de hierro que fue de España,
mezcló su fuerza heroica la gran Castilla
con la fuerza del indio de la montaña.
¡Pluguiera a Dios las aguas antes intactas
no reflejaran nunca las blancas velas;
ni vieran las estrellas estupefactas
arribar a la orilla tus carabelas!
Libres como las águilas,vieran los montes
pasar los aborígenes por los boscajes,
persiguiendo los pumas y los bisontes
con el dardo certero de sus carcajes.
Que más valiera el jefe rudo y bizarro
que el soldado que en fango sus glorias finca,
que ha hecho gemir al Zipa bajo su carro
o temblar las heladas momias del Inca.
La cruz que nos llevaste padece mengua;
y tras encanalladas revoluciones,
la canalla escritora mancha la lengua
que escribieron Cervantes y Calderones.
Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras,
y las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalonadas a las panteras.
Duelos, espanto, guerra, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

Rubén Darío

lunes, agosto 18, 2008

Siete poemas de Mark Strand

1 En el filo
de la noche corpórea
diez lunas suben.


2
Una cicatriz recuerda la herida.
La herida recuerda el dolor.
Una vez más estás llorando.


3 Cuando marchamos en el sol
son nuestras sombras como barcas de silencio.


4 Mi cuerpo se tiende
y escucho mi propia voz
tendida a mi costado.


5 La roca es placer
y se abre
y entramos en ella
como entramos en nosotros mismos
cada noche.


6 Cuando hablo a la ventana
digo que todo
es todo.


7 Tengo una llave
abro la puerta y camino dentro.
Está oscuro y camino dentro.
Está más oscuro y camino dentro.

martes, agosto 05, 2008

Tarde de lluvia

Lo de hoy parecía una tormenta. Pero bueno, por tardes parecidas a esta, surgió este poema. Creo que fue mi mejor trabajo en el Taller de Poesía. De verdad me gusta. Lo de poetisa frustrada es en parte por todos los poemas que precedieron a este, pero bueno de la práctica algo queda... ¿no?

Tarde de lluvia

El ruido de los carros
paseando por el pavimento mojado
es escuchar la lluvia de nuevo.

Grandes charcos se abren en el piso
como volcanes de agua citadinos
que esperan al acecho pies incautos.

Corre el viento apacible
y los árboles lloran
el resultado del último aguacero.

La puesta del sol se anuncia
y en un abrir y cerrar de ojos
la húmeda tarde se transforma en noche.

Joanna

domingo, julio 20, 2008

Un día que Dios estuvo enfermo...

...nació César Vallejo, el poeta peruano de mirada triste, versos punzantes y calculado pesimismo. El que perdía las ganas de vivir en una tarde de lluvia. El que tenía días de conejo y noches de elefante. El que, estando vivo, ya tenía el recuerdo de su muerte en París.
Es casi imposible definir su obra. Hay que leerla. Leerla demasiado. Está llena de referentes, datos de la vida del autor y simbolismos que no siempre son fáciles de percibir. Aunque es poesía pura y dura, creo que cualquiera puede acercarse a ella. Claro, para captar su grandeza, hay que volver a esta obra poética de forma recurrente, pero les aseguro que siempre es un placer.
Aquí les dejo uno de mis poemas favoritos, Los dados eternos. Espero que como yo, ustedes también agradezcan esa misteriosa enfermedad de Dios que permitió el nacimiento de este poeta maravilloso.

Los dados eternos

Para Manuel Gonzalez Prada,
esta emoción bravía y selecta,
una de las que, con más entusiasmo,
me ha aplaudido el gran maestro.

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
¡tú no tienes Marías que se van! *

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

*P.D: La María del poema es María Rosa Sandoval, uno de los amores de Vallejo. La joven murió de tuberculosis a los 24 años y Vallejo escribió el poema a raíz de este hecho.