jueves, noviembre 11, 2010

Rutinaria

No quiero hablarte del alma dispuesta a dar zarpazos, ni del ring subterráneo en el que vivo montada, ni del mortífero olor que sale del restaurante viejísimo que queda cerca de mi casa. No quiero hablarte del caos, no quiero que te obstines antes de tiempo, no invoco el final de tu paciencia pero tampoco quiero callarme. No quiero convertir en farsa la realidad ni que la realidad pierda su magia. Quiero un equilibrio y junto a ti quizás no pueda encontrarlo.
O tal vez sí. Tal vez pueda aparecerme por las noches en tus sueños y decirte “quiero”. Tal vez me entenderías, te sentarías junto a mí, disfrutaríamos de un atardecer luminoso y nos olvidaríamos del mundo, de las responsabilidades, del nueve a seis con una hora (estricta) de almuerzo hacia el mediodía. Nos olvidaríamos que la rutina tiene distancias, kilómetros insalvables, compromisos ineludibles, puntualidad, aspiraciones de. Pero, ¿sabes tú cuanto duran los sueños? ¿Sabes que pueden ser segundos, minutos de nada? ¿Y luego?
De verdad no quiero contarte de las calles sucias, de los secretos a medio guardar, de mis ganas de convertirme en defensora de una causa justa, sin medias tintas, sin trasfondos. Quiero compartirla contigo, pero desde hoy, desde ya, sé que no aceptarás. Quizás eso sea lo que quiera. Que al final me termines tildando de inconforme, egoísta, traicionera o infantil. Que nada de lo que te diga te parezca interesante, que todo se tiña de queja, que la tristeza me empañe las pestañas. Que digamos un adiós más que justo a estos encuentros limitados.
No quiero que cargues conmigo y mi vida-rutinaria.
Pero si tú quieres, si por casualidad quisieras, aquí te espero en esta ciudad hecha de círculos viciosos y espejos. De smog. De gritos contenidos y sonrisas a granel. De esta ciudad tan absurda y tan infinitamente mía. Mía, aunque me duela aceptarlo.


Joanna Ruiz Méndez

miércoles, noviembre 10, 2010

Periodistas verdes

Una de las cosas que le agradezco a mi trabajo actual es que me acercó a un tema que siempre me ha interesado: el ambiente. Entre tanto derrame petrolero, basura radiactiva, extinción de especies y global warming, creo que estar al día en la temática ambiental no sólo es deber de biólogos y ecologistas, sino también de todos los ciudadanos en general.
Como periodista, considero que el papel de los medios de comunicación –y de los profesionales que en ellos laboran- es especialmente importante en la construcción discursiva y social del problema ambiental. Y aunque pienso que cada vez se abren más espacios para el ambiente como fuente, siento que aún falta brindarle la significación que esta temática merece.
Creo que muchos comunicadores sociales necesitan entender que el tema ambiental no es un tópico “aparte”, sino que involucra aspectos sociales, económicos y políticos que atañen a todos los integrantes de esta sociedad globalizada. El ambiente, como tema, no implica solamente los aspectos evidentes como la contaminación, el calentamiento global o la pérdida creciente de la biodiversidad. También requiere –y exige- un análisis agudo y profunda investigación sobre el rol que empresas, Estados, comunidades y ciudadanos han desempeñado y desempeñan en el problema ambiental. Este conocimiento es un valioso aporte a la colectividad y podría ser un factor importante de cambio, así sea a escala local, en la forma en que los ciudadanos asumen su entorno.
También considero que la construcción mediática y social que se ha hecho de los ambientalistas debe empezar a cambiar. En un libro excelente que estoy leyendo de Antonio Pasquali – Del futuro, hechos, reflexiones, estrategias-, el autor afirma: “Hemos dejado solos a los ambientalistas, permitiendo que el sistema mediático los convierta en excéntricos y en exagerados”. Es verdad. Aunque nos suenen alarmistas o no queramos escuchar verdades que después nos puedan robar minutos de sueño, no se puede juzgar como hippies o exagerados a las personas que hacen algo por la ecología local, nacional o mundial o se atreven a denunciar a grupos poderosos para salvar unas cuantas hectáreas en la selva amazónica. Los medios de comunicación deberían darle mayor difusión a la labor de las ONG, fundaciones, asociaciones y grupos que trabajan por la naturaleza y en general, a las problemáticas, características y logros relacionados con el tema ambiental. Ciertamente genera más curiosidad la vestimenta de las artistas en la alfombra roja que un ecologista promoviendo la defensa de la naturaleza, pero es hora de aclarar prioridades en las temáticas periodísticas y pensar en el aporte que cada información genera –o no- para construir una mejor sociedad.
Pienso que nuestra labor social como periodistas debería impulsarnos a revalorizar el ambiente como un tema de interés mediático. Entiendo que a veces las políticas editoriales se inclinan por ciertos temas porque aseguran audiencia, periódicos vendidos, pautas publicitarias. En fin, dinero. Sin embargo, hoy que contamos con las redes sociales digitales que nos brindan una oportunidad para comunicar sobre aquello que nos parece fundamental y necesario, no hay excusas para no cumplir con nuestro deber de concienciar. La idea es poder usar todos los medios existentes para ejercer un periodismo verde a plenitud y terminar de valorizar el ambiente como fuente periodística.

Joanna Ruiz Méndez

domingo, octubre 17, 2010

Teatro, esa pasión

Era, perversamente, un entusiasta –es decir, un hombre poseído por los Dioses… Cada profesión tiene los suyos, pero los manes del teatro son los más exigentes porque son los más generosos. Lo dan todo o no dan nada. En el teatro no hay términos medios”. Extraído del cuento El amante del teatro de Carlos Fuentes.

Mi historia en el teatro comenzó en el ballet. Como algunos de los que leen este blog sabrán, fui bailarina por dos años cuando era niña. Si bien era flaca y estilizada, no tenía el tesón, la constancia y sobre todo, la flexibilidad que necesita una bailarina. Sin embargo, gracias a mi última representación en el ballet –era la bruja en la Bella Durmiente-, descubrí un talento actoral que hasta ese momento tenía escondido.
Creo que cualquier otra niña se hubiera decepcionado con el nada deseable papel de bruja. Sin embargo, yo me encargué de sacarle todo el provecho que pude. Hacía muecas exageradas, ponía cara de mala malísima y movía con perversidad mis manos, que exhibían orgullosas unas uñas postizas, largas y negras. Yo casi no bailaba, a lo máximo daba dos o tres vueltas. Todo era actuación en ese papel.
Fue una profesora la que me lo comentó y me recomendó meterme a teatro cuando supo que desertaba del ballet. Comencé en el grupo de teatro del colegio y me quedé. Mi primera obra fue La improvisación del alma de Eugene Ionesco, una obra obviamente absurda en la que yo tenía el papel de teatróloga despistada. Los ensayos fueron duros, mi relación con el grupo era mala y mi ánimo decaía con cada día que pasaba. Sin embargo, no abandoné el teatro como sí hice con el ballet y conseguí una sola explicación para eso: el teatro me gustaba demasiado.
Con esa obra hice mi primera presentación con un público numeroso. Fue un éxito. Luego vendrían Los ladrones somos gente honrada de Enrique Jardiel Poncela, en la que tuve el papel de una mamá exagerada y fastidiosa, y después participé en una versión bastante pálida de Fama, en la que era la profesora de teatro, rígida y exigente, que la emprende con el alumno que se las da de graciosito en las clases. En mi último año en el colegio tuve el lujo de representar un personaje escrito por mí. Una compañera y yo escribimos un guión en el cual yo plasmé todo mi drama juvenil y mi amiga todo el humor que la caracterizaba; la obra fue un híbrido de ideas y conceptos que a mi parecer no fue tan mala.
Cuando entré en la universidad, abandoné toda relación con el teatro. Sólo hasta hace unos seis meses retomé esta actividad gracias a un curso de actuación y me di cuenta la falta que me hacía. No sólo fui feliz de volver a explorar todas las posibilidades que el teatro ofrece, sino que me encantó experimentar el principal elemento del que éste se nutre: la pasión. En el teatro hay que darlo todo. Ser generosos, derrochar talento, vitalidad, entusiasmo. Pactar con la acción, jamás con la inercia. Dejar todo en las tablas para conjurar ese maravilloso alimento del ego llamado aplauso. Sentir, el verbo que mejor se conjuga con ésta y todas las expresiones artísticas.
Aunque nuevamente me tomaré una pausa en mi actividad teatral, no quiero olvidar esta lección de pasión porque también sirve para la vida diaria. Porque la vida, si se vive con pasión, no se vuelve rutina. Es magia pura, como el teatro.

Joanna Ruiz Méndez

lunes, octubre 11, 2010

Credo y Verbos irregulares

Estos son los dos escritos de Aquiles Nazoa que les prometí ayer. ¡Disfrútenlos!

Credo

Creo en Pablo Picasso, todopoderoso, creador del cielo de la tierra.

Creo en Charlie Chaplin, hijo de las violetas y de los ratones, que fue crucificado, muerto y sepultado por el tiempo, pero que cada día resucita en el corazón de los hombres.

Creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable.

Creo en los grillos que pueblan la noche de mágicos cristales.

Creo en el amolador que vive de fabricar estrellas con su rueda maravillosa.

Creo en la cualidad aérea del ser humano, configurada en el recuerdo de Isadora Duncan, abatiéndose como una purísima paloma herida bajo el cielo del Mediterráneo.

Creo en las monedas de chocolate que atesoro secretamente debajo de la almohada de mi niñez.

Creo en la fábula de Orfeo.

Creo en el sortilegio de la música, yo que en las horas de mi angustia vi, al conjuro de la Pavana de Fauré, salir liberada y radiante a la dulce Eurídice del infierno de mi alma.

Creo en Rainer María Rilke, héroe de la lucha del hombre por la belleza, que sacrificó su vida al acto de cortar una rosa para una mujer.

Creo en las flores que brotaron del cadáver adolescente de Ofelia.

Creo en el llanto silencioso de Aquiles frente al mar.

Creo en un barco esbelto y distantísimo que salió hace un siglo al encuentro de la aurora; su capitán Lord Byron, al cinto la espada de los arcángeles, y junto a sus sienes un resplandor de estrellas.

Creo en el perro de Ulises, en el gato risueño de Alicia en el País de las Maravillas, en el loro de Robinson Crusoe, en los ratoncitos que tiraron del coche de la Cenicienta, en Beralfiro el caballo de Rolando, y en las abejas que labraron su colmena dentro del corazón de Martín Tinajero.

Creo en la amistad como el invento más bello del hombre.

Creo en los poderes creadores del pueblo.

Creo en la poesía y, en fin, creo en mí mismo, puesto que sé que alguien me ama.


Verbos irregulares

Estos son unos verbos que, a paso de tortuga,
Yo conjugo
Tú conjugas
Él conjuga…

Como sin garantía todo el mundo se inhibe,
yo no escribo,
tú no escribes,
él no escribe.

Sino mil tonterías que, de modo evidente,
yo no siento,
tú no sientes,
él no siente.

Pues de escribir las cosas que uno tiene en el seso,
yo voy preso,
tú vas preso,
él va preso.

O, rumbo al frío Norte, París o Gran Bretaña,
yo me extraño,
tú te extrañas,
él se extraña.

Y por eso, temiendo que nos cojan la falla,
yo me callo,
tú te callas,
él se calla.

Moraleja: Por la ley de chivato, que es una ley eterna,
yo gobierno,
tú gobiernas,
él gobierna.